martes, 28 de abril de 2026

IL A MIS LE CAFÉ


  IL A MIS LE CAFÉ

 

Il a mis le café

dans la tasse

 

Recitar a Prévert en francés

es de las pocas cosas que recuerdo

de todas las que,

supuestamente,

aprendí en el secundario.

Junto con los nombres de las tenias

(saginata, equinococus, solium)

y el peligro latente del botulismo

agazapado en las latas abolladas.

La memoria es loca, pienso,

o yo pasé por la escuela como quien pasa

por un desfile de Carolina Herrera.

 

Il a mis le lait
Dans la tasse de café

 

Lo miro con desazón,

como si la taza estuviera rajada

y el café y la leche se escurrieran

por la delicada herida de la porcelana.

Y empaparan el mantel hasta convertirlo

en un pañuelito descartable más,

de esos que hoy revolotean por toda la casa

y confunden a los gatos

que persiguen, sin suerte,

pajaritos de papel mojados de pena.

 

Así estoy yo, así,

como una taza rajada.

Me veo entera de lejos,

me veo sana.

Pero estoy a punto de explotar en el microondas

o de quebrarme definitivamente

si alguien me lava

con demasiada vehemencia.

 

Alguna vez leí por ahí

acerca del Kintsugi,

una técnica japonesa que no desecha

la porcelana rajada.

Las repara con un barniz de resina

mezclado con polvo de oro o plata.

Porque las roturas y los quiebres

son parte de la vida del objeto,

hablan su historia y sus transformaciones,

lo embellecen.

Supongo que lo mismo debe pasarnos a nosotros

cuando nuestras heridas cicatrizan

y cada cicatriz es una rosa que asoma

reafirmando que somos humanos.

 

Il a mis le sucre
Dans le café au lait

 

Sans me parler
Sans me regarder

 

Quizás yo debería hablarle.

Quizás yo debería mirarlo.

Quizás yo debería preguntarle

como hace tantos años:

“¿Querés que te recite un poema de Prévert en francés?”



domingo, 26 de abril de 2026

LAS MOSCAS

LAS MOSCAS

Estábamos desayunando en el jardín
y las moscas
nos volvían locos.
Recordé entonces
que mi abuela ponía un plato
lleno de agua azucarada
cuando tomaba mate en el patio
y las moscas –golosas-
se ahogaban en esa trampa
rebosante de dulzura.
Como en el poema de Machado
las moscas
evocaron mi infancia.
El rostro adusto de esa abuela
a la que nunca llegué a conocer.
Su reducto de ollas y sartenes
y la pava,
siempre lista,
porque mi abuela española
había adoptado el mate
como bebida constante.
Las moscas
con su trote desparejo
me trajeron la cola de caballo,
descolorida,
donde se guardaban los peines.
Los tesoros recónditos que albergaban
los cajones de la máquina de coser
(anillos, botones de nácar, calcomanías,
alguna postal maltrecha
con una bailaora bordada
orgullosa de su porte espigado,
sus volados,
su mantón de Manila).
La liebre que crió,
a mamadera,
con una áspera ternura que nunca
dispensó a sus nietos.
La liebre,
la que  nos miraba asustada,
hecha un bollito de pelo y orfandad.
Las moscas me trajeron
esos años con sabor a fiesta
en los que papá no era una cruz y un interrogante
(¿por qué la muerte,
por qué?).
Y en las Navidades comíamos conejo asado,
criados por la abuela, claro,
pero con menos suerte que la liebre.
 
Mientras espantaba a las moscas
pensé en mi abuela.
La pensé sin rencor.
Sin reprocharle
que no haya sabido quererme.
La pensé en su eterno luto
por el hijo muerto.
Y quise abrazarla
atravesando años de desencuentros,
años de distancia.
 
Ahora que mi abuela está muerta,
hace mucho ya,
hace tanto,
puedo hacer las paces con ella.
Y todo por unas moscas.
 
Él propuso
un plato de agua azucarada
y a otra cosa mariposa:
que las moscas se ahoguen
por molestas y golosas.
Dejalas, dije yo.
No le hacen mal a nadie.
Lo aprendí en la escuela:
el mundo es lo suficientemente grande
para ellas y para mí.



Arte: "Las moscas", Lorenzo Goñi 

viernes, 24 de abril de 2026

LA MARY

 LA MARY

 

Era de tardecita, me acuerdo.

Papá entró a la cocina, pálido,

y le dijo algo a mamá por lo bajo.

