miércoles, 31 de julio de 2019

LECTURAS "BROTE POÉTICO" / JULIO 2019


LECTURAS "BROTE POÉTICO" / JULIO 2019




EL CEMENTERIO DE LAS POLACAS


Cruzaron el mar con las tripas como brújula,

con el hambre como mapa celeste,

contando los granos de arroz

que les faltaban

para llegar a una cama caliente,

a la ternura áspera

de un mantel a cuadros.

Cruzaron el mar y en tierra

cayeron como peces rotos

en una red de saliva sucia.


Las desnudaron,

las midieron,

les etiquetaron la piel,

el olor,

los besos.

Les maldijeron el amor para siempre.

Las devoraron.

En este pedazo de tierra ausente de Dios

escupieron sus huesos.

Sus ombligos son heridas sin patria

que no sanarán nunca.


Cruzaron el mar para llorarse

entre las piernas del verdugo.

Clavaron sus voces en la garganta del lobo

y el viento se llevó sus labios.


En este pedazo de tierra ausente de Dios

donde el gusano trabaja

no hay flores ni piedritas

que tiendan su corazón para salvarlas

de tanto y tanto olvido.




LAS BRUJAS DEL BARRIO



Pegadas a los vidrios sucios de sus ventanas 

espiaban nuestra infancia.

Eran manchas en los cristales,

manchas de ira y silencio,

aunque a veces soltaban algún ladrido

y nosotros temblábamos.

Las brujas del barrio

arrojaban pedradas de hielo

sobre el techo de nuestro paraíso 

de caramelos Sugus y revistas Anteojito.

El miedo tenía su olor inconfundible 

a ceniza, gato y sopa.

Si te portás mal te va a llevar la loca Ema.

Si te portás mal te va a llevar la muda.

Si te portás mal te va llevar la polaca.

Si te portás mal.



Todas las brujas del barrio eran mujeres solas.

No esperaban a un hombre con la comida caliente.

No llevaban chicos al colegio.

No organizaban reuniones para vender cosméticos Mary Kay

ni recipientes Tupperware.

Habían ignorado los mandatos atávicos    

que nuestras madres cumplían con celo.

Por eso eran malas.

Por eso nos habían enseñado a reírnos de ellas

y a desconfiar de sus voces y sus ventanas.



Hace cuarenta años

el barrio era una pequeña sucursal de Salem.

Las hogueras se encendían con prejuicios.

Y las brujas ardían.





Arte: "Old woman staring through a window", Spyros Papaspyropoulos



EMA

Me gusta llamar a las personas por su nombre
y por eso le pregunté el suyo.
Ema, me respondió en un hilo de voz,
sin levantar su mirada oblicua
de la caja registradora.
Ema, repetí,
sabiendo que ese nombre apenas le pertenecía,
como apenas le pertenecen sus veinte años
gastados de lunes a lunes entre paquetes de jabón en polvo,
frascos de aceitunas
y señoras que se quejan cuando los caramelos
compensan la falta de monedas para el vuelto.
Lindo, murmuré,
sabiendo que ese nombre era apenas una aspirina impotente
frente al dolor del desarraigo.

A veces me pregunto cómo se llamará Ema en realidad.
¿Jia Ying? ¿Kumiko?
(A veces me pregunto
si entiende lo que dicen las señoras que se quejan
porque los chinos nos roban el trabajo).

A veces me pregunto cuándo descansa Ema.
Cuándo sonríe.


Arte: Li Wentao



UNA MADRE TERRIBLE

Va a ser una madre terrible, dijeron,
cuando mi embarazo se hizo evidente
y las vecinas maliciosas afilaron los colmillos
para preguntar
cuándo me había casado.
Terrible, sí.
Demasiado irresponsable,
demasiado irreflexiva,
demasiado emocional.

Voy a ser una gran madre, dije yo,
y traté de rodearte de belleza:
caricaturas de Tex Avery,
música de Los Beatles,
historias de cronopios famas.
Pero el oráculo del barrio no se equivocó:
fui una madre terrible.
Dije que sí cuando debí decir que no.
Dije que no cuando debí abrazarte.
Y cuando no supe qué decir
me tiré en la cama a llorar
y no me levanté durante meses.
Vos tenías once o doce años
y no entendías.
Yo era una adulta
(demasiado irresponsable,
demasiado irreflexiva,
demasiado emocional)
y tampoco entendía demasiado.

