jueves, 31 de enero de 2019

DRÁCULA Y LA PELIRROJA


DRÁCULA Y LA PELIRROJA

Clara Bow nadaba en su piscina
cuando recibió una invitación para asistir
a una función de “Drácula”.
Aceptó entusiasmada:
deseaba conocer al hombre
detrás de la cara empolvada
y los falsos colmillos.
La diva pelirroja  apostó a la osadía
y ni siquiera se cambió de ropa.
Llegó al teatro
con un tapado de visón sobre su traje de baño.
Cuando terminó la obra
le presentaron a Béla Lugosi.
El flechazo fue inmediato:
él se había casado días atrás,
pero ambos pasaron por alto
tan prosaico detalle.

Clara y Béla se reconocieron
como lobos de la misma manada,
como antesalas
del siniestro don de la locura.
Él no hablaba inglés pero se amaron
con el lenguaje del cuerpo,
Lugosi todo boca espesa en el rojo furor de la mordida,
Bow yugular desde la nuca
hasta el íntimo abecedario de las piernas.

El idilio duró poco
pero ella conservó su foto autografiada
hasta el día de su muerte
y él hizo pintar su desnudez de memoria
para que Clara reinara
sobre todas las mujeres que vinieron después,
cómodamente instalada en el trono del recuerdo
y en la mejor pared de su casa.


Arte: "Clara Bow nude", Géza Kende

Fotografía: Béla Lugosi en su casa

domingo, 27 de enero de 2019

CAFÉ PARA TRES


CAFÉ PARA TRES

“Señor Tracy, no es tan alto como esperaba”,
le dijo Katherine cuando lo conoció.
“Usted tiene las uñas muy sucias”
retrucó Spencer, sin temor a resultar poco caballero.
Y ella se rió, con su risa de antílope indomable.
Y él creció, por lo menos, 20 centímetros.

Él estaba casado y casi siempre borracho.
Ella era orgullosa y tenía un cuerpo filoso,
un volcán en erupción conspirando
debajo de su lengua,
pocas cualidades para ser la otra.
Pero el amor es una enfermedad de aguas dulces
y ellos se olieron y supieron
que habían nacido en el mismo río,
y  juntos se remontaron hacia un paraíso clandestino
de sábanas líquidas
como salmones ávidos de la química natal.

Él era católico
y tenía una mujercita blanda, Louise,
que aprendió, como pudo,
a lavar tres tazas sin romperlas.
Ella era atea
y se movía entre las citas bíblicas
como la jefa de una tribu de profetas libres.
No dormían juntos
pero  cuando la luna era un calambre de luz
y el cielo se encogía de dolor
se daban las buenas noches metiéndose, desnudos,
entre los párpados del otro.
Ella era una casa de verano
(y él abría sus puertas cuando el sol).
Él era un taller
(y ella trabajaba cantando en la medianía de su ombligo).
Los dos eran expertos
en convertir lo prohibido en cotidiano.

Cuando Spencer Tracy murió,
fue Katherine la que llamó a Louise desde el hospital
para darle la noticia.
Después de casi tres décadas
una de las tazas de ese insólito juego estaba rota.
La esposa tuvo el funeral y la parcela en el cementerio,
la memoria incómoda de la porcelana esquiva.

La Hepburn se cepilló las uñas con furia,
entre lágrimas,
y dejó el café para siempre.



Arte: "Katherine Hepburn & Spencer Tracy",  Al Hirschfeld 

viernes, 25 de enero de 2019

UNA DE LAS MÁS VALIENTES


UNA DE LAS MÁS VALIENTES

Claude tenía 17 años y flores en la boca
cuando uno de sus tantos admiradores la convenció
para que subiera a su auto
y la violó con ferocidad.
Al poco tiempo,
la italiana más guapa de Túnez,
descubrió que estaba embarazada.
Decidió no abortar
y dio a luz a Patrizio,
un príncipe lampiño que creció
creyendo que la bella Totte era su hermana.

Siete años más tarde,
convertida en estrella,
Claudia Cardinale le confesó al mundo que Patrizio era su hijo
y lo abrazó  (por fin madre) con infinito alivio.
Habló de un error de juventud en Túnez,
pero nada dijo de la violación,
del miedo,
 del asco,
del sexo abominable de la bestia
rompiéndola desde adentro
como si fuera una cáscara vacía.
Quizás para proteger a Patrizio,
tan perfecto
(cinco maravillosos dedos en cada mano)
a pesar de la forma brutal en la que había sido concebido.
Quizás porque todavía sentía culpa
 por haber subido a ese auto,
por sus 17 años,
por ser la italiana más guapa de Túnez.

En 1995,
cuarenta años después de haber sido violada,
Claudia Cardinale pudo contarlo.
Tomada de la mano de Patrizio
(cinco maravillosos dedos).
El que nunca supo quién fue su padre
y nunca quiso saberlo.

Le bastó con ser el hijo
de una de las mujeres más hermosas del mundo.

Una de las más valientes.


