PAN CON CICATRICES
Poesía de Raquel Graciela Fernández
viernes, 8 de mayo de 2026
MENTIRAS
miércoles, 6 de mayo de 2026
SOLEDAD
SOLEDAD
Hay
una soledad que duele
más
que otras soledades:
estar
solo en medio de una multitud
mientras
los ángeles proscritos
y
los dulces fantasmas
revoletean
a nuestro alrededor
como
mariposillas rebeldes
subyugadas
por la oscuridad.
En
esta soledad me zambullo
buscando
el agua natal
las
paredes azules del útero.
Pero
nada me devuelve al no ser,
al
no oír
la
insistente melodía del mundo.
La
soledad del buen día,
del
cómo estás descuidado
que
no espera respuesta.
Es
la risa de los otros lo que nos mata.
La
imposibilidad de acoplarnos
a
su viralidad satisfecha.
Hay
una soledad que duele
más
que otras soledades:
esa
pátina de carencia
que
me remonta el cuerpo,
el
no saber llegar a tiempo
sin
naufragar en las palabras.
Porque
no existe poema que la nombre,
no
existe lengua
que
se atreva a tocarla.
Mi
soledad
es
algo más que un destino.
Arte: Ofra Amit
lunes, 4 de mayo de 2026
CARTA AL NIÑO BUENO
sábado, 2 de mayo de 2026
LA CRUELDAD DE LAS JAULAS
Las jaulas de mi infancia
olían
a pájaro lisiado,
a
vuelo reprimido.
La
soledad
supuraba
en las plumas
en
los colores que se apagaban
detrás
de los barrotes.
Yo quería acariciar un pájaro.
Saber
de su estructura leve.
No
entendía
la
crueldad de las jaulas.
Asumía
que el canto
era
consecuencia de una felicidad ingenua
que
ignoraba el encierro.
En
mi infancia los pájaros
no
podían volar.
Hoy
vuelan y los toco
con
la suave cadencia de las palabras.
Recién
cuando entendemos
la
crueldad de las jaulas
alcanzamos
el delicado gozo
de
amar sin poseer.
Arte: Tanya Mayers
jueves, 30 de abril de 2026
martes, 28 de abril de 2026
IL A MIS LE CAFÉ
Il a mis le café
dans la tasse
Recitar a Prévert en francés
es de las pocas cosas que recuerdo
de todas las que,
supuestamente,
aprendí en el secundario.
Junto con los nombres de las tenias
(saginata, equinococus, solium)
y el peligro latente del botulismo
agazapado en las latas abolladas.
La memoria es loca, pienso,
o yo pasé por la escuela como quien pasa
por un desfile de Carolina Herrera.
Il a mis le lait
Dans la tasse de café
Lo miro con desazón,
como si la taza estuviera rajada
y el café y la leche se escurrieran
por la delicada herida de la porcelana.
Y empaparan el mantel hasta convertirlo
en un pañuelito descartable más,
de esos que hoy revolotean por toda la casa
y confunden a los gatos
que persiguen, sin suerte,
pajaritos de papel mojados de pena.
Así estoy yo, así,
como una taza rajada.
Me veo entera de lejos,
me veo sana.
Pero estoy a punto de explotar en el microondas
o de quebrarme definitivamente
si alguien me lava
con demasiada vehemencia.
Alguna vez leí por ahí
acerca del Kintsugi,
una técnica japonesa que no desecha
la porcelana rajada.
Las repara con un barniz de resina
mezclado con polvo de oro o plata.
Porque las roturas y los quiebres
son parte de la vida del objeto,
hablan su historia y sus transformaciones,
lo embellecen.
Supongo que lo mismo debe pasarnos a nosotros
cuando nuestras heridas cicatrizan
y cada cicatriz es una rosa que asoma
reafirmando que somos humanos.
Il a mis le sucre
Dans le café au lait
Sans me parler
Sans me regarder
Quizás yo debería hablarle.
Quizás yo debería mirarlo.
Quizás yo debería preguntarle
como hace tantos años:
“¿Querés que te recite un poema de Prévert en francés?”
domingo, 26 de abril de 2026
LAS MOSCAS
Estábamos desayunando en el jardín
y las moscas
nos volvían locos.
Recordé entonces
que mi abuela ponía un plato
lleno de agua azucarada
cuando tomaba mate en el patio
y las moscas –golosas-
se ahogaban en esa trampa
rebosante de dulzura.
Como en el poema de Machado
las moscas
evocaron mi infancia.
El rostro adusto de esa abuela
a la que nunca llegué a conocer.
Su reducto de ollas y sartenes
y la pava,
siempre lista,
porque mi abuela española
había adoptado el mate
como bebida constante.
Las moscas
con su trote desparejo
me trajeron la cola de caballo,
descolorida,
donde se guardaban los peines.
Los tesoros recónditos que albergaban
los cajones de la máquina de coser
(anillos, botones de nácar, calcomanías,
alguna postal maltrecha
con una bailaora bordada
orgullosa de su porte espigado,
sus volados,
su mantón de Manila).
La liebre que crió,
a mamadera,
con una áspera ternura que nunca
dispensó a sus nietos.
La liebre,
la que nos miraba asustada,
hecha un bollito de pelo y orfandad.
Las moscas me trajeron
esos años con sabor a fiesta
en los que papá no era una cruz y un interrogante
(¿por qué la muerte,
por qué?).
Y en las Navidades comíamos conejo asado,
criados por la abuela, claro,
pero con menos suerte que la liebre.
pensé en mi abuela.
La pensé sin rencor.
Sin reprocharle
que no haya sabido quererme.
La pensé en su eterno luto
por el hijo muerto.
Y quise abrazarla
atravesando años de desencuentros,
años de distancia.
hace mucho ya,
hace tanto,
puedo hacer las paces con ella.
Y todo por unas moscas.
un plato de agua azucarada
y a otra cosa mariposa:
que las moscas se ahoguen
por molestas y golosas.
Dejalas, dije yo.
No le hacen mal a nadie.
Lo aprendí en la escuela:
el mundo es lo suficientemente grande
para ellas y para mí.





