sábado, 3 de octubre de 2020

LOS PELIGROS DE PAULINE


 LOS PELIGROS DE PAULINE

 

Toda mi vida fui Pauline.

Pero no la Pauline real,

que, al fin y al cabo,

era una heredera que quería conocer el mundo

y vivir aventuras antes de casarse.

La Pauline que quedó en el imaginario popular:

una damisela en apuros

atada a las vías mientras el tren se le venía encima

o al filo de una sierra circular que avanzaba peligrosamente

hacia su cabecita dorada.

La damisela que necesitaba

un hombre que viniera al rescate.

 

A veces me excuso diciendo

que me criaron para ser así.

Pero eso no es del todo cierto:

mi hermana nunca corrió

mis imaginarios peligros hollywoodenses.

Ella todavía llora

por mi padre muerto hace cuarenta y cuatro años.

Yo no.

Mi dolor no tomó el rumbo de las lágrimas.

Mi duelo interminable fue buscar padres sustitutos.

Hombres que me dijeran que todo estaba bien,

que no me preocupara,

que no había decisiones difíciles que tomar,

ni cuentas impagas,

ni trenes, ni sierras circulares.

Que siguiera sonriendo.

 

Toda mi vida fui Pauline.

No voy a negar que eso tuvo algunos beneficios

(que hoy en día juzgo un poco obscenos):

cada vez que arrasaba una boutique

y llegaba el resumen de la tarjeta de crédito,

me lamentaba entre suspiros y llanto

frente al novio de turno

y el caballero en cuestión 

se hacía cargo del desmadre sin chistar.

Pero también tuvo sus desventajas:

si no me cuidan, no me cuido;

si no me abrazan, no me duermo.

Me convertí en una nena eterna.

 

Toda mi vida fui Pauline,

pero ya no quiero serlo.

Quiero ser la Teniente Ripley

o Sarah Connor.

Pero no sé ni por dónde empezar.

 

Quizás un buen inicio sería

dejar de ver tantas películas.

Y salir a la vida.

 

Betty Hutton, fotogramas de la película "The Perils of Pauline" ("Los peligros de Pauline"), George Marshall  (1947)

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