miércoles, 24 de junio de 2026

PETER PAN ESTÁ MUERTO


  PETER PAN ESTÁ MUERTO

¿Cuándo supiste que Peter Pan estaba muerto?

Siempre lo supe.

La única manera de no crecer

es morir.

La única manera de que te recuerden y te amen

como a un niño eterno

(como a ese hermano mayor idealizado

que se accidentó patinando sobre hielo

y no alcanzó a cumplir los catorce)

es morir.

La única manera de no mancharse las manos

y el corazón

con el hollín de la vida

es morir prematuramente.

Conservando intacto

el dulce cosquilleo de la infancia.

 

 ¿Y qué quería con los chicos Darling?

No sé.

Quizás quería mostrarles cómo era

ser eternos en una estrella

antes de que el dolor

los tocara con sus largos dedos húmedos.

Quizás quería que tuvieran

la oportunidad de elegir

entre un adiós temprano

o una vida que decantaría en la soledad

o el tedio.

 

Quizás Peter Pan nos visitó a todos,

alguna vez,

y no lo recordamos

porque elegimos vivir.

Porque elegimos quedarnos sin estrella

y estrellar el cuerpo contra la insistencia

de los almanaques.

Quizás era ese amigo invisible

con el que teníamos largas charlas

a la hora en que las muñecas tomaban el té.

 

Claro que vivir

tiene sus cosas buenas.

Claro que crecer trae amor, y deseo,

y todas esas pequeñas flores de orgullo

que nos prendemos, victoriosos,

en las solapas del cuerpo.

Claro que vivir

también es una aventura.

 

Pero a veces me pregunto cómo sería

tener ocho años limpios

en la segunda estrella a la derecha.

 

lunes, 22 de junio de 2026

ANOCHE SOÑÉ CON VOS

ANOCHE SOÑÉ CON VOS



Anoche soñé con vos.

Tan flaquito, con el pelo hasta los hombros.

Sin la capa azul, la luz fatal y la espada vengadora de “Eiti Leda”,

pero siempre volando cerca de mi cama,

como una alondra de leche,

como un ruiseñor albino libando la piedad

de los días que fueron.

Blanco, sí, porque la muerte es blanca.

Porque los muertos son blancos

como la cera de una vela desangrada

a los pies de una deidad renuente.

Blanco, sí, porque la última vez que te vi

eras una sábana de pena

(blanca, blanca, blanca)

tendida sobre un ataúd sin augurios.



Anoche soñé con vos.

Tan flaquito, con la boca parecida a la de James Dean.

Pasaste al lado mío y ni siquiera me miraste.

No me dijiste bijou.

No me tocaste en el temblor de mis jadeos.

Hace más de veinte años que sueño con tu indiferencia.

Algún psicólogo debería explicarme porqué,

si cuando te ibas sin saber que era para siempre

murmuraste te amo

y me tiraste un beso que todavía me duele.





sábado, 20 de junio de 2026

PIENSO MUCHO EN LOS TIGRES


 PIENSO MUCHO  EN LOS TIGRES 

“Tigre, tigre, brillo ardiente

en las selvas de la noche,
¿qué mano inmortal, qué ojo
pudo forjar tu terrible simetría?”
William Blake


Cuando era chica

me llevaron tres o cuatro veces al zoológico.

Me gustaba ir porque ignoraba

lo que sé ahora:

los animales lloran para adentro

cuando el alto gozo de la libertad

los deshabita.

 

Pienso mucho en mis visitas al zoológico.

Especialmente pienso en los tigres.

Los que no tenían, ni siquiera,

un cupo de cielo sobre sus fabulosas cabezas.

Los que giraban como trompos de sangre

en una jaula agónica

mientras mis ojos niños

se traducían en admiración y miedo.

Los tigres, bestias perfectas,

y su dolor de no entender,

su dolor siempre disponible.

Los tigres

crujiendo en su encierro

como hojas fatigadas,

casi muertos en su otoño perpetuo,

casi vivos en un gesto de sol altivo,

un gesto atávico que perduraba

más allá de los barrotes.

Me pregunto, como William Blake,

qué mano se atrevió a tomar el fuego,

no para fundarlos,

no para trazar su terrible simetría,

sino para extirparles el verde

y sacrificarlos al cemento.

