miércoles, 4 de noviembre de 2026

INSTRUCCIONES PARA ESCRIBIR UN POEMA ACEPTABLE


  INSTRUCCIONES PARA ESCRIBIR UN POEMA ACEPTABLE



Para escribir un poema aceptable
(un poema que no amenace,
que no subvierta,
que no se quede con la última palabra)
es necesario obviar ciertos temas.
Nada de visitas al ginecólogo.
Ningún doctor malhumorado diciéndote
“Desvístase de la cintura para abajo” mientras vos,
con una media sonrisa feroz,
te preguntás por qué no naciste varón cómo quería tu viejo
(hubieras tenido el mecano que siempre añoraste,
hubieras jugado en las inferiores de Boca,
hubieras zafado de planchar camisas).


Tampoco incursiones impotentes en santerías,
iglesias sospechadas,
o consultorios de tarotistas y brujas.
Ninguna señora más viva que vos convenciéndote
para que prendas velas como una desquiciada
mientras revolea los ojos y asegura
“Éste hombre no vuelve porque hay trabas, querida”.
(Y claro que el tipo no vuelve más,
mirá si San Marcos se va a ocupar de que nadie detenga a ese delincuente,
si ya lo detuvo una gata con botas
con un culo mucho más lindo que el tuyo).


Prohibido usar diminutivos.
Los muertos duelen menos que los muertitos.
Los muertos son de todos y de nadie.
Los muertitos son nuestros hijos,
nuestros hermanos,
nuestros amigos de la infancia.
Prohibido confesar que a veces no tenés ganas,
que no vivís en un estado de portaligas permanente,
que a veces te ponés una bombacha de elásticos exhaustos
igualita a ésas que repudiaba tu abuela
(¿Cómo vas a salir a la calle así?
¿Y si te pisa un auto?
¿Y si te pisa un tren?
¿Y si tenés un destino marca ACME y se te cae un piano en la cabeza?
¡Y vos con esa bombacha!).
Prohibido hablar del cáncer,
del puto Valcote y el pelo que perdiste,
de tu cara apretada contra el cemento
mientras un monstruo al que nadie invitó al banquete
come de tu cuerpo.


Para escribir un poema aceptable
(un poema que no incomode,
que no aturda,
que no le muerda la mano a nadie)
tenés que hablar de palabras azules,
labios encendidos, ojos que se buscan,
cuerpos que se encuentran,
muslos, muslos y más muslos
y cada tanto un gemido que te parta las horas/la vida/el cabeza.


Pero qué querés que te diga.
A  mí muy bien no se me da.
Se me daba mejor a los quince.
A los cuarenta y seis tengo más ganas de llorar
que de jurar amor eterno
(sexo eterno).
Me echaron a perder los ginecólogos
y los hombres que no vuelven
(o vuelven y se mueren,
vuelven y sentencian que los platos están mal lavados,
vuelven pero no,
porque no, porque no, porque no).


(Entiéndase por poema aceptable aquel lo suficientemente inocuo
como para que los chicos de Facebook comenten “¡Nice!”
cuando una lo publica).


lunes, 2 de noviembre de 2026

AUTOPISTAS


 AUTOPISTAS


“Estos fantasmas se habían sumido en una desesperación afligida durante una eternidad en la autopista, arrastrando las heridas por las que habían muerto y las locuras por las que habían asesinado. Habían soportado su levedad o insolencia, sus estupideces, las maquinaciones que habían trivializado sus sufrimientos. Querían decir la verdad.” – Clive Barker


Clive Barker me dijo una vez

que los muertos tenían autopistas.

Las caminan con desesperanza,

como si estuvieran

un poco vivos todavía.



Los muertos de las autopistas

cuentan historias,

pero nadie las oye.

Cada uno de ellos está enredado

en sus propias palabras.

Si miran a los costados están solos.

Los otros son nada.



En las autopistas los muertos dicen la verdad.

Dicen su grito, su llaga, su miseria.

Su humanidad. Su carencia.

Pero nosotros

adornamos sus nombres con guirnaldas

hasta que el recuerdo

se convierte en disfraz.

Y de ellos no queda

ni siquiera un mal gesto.



Yo imagino a mis muertos

en las autopistas.

Los veo pasar en la noche,

cuando las ovejas de mi insomnio

se convierten en caras que son casi.

Casi las que ellos tenían.



Veo pasar a mi padre.

Arrastrando los pies.

Va relatando la tristeza:

cinco años y los dedos deformados

del trabajo prematuro.



Veo pasar a mi amiga.

Su pelo rubio es una sombra.

Ella dice que sus pulmones se rompieron

porque algo la asfixió:

el jardín, la casa, el perro.



Veo pasar a mi amor.

Le faltan sus tijeras.

Me engañó algunas veces.

Yo también.

Pero no lo digo.

Porque estoy viva.



Veo pasar a mi hermano.

No sonríe.

Va cantando una canción que habla

de un caminito al costado del mundo.

Pero esta autopista no tiene banquinas.

No puede defenderse tomando atajos.



Por ahí deben andar mis abuelos.

Ni ella era tan pura, ni él era tan bueno.

