lunes, 29 de abril de 2024

SI UN PERRO


 SI UN PERRO


Dicen que los perros callejeros saben
cuándo dejar de seguirte.
Sin embargo,
si un perro me sigue,
cruzo los dedos para que no lo sepa.
Para que persista colgado de mis pasos
hasta la puerta de mi casa.
Si llega hasta la puerta
no tengo excusa para no dejarlo entrar.


Si un perro entra en tu casa
es como si entrara Dios.
Como si la vecina más vieja del barrio
te dejara un santito itinerante
para que lo cuides un día,
y le prometas, y le ruegues,
antes de pasárselo a la que vive al lado.
Como si el santito bendijera
cada rincón de tu rutina.


Cuando era chica y pretendían asustarme
con el viejo de la bolsa y su escolta de perros,
yo pensaba, como casi siempre,
que los adultos eran ridículos y un poco ignorantes.
¿Quién podía tenerle miedo
a ese barrilete solitario
que se remontaba al misterio
con una cola de animales multicolores?
¿Quién podía tenerle miedo,
si los perros hociqueaban sus manos,
las lamían,
se enredaban en sus dedos
como guirnaldas de una fiesta secreta
a la que la gente formal y aburrida
no había sido invitada?
Y nunca dejaban de seguirlo,
nunca soltaban el olfato
detrás de un plato de hambre,
ni salían a girar, hipnotizados,
al compás de las ruedas de cualquier bicicleta.


Si un perro entra en tu casa
(si un perro te elige
y te sigue hasta tu casa)
es como si te eligiera Dios.
Porque si estás roto
el perro sabe juntar tus pedacitos
y rearmarte a puro lengüetazo.
Porque no hay más que sabiduría
en los ojos de un perro.
Porque los santitos que traen las vecinas
nunca te miran con tanta verdad
como te mira un perro.


Si fuera más buena (pienso),
si no hubiese envejecido tanto,
si me hubieran invitado a la fiesta de los libres,
y no pagara impuestos,
y no pidiera ni perdón ni permiso,
ningún perro sabría
cuándo dejar de seguirme.
Y yo no tendría excusas
(ni una sola estúpida excusa)
para no dejarlos entrar en mi casa.

sábado, 27 de abril de 2024

SEGÚN PASAN LOS AÑOS


 SEGÚN PASAN LOS AÑOS



Me desvisto frente al espejo.

Qué delgada estoy.

Seguramente me entraría

el vestido de los quince.

Lo que no me entra,

por mucho que me esfuerce

es esa sonrisa enorme que me partía la cara,

cuando tus ojos azules doblaban la esquina.



Tengo el mismo pelo que a los veinte,

revuelto y rebelde.

“¿Quién te corta el pelo?”, me preguntaste.

Qué forma extraña de entablar conversación con una chica.

A partir de ese día me lo cortaste vos.

Eras mi Edward Scissorhands

(te provocaría ternura verme,

después de tantos años,

intentando todavía vivir mi vida

como si fuera una película).



Esta boca es la misma

que te besaba a los veinticinco.

La misma boca enorme

que se devoraba al mundo,

porque el mundo eras vos

y el mundo eran tus palabras,

que me bebía a sorbos apurados,

y mitigaban la sed de mi tiempo de espera.

¿Y estas manos?

Son las mismas manos que se rompieron en caricias,

cuando por fin me animé a tocarte,

y escribieron cartas de amor y de desamor,

de perdón y de olvido.

¿Y estos pies?

Son los mismos pies bellos y pequeñísimos

(esos pies que me envidiaría hasta la mismísima Cenicienta)

que corrían a verte

saltando con audacia la rayuela del miedo.



Miro una foto

de cuando tenía cuatro años

y estoy haciendo el mismo gesto que te gustaba a vos,

cuando yo te gustaba:

la cabeza inclinada, la mirada baja,

(no recuerdo qué palabra usaste para describirlo,

¿contemplativo? ¿místico?)

Y sé que, para vos,

sigo siendo tan caprichosa como a los cuatro.



Tengo los mismos ojos

que tenía cuando te conocí.

A vos.

Y a vos. Y a vos. Y a vos.

El corazón, no.

El corazón está gastado.

Gastadísimo.

Pero por suerte no se ve.



Me desvisto frente al espejo

y me hago la ilusión

de que me estoy estrenando.

Qué delgada estoy.

Seguramente me entraría

el vestido de los quince.






miércoles, 24 de abril de 2024

COMO LA LUNA NUEVA


  COMO LA LUNA NUEVA



Como la luna nueva

estabas y no.

Un nudo de gatos empapaba de sexo

el paladar oscuro de la noche.

Yo degustaba tu nombre,

me persignaba ante el Dios de los sudores,

me lavaba los ojos

con un emporio de agujas verticales.



Como la luna nueva

estabas y no.

Te prometías detrás de los silencios

como una rosa recién amanecida.

Te prometías:

un conjuro de almanaques y futuro,

un mohín empolvado

con brillos venideros.



Como la luna nueva

estabas y no.

Debajo de la enagua de la ausencia

tu luz

extendía sus piernas,

devoraba puntillas,

crucificaba con clavos de raso

la aguda humedad de mi deseo.








lunes, 22 de abril de 2024

DAMA O TIGRE


 DAMA O TIGRE

 

Seré dama o seré tigre,

el tiempo dirá.

Cuando ame o cuando escriba

el tiempo encastrará las piezas

de este rompecabezas que soy:

el sexo como un pastel de cereza dulce y doméstico,

las palabras, las garras,

el sexo pisando fuerte sobre el ayuno,

el poema, el zarpazo.

Dama o tigre,

el tiempo dirá que me toca:

el vestido vaporoso de los domingos

amortajando el cuerpo del deseo

o las piernas soberanas

jugando a ser selva en los sillones.

Dama o tigre,

boquita pintada o sangre en las preguntas,

cuando ame, cuando escriba, cuando muera.

Novia rubia con la cabeza anestesiada

o fiera póstuma orinando las paredes de una casa

que me arropa o me ahoga,

no sé.





Arte: "The Lady Or The Tiger?", ElementalEmily

sábado, 20 de abril de 2024

HABITACIÓN 129


 HABITACIÓN 129




Resbalábamos

por la piedra amable del encuentro:

la juventud aún era probable.

Él no me dolía

y yo me ataba

al hilo de sus sueños

(si los hombres sueñan,

si la piel es factible

a partir del tacto del soñado).



La luz acomodaba

la hechura jovial de mis pezones

en el hueco de sus manos.

La luz era el alivio,

y en la garganta del jardín

donde dormía el relámpago

se hinchaban dulces plantas carnívoras,

florecían motines

de jaleas salvajes

(nunca pensé en la cara de la mujer

que rehízo

nuestra cama deshecha:

no sé si ella encontró mis llaves,

no sé si ella intentó detenerme

cuando me arrojé

por la escalera del olvido).



La garganta del jardín era mi cuerpo:

mis orillas sonrientes

palpitando

como una pájaro abierto.

La ternura legible de mis vísceras.



El jardín era ese lugar intrascendente,

huérfano de linaje,

saturado de aromas y de vínculos

apenas sustentables

donde casi lo tuve.



Casi.



Casi.