lunes, 23 de febrero de 2026

VERANO DEL ‘81


 VERANO DEL ‘81



“Our life together is so precious together
We have grown, we have grown”
“Just like starting over”, John Lennon


La bikini roja heredada de mi hermana
me quedaba pintada.
Cinco años me separaban del mar:
cinco años que habían redibujado mi cuerpo,
afinado mi cintura,
reventado como geranios en la euforia de los pezones.
Era una sirena varada
en una terracita de Avellaneda.
Viuda de padre y huérfana de agua.
No me importaba: el sol era el mismo.

Había cumplido trece años.
Me había despedido de la maestra,
del Manual del Alumno Bonaerense,
de los chicos que me gustaban,
del agridulce tic tac de las muñecas.
Había cambiado mi corte de pelo.
La bikini roja heredada de mi hermana
(mi primera bikini)
era una declaración de independencia certificada
con mi sangre primogénita,
un adiós soberano
a la tiranía de la infancia.

Tenía trece años,
la mirada legible,
una bikini roja,
el último disco de John Lennon.
Dos o tres muñecas que habían perdido mis favores.
Un puñado de chicos que me gustaban
olvidados en un pupitre de la escuela primaria.
Creo que lo único que conservo
de aquel verano del ‘81
es el disco de John.
Ni la bikini,
ni la cintura,
ni los ojos intactos
sobrevivieron al trajín de la vida.
Pero no me importa.
Hace rato que no me importa.

Porque todavía me vuelo a la terraza cada tanto
y el sol
(ese animal amarillo que come de mi cuerpo cada verano,
y canta en mi boca su salmo de luz)
sigue siendo el sol.
El único e imperturbable sol.
Sigue siendo el mismo.


sábado, 21 de febrero de 2026

POSESIÓN

POSESIÓN

Dicen que viajando se fortalece el corazón,
cantabas.
Estábamos en la escuela,
festejando el día de la primavera,
o el día del estudiante,
o el día de vos tenés dieciséis  y yo catorce
y todavía no hay una fecha vacía en el almanaque,
todavía no hay una pena entre nosotros,
todavía tus ojos azules y tu voz desafinada
son criaturas vivas
y no necesito encontrar palabras
para inventarles una respiración,
para hacerlas protagonistas
en esta fiesta de resurrección de sábado a la tarde.

Yo no había viajado mucho
y el corazón lo tenía entero.
Pero lloraba al escucharte.
Lloraba y bailaba
alrededor de mis lágrimas
vestida de tableado y blanco.
Ahora pienso que estaba un poco en trance
y el futuro,
un orishá sin flores ni tambores,
se me había metido en el cuerpo.



 

jueves, 19 de febrero de 2026

VOS, NOSOTROS

VOS, NOSOTROS

Vos nos querés callados,
amordazados con nuestras banderas de hambre,
amordazados con nuestras banderas de bronca.
Callados mientras los otros se van tragando el anzuelo:
somos malos, somos negros,
somos una mancha de vino barato
en el celeste paisaje de enero
(cuidado, pescaditos, cuidado,
no sea que algún día
reviente la pecera a pura lágrima,
se ahogue el Cristo rubio
que empapela conciencias
y un morochito feo se siente en sus veredas
a vender chucherías
con su olor a pesebre).

Vos no querés  vencidos,
sin pan, sin poesía,
sin sangre emparentada:
ningún golpe de harina
celebrando el estómago,
ningún endecasílabo nacido de una piedra,
de una flor sin camisa,
de un suspiro de pólvora,
de un crujido  de huesos chocando contra el frío.

Vos, siempre lobo.
Nosotros, ovejas en patíbulo, nunca.

 

martes, 17 de febrero de 2026

EL BARRIO


 EL BARRIO

 

Hoy cumple años el chico más lindo del barrio

decía el cordobés,

y sacaba los parlantes a la calle.

Ese día nos tocaba escuchar cuarteto.

Antes de Rodrigo.

Antes de que se pusiera de moda.

