sábado, 10 de noviembre de 2018

SONIA



SONIA

Andaba por los 17
y era la prima de las vecinas rusas.
Yo tendría 5 o 6 años
y estaba fascinada con su pelo largo y rubio,
sus ojos azules,
su olor a jardín de invierno,
a moneda de nieve.
Parecía estar hecha para el silencio
pero cantaba
y su voz era redonda y profunda
como las notas de un pájaro,
como el llamado de una campana nupcial.
Cantaba
y le daba cuerda a una caja de música que conservo intacta
en mi memoria de infancia:
un molino que giraba sus aspas iluminadas
al compás del “Vals de las flores”,
Tchaikovsky para soñar los sueños de los 5 años,
el privilegio de ser amiga
de la prima de las rusas.

Andaba por los 17
y era tan hermosa
que yo me mordía las lágrimas cuando era ella
la que me desenredaba los rulos
y hundía mi nariz mora en su pelo rubio cada vez que podía:
jardín de invierno, sí,
moneda de nieve,
Snegúrochka.

Sonia, la rusita.
La perdí en alguna mudanza.
Años después supe que se suicidó a los 20,
con el vestido roto
y el aliento borracho del padre
empotrado en la nuca.


Arte: Adriana Domínguez

jueves, 8 de noviembre de 2018

EL SECRETO DE RODOLFO VALENTINO


EL SECRETO DE RODOLFO VALENTINO

Cuando llegó a Nueva York
Rudy fue jardinero, lavaplatos, carterista, gigoló
y socio involuntario del club del hambre.
Su suerte cambió el día que se plantó frente a una cámara,
todo ojos verdes y pestañas saturadas de rimmel,
y pasó de inmigrante italiano
a sheik, torero, amante supremo,
remiendo de cartón pintado endulzando
la soledad anorgásmica de las amas de casa,
secreto inconfesable de los ascensoristas del Ritz
y de los cowboys que juraban despreciar su cara empolvada
y soñaban con su torso desnudo e impecable.

Rudy también tenía un secreto,
un secreto que hundía
como una lengua afiebrada o un ladrido
en las bocas de sus esposas lesbianas
y se hacía mordida en los bares gay de Hollywood.
Un secreto que se llevó a la tumba
para no insultar
la marcial virilidad americana.

Dicen que Rudy vuelve cada noche
y su fantasma todavía golpea
las puertas del armario.



Arte: "Rodolfo Valentino", Dora Ramírez

lunes, 5 de noviembre de 2018

SERGIO



SERGIO

Revoloteaba entre los jazmines del tío
como una mariposa exótica
y las nenas del barrio le cantábamos “Sergio, maricón”
porque no nos habían enseñado una palabra
para nombrar sus alas iridiscentes,
su lengua libadora,
sus boca larga como la promesa del verano.
Pero era una más entre todas
las que íbamos a ser reinas,
y tomaba el té en con nosotras 
en tacitas de porcelana.
Cuando los grandes dormían la siesta
acunaba a nuestras muñecas:
la Humberta, la Nicanora,
la negrita que nunca tuvo nombre.
Cuando los grandes se distraían
se probaba nuestros vestidos con los ojos.
Los dos protestábamos
porque no nos dejaban tener el pelo largo.
El mío era difícil de desenredar.
El de él, difícil de explicar a las vecinas que barrían la vereda,
al compañero de banco,
a las maestras.

La última vez que lo vi estaba muy enfermo.
Me pidió prestado el teléfono para encargar una pizza
que apenas mordisqueó.
Seguía siendo una mariposa exótica
pero ya no revoloteaba:
se encogía en el ángulo más sombrío del jardín
adivinando
que no llegaba al verano.
Días antes había celebrado su cumpleaños
y casi todos los invitados faltaron a la fiesta.

La última vez que lo vi
le regaló unas monedas a mi hijo
y le acarició la cabeza.

Esa noche
un chiquito de 5 años rezó por él,
y yo serví té de jazmines y lágrimas
en tacitas de porcelana
para brindar con la ausencia.


