PAN CON CICATRICES
Poesía de Raquel Graciela Fernández
domingo, 18 de octubre de 2026
viernes, 16 de octubre de 2026
LA BAILARINA
LA BAILARINA
En tus ojos danzaba.
Era una bailarina más liviana que el viento.
Una flor agitando su leve taquicardia.
En tus ojos la niña que sentía vergüenza
por sus zapatos torpes
se soltaba el recato,
los pudores, el miedo.
Y danzaba.
Era un venado blanco de perfecto equilibrio,
algo trascendental,
algo como la escarcha, que se toca y que duele,
que es bello, que se escapa.
En tus ojos mis pies eran dos golondrinas
y había un vuelo dulce
puntual como el verano
cada vez que tu boca se subía a mi boca
y se apuraba el beso.
En tus ojos danzaba.
Era la bailarina que olvidé en el desván
de los días tachados,
de las cosas que pasan.
Arte: Anna Ermolaeva
miércoles, 14 de octubre de 2026
PÁGINA EN BLANCO
PÁGINA EN BLANCO
Tu corazón
era una página en blanco.
Garabateaba en él
la vida
con la fuerza
de mi feminidad apenas despuntada.
Escribía en tu piel cartas de anhelo.
En ese corazón
–página en blanco-
no pude dibujar una palabra
que a tus ojos me hiciera imprescindible,
que te diera un motivo de existencia.
Arrojaste tu cuerpo
una mañana
al abismo de la muerte deseada.
Inmolaste mis sueños
y tus días.
Tu blanco corazón
fue profanado
por la sangre aterida,
por la lluvia,
por el barro desencadenado,
por una fila marcial
de hormigas negras
que trazó un camino hacia la nada.
Me morí de tu muerte
esa mañana.
Me morí de la lluvia
y las hormigas.
Me morí de las páginas en blanco.
Arte: Femke Muntz
lunes, 12 de octubre de 2026
GRACIELA
GRACIELA
Las italianas del barrio me llamaban Graciela , Gracielita.
Ese nombre era
un cofre con llave de añoranza.
En ese nombre había
sandías, aceitunas, vino,
frascos de mermelada de tomate,
flores de zapallo.
La zozobra de un barco
que nunca fue regreso.
Las vecinas italianas repetían Graciela, Gracielita,
y se comían sus propios corazones
adobados con orégano y tomillo,
y sus pechos abiertos zumbaban
como abejas ungidas de verano.
Y yo era la campesina de pies ligeros
la novia del muchacho de pueblo,
la amante del gondolieri de ojos líquidos,
la nieta del pescador.
Las italianas del barrio ya no están
pero de vez en cuando alguien me llama Graciela.
Entonces recuerdo las caderas rotundas,
las lenguas atolondradas,
las bolsas del mercado.
Y mi nombre es un rayo de luna,
un látigo de luz,
que sus fantasmas trepan
hasta alcanzar el cielo,
hasta tocarlo.
sábado, 10 de octubre de 2026
THE BOOK OF MIRRORS
THE BOOK OF MIRRORS
Me interrogo, cada mañana, en el vértice del espejo.
1
Había una vez un espejo.
No había un hombre,
no había una mujer.
Ningún jadeo penetraba
el denso protocolo
de un calculado festín carnal.
Había una vez un espejo.
Un espejo solo.
Abierto.
Como un interrogante.
Caer dentro de un espejo es un ejercicio arduo
que requiere prescindir de cualquier máscara.
2
La sangre aplicada de tu bestia
gesticula desde el otro lado.
El botín inalcanzable
es la sangre.
El cuerpo del deseo es la bestia
El error es la máscara.
Algunos hombres son como espejos
-la niña correcta se equivoca una vez más:
todos los hombres son como espejos-.
3
Y entonces el macho se parte
y vuelan sus semillas
hasta la boca idéntica
que mastica su espasmo.
Una sombra babea,
muy desnuda,
crispándole los ojos.
Cuando el espejo me bebe, el infinito se acaba en mis temblores
(es como tenderle el cuello a un asesino).
4
Y entonces la hembra expone
la viudez de su garganta
al tajo del cristal que donde se gastan
los pulgares del sueño.
Del otro lado,
las bestias cantan.
Alguien cruza el espejo y cubre mi cuerpo, como una sombra.
5
Las voces que instruyeron
la hoguera primitiva de los muslos
insisten en roer el hueso de la urgencia.
No hay un hombre,
no hay una mujer.
Hay un estallido tendiendo sus redes
en los orificios perturbados de dos cuerpos.
Y algunas mentiras
que ríen,
como hienas.
Me miro en un espejo de cenizas:
todos los espejos son de ceniza desde que olvidé el rito del fuego.
6
El semen devoto de tu bestia
aúlla desde el otro lado.
La página en blanco
es el semen.
La palabra tullida es la bestia.
El poema cruel es el silencio.
Tu espejo se desangró, desafiando el rigor de la materia.
Consumiste tu vida en un instante. Era la señal.
7
Había una vez un espejo.
Había un hombre.
Había una mujer.
Había una distancia que se medía
en brújulas obscenas.
Había una vez un hombre roto,
con un girasol invertido entre las piernas.
Había una vez una mujer entreabierta,
goteando partículas de luz.
El hombre estaba solo.
La mujer lloraba.
Un sonido acribillado. La noche.
Se bifurcan los caminos del abismo.
La caída es libre dentro de cualquier espejo.
8
¿Y si quebramos todos los espejos?
¿Y si tentamos al luto
con las vértebras calientes de una sábana?
¿Y si clavamos este suicidio ridículo
en la garganta de un pájaro?
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