PAN CON CICATRICES
Poesía de Raquel Graciela Fernández
sábado, 21 de febrero de 2026
POSESIÓN
jueves, 19 de febrero de 2026
VOS, NOSOTROS
de un suspiro de pólvora,
martes, 17 de febrero de 2026
EL BARRIO
Hoy cumple años el chico más lindo del barrio
decía el cordobés,
y sacaba los parlantes a la calle.
Ese día nos tocaba escuchar cuarteto.
Antes de Rodrigo.
Antes de que se pusiera de moda.
Nosotras pensábamos
que el chico más lindo del barrio era otro
y esperábamos ansiosas el Carnaval
para poder mojarlo
(el agua era, entonces,
un labio temprano
apretándose contra el deseo,
el beso al que no nos animábamos).
El barrio.
Esa mancha de luz en la memoria.
Ese cofre de objetos maravillosos
donde guardamos
los primeros cigarrillos,
los primeros amores,
los perros que eran de nadie y eran de todos,
el carrito del heladero,
las canciones de ABBA.
Hoy cumple años el chico más lindo del barrio
decía el cordobés,
y las señoras que barrían las veredas
estaban de festejo a la fuerza.
Cuarteto todo el día
y a la tardecita la torta,
los tirones de orejas,
los deseos que no iban a cumplirse
(ojalá que el verano dure toda la vida,
ojalá que llegue pronto el Carnaval
y que se quede,
chau a la escuela,
chau a los bostezos y a la escarcha,
chau al sol del 25 de mayo).
El barrio.
Ese lugar de pertenencia del que me fui
pero no.
Porque irse era un pecado imperdonable
y las mudanzas,
aquelarres donde los brujos de la ausencia
ensayaban su canto funesto.
Ese lugar de desgarro
donde las preguntas
me arañan la garganta como gatitos tristes:
por qué la infancia se voló
con la música a otra parte,
de qué murió el chico más lindo,
cuándo vuelve el verano.
domingo, 15 de febrero de 2026
UNA MADRE TERRIBLE
viernes, 13 de febrero de 2026
ENFERMA
ENFERMA
Ella rompe
media docena de huevos.
Se asoma a la ventana.
Mira la vereda gris con afán de suicidio.
Pero el cielo es azul y hay que batir los huevos.
Hay que tostar el pan,
exprimir las naranjas.
Los chicos tienen hambre.
Los chicos siempre tienen hambre.
Ella no entiende bien esta gula infantil:
un puñado de flores masticado a desgano
le basta a su organismo
para vivir mil días.
Su estómago es pequeño:
apenas unas flores
y ya siente el hastío.
Ella hierve leche,
prepara café,
dispone la vajilla,
acomoda su pena en un mantel floreado.
Los chicos tienen hambre
y ella entiende que el mundo
es un lugar hostil,
una prisión fundada con gestos habituales:
ponerse los zapatos,
hojear una revista,
abrazar a sus hijos,
desnudarse en la noche para nadie.
Ella busca en el horno
el pan misericorde
que la lleve a la ausencia.
Deja una breve nota
junto a las tazas sucias:
“Es invierno. En primavera
también estaba enferma.”
Arte: Edvard Munch
miércoles, 11 de febrero de 2026
CERRANDO PUERTAS
“¡No le toques ya más que así es la rosa!” – Juan Ramón Jiménez
I
De repente, la ausencia. Un manotazo, la voz de fuga. Un manotazo, la rotura del mediodía. La ortografía del muerto en un papel amarillo. Peligro de habla. Peligro de gritar lo que no se dijo nunca.
II
Ciega de alma, la mesa. El lugar vacío. El instante que humedece las palabras. Partir el pan y el cuchillo. Partir la boca muda. Saber la fatalidad más grande. Sin volver a mirarlo jamás. Porque esa risa no era mía: las fotografías mienten.
III
Cuándo dio el salto. Cuándo se convirtió en el antepasado de la esperanza. Dónde se dejó la vida. Por qué no lo reconozco en el roce de la luz. Por qué fuimos arena que no coincidió en ningún desierto.
IV
Entonces el alma es un lugar sin pájaros. Entonces no hay más Infierno que mugir para adentro, dar estocadas ciegas a los signos, entenderse por fin con la locura. Entonces no queda más consuelo que la desnudez atemporal de las flores.
V
Quién le sirvió a la Muerte este plato de carne viva. Demasiado cercana para buscarlo. Mi verso insiste pero no lo toca. Hay una fiesta con amigos a la que no me invitaron. Me muerdo las manos, pero es tarde. E inútil: no lo conozco.
VI
El llanto de los vivos espanta a los muertos. Los párpados de los muertos espantan a los vivos. Pero los ojos de los unos y los otros jamás se encuentran. Hay reinos que no pueden tocarse.
VI
Los juguetes de la vida están rotos. Hay que cumplir los ritos que envuelven cada llama que se agota. La tierra en la garganta finalizando historias. La tierra sofocando los ojos que nunca fueron llaves. Él abandonando las garras.
VIII
Sangre resbalada en sus últimas baldosas. Sangre que no es sangre pero duele como un animal moribundo. Quiero sentirlo mío, pero no puedo. Algo me arrancó su tiempo y no hay lágrimas que valgan para recomponer la injusta tragedia de la carne.
IX
Elevo mi nada hacia lo que no escucha. Podría tener una cruz. Podría tener un escapulario que dijera su nombre. Pero a los muertos hay que dejarlos ir. Por eso le suelto las manos.
X
Dolió aprender a no palpar la rosa. A cerrar ese tiempo que fue nuestro. Escaso, errado, flemático, indigente. A restañar con palabras el pasado imperfecto. Para que los muertos y los vivos comprendan de una vez por todas que ya no hay que tocar nada. El poema está terminado.





