jueves, 16 de julio de 2026

ELLA LO HACE POR MÍ


 ELLA LO HACE POR MÍ

“La otra, de reina, parece que mendiga.” – Fina García Marruz

Ella lo hace por mí.
Se cuenta
una y otra vez
la fábula del agua,
la gesta de la humedad remontando
la dulzura exasperante de las piernas,
la partición del sexo
en  diminutos soles líquidos.
Punzantes. Quemantes.

Ella tiende la mesa del cuerpo.
Dispone amapolas de rubor
en la hendidura perfecta del ombligo.
Panes y peces transparentes
en los gestos del hambre.
Se empecina en florecer en junio,
en  propagar su fosforescencia
de sirena imposible.
Su ingenuidad me insulta.

Ella no alcanza a comprender
que dos y dos son cuatro.
Que tres es  el retrato de lo escaso.
Que cinco es un absurdo.
Ignora el abandono de la luz
(no sabe que está sola).
Ignora que el espejo le devuelve
la voz  inconsolable
de una campana rota.
  
Ella lo hace por mí.
Reinamendigamujerpalomainútil.
  
Ella lo hace por mí
y yo la miro hacer
con la piedad desesperada
de la madre que acuna un hijo idiota.


martes, 14 de julio de 2026

OTRO POEMA DE AMOR


 OTRO POEMA DE AMOR


Nada más infructuoso
que otro poema de amor
concebido
a la sombra innumerable de tus manos,
subiendo por tus dedos
hasta la ráfaga violenta de tu boca.
Nada más excesivo
que otro puñal de letras abogando
por la danza celeste de tus huesos
y por tus pulsaciones
de piélago imperioso.
No me hacen falta
más metáforas redondas y sonoras
como negras marimbas,
ni más bodegas de uvas indivisas
mojándome la lengua,
para aguzar con tinta
tu estatura de trigo,
y mecer en mi voz
tu presencia de cielo embanderado.

Y sin embargo escribo.

Escribo,
con un sol omnisciente
entre las piernas,
enhebrando un rosario de palabras.
Escribo,
con tu piel encajada en mi cintura,
con tu proa salvaje y libertaria
penetrando mis mares.
Escribo,
sabiendo que es inútil que lo intente,
que no hallaré jamás ese vocablo
que corone
el poema perfecto,
que moriré en la espuma del silencio
y no habrá calendario
que me retorne al hoy intransferible
donde amaso el poema.

Y sin embargo escribo.

Escribo,
simplemente,
para decir te amo.


sábado, 11 de julio de 2026

POEMA DE AMOR APENAS SUSURRADO


 POEMA DE AMOR APENAS SUSURRADO



¿Es condición sine qua non

estar enamorado

para gastar los labios del poema?

¿O basta recordar

lo que él dedujo de mi cintura,

lo que tomó prestado

de mis brazos jugosos,

el deseo primario,

el muslo rodando en la alabanza

de la sábana pura?



(Gastábamos el tiempo

cavando agujeros en el cielo.

Gastábamos el cielo.

Las flores eran

pequeños alaridos de ternura.)



¿Es necesario recordar su nombre

para llorarlo

en una catedral de cosas muertas?

¿O basta saber que hubo un hombre,

tan torpe,

tan mío,

que no pudo cargar sobre sus hombros

el peso de la tarde?



(Enamorarse tiene

su costado terrible.

No vale esconder los dientes.

No vale decir

que acá no pasó nada).





Arte: Sonia Koch

miércoles, 8 de julio de 2026

MI AMIGA SE FUE


 MI AMIGA SE FUE

A Beatriz



Mi amiga se fue.

Se olvidó el bolso.

Se olvidó las llaves.

Se olvidó de dejar la mesa tendida

para que los cuatro puntos cardinales de su historia

comieran de la ausencia.



Mi amiga se fue

y se llevó lo cantado.

Cerró la puerta silenciosamente

y le dio la espalda a una madrugada estéril,

a un día que apenas comenzaba

y ya tenía una barba larga y desprolija,

y un café insípido enfriándose en lamentables vasitos de plástico.



Mi amiga se fue

y, la verdad, no la culpo.

Soportó demasiado.

Soportó dejar de ser una mujer

y convertirse en un pájaro lisiado.

Soportó los arpones de humo en su garganta

y las salpicaduras de agua bendita

de algún bienintencionado que no sabía

que Dios está en otra cosa,

siempre está en otra cosa.



