jueves, 29 de agosto de 2019

NO SÉ SI TE ACORDARÁS DE MÍ


NO SÉ SI TE ACORDARÁS DE MÍ



No sé si te acordarás de mí.

Soy la que se olvidaba los besos

en el espejo del baño,

la que se olvidaba tu nombre abierto

en su diario de páginas rosadas,

la que se olvidaba el paraguas en la escuela

cuando a la mañana llovía

y al mediodía, no

(o sí llovía pero había que mojarse,

tiritar en la esquina con el rimmel corrido

y el pelo hecho un caos,

y ver pasar tus pupilas azules

entre risas y codazos).



No sé si te acordarás de mí.

Fuimos novios dos o tres meses

hasta que descarrilaron las hormonas

y nos asomamos

a la complicación del sexo.

Yo, toda desnudez llorando entre tus dedos.

Vos, pergeñando un cuento inverosímil

de ojos irritados por el sol de Palermo

(Mi mamá es mujer y hace cuarenta años que llora,

no se va a creer lo de Palermo, los botes y el sol.

Mejor le decimos que fuimos al cine a ver una película infame,

“Love Story” o “La última nieve de primavera”,

si no están en cartelera no importa:

mi mamá tiene una casa, tres chicos, un perro,

una pila eterna de ropa para planchar,

hace cuarenta años que no va al cine).



Yo sí me acuerdo de vos.

Te lo dije en veinte poemas y un mensaje de Facebook

que jamás me contestaste.

Todos mis ex amores se casaron

con mujeres celosas.

Y  yo tan obstinada

en ejercer la nostalgia.



Yo sí me acuerdo de vos.

Y te nombro.

Nombrarte es decir

luciérnagas en la boca.

Es mojarme con saliva o con lluvia

(con codazos y risas)

y volver a elegirte

entre tantos muchachos olvidados que flotan a mi alrededor

como globos de colores inflados con helio.

Ahora que digo que mi hijo está grande

para evitar decir que la que está grande soy yo.



Ahora que Heidi me suena a nombre de  actriz posporno

y el abuelito es Mick Jagger.


lunes, 26 de agosto de 2019

TREINTA Y TRES AÑOS



TREINTA Y TRES AÑOS

“Treinta y tres años, la edad de Cristo”,
repetía mamá cuando hablaba de su viudez,
esa cruz que arrastraba junto a la sonrisa rota,
la bolsa del mercado
y los tres hijos incomprensibles
que querían ver la Pantera Rosa después de enterrar al padre,
y querían jugar,
y lloraban
(jugaban a llorar,
lloraban jugando,
lloraban viendo dibujitos
y quejándose porque otra vez tenían que comer salchichas,
siempre salchichas,
siempre).

“Treinta y tres años”,
recalcaba,
y exhibía sus cinco llagas
(la sonrisa rota, la bolsa del mercado,
los tres hijos húmedos).
Lo curioso es que, cuando enviudó,
mamá tenía treinta y dos.
Supongo que el año que se sumaba
para contar la historia
le daban a su tragedia
ciertos aires de misticismo que la distinguían
entre todas las tragedias del mundo.

“Treinta y tres años”,
insistía.
“Qué viejo era Cristo”,
pensábamos nosotros.
“Qué vieja es mamá.
Cómo le tiemblan las manos
cuando nos peina.”


Arte: "La donna crocifissa", Mauro Guidotti

sábado, 24 de agosto de 2019

NO SE CUIDÓ


NO SE CUIDÓ


No se cuidó.

¿Qué es cuidarse?

¿No fumar?

¿Renunciar a los huevos fritos?

¿Levantarse de vez en cuando de la silla?

¿Parar la mano con la sal?

El sodio es malo para el corazón.

¿El odio es malo para el corazón?


No se cuidó.

Tuvo que cerrar el negocio de toda la vida.

La echaron de la fábrica donde trabajaba.

Se le incendió la casilla.

Le pegaron un tiro en la nuca

en un enfrentamiento.

Lo obviaron en una estadística mentirosa.


No se cuidó.

Cuidate vos.

Cuidate.

Largá el pucho.

Movete.

Comé sano.

Dormí con dos frazadas

y no tengas catorce años.

Se puede.

Claro que se puede.

La solución a todos tus males está en esa bicicleta fija

que usás como perchero.

La bronca no mata.

Lo que mata es el colesterol.

Mente descremada en cuerpo sano.

Comprá verdurita

o cualquier verdura.    
       
Creele a la diva rubia que se lava el culo con champagne.

A la chica linda que se saca una foto con un negrito.

Al monstruo de ojos claros que te abraza

como si le importara

que en la casilla tus pibes se mueran de frío.


No se cuidó.

Cuidate vos.

Corré.

Corré como Forrest Gump.

Corré como si fueras la estrella

de una película de los ’90.


Corré por tu vida.


