martes, 6 de octubre de 2020

NATURALEZA


 NATURALEZA

 

Ayer una de mis gatas

mató a un zorzal.

Jugó un rato con su exiguo cadáver

y lo dejó abandonado en el pasto

inmóvil, laxo,

como si esa vida no hubiese significado nada.

Hace unos años,

ante un hecho de esta magnitud,

se hubiera desatado el escándalo:

enojo, llanto, retos.

Pero ayer

sólo recogí del pasto al zorzal muerto

e hice un pocito en la tierra húmeda

que rodea al macizo de calas.

Una pequeña tumba improvisada.

Claro que me dio pena el pajarito:

apenas estrenaba la primavera.

Pero con el tiempo entendí

a respetar las reglas de la naturaleza:

cazás o sos cazado.

Y, a veces, ambas.

Y lo que fue parte de un ser

se convierte mañana en parte de otro.

La vida trunca de ese zorzal,

reventará en las calas,

y quizás pueda escuchar cantar a las flores

si acerco lo suficiente mi oído

a su blanca cadencia.

Ayer no le endilgué a Tiger Lily

una culpa que no tiene y que no siente.

A la hora de la siesta

se acurrucó a mi lado

y, como es habitual, la caricia

se escapó de mis dedos.

 

Antes quería que, al morir,

mi cuerpo se convirtiera en un puñado de cenizas

arrojadas por una mano amada

en algún lugar en el que hubiese sido feliz.

Ahora, no.

Ahora siento que soy un animal

que debe volver a tierra.

No como polvo bíblico.

Como materia prima de una naturaleza

que se recicla constantemente.

Que la pequeña fauna mortuoria

coma y beba de mí.

Que el tiempo sea en mis despojos.

Y que algún día suceda el milagro:

despuntar, quizás, como raíz

de un árbol donde un zorzal dispense su canto,

reiterativo, armónico, pujante,

sin gatos a la vista.



Arte: Miroslaw Hajnos

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