Fui una madre terrible.
No supe
sembrar tu nombre en la luz.

De tu papá heredaste
los ojos verdes,
la nariz perfecta,
el contundente apellido italiano.
De mí,
la lluvia que gira entre tus dedos
como un trompo infeccioso.
Cronopiosfamas, y ninguna esperanza.
Los pies fríos,
la duda irrazonable.
La tristeza.


sábado, 27 de julio de 2019

AUTORRETRATOS


AUTORRETRATOS



AUTORRETRATO I



Tengo unos ojos bellos,

un poco descosidos, eso sí,

en la zona de los lagrimales:

escurren agua todo el día.

Tengo una boca bella también,

pero muerdo las palabras,

y algunas veces las escupo

sin ningún protocolo.

Soy descuidada, iracunda y le tengo fobia a los trenes.

Además, escribo poemas.

¿Quién querría enredarse con una mujer así?





AUTORRETRATO II




No tengo las piernas largas

ni la dentadura perfecta.

Sin embargo,

he caminado mucho

y he mordido

manzanas,

animales,

señores,

papeles aburridos.

Y he digerido ausencia,

tragado cascabeles,

vomitado promesas.

No tengo una voz privilegiada,

ni una cintura augusta como un trono.

No se me da bien

lo de inventar palabras

a lo Oliverio.

No entiendo el teorema de Pitágoras

pero me gusta el vocablo hipotenusa:

está llena de gatos,

de ríos,

de claveles,

como caleidoscopio.

A veces me despierto

a mitad de la noche

y le suplico al hombre

que cose mis retazos

con su aguja de tiempo

un encuentro sin lámparas.

A veces supongo que estoy loca.



No tengo la vergüenza de haber sido

ni el dolor de no ser,

quizás porque no fui

y porque sigo siendo

o quizás porque el tango

me deja tan perpleja como a un pájaro

con las alas cortadas

(si la querías tanto,

¿para qué la dejaste?;

yo no dejo jamás lo que quiero:

yo lo mato).



No tengo un ex – amante que me recuerde con afecto.

Mis ex –amantes me odian.

Lo que es justo,

porque yo los odio a ellos.



No tengo la nariz agraciada,

ni el vientre chato,

ni el ombligo invicto.

Ni siquiera tengo veinte años.



Sin embargo

todavía le enlazo con mi sombra

el fuego del verano.

Y redoblo la apuesta de las lágrimas

cuando intuyo

lo rápido que se seca la sangre.



AUTORRETRATO III

Casi siempre está triste,
salvo cuando escucha a Los Beatles
o acaricia a los gatos.
O cuando es viernes
y se toma un champancito barato,
y piensa “Gracias a Dios es viernes”,
como si la vida fuera una película disco
(porque no le gustan ni los sábados,
ni los domingos,
ni los lunes,
pero los viernes todavía tienen para ella cierto encanto,
cierto aire de genuina promesa).
Es mezquina, casi siempre,
generosa, a veces,
demasiado orgullosa como para romper las fotos que no la favorecen,
demasiado orgullosa como para reescribir sus poemas.
Nunca visitó Europa,
ni aprendió a bailar,
ni usó un vestido de fiesta.
Jamás se tiñó de rubia.
Pero es tan anacrónica, tan patriarcal,
tan tonta,
que todavía sueña con castillos y valses,
y una melena como la de Rapunzel extendida
sobre la almohada del Príncipe Feliz.
Hubiera deseado no nacer,
no crecer,
no tener que morir.
Hubiera deseado un don más práctico
que el de garabatear el dolor
y ponerle el cascabel a la palabra.
Casi siempre está triste
pero sonríe
como si no le apretaran los zapatos de la rutina,
como si el amor no fuera una prenda incómoda
que le tira de la sisa,
como si su corte de pelo todavía estuviera de moda.
Está gorda,
está vieja,
está asustada.
Casi siempre está triste.
Tiene unos ojos hermosos.