Arte:  "Boy With Flower", Malcolm T. Liepke


viernes, 2 de noviembre de 2018

DEMASIADO GORDA PARA RUBIA


DEMASIADO GORDA PARA RUBIA

Demasiado gorda para rubia, le dijeron,
Diana dejó de comer para convertirse en la Marilyn británica,
el mayor mito erótico de las islas después de Lady Godiva,
aunque mucho más dispuesta que la condesa
a mostrar sus generosos pechos
que siguieron creciendo
como bollos de pan
más allá del límite ridículo del escote
a pesar del ayuno autoimpuesto.

Durante los años en los que Diana no comió
fue la rubia de muchas películas,
se compró un Roll Royce
y se enamoró de gánsters y estafadores.
Con hambre pero sin pudor
le contó a los tabloides
lo que hacía con ellos en la cama:
de todo, menos dormir,
de todo, menos desayunar como Dios manda.
El arzobispo de Canterbury se horrorizó con proezas sexuales
y previno a los creyentes sobre sus pechos diabólicos,
aunque nada dijo de su pobre estómago
estrujado como una hoja de papel inútil.

Un día
Diana Dors se cansó de pretender ser Marilyn
(quien para ese entonces ya había manoteado las pastillas y el teléfono
y había usado la cama para algo tan imperdonable como morirse)
y volvió a comer.
Se convirtió en una oruga rutilante
haciendo justicia por mandíbula propia.
Masticó y masticó.
Fue devorando todo lo que encontró a su paso
antes de que el cáncer
(que no llegó a ser la dieta definitiva)
la devorara a ella.

La enterraron en 1984
con un vestido de lamé dorado XXL.



miércoles, 31 de octubre de 2018

AUTOPISTAS


AUTOPISTAS

“Estos fantasmas se habían sumido en una desesperación afligida durante una eternidad en la autopista, arrastrando las heridas por las que habían muerto y las locuras por las que habían asesinado. Habían soportado su levedad o insolencia, sus estupideces, las maquinaciones que habían trivializado sus sufrimientos. Querían decir la verdad.” – Clive Barker


Clive Barker me dijo una vez

que los muertos tenían autopistas.

Las caminan con desesperanza,

como si estuvieran

un poco vivos todavía.



Los muertos de las autopistas

cuentan historias,

pero nadie las oye.

Cada uno de ellos está enredado

en sus propias palabras.

Si miran a los costados están solos.

Los otros son nada.



En las autopistas los muertos dicen la verdad.

Dicen su grito, su llaga, su miseria.

Su humanidad. Su carencia.

Pero nosotros

adornamos sus nombres con guirnaldas

hasta que el recuerdo

se convierte en disfraz.

Y de ellos no queda

ni siquiera un mal gesto.



Yo imagino a mis muertos

en las autopistas.

Los veo pasar en la noche,

cuando las ovejas de mi insomnio

se convierten en caras que son casi.

Casi las que ellos tenían.



Veo pasar a mi padre.

Arrastrando los pies.

Va relatando la tristeza:

cinco años y los dedos deformados

del trabajo prematuro.



Veo pasar a mi amiga.

Su pelo rubio es una sombra.

Ella dice que sus pulmones se rompieron

porque algo la asfixió:

el jardín, la casa, el perro.



Veo pasar a mi amor.

Le faltan sus tijeras.

Me engañó algunas veces.

Yo también.

Pero no lo digo.

Porque estoy viva.



Veo pasar a mi hermano.

No sonríe.

Va cantando una canción que habla

de un caminito al costado del mundo.

Pero esta autopista no tiene banquinas.

No puede defenderse tomando atajos.



Por ahí deben andar mis abuelos.

Ni ella era tan pura, ni él era tan bueno.

Pero nosotros

les colgamos la virtud del cuello.



Ellos están en otra cosa.

Están contando sus verdades.

Están muertos.

No les importa matarnos.



El bueno de Clive podría haberme contado otra cosa.