Pero nosotros

les colgamos la virtud del cuello.



Ellos están en otra cosa.

Están contando sus verdades.

Están muertos.

No les importa matarnos.



El bueno de Clive podría haberme contado otra cosa.




 Arte: Alex Kuno

viernes, 30 de octubre de 2026

GRUPO UMBRAL LITERARIO DE SAN TELMO - 5° ENCUENTRO


El grupo Umbral Literario de San Telmo Invita al 5° Encuentro 2026 el miércoles 4 de noviembre a las 18 hs. en el bar Jes suis Lacan, Balcarce 749, CABA.

Coordinan:
María Rodríguez Casaux
David Antonio Sorbille
Osvaldo Víctor Fernández

Disertación:
Juano Villafañe

Poetas invitados:
Daniel Arias
Darío Celli
Patricia Díaz Bialet
Raquel Fernández
Karina Lerman
Laura López
Rolando Paciente
Jonatan Márquez

Micrófono abierto - Sorteo de libros

Los esperamos con puntualidad.

miércoles, 28 de octubre de 2026

ELLA TE AGARRÓ


ELLA TE AGARRÓ

“Ella te agarró como una mujer agarra
un vestido de saldo de un estante
y yo me rompí como se rompen las piedras.”
Anne Sexton



Querido mío, fantasma mío, muerto mío,

ella te agarró

como una mujer agarra de un estante

un vestido de saldo

y yo me quedé desnuda,

temblando a la orilla de este milagro incómodo

que es mi cuerpo,

a la orilla de esta mentira

hecha de jadeos concéntricos

y pulgares gastados en orgasmos solitarios.



Querido mío, fantasma mío, muerto mío,

ella te arrancó de mi útero impertinente,

lavó tus llagas con un antiséptico educado

hecho a base de cordura

y yo me quedé inconclusa,

estúpidamente célibe,

la vagina perfecta convertida

en una sórdida pieza de museo,

la boca rota y los ojos descosidos

justo ahí, a la altura de los lagrimales.



Querido mío, fantasma mío, muerto mío,

nuestros hijos no iban a llamarse ni David

ni Susan

pero iban a resarcirme por tantas menstruaciones inútiles

y tantos años acumulados

en mi vientre marchito, en mis caderas,

en mis senos amnésicos.



Sí,

ella te agarró

como una mujer agarra de un estante

un vestido de saldo.

Revisó tus costuras,

repasó tus botones con sus dedos prolijos,

alisó tus frunces y remangos,

pagó unos pocos billetes por el trapo

que calentaba mis húmeros ociosos.

Y yo me rompí como una piedra,

como un amanecer encorsetado,

como un cristal ardiente.

Y me quedé desnuda e inconclusa

rebuznando mi otoño.



lunes, 26 de octubre de 2026

EN MÍ, A PESAR DE MÍ


  EN MÍ, A PESAR DE MÍ


La devota costumbre de estirar la mano y tocarte,
la piadosa rutina de extender las alas
para cruzar el viento con tus ojos,
la dulce usanza de repetirte
en cada gesto
(esos gestos domésticos que te son extraños,
porque nunca me viste extendiendo
la promesa de un mantel,
ni repartiendo platos,
ni sirviendo una copa de vino)
son las que te mantienen en mí,
a pesar de mí.
También la manía de escribir poemas, claro.
Poemas malos, casi siempre,
poemas en los que le busco respuestas a tu sudor,
a tu saliva,
a las llagas que bifurcaron el camino:
vos allá,
haciendo no sé qué estúpida cosa
(¿barriendo mis restos debajo de la alfombra
porque a pesar de todo te apena
tirarlos a la basura?);
yo acá, escuchando a David Bowie

y convenciéndome de que estoy contenta.


sábado, 24 de octubre de 2026

EL CABALLITO BALANCÍN

 


EL CABALLITO BALANCÍN


"Cantábamos para siempre la canción.
Cantábamos nuestra alianza hasta después del mundo."
Olga Orozco

  

Estaba dentro de la canción

que cantábamos esa noche.

Noche de inocencia ajena

que la luz de la memoria

desnuda de un manotazo.

No era nuestra infancia,

no se desbordaba

en la dimensión de la lluvia.

Era blanco como el camino de grava 

donde rodaban los días.



Estaba dentro de la canción

que cantábamos esa noche.

Crecía junto a otros objetos inútiles:

una estrella estéril esparciendo

su semen baldío.

Se balanceaba al borde

de unos ojos inconclusos

-ocho años de ojos que se muerden los párpados-.

Parecía inofensivo

como un domingo estirado sobre el sueño.



Estaba dentro de la canción

que cantábamos esa noche.

Papá se fue al cielo

y los nenes

nos quedamos en el infierno

(mamá amuebla el infierno a su manera,

nos lava la culpa con chocolate caliente,

nos mira y no entiende,

no sabe,

no puede).

La mitad de nuestros recuerdos es falsa.

La otra mitad,

está contaminada por la herida.



Estaba dentro de la canción

que cantábamos esa noche.

Una licencia de Dios

o un soborno del Diablo.



No sé.