martes, 22 de septiembre de 2026

EL PRIMERO


  EL PRIMERO

 

Era el amor en el tiempo en que las frutas

parpadean cegadas de verano.

Mis dieciséis años en puntas de pie

no alcanzaban a sus veintiuno.

Pero su cara era una cicatriz blanca,

una luna llena encandilada,

cuando la noche se comía al tiempo

en su  insistente tic tac de deseo.

 

Yo lo pensaba y soñaba

los sueños de Camila O’Gorman.

Escaparnos, huir,

que me tocara,

deshojarme entre sus dedos.

Cambiar de nombre,

de rumbo,

de historia.

Él me pensaba, quizás,

y me llevaba a pasear en su mirada.

Dieciséis años,

guardapolvo tableado.

Y debajo de la piel un relámpago.

 

Una vez me besó.

Mi cuerpo insistía tanto

que él bajó hasta mi boca

y forjó un nido de saliva en mi lengua,

como si fuera el pájaro

más hermoso del mundo.

 

A veces pienso

que nunca volví a amar como lo amé.

Cien miradas y un beso.

Tan poco. Tanto.

 

Era el amor en un tiempo de flores,

una amenaza dulce,

una sed exquisita,

un nudo de sandías y cigarras.

Eso que nos pasa cuando tenemos dieciséis

y recordamos

como el primer dolor.

 

Como el primer milagro.



domingo, 20 de septiembre de 2026

LA OTRA


 LA OTRA


“...Y yo sola con mis voces y tú tanto estás del otro lado que te confundo conmigo...” -
Alejandra Pizarnik



De qué lado del espejo estoy.

De qué lado del espejo está la otra.

Se me complican las manos,

se me pierde el cauce de la boca.

Las dos nos descarriamos

en la inflexión azul de los cristales.

Las dos tenemos alas sesgándonos la espalda.



Ninguna de nosotras se inicia en las caderas.

Yo elevo mi canto de serpiente.

La otra descalabra

la hondonada del pecho.

Ninguna de las dos se salva

de ahogar mariposas en tinteros,

de apacentar las manos

en el cuello del alba.



De qué lado del espejo está la idea.

De qué lado, el mezquino milagro de la vida.

Ese foco infeccioso.

Esa mansa rotura de los brotes,

como si la primavera fuera cierta.



De qué lado del espejo está la herida.

Las dos habitamos el poema.

Se confunden las miradas paralelas.

Se enmarañan las hebras de la sangre.

Yo destruyo papeles.

La otra me describe las palabras.

Ella tiene mis voces.

Las dos nos preguntamos.

De qué lado del espejo se pudre la garganta.

De qué lado, la furia se hace canto.



Cada vez menos yo.

Cada vez más la otra.

He extraviado mi rostro.

El método secreto del vampiro

se alimenta de gestos.



A veces ella se agota.

Sólo queda en mi mano el hueco de su huida.

El espejo no dice más que una.



Entonces sé que me confundí de mujer.








viernes, 18 de septiembre de 2026

ADIÓS


 ADIÓS

 

Cierro una puerta.

Atrás queda ese caracol de azúcar

que llamamos infancia.

Ese caracol que acerqué a mi oido

para saber el ruido del mar

y me contó el carnaval,

la fiesta de los lupines de la iglesia San José,

los asaltos y los lentos

que nunca consumaron el abrazo,

los cigarrillos que fumé a escondidas con Mabel

mientras leímos las fotonovelas

de la revista “Nocturno

y soñábamos con amores

que nos queden grandes.

Atrás quedan las vergüenzas

que los adultos nos colgaban del cuerpo,

el esconderse para ser sangre y florecer,

como si la sangre y las flores

fueron un pecado.

Atrás quedan los ojos de gato

de ese casi novio que nunca me besó.

 

Cierro una puerta

y algo se rompe en mis manos

algo se rompe en mi vestido rosa

(el de cuello baby que me cosió mamá),

algo se rompe en mi garganta.

Mis primeros hervores

son un bosque sin retorno.

Las lágrimas no alcanzan

para lavar el deseo.

El caracol de azúcar tirita

en su soledad adivinada.

 

Cierro una puerta

y el beso que Jorge

jamás me dio

me roza los labios con ternura

cuando digo adiós.

 


Arte: "Adiós" , Dalila Mar

miércoles, 16 de septiembre de 2026

BOOMERANG


   BOOMERANG


 Hubo un día en el que dejó de dolerme hasta la muerte
cerrar la ventana
porque amenazaba tormenta.
Dejaron de dolerme las pestañas,
el pelo,
las uñas,
la saliva.