Mi amiga y yo fuimos

dos abejas que se tocaron en el aire del verano.

Nada más.

Pero sigo pensando

qué va a hacer esta mujer sin su bolso,

sin un cepillo para peinar su largo cabello rubio,

sin un lápiz.



Mi amiga se fue.

Ya desmantelaron su cama,

ya lavaron los harapos de ese cuerpecito triste,

que también dejó olvidado.

Se llevó lo cantado.

Se llevó todo lo que quedaba por cantar.



Se fue.

Mi amiga.

La que escribía poemas.


lunes, 6 de julio de 2026

LA CULPA

 


LA CULPA

Cuando él se mató
yo pensé que ella había tenido la culpa.
Lo pensé porque era muy joven
y en mi universo,
ramplón y bidimensional,
sólo había blancos y negros,
ninguna grieta por donde se filtraran los grises,
las dudas.
Lo pensé porque nunca había estado casada
y no me había preguntado jamás por qué una mujer tiene un amante
(o diez, o cien),
por qué un hombre sueña con otra.

Cuando él se mató
el barrio levantó el dedo acusador
y las piedras de la indignación llovieron sobre la melena rubia de la viuda:
“Tendría que haberla matado a ella primero”
protestaron los futuros cultores del ni una menos.
Yo no llegué a tanto.
Pero di por sentado que ella había tenido la culpa.

La culpa.
La culpa de que él estuviera muerto
(colgado de una viga,
azul, como el auto en el que yo los veía pasar,
tan hermosos, tan perfectos)
La culpa de que en mi universo bidimensional y confitado
la telenovela de las 5 empezara a hacer agua:
no fueron felices ni comieron perdices,
la vida es otra cosa;
preparate
porque la vida es otra cosa).

Pienso en él seguido.
Recuerdo su risa y esos desayunos
en los que yo le contaba lo mal que me había ido la noche anterior
y él me decía que los hombres estaban locos.
A ella no la vi más.
Me gustaría verla.
Me gustaría decirle que no tuvo la culpa.
Y, quizás, pedirle perdón.

Qué sabía yo.
Qué sabíamos nosotros.


martes, 30 de junio de 2026

EL GIGANTE CON PIES DE AZÚCAR


  EL GIGANTE CON PIES DE AZÚCAR



Aquel día

yo estaba jugando en la vereda de la Karina Bardón,

la nena que vivía al lado.

Un auto desconocido estacionó

en el frente de mi casa

y al ratito, nomás, mamá salió

y se subió, llorando, al auto misterioso.

Había muerto el abuelo.

El abuelito Luis.

El gigante con pies de azúcar

había sido derribado en su quinta,

entre los tomates, las radichetas

y las plantitas de orégano

que perfumaban cada día de la infancia.

El gigante con pies de azúcar se había ido

con los cuentos a otra parte.

 

Yo tenía cuatro años,

pero lo recuerdo nítidamente.

Y lo que más nítidamente recuerdo

es su alegría.

En una familia de melancólicos

el abuelo desentonaba.

Y ese contento de violín desafinado,

esa desvergüenza de soltar la risa,

era lo que más amaba en él.

El abuelo no se daba por vencido.

No cedía ante la paleta monocromática

con la que la abuela

insistía en pintar la vida.

Todo un héroe poniéndole color

con sus tomates y sus aires de acordeón,

a la suma, siempre errada,

de sus recíprocos días en blanco y negro.

 

El abuelito Luis contaba cuentos.

Recitaba poemas camperos,

no exentos de picardía.

Le gustaba Ramona Galarza

y, todavía, cuando la escucho,

algo del Paraná me moja los ojos.

Cientos de veces me pregunté

cómo terminó un gigante con pies de azúcar

y corazón de chamamé

casado con una asturiana adusta

que jamás le regaló un paso de baile.

Cientos de veces se me escapó la respuesta

como una panambí morotí de vuelo ondulante.

 

Solamente cuatro años

tuve a un abuelo que me alzaba

y me regalaba al aire,

como si fuera un barrilete.

Sin embargo, puedo cantar “La vestido celeste”

o “Ah! Mi Corrientes Porá

de punta a punta.

Y recitar ese cuentito que empieza

Vamos al baile, dijo el fraile”

sin equivocarme una sola vez.

Esa es la herencia que me dejó mi abuelo.

 

Ojalá hubiera vivido muchos años más

para enseñarme

su sencilla manera de ser feliz. 




Arte: Nasim Ganji