sábado, 10 de octubre de 2026

THE BOOK OF MIRRORS


 THE BOOK OF MIRRORS



 Me interrogo, cada mañana, en el vértice del espejo.


1

Había una vez un espejo.

No había un hombre,

no había  una mujer.

Ningún jadeo penetraba

 el denso protocolo

de un calculado festín carnal.

Había una vez un espejo.

Un espejo solo.

Abierto.

Como un interrogante.



Caer dentro de un espejo es un ejercicio arduo
que requiere prescindir de cualquier máscara.



2

La sangre aplicada de tu bestia

gesticula desde el otro lado.

El botín inalcanzable

es la sangre.

El cuerpo del deseo es la bestia

El error es la máscara.



Algunos hombres son como espejos

-la niña correcta se equivoca una vez más:

todos los hombres son como espejos-.



3

Y entonces el macho se parte

y vuelan sus semillas

hasta la boca idéntica

que mastica su espasmo.

Una sombra babea,

muy desnuda,

crispándole los ojos.



Cuando el espejo me bebe,  el infinito se acaba en mis temblores
(es como tenderle el cuello a un asesino).



4

Y entonces la hembra expone

la viudez de su garganta

al tajo del cristal que donde se gastan

los pulgares del sueño.

Del otro lado,

las bestias cantan.



Alguien cruza el espejo y cubre mi cuerpo, como una sombra.



5

Las voces que instruyeron

la hoguera primitiva de los muslos

insisten en roer el hueso de la urgencia.

No hay un hombre,

no hay una mujer.

Hay un estallido tendiendo sus redes

en los orificios perturbados de dos cuerpos.

Y algunas mentiras

que  ríen,

como hienas.



Me miro en un espejo de cenizas:
todos los espejos son de ceniza desde que olvidé el rito del fuego.



6

El semen devoto de tu bestia

aúlla desde el otro lado.

La página en blanco

es el semen.

La palabra tullida es la bestia.

El poema cruel es el silencio.



Tu espejo se desangró, desafiando el rigor de la materia.
Consumiste tu vida en un instante. Era la señal.



7

Había una vez un espejo.

Había un hombre.

Había una mujer.

Había una distancia que se medía

en brújulas obscenas.

Había una vez un hombre roto,

con un girasol invertido entre las piernas.

Había una vez una mujer entreabierta,

goteando partículas de luz.

El hombre estaba solo.

La mujer lloraba.



Un sonido acribillado. La noche.
Se bifurcan los caminos del abismo.
La caída es libre dentro de cualquier espejo.



8

¿Y si quebramos todos los espejos?

¿Y si tentamos al luto

con las vértebras calientes de una sábana?

¿Y si clavamos este suicidio ridículo

en la garganta de un pájaro?




viernes, 9 de octubre de 2026

STRAWBERRY FIELD FOREVER


  STRAWBERRY FIELD FOREVER

 
Hay una reja roja
y el recuerdo de un niño germinando
entre los animales ilusorios del pasado.
Los ciegos de padre y madre
son bestias azules como el aire.
Bestias dulces que soplan la tibieza del viento,
pequeñas tormentas en la memoria.
Un esqueleto de musgo
oficia de jardín.
Vértebras de savia y nervaduras,
húmeros floridos.
Los ciegos de padre y madre
hacen sonar sus huesos
como si fueran castañuelas de niebla
y la canción que cantan
se parece a lo eterno.
 
Hacía mucho que no lloraba.
Las pastillas adormecieron
ese costado mío que hacía agua
sin vergüenza y sin culpa.
Pero hoy lloré.
La orfandad es un hilo conductor
que atraviesa la vida.
Una cuerda omnipresente
que va de desgarro en desgarro,
de sueño en sueño,
de boca en boca como si fuera
un secreto a medias con la muerte,
una cucharada de sopa caliente
y el estómago tan lejos.
 
Hay una pared y parece sencillo treparla
sacudiéndose los años del cuerpo.
Volviendo a ser un velero de caramelo
haciendo piruetas
en la lengua perentoria del mar.
 
Hacía mucho que no lloraba.
Pero hoy lloré.
 
A veces la belleza se llora más que el dolor.



jueves, 8 de octubre de 2026

UN TAL JULIO


UN TAL JULIO



Un tal Julio se desnuda en París, se palpa el cuerpo buscando una cifra, un nombre,

un lugar que olvidó y sólo visita con los ojos vendados cuando se arranca la vigilia

(se desnuda en una mujer que brilla como una marquesina,

que anuncia champagne y bailarinas de cancán,

y se apaga cuando las veredas del sueño comienzan a angostarse

y se convierten en cintas grises donde el café se enfría, y el polvo

edifica castillos de pena sobre los párpados de la mañana).



Un tal Julio llueve en París,  llueve sobre los locos que cobijan palomas en sus manos,

sobre las niñas que embellecen sus sexos con florecitas azules y gorriones concéntricos,

sobre la cara de esa mujer, la que brilla y se apaga,

la que se  busca en el cuerpo, la que recalienta día a día en la memoria

como a un plato de comida que no se atreve a probar.



En París,  la Alejandra-bicho  pulveriza rosas desde la alcantarilla del recuerdo,

la Maga muerde el pan de los ingenuos

y los conejitos que vomitó  una señorita atildada al otro lado del mundo

flotan como nubes de algodón de azúcar sobre la hoja en blanco.

Y el tal Julio se desnuda, el tal Julio llueve, el tal Julio escribe.



Escribe, para salvarse y salvarnos. Para que nos rocen, alguna vez

(por obra y gracia de un dios hecho de lluvia y de mujeres que siempre dan la espalda)

los delicados  labios del milagro.