aullaba
no se entendía con la policía
siempre es una muerte absurda
Poesía de Raquel Graciela Fernández
Era el amor en el tiempo en que las frutas
parpadean cegadas de verano.
Mis dieciséis años en puntas de pie
no alcanzaban a sus veintiuno.
Pero su cara era una cicatriz blanca,
una luna llena encandilada,
cuando la noche se comía al tiempo
en su insistente tic tac de deseo.
Yo lo pensaba y soñaba
los sueños de Camila O’Gorman.
Escaparnos, huir,
que me tocara,
deshojarme entre sus dedos.
Cambiar de nombre,
de rumbo,
de historia.
Él me pensaba, quizás,
y me llevaba a pasear en su mirada.
Dieciséis años,
guardapolvo tableado.
Y debajo de la piel un relámpago.
Una vez me besó.
Mi cuerpo insistía tanto
que él bajó hasta mi boca
y forjó un nido de saliva en mi lengua,
como si fuera el pájaro
más hermoso del mundo.
A veces pienso
que nunca volví a amar como lo amé.
Cien miradas y un beso.
Tan poco. Tanto.
Era el amor en un tiempo de flores,
una amenaza dulce,
una sed exquisita,
un nudo de sandías y cigarras.
Eso que nos pasa cuando tenemos dieciséis
y recordamos
como el primer dolor.
Como el primer milagro.
Cierro una puerta.
Atrás queda ese caracol de azúcar
que llamamos infancia.
Ese caracol que acerqué a mi oido
para saber el ruido del mar
y me contó el carnaval,
la fiesta de los lupines de la iglesia San José,
los asaltos y los lentos
que nunca consumaron el abrazo,
los cigarrillos que fumé a escondidas con Mabel
mientras leímos las fotonovelas
de la revista “Nocturno”
y soñábamos con amores
que nos queden grandes.
Atrás quedan las vergüenzas
que los adultos nos colgaban del cuerpo,
el esconderse para ser sangre y florecer,
como si la sangre y las flores
fueron un pecado.
Atrás quedan los ojos de gato
de ese casi novio que nunca me besó.
Cierro una puerta
y algo se rompe en mis manos
algo se rompe en mi vestido rosa
(el de cuello baby que me cosió mamá),
algo se rompe en mi garganta.
Mis primeros hervores
son un bosque sin retorno.
Las lágrimas no alcanzan
para lavar el deseo.
El caracol de azúcar tirita
en su soledad adivinada.
Cierro una puerta
y el beso que Jorge
jamás me dio
me roza los labios con ternura
cuando digo adiós.
Arte: "Adiós" , Dalila Mar