miércoles, 17 de agosto de 2022

LA DESNUDEZ DE MI MADRE

 

LA DESNUDEZ DE MI MADRE

La desnudez de mi madre me conmueve.

Es una premonición,

un espejo de futuro

donde mi cuerpo abraza

su cuota de crepúsculo.

El cuerpo.

Ese camino ancho donde la vida corre

y va dejando huellas,

escamas pálidas donde hubo peces rojos,

sudarios de hollín donde hubo hogueras,

pliegues, blanduras, grietas,

trazos temblorosos.

La desnudez de mi madre me emociona.

Con el mismo esmero con el que bañaba a mi hijo

la unjo con jabón y ternura.

Me miro en ese cuerpo,

me leo en esa historia,

en esa vasta soledad de campo abierto.

Su desnudez es el invierno

pero es, también, una manta,

una taza de café caliente,

un lugar junto al fuego.

 

Nos enseñaron a amar la belleza de los 20 años,

rotunda, empedernida.

Nos enseñaron que esa belleza era la única

(y nos pasamos la vida corriendo

detrás de un conejo esquivo,

una presa de luz que se deshizo

entre los dientes de junio,

eso que fuimos y perdura en las fotografías,

en la memoria de una noche perfecta).

Sin embargo, hay otra belleza.

Brutal. Inevitable.

Cruda

como una pintura de Lucian Freud:

la insólita hermosura que trasunta

la desnudez de mi madre

mientras enjabono su espalda con suavidad

y el agua cae sobre sus hombros

como el cielo cae

sobre el canto de los pájaros.

 

 

De “El corazón de mi madre”, Apócrifa Editorial (2022)

 Arte: Mariam Dolidze

domingo, 14 de agosto de 2022

GRACIELA



GRACIELA
 
Las italianas del barrio me llamaban Graciela, Gracielita.
Ese nombre era
un cofre con llave de añoranza.
En ese nombre había
sandías, aceitunas, vino,
frascos de mermelada de tomate,
flores de zapallo.
La zozobra de un barco
que nunca fue regreso.
 
Las vecinas italianas repetían  Graciela, Gracielita,
y se comían sus propios corazones
adobados con orégano y tomillo,
y sus pechos abiertos zumbaban
como abejas ungidas de verano.
Y  yo era la campesina de pies ligeros
la novia del muchacho de pueblo,
la amante del gondolieri de ojos líquidos,
la nieta del pescador.
 
Las italianas del barrio ya no están
pero de vez en cuando alguien me llama Graciela.
Entonces recuerdo las caderas rotundas,
las lenguas atolondradas,
las bolsas del mercado.
Y mi nombre es un rayo de luna,
un látigo de luz,
que sus fantasmas trepan
hasta alcanzar el cielo,
hasta tocarlo.

 
 

viernes, 12 de agosto de 2022

HAIKUS 5


 

la flor sacude

su cabellera roja

danza la abeja


golpe de luna

una rana cantando

la noche brilla


el río fluye

serpiente azul y banca

suaver cadencia


miércoles, 10 de agosto de 2022

HAIKUS 4



luna creciente

la flauta del otoño

suelta su canto.


recibe el cielo

el grito de la lluvia

su casto imperio


entre las calas

el sol besa el hocico

el perro duerme