martes, 6 de octubre de 2026

EL LARGO SUEÑO


 EL LARGO SUEÑO




Toda la noche estuve

bailando con tu sombra.

Mi poema respiraba,

en tu almohada,

solo,

y yo caía de rodillas,

fulminada

por la presencia feroz

de tu semilla armada. 



Toda la noche estuve

usando tus cubiertos,

bebiendo de tu vaso,

saciándome

en la angostura del sueño.

Había pájaros arriba,

arañando el cielorraso

con sus trinos multitudinarios

y naranjas fragantes

rodando

al pie de una cama profunda. 




Yo era una leona blanca

y tus manos

trajinaban mi piel.

Un idioma de olas

empapaba

la madeja de las lenguas atentas:

íbamos y veníamos

subyugados

por la fuerza gravitacional del beso. 



Toda la noche estuve

enumerando temblores.

Ninguno de los dos lloró,

¡y estuvimos tan cerca de los cuchillos! 

Amaneció y vino la Muerte.

Una pequeña Muerte,

con su mujer a cuestas. 



La mujer que se prepara un café anémico

y llama a una amiga por teléfono

 sólo para decirle:

“¿Te acordás de ese tipo,

el de los ojos verdes…?”



domingo, 4 de octubre de 2026

AUTOPISTAS


 AUTOPISTAS


“Estos fantasmas se habían sumido en una desesperación afligida durante una eternidad en la autopista, arrastrando las heridas por las que habían muerto y las locuras por las que habían asesinado. Habían soportado su levedad o insolencia, sus estupideces, las maquinaciones que habían trivializado sus sufrimientos. Querían decir la verdad.” – Clive Barker


Clive Barker me dijo una vez

que los muertos tenían autopistas.

Las caminan con desesperanza,

como si estuvieran

un poco vivos todavía.



Los muertos de las autopistas

cuentan historias,

pero nadie las oye.

Cada uno de ellos está enredado

en sus propias palabras.

Si miran a los costados están solos.

Los otros son nada.



En las autopistas los muertos dicen la verdad.

Dicen su grito, su llaga, su miseria.

Su humanidad. Su carencia.

Pero nosotros

adornamos sus nombres con guirnaldas

hasta que el recuerdo

se convierte en disfraz.

Y de ellos no queda

ni siquiera un mal gesto.



Yo imagino a mis muertos

en las autopistas.

Los veo pasar en la noche,

cuando las ovejas de mi insomnio

se convierten en caras que son casi.

Casi las que ellos tenían.



Veo pasar a mi padre.

Arrastrando los pies.

Va relatando la tristeza:

cinco años y los dedos deformados

del trabajo prematuro.



Veo pasar a mi amiga.

Su pelo rubio es una sombra.

Ella dice que sus pulmones se rompieron

porque algo la asfixió:

el jardín, la casa, el perro.



Veo pasar a mi amor.

Le faltan sus tijeras.

Me engañó algunas veces.

Yo también.

Pero no lo digo.

Porque estoy viva.



Veo pasar a mi hermano.

No sonríe.

Va cantando una canción que habla

de un caminito al costado del mundo.

Pero esta autopista no tiene banquinas.

No puede defenderse tomando atajos.



Por ahí deben andar mis abuelos.

Ni ella era tan pura, ni él era tan bueno.

Pero nosotros

les colgamos la virtud del cuello.



Ellos están en otra cosa.

Están contando sus verdades.

Están muertos.

No les importa matarnos.



El bueno de Clive podría haberme contado otra cosa.




 Arte: Alex Kuno

viernes, 2 de octubre de 2026

EMPEZAR A MORIR


 EMPEZAR A MORIR 

“De manos de la Muerte acepté el regalo. Creo que sabía qué era y de quién procedía. Al ver el nombre y la dirección, reí y firmé el recibo sin vacilar:” – Joyce Carol Oates, “Blonde”


Creo que fue entonces 

cuando empecé a morir. 

Cuando me dijiste: 

“Te quiero, pero no sé que hacer con vos”, 

y yo me encogí de hombros estúpidamente 

y murmuré sonriendo: 

“Soy una mina jodida”, 

y desvié la mirada para no demorarme en tus ojos, 

para no dolerme en tus ojos, 

porque yo también te quería, 

claro que te quería, 

pero no podía ligarme a tu destino, 

no podía salvarme.



No, no. 

Creo que fue antes. 

Creo que fue cuando esa cosa roja 

me levantó en vilo con una monstruosa ternura 

y yo pensé: 

“Estoy lastimada. Mi infancia está lastimada. 

Y esta hemorragia idiota 

-que nunca pedí, que nunca deseé- 

va a dejarme sin muñecas, 

sin espejitos mágicos, 

sin animales fabulosos.” 


No, no. 

No fue ahí cuando empecé a morir. 

Fue cuando alguien me tomó de la mano 

y me dijo: 

“Vamos a darle un besito a papá, que se fue al cielo”. 

Y yo tuve que besar a un señor blanco y frío 

-frío como una cosa demasiado fría, 

una cosa que quema-

que no era mi papá. 

No era, no era, no era. 

Te juro que no era. 


Tenés cuarenta años y no sabés que querés. 

Estás enferma. 

La vida no es abrir puertas y aparecer en el desierto de Gobi 

o en la Catedral de San Pedro. 

La vida es barrer el patio, 

y planchar camisas, 

y  desviar los ojos para que el amor no los irrite, 

y sangrar, 

y besar, de vez en cuando, 

a señoras y señores blancos y fríos 

que jamás conociste. 


La verdad, 

no sé cuando empecé a morir. 

Pero empecé. 

Y no termino. 


No termino.



Arte: Alisa Smith Williams

miércoles, 30 de septiembre de 2026

BALADA DE LA QUE QUIERE SEGUIR SIENDO BELLA Y DURMIENTE


 BALADA DE LA QUE QUIERE SEGUIR SIENDO BELLA Y DURMIENTE


“He's got the power
She's got the need” 
 Alice Cooper



 Yo miro el sueño

como si mirara la muerte:

con los ojos cerrados.



Yo miro las cosas

por costumbre.

Detrás de la reposada

nitidez de mis párpados

hay un sol oblicuo

que me quema las pestañas:

es el amor que me sacude

y me amenaza

con robarme mi porción de sueño/muerte

(esta deliciosa inercia:

ser y no ser,

nunca ser).



Yo miro a ese hombre

que se acerca

con una espada entre los labios

y sé que él tiene el poder

-yo tengo la necesidad,

pero no quiero abrir los ojos-.



Yo miro su boca

y presumo

que adherida al beso viene

una muerte sin sueño.

Sin sueños.

El vuelo suspendido de las moscas

retoma

su obligado trote de calor.

En la cresta irascible de mi sexo

se despereza

la  mujer dormida.



Cierro las piernas,

con violencia.



No quiero sangrar.

No quiero sangrar.

No quiero sangrar.