Nosotras pensábamos 

que el chico más lindo del barrio era otro

y esperábamos ansiosas el Carnaval

para poder mojarlo

(el agua era, entonces,

un labio temprano

apretándose contra el deseo,

el beso al que no nos animábamos).

 

El barrio.

Esa mancha de luz en la memoria.

Ese cofre de objetos maravillosos

donde guardamos

los primeros cigarrillos,

los primeros amores,

los perros que eran de nadie y eran de todos,

el carrito del heladero,

las canciones de ABBA.

 

Hoy cumple años el chico más lindo del barrio

decía el cordobés,

y las señoras que barrían las veredas

estaban de festejo a la fuerza.

Cuarteto todo el día

y a la tardecita la torta,

los tirones de orejas,

los deseos que no iban a cumplirse

(ojalá que el verano dure toda la vida,

ojalá que llegue pronto el Carnaval

y que se quede,

chau a la escuela,

chau a los bostezos y a la escarcha,

chau al sol del 25 de mayo).

 

El barrio.

Ese lugar de pertenencia del que me fui

pero no.

Porque irse era un pecado imperdonable

y las mudanzas,

aquelarres donde los brujos de la ausencia

ensayaban su canto funesto.

Ese lugar de desgarro

donde las preguntas

me arañan la garganta como gatitos tristes:

por qué la infancia se voló

con la música a otra parte,

de qué murió el chico más lindo,

cuándo vuelve el verano.


domingo, 15 de febrero de 2026

UNA MADRE TERRIBLE


UNA MADRE TERRIBLE

Va a ser una madre terrible, dijeron,
cuando mi embarazo se hizo evidente
y las vecinas maliciosas afilaron los colmillos
para preguntar
cuándo me había casado.
Terrible, sí.
Demasiado irresponsable,
demasiado irreflexiva,
demasiado emocional.

Voy a ser una gran madre, dije yo,
y traté de rodearte de belleza:
caricaturas de Tex Avery,
música de Los Beatles,
historias de cronopios famas.
Pero el oráculo del barrio no se equivocó:
fui una madre terrible.
Dije que sí cuando debí decir que no.
Dije que no cuando debí abrazarte.
Y cuando no supe qué decir
me tiré en la cama a llorar
y no me levanté durante meses.
Vos tenías once o doce años
y no entendías.
Yo era una adulta
(demasiado irresponsable,
demasiado irreflexiva,
demasiado emocional)
y tampoco entendía.

Fui una madre terrible.
No supe
sembrar tu nombre en la luz.

De tu papá heredaste
los ojos verdes,
la nariz perfecta,
el contundente apellido italiano.
De mí,
la lluvia que gira entre tus dedos
como un trompo infeccioso.
Cronopiosfamas, y ninguna esperanza.
Los pies fríos,
la duda irrazonable.
La tristeza


 

viernes, 13 de febrero de 2026

ENFERMA

ENFERMA

  

Ella rompe 

media docena de huevos. 

Se asoma a la ventana. 

Mira la vereda gris con afán de suicidio. 

Pero el cielo es azul y hay que batir los huevos. 

Hay que tostar el pan, 

exprimir las naranjas. 

Los chicos tienen hambre.

 Los chicos siempre tienen hambre. 

Ella no entiende bien esta gula infantil: 

un puñado de flores masticado a desgano 

le basta a su organismo 

para vivir mil días. 

Su estómago es pequeño: 

apenas unas flores 

y ya siente el hastío. 

 

Ella hierve leche, 

prepara café, 

dispone la vajilla, 

acomoda su pena en un mantel floreado. 

Los chicos tienen hambre 

y ella entiende que el mundo 

es un lugar hostil, 

una  prisión fundada con gestos habituales: 

ponerse los zapatos, 

hojear una revista, 

abrazar a sus hijos, 

desnudarse en la noche para nadie. 

 

Ella busca en el horno 

el pan misericorde 

que la lleve a la ausencia. 

Deja una breve nota 

junto a las tazas sucias: 

Es invierno. En primavera 

también estaba enferma.”




Arte: Edvard Munch