Para arrancarles el sexo de cuajo

y exhibir sin pudor

la llama quebrada.

 

Pienso mucho en los tigres y en sus cuerpos,

en sus camisas menguantes,

en sus ojos,

en su soledad estéril.

Me pregunto si al caer la noche

seguirían girando en sus jaulas

mientras la conversación de las estrellas

les resultaba tan ajena.

Si lograban conciliar el sueño.

Si soñaban con esa otra vida perdida

o los acunaba

una leve desmemoria impregnada

de furor y ternura.

 

Pienso mucho en los tigres.

Me siento en deuda con ellos.

Tres o cuatro veces

admiré su áspero cautiverio.

Ignoraba lo que sé ahora:

los animales lloran para adentro

cuando la libertad

es una cátedra vacante,

una mancha fugaz en la retina,

una fisura sin vino

que gravita

sobre la copa de la inocencia perfecta.

 

jueves, 18 de junio de 2026

FINAL


FINAL

 

Dejé de amarte como se dejan

los zoquetes con puntillas

los zapatos Guillermina,

el sudor atolondrado de la escuela.

Con un dolor no exento de ternura.

Te dejé morir en el cuerpo

para que nacieras

en el rincón más feroz de la memoria.

Tu nombre se deshizo entre mis dedos

como una flor marchita.

Su olor perduró en el aire

apenas un segundo

y se extinguió

como se extinguen todas las cosas.

 

Dejé de amarte como se dejan

los artilugios mágicos de la infancia.

Con la certeza de que una puerta

se cerraba para siempre

y era en vano menguar

hasta convertirme en una llavecita dorada.

Las puertas del pasado

no tienen cerrojos.

No se abren

ni siquiera con un golpe de llanto.

 

Dejé de amarte, sí.

Sabía que  llegaría ese día.

Medias de nylon,

zapatos con taco,

otros sudores.

Otras mentiras para contarme

antes de dormir.

 

Sin embargo tiemblo,

todavía tiemblo

cuando recuerdo el  leve colibrí

que aletea en tu boca.

 


martes, 16 de junio de 2026

EL FLAUTISTA DE HAMELIN


EL FLAUTISTA DE HAMELIN

Al azar

"La muerte hace ángeles de todos nosotros y nos da alas donde antes teníamos sólo hombros... suaves como garras de cuervo."
Jim Morrison



La flauta elige niños al azar.

Los toca con su música de llagas,

de miedo, de frío.

Es negra como la peste,

blanca como el hambre,

roja como la guerra.

Es un banderín flameando

los colores del miedo,

un sombrero tocado

con plumas de azufre.



Los adultos

descansan del fuego

y rezan.

Han saltado toda la noche

sobre hogueras antiguas.

De espaldas a Dios

la flauta

arroja anzuelos

en el mar casto.

Los niños son peces sin timón

tragando

estrellas de niebla.



La flauta elige niños al azar

(pero el azar son todos).

Los golpea con un do re mi amargo.

Les muerde los pulmones

con su himno infeccioso.



Cuando por fin se hace el silencio

la ciudad se reconoce

irremediablemente vieja.


domingo, 14 de junio de 2026

BLANCANIEVES


 BLANCANIEVES


Una muerte clarividente

“Él es mi manzana y mi mal y voy a acompañarlo a casa.”
Anne Sexton


Ella muerde la manzana

y una muerte clarividente

estalla en su boca.

Su cuerpo se hace legible

y  le pone palabras

a la primera desnudez.

Con una mueca dice adiós

a la casa en el bosque,

a los enanos,

a las humildes cazuelas del almuerzo.

Una araña roja teje

los pañuelos de la despedida.



Ella muerde la manzana

y una muerte clarividente

traza ondulaciones de volcán

en su monte de Venus.

Las cenizas llueven celo

en su piel blanca como la nieve.

Llegó el momento de cerrar el libro de cuentos

y abrir la vida.

Celebrar

que las frutas maduren.



En el feudo azul de la niñez

una mujer vieja

rompe un espejo.

Ella muerde la manzana

y un gato

se despereza entre sus piernas.