O sentate en el patio,

como yo,

a esperar que florezca la orquídea de los pobres.



Arte:  Mural al aire libre en el gimnasio Health and Sports en MorningsideJonny 4Higher 


miércoles, 21 de agosto de 2019

HACE MIL BOCAS, MIL SUEÑOS, MIL PUERTAS



HACE MIL BOCAS, MIL SUEÑOS, MIL PUERTAS



Hace mil bocas,

cuando esta boca no era

la madrastra del silencio,

me atreví a pronunciar tu nombre.

Lo degusté como una a fruta dulce.

Quizás ocultaba, entre sus hidromieles,

un dejo sutil de podredumbre,

pero mi lengua no se percató:

aún había demasiado verano entre mis manos

y los trenes llegaban a tiempo.



Hace mil sueños,

cuando este sueño no era

el caparazón del desamparo,

me atreví a remontar tu cuerpo.

Lo cabalgué como a un corcel de vidrio.

Quizás ocultaba, entre sus humedades,

una estaca de hielo,

pero mi carne no se percató:

aún había demasiado bullicio entre mis piernas

y los barcos llegaban a tiempo.



Hace mil puertas,

cuando todavía había puertas

esperando ser abiertas,

me atreví a cruzar el umbral de tu mirada.

Caminé tus ojos en el nido tibio

de una cama ajena.

Y fue bello sacudir las sábanas de la mañana

y recostar mi cabeza


en la almohada del deseo,

a pesar de las dulzuras fermentadas

y los puñales gélidos.



Nadie me dijo nunca que la nostalgia

era más poderosa que el amor.

Nadie me dijo que después de mil bocas,

de mil sueños,

de mil puertas,

los trenes y los barcos se entretienen

en el temblor de un beso recordado

y se olvidan del tiempo y de la espera.



Nadie me dijo que los pactos rotos

penden sobre la luna con la fría mueca de una espada,

y que al final de un viaje erróneo

no hay bocas, ni sueños, ni puertas,

sólo la costumbre torpe

de ir naciendo cada día

para morir cuando un ángel sin Dios

se incendia en el ruedo el  crepúsculo.






Arte: Natalie Shau

domingo, 18 de agosto de 2019

LAS BRUJAS DEL BARRIO



LAS BRUJAS DEL BARRIO



Pegadas a los vidrios sucios de sus ventanas 

espiaban nuestra infancia.

Eran manchas en los cristales,

manchas de ira y silencio,

aunque a veces soltaban algún ladrido

y nosotros temblábamos.

Las brujas del barrio

arrojaban pedradas de hielo

sobre el techo de nuestro paraíso 

de caramelos Sugus y revistas Anteojito.

El miedo tenía su olor inconfundible 

a ceniza, gato y sopa.

Si te portás mal te va a llevar la loca Ema.

Si te portás mal te va a llevar la muda.

Si te portás mal te va llevar la polaca.

Si te portás mal.



Todas las brujas del barrio eran mujeres solas.

No esperaban a un hombre con la comida caliente.

No llevaban chicos al colegio.

No organizaban reuniones para vender cosméticos Mary Kay

ni recipientes Tupperware.

Habían ignorado los mandatos atávicos    

que nuestras madres cumplían con celo.

Por eso eran malas.

Por eso nos habían enseñado a reírnos de ellas

y a desconfiar de sus voces y sus ventanas.



Hace cuarenta años

el barrio era una pequeña sucursal de Salem.

Las hogueras se encendían con prejuicios.

Y las brujas ardían.



jueves, 15 de agosto de 2019

UNA MADRE TERRIBLE



UNA MADRE TERRIBLE

Va a ser una madre terrible, dijeron,
cuando mi embarazo se hizo evidente
y las vecinas maliciosas afilaron los colmillos
para preguntar
cuándo me había casado.
Terrible, sí.
Demasiado irresponsable,
demasiado irreflexiva,
demasiado emocional.

Voy a ser una gran madre, dije yo,
y traté de rodearte de belleza:
caricaturas de Tex Avery,
música de Los Beatles,
historias de cronopios y famas.
Pero el oráculo del barrio no se equivocó:
fui una madre terrible.
Dije que sí cuando debí decir que no.
Dije que no cuando debí abrazarte.
Y cuando no supe qué decir
me tiré en la cama a llorar
y no me levanté durante meses.
Vos tenías once o doce años
y no entendías.
Yo era una adulta
(demasiado irresponsable,
demasiado irreflexiva,
demasiado emocional)
y tampoco entendía demasiado.

Fui una madre terrible.
No supe
sembrar tu nombre en la luz.

De tu papá heredaste
los ojos verdes,
la nariz perfecta,
el contundente apellido italiano.
De mí,
la lluvia que gira entre tus dedos
como un trompo infeccioso.
Cronopios, famas, y ninguna esperanza.
Los pies fríos,
la duda irrazonable.
La tristeza.