 Hubo un día en el que le abrí las piernas a otro
sin esperar que fueras vos el que me llene
(Fue mi pequeño  Mardi Gras,
collares de colores y pechos desnudos,
borrachos hasta mañana y mañana que se acabe el mundo,
y esa estúpida alegría
que nunca supe muy bien de donde vino).


Ese día no le puse la otra mejilla a tu ausencia.
La casa dejó de deshojarse.
Los libros abandonados de temblar.
Y vos no le hincaste el diente a mis perdices.


Creo que fue el día en el que ella te dejó.


domingo, 13 de septiembre de 2026

SUEÑO


  SUEÑO



Soñé que me ahogaba en un estanque

y que flotaba en el agua

casi tan hermosa como la Ofelia de Millais,

boca arriba, palmas arriba,

junto a puñados de margaritas

arrancadas de los arbustos cercanos.

En el cuadro, las margaritas son unas pocas,

pero hay otras tantas flores que convierten a Ofelia

y a su entorno

en un extraño ecosistema de muerte y primavera.

En mi sueño sólo había margaritas.

Representan el candor, dicen. No sé.

Quizás representen lo sencilla que hubiera deseado ser,

vivir donde el verde,

desconocer un montón de palabras rimbombantes

que no alcanzan

para arañarle la cara al silencio.




Claro que no soy tan joven como Ofelia.

Ni tan hermosa. Ni tan inocente

(no llevo un collar de violetas que confirme,

mi estado de virginidad perpetua;

el amor se hizo en mí y en mí se deshizo,

cuando las piernas empezaron a acusar su cansancio).

Pero cuando flotaba inmóvil en ese estanque

y podía verme, como quien se mira

en una estúpida filmación casera,

sentía lo mismo que siento el mirar el cuadro:

Ofelia se va a disolver hasta ser una con el agua

o va a desaparecer en una onda gigantesca y repentina;

esto no es un final, esto es una mujer

reencontrándose con el hogar primigenio.

Al mirarme en ese estanque, inerte,

boca arriba, palmas arriba,

supe que yo necesitaba también volver a mi albergue primitivo.

Volver al útero del agua y parirme

con el corazón más inclinado hacia el lado de las margaritas

y menos hacia el de las tristezas.

Con menos palabras que decir

pero más verde en el cuerpo.


Arte: "Ophelia", Lauren Saxton

viernes, 11 de septiembre de 2026

A MI ABUELA TAMPOCO LE GUSTABAN LAS TORMENTAS


  A MI ABUELA TAMPOCO LE GUSTABAN LAS TORMENTAS



Ella tenía la dolorosa costumbre

de no sonreír nunca.

Instalada en su sillón

(un sillón parecido al que usan

los directores de películas de Hollywood)

nos observaba con sus ojos ciegos.

Ella estaba ahí y nosotros

caminábamos la siesta en puntas de pie,

adelgazábamos la voz hasta convertirla

en una mariposa de alas transparentes,

no abríamos la heladera sin pedir permiso,

no teníamos nunca la última palabra.



Ella tenía el corazón en España

y la cabeza quién sabe dónde.

Escondía galletitas Havanna de limón

en el cajón de los repasadores

y era vieja desde siempre,

desde que teníamos memoria

(una vez vi una foto de ella a los veinte,

tenía un largo collar de perlas y un vestido tipo charleston,

y una sonrisa que me perturbó;

parecía una bailarina,

una bailarina festiva,

y tuve miedo de que los años

también me arrancaran la alegría).



Ella me decía mocosa de mierda, algunas veces,

pero era a la única a la que le convidaba

sus galletitas de limón

y a la que le contaba historias de barcos

y sueños,

y cosas que yo no entendía del todo:

¿quién entiende el desarraigo a los ocho años?



Ella, mi abuela,

tenía en el pelo blanco

un olor diferente a todos los olores

(a veces huelo el pelo de  mamá

y es el mismo olor,

mami tenés el mismo olor en el pelo que la abuela,

pero tu abuela se lavaba la cabeza con jabón Seiseme

y yo me la lavo con shampoo,

pero no importa, mami, es el mismo olor,

el mismo).



Tanto correr para que la sangre no me alcanzara

y, al final,

terminé pareciéndome un poco a mi abuela.

Yo también tengo el corazón en otra parte

(en Oz, en Neverland, en Temiscira)

y la cabeza quién sabe dónde.

A veces me olvido de sonreír;

a veces me miro en una foto de cuando tenía veinte

y parezco una bailarina

y me perturba no saber

dónde dejé mis zapatillas de punta.



Nos parecemos, sí, nos parecemos.

Yo escondo galletitas Havanna de limón

en el cajón de los repasadores

y a mi abuela

(la que tiembla a mi lado cuando un relámpago

me parte el insomnio en dos)

tampoco le gustaban las tormentas.