Mamá se puso a llorar

y dejó de revolver la olla

que tenía en el fuego.

Yo no pregunté nada

amparada en esa sabiduría infantil

que perdemos con los años:

hacernos bolitas de silencio,

desaparecer cuando en el mundo de los grandes

se instala el virus del dolor,

rodar hasta debajo de la cama

y confundirnos con su caos secreto,

ser una florcita más de tierra y pelusa.

 

Al otro día lo supe:

se había muerto la Mary.

La Mary, que usaba vestidos baratos

y una colita en el pelo,

y tenía tres nenes chiquitos

y un marido que no conseguía trabajo.

¿Y ahora?

¿Y ahora qué va a hacer él

con tres nenes chiquitos

que hociquean los rincones

como perritos recién nacidos

buscando el olor de mamá?

¿Qué va a hacer

con ese plato de arroz que no llega?

 

Al otro día lo supe:

se había muerto la Mary.

Lo que no supe fue cómo

ni por qué.

De esas cosas no se habla.

Y menos con florcitas de pelusa de seis años

que se atrincheran debajo de la cama

y no quieren salir,

porque no hay escoba que valga

cuando los grandes lloran

y todo es miedo.

 

Con el tiempo supe, sí.

Cuando crecí supe

cómo se había muerto la Mary.

A veces pienso en ella

e imagino que una hemorragia injusta

todavía fluye entre sus piernas de polvo.

Imagino alguno de sus vestidos baratos

manchado de terror y agonía.

En los que pienso seguido es en sus hijos:

a ellos los imagino llorando en un rincón del aula

mientras sus compañeritos tallan jabones

o se embadurnan los guardapolvos con témpera

mientras fabrican regalitos para el día de la madre

como parte de la currícula estúpida

de un puñado de maestras anestesiadas.

Llevando flores al cementerio

hasta que todo deja de tener sentido:

las flores, el cementerio,

el ejercicio de recordar a una madre borrosa

que conocieron apenas.

 

Hace poco le pregunté a mamá por la Mary.

Ella dice que no se acuerda.

Yo creo que sí,

que se acuerda,

pero no quiere hablar del tema.

Cuando corté el teléfono

rodé hasta debajo de mi cama.

Me costó entrar, claro.

Ya no tengo seis años.

Me costó ver que las pelusas ya no parecían flores.

Y estaban manchadas de indiferencia y sangre.

 


lunes, 20 de abril de 2026

CEFERINO

   CEFERINO

Se llamaba  Ceferino
y era el hermanito de  la Patri.
El hermanito muerto de  la Patri.
Se había enfermado de meningitis
y se había muerto,
poniendo patas arriba
un mundo en el que los chicos estábamos a salvo,
teníamos un angelito de la guarda que nos cuidaba,
una estrellita en el cielo que velaba nuestros sueños,
y bla, bla, bla.
 
En mi cabecita entre católica y pagana,
en ese sincretismo absurdo
en el que cohabitaban lo que me habían enseñado
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo )
y lo que intuía cada tarde de verano
en el trote lascivo de las abejas
cortejando a las margaritas,
yo estaba segura de que el chico se habia muerto
porque se llamaba  Ceferino.
¿A quién se le ocurre ponerle a un bebé
el nombre de un santito que se murió tan joven?
Porque Dios lo llamó a su lado,
porque Dios lo escogió,
porque Dios lo necesitaba,
porque Dios, porque Dios.
 
Entrar a la casa de  la Patri
era como entrar a un mausoleo.
No porque hubiera fotos
o algun recuerdo de  Ceferino
(que los había, seguro).
Porque el silencio era tan espeso
que se volvía imposible de romper.
No importaba cuánto gritaras,
no importaba lo fuerte te rieras.
El silencio era una bola de pelos indestructible
que crecía y crecía
a medida que el animal del dolor
se lamía las llagas.
 
Algunas veces me quedaba a comer de  la Patri.
Su mamá nos servía la comida
y se sentaba a masticar mecánicamente la suya
frente a un sifón donde apoyaba, abierta,
la revista  "TVGuía".
Leía mientras comía y jamás nos miraba.
Jamás levantaba los ojos de la revista.
Leía detalladamente los chismes de la farándula
y la programación de cada canal de TV.
"Para no perderse nada",   pensaba yo, tan ingenua.
"Para no ver el lugar vacío de Ceferino en la mesa",  comprendo ahora,
cuando decanté por las abejas y las margaritas
y quisiera llevarle algunas
si supiese
donde queda la infancia.