Fotografía: Claudia Cardinale y su hijo Patrizio


miércoles, 23 de enero de 2019

LA SERPIENTE DEL NILO


LA SERPIENTE DEL NILO
Al abuelo Luis

En 1915
nadie sabía con exactitud
cuáles eran los orígenes de  Theda Bara,
la sirena gótica que ondulaba con destreza
entre los dos tabúes que engrosaron durante años
la cuenta bancaria de la Meca del Cine:
el sexo y la muerte.
La Fox Film Corporation aseguraba
que era hija de una actriz francesa
y  un príncipe egipcio,
concebida clandestinamente a la sombra de las pirámides.
Juraba, también,
que la diva tenía poderes sobrenaturales.
Su mordedura era letal:
la pequeña Theda,
una Rappaccini's Daughter manufacturada a orillas del Nilo,
había mamado sangre de serpientes venenosas.
Lo cierto es que bastaron un par de películas
para que se convirtiera en la contracara de Mary Pickford,
y su empalagosa promesa victoriana de bebés y pasteles de manzana.
Theda era una pecadora
y el público deliraba al verla semidesnuda,
provocando la ruina de miles de hombres,
devorándolos y embriagándose con sus huesos
con el regocijo de una hiena.

Theda Bara fue todas las mujeres temidas y anheladas:
Salomé, Madame Du Barry, Carmen,
Safo, Cleopatra, Marguerite Gautier.
A todas les puso su cuerpo felino,
su melena caníbal,
sus ojos delineados con kohl y furia.

En 1915
nadie sabía que Theodosia Burr Goodman
era una simple chica judía nacida en un barrio de Cincinnati,
hija de un sastre y una ama de casa que se horrorizaron un poco
cuando tiño su largo cabello rubio de negro azabache.

Los años ’20, con sus burbujas de champagne y sus lentejuelas,
no tuvieron lugar para la belleza ojival de Theda:
las alegres flappers zapatearon charleston sobre el mito
y la buena chica judía buscó un marido.

La primera vampiresa del cine pasó años arreglando el jardín
y cuidando a su esposo.
Murió en 1955,
convertida en una perfecta ama de casa,
sin descendencia pero con tantos pasteles de manzana horneados
como cualquier hija de vecino.


Arte: "Theda Bara, Vintage Movie Star", John Springfield   

lunes, 21 de enero de 2019

LA CABEZA DE JAYNE MANSFIELD


LA CABEZA DE JAYNE MANSFIELD


Las rubias pierden la cabeza fácil.

Las rubias de pechos grandes pierden la cabeza fácil.

Sirven hamburguesas grasientas,

huevos revueltos,

café aguado,

y los ojos de los hombre se caen dentro de sus escotes

como ciruelas maduras

(por eso las rubias tienen pezones de mermelada

y cierto desprecio por los hombres y las ciruelas).



Un buen día

alguien les dice que hay un papelito:

acostarse con un productor de bigote ridículo,

mover el culo veinte segundos

en una película de los Hermanos Marx,

sonreír como si los elegantes zapatos prestados

no les quedaran chicos.

Entonces las rubias se desentienden del café aguado,

cuelgan el delantal,

cambian de lápiz labial,

cambian de marido

y se convierten en estrellas.



Jayne no era rubia

pero tenía los pechos más grande que todas.

Se tiñó el pelo y perdió la cabeza.

Los hombres querían tocarla.

Peregrinaban enfermos de sexo a su Meca rosada

y ella estrenaba camisones de tul,

pantuflas de peluche,

amantes adictos a los esteroides.

Tenía un gran danés que se llamaba Byron

porque antes de perder la cabeza

había leído mucha poesía.

Hablaba cinco idiomas,

cosa que a nadie le importó porque,

ya lo dije,

tenía los pechos más grandes que todas.



En los '60 probó LSD.

Las rubias

(aún las falsas rubias)

pierden la cabeza fácil.

Se ordenó Sacerdotisa de Satanás

pero nunca dejó de ser una Barbie inflada,

con su camisones rosados,

sus pantuflas rosadas,

su casita rosada.

El Sigilo de Baphomet no encajaba

en su palacio kistch.

¿Quién clase de Diablo tendría tratos

con una rubia de pechos grandes

que viaja en un autito rosado?



Un autito rosado.

Crash.

Muy fuerte crash.

Veinte botellas de licor rotas,

un chihuahua muerto,

dos tipos muertos,

una rubia muerta.



Las revistas del corazón dijeron

que un brujo despechado

decapitó una foto en California

y su cabeza rodó en Luisiana.

Pero eso no es cierto.

Jayne era una buena rubia.

La cabeza la había perdido hacía rato.




Arte: Jayne Mansfield, Colleen Kammerer

sábado, 19 de enero de 2019

LA CICATRIZ DE MARILYN MONROE


LA CICATRIZ DE MARILYN MONROE 

Se desnudó,
como tantas veces,
y la cámara hundió sus dedos en la cicatriz
como quien los hunde
en crema batida,
en merengue recién hecho,
en una nube de algodón de azúcar.
En algo dulce, caliente, vivo.

La cicatriz.
Un murciélago rosado sin alas
cosiéndole la humanidad al cuerpo.
Una vagina hecha a cuchillo
para parirse a sí mima
imperfecta,
mortal,
hermana del vómito,
del llanto,
de la sangre.
Con una hermosura nueva
como la de lo que se rompe
o se desvanece.

Ella preguntó por la cicatriz.
Preguntó si era posible disimularla.
Había una ilusión que cuidar.
Un espejismo repetido
en cientos de pupilas amorosas.
Había que preservar los sueños
de quienes le cantaron
sus únicas canciones de cuna.
Los que contestarían el teléfono
si supieran.

Ella se desnudó
y la cámara
lavó sus pies de huérfana indigente.
Bendijo la moneda de plata
que se adelantaba a la muerte
debajo de su lengua.
La cicatriz era un surtidor de pájaros.
Era algo dulce, caliente, vivo. 

Fotografiarla era fotografiar la luz.

La luz era la suma de todas sus cicatrices. 


Arte: Marilyn Monroe- The Last Sitting (Junio de 1962)Bert Stern