sábado, 6 de junio de 2026

LA BELLA DURMIENTE


 LA BELLA DURMIENTE


El beso

“El único idioma universal es el beso.”
Alfred de Musset



Su dedo sangra

y ella se hunde

en un sueño sin sueños que la acribilla

con espasmos de agua prenatal.

Entonces

las moscas rezan novenas

sobre sus ojos ciegos

y sus pechos se hinchan como jazmines,

como panes diligentes.

El deseo

abre un balcón en su ombligo

y se arroja en la hoguera dulce

que le calcina las piernas.



Su dedo sangra

y su corazón cae en suspenso.

Pero su boca sigue creciendo

y alcanza la perpetuidad

cuando el beso

(repelido, esperado, definitivo)

rompe el hechizo de la infancia.



jueves, 4 de junio de 2026

CENICIENTA


CENICIENTA
El zapato

 
¿De dónde habrá salido este zapato de mujer, enterrado vivo entre el cerezo y el espectáculo del cerezo?
Gonzalo Rojas



Breve como la lengua

de una mariposa

el zapato

acomoda el suspiro del baile

en su garganta de cristal.

Cuando el reloj reviente

en una roja medianoche de ciruelas,

será una copa de sed,

un campanario helado,

una brújula yerma.
 


Ella arde

debajo de su vestido encendido

con mil velas celestes.

El zapato

merodea su playa de fuego

como una medusa en celo.

Se quedará con su olor

para buscarla,

caracol viudo recitando

el mantra de la espuma,

sabueso de mar desparramando sal

en todas las casas del reino.



El zapato le besa el pie

y ella canta

un canto de rosas y ratones.

Clausura la puerta de las cenizas

y libera

las ventanas del cuerpo.



Todas las historias de amor deberían tener un zapato

delicado como una tacita de porcelana

que sobreviva

a las catástrofes de la rutina.





martes, 2 de junio de 2026

EN SUEÑOS


 EN SUEÑOS


Cuánto hace que no voy al cementerio,
pensé,
mientras arreglaba el cantero del jardín.

Cuánto hace que no veo a mi hermano.

Al principio, se me aparecía en sueños
y yo lo abrazaba con una alegría feroz,
y le decía “Gordo, viniste”,
porque sabía que estaba muerto
pero también que estaba ahí, tangible en el abrazo.
Después, empecé a soñar con otras cosas:
con gatos y recetas de cocina,
con el mar,  con Ryan Gosling.
Sueños sin peso, insoportablemente livianos,
plumas de ganso del inconsciente.

Brujas, chamanes, tarotistas,
facilitadores de constelaciones familiares,
lectoras de registros akáshicos.
A todos les pregunté por él.
A todos les dije quiero ver a mi hermano,
quiero hablar con mi hermano,
quiero saber dónde está,
quiero un mensaje, una señal,
algo que me ayude a tapar el agujero de la ausencia,
un milagro ultraterreno, una mentira piadosa.
Pero nada.
Nada de nada.
Mi hermano está muerto y callado.
Ni el más ingenuo de los pensamientos mágicos
sirvió para aliviar una década de luto.
Una década eterna.

Cuánto hace que no voy al cementerio,
pensé,
mientras arreglaba el cantero del jardín.
Cuánto hace que no reemplazo las flores secas,
beso su foto,
repaso con el dedo cada palabra de su epitafio,
Kata ton daimona eaytoy,
el mismo que Jim Morrison,
un capricho mío, una tontería mía,
un homenaje a su espíritu o a su demonio,
a eso que lo hizo tan él y se esconde
detrás de las piruetas de los gatos y la sonrisa de Ryan Gosling.
Porque yo sueño con mi hermano todas las noches,
ahora me doy cuenta.
Sueño con mi hermano todas las noches.

Todas las noches desde hace diez años.