de un suspiro de pólvora,
Poesía de Raquel Graciela Fernández
Hoy cumple años el chico más lindo del barrio
decía el cordobés,
y sacaba los parlantes a la calle.
Ese día nos tocaba escuchar cuarteto.
Antes de Rodrigo.
Antes de que se pusiera de moda.
Nosotras pensábamos
que el chico más lindo del barrio era otro
y esperábamos ansiosas el Carnaval
para poder mojarlo
(el agua era, entonces,
un labio temprano
apretándose contra el deseo,
el beso al que no nos animábamos).
El barrio.
Esa mancha de luz en la memoria.
Ese cofre de objetos maravillosos
donde guardamos
los primeros cigarrillos,
los primeros amores,
los perros que eran de nadie y eran de todos,
el carrito del heladero,
las canciones de ABBA.
Hoy cumple años el chico más lindo del barrio
decía el cordobés,
y las señoras que barrían las veredas
estaban de festejo a la fuerza.
Cuarteto todo el día
y a la tardecita la torta,
los tirones de orejas,
los deseos que no iban a cumplirse
(ojalá que el verano dure toda la vida,
ojalá que llegue pronto el Carnaval
y que se quede,
chau a la escuela,
chau a los bostezos y a la escarcha,
chau al sol del 25 de mayo).
El barrio.
Ese lugar de pertenencia del que me fui
pero no.
Porque irse era un pecado imperdonable
y las mudanzas,
aquelarres donde los brujos de la ausencia
ensayaban su canto funesto.
Ese lugar de desgarro
donde las preguntas
me arañan la garganta como gatitos tristes:
por qué la infancia se voló
con la música a otra parte,
de qué murió el chico más lindo,
cuándo vuelve el verano.
ENFERMA
Ella rompe
media docena de huevos.
Se asoma a la ventana.
Mira la vereda gris con afán de suicidio.
Pero el cielo es azul y hay que batir los huevos.
Hay que tostar el pan,
exprimir las naranjas.
Los chicos tienen hambre.
Los chicos siempre tienen hambre.
Ella no entiende bien esta gula infantil:
un puñado de flores masticado a desgano
le basta a su organismo
para vivir mil días.
Su estómago es pequeño:
apenas unas flores
y ya siente el hastío.
Ella hierve leche,
prepara café,
dispone la vajilla,
acomoda su pena en un mantel floreado.
Los chicos tienen hambre
y ella entiende que el mundo
es un lugar hostil,
una prisión fundada con gestos habituales:
ponerse los zapatos,
hojear una revista,
abrazar a sus hijos,
desnudarse en la noche para nadie.
Ella busca en el horno
el pan misericorde
que la lleve a la ausencia.
Deja una breve nota
junto a las tazas sucias:
“Es invierno. En primavera
también estaba enferma.”
Arte: Edvard Munch