lunes, 16 de marzo de 2026

SALTOS AL VACÍO

SALTOS AL VACÍO


I - PEG, EL BOULEVARD DE LOS SUEÑOS ROTOS



La suicida busca

su camino de regreso

(regreso al agua natal,

al útero que tiembla cuando el amor lo golpea

con su suave látigo de lilas).

Busca descalzarse las calles

que desembocaron en la nada.

Arrancarse de los días

el dudoso lujo 

de haber malventilado sus partes íntimas.

Entonces

arroja su cuerpo a los perros del aire

y sus dentelladas son tan dulces, tan dulces,

 que la carne germina en una estampida de jazmines.



(Jazmines que se pudren cuando tocan el suelo

y el silencio se seca,

y la sangre todavía pregunta 

por el camino regreso).




 II - DOROTH Y, SE ACABÓ EL VODKA



La suicida planea un viaje largo.

Eso les dice a sus amigos.

Los invita a una fiesta de despedida.

Se encoge de hombros cuando el vodka se acaba.



La suicida empapela la noche con pájaros de azufre.

Lleva un traje de terciopelo negro

y la cabeza atiborrada

 de objetos inflamables.

Da un salto que es, casi, una declaración de fuego.



Se había acabado el vodka

y a ella

se le había acabado la sed.


 
III - EVELYN, EL SUICIDIO MÁS HERMOSO



La suicida sonríe,

siempre sonríe.

La sonrisa es una máscara que usa hacia afuera;

hacia adentro

desteje coronas de novia

y se arrima

a los olores rojos.

Y quiere arder

como ardieron esos vestidos

que deberían haber sido su carne

(¿Por qué una mujer quemaría vestidos?

¿Por qué una mujer quemaría vestidos si esos vestidos no fueran

el preámbulo de un cuerpo que se abre paso

hacia un gesto de adiós definitivo,

hacia una desnudez de vertebras dulces

rompiéndose

como mariposas de luna y leche?).



La suicida busca no ser

pero el olvido le suelta las manos

(La belleza es, casi siempre, una  bestia antojadiza.

A veces respira

en el sexo puntual de los amantes.

A veces nace muerta

y el dolor es su casa).




IV - RUSLANA, LA MUERTE DE RAPUNZEL



La suicida abre ventanas en cada llaga

y se arroja a un vacío hecho de húmeros tristes

y piel entumecida.

Se estrella contra Dios y su hueste de santitos sordomudos,

contra las muñecas rusas sofocadas con volados,

contra la ceremonia ordinaria del hambre.

Abre ventanas  que se dejan morir

como animales delicados

atragantados con puñados de flores.

Ventanas que son.

Pero no.



Hasta que una vez

la suicida abre una ventana real

y los ojos se le sueltan como pájaros feroces.

Entonces ella también es un pájaro

y se va detrás de esos ojos,

detrás de un nido de sangre detonada.

(Y el asunto no tiene más vueltas

porque hay una cabeza rota en el pavimento,

y comienzan a llegar los curiosos, las sirenas,

y una mano de niebla recoge lo que le pertenece desde aquel día

en el que, por primera vez,

la suicida no se perdonó el cuerpo).





Arte: "Woman committing suicide by jumping off of a bridge", George Cruikshank

Arte: "Peg Entwistle" Josh Pincus 

Arte: "Beautiful suicide"Katarina Vojković
 

viernes, 13 de marzo de 2026

SUPERVIVENCIA


 SUPERVIVENCIA 


A veces me pregunto 
cómo sobrevivo en mi reducto doméstico, 
sonriendo estúpidamente al sazonar la cena 
(que no le falte sal a mis noches
porque vivo atiborrada
de pastillas para no soñar 
y a pesar de todo 
sigo soñando con él, 
aunque no recuerdo su cara, 
ni su voz, 
y sus lágrimas no son más que cristales ilusorios, 
estalactitas de ausencia 
perforando unos ojos 
cuyo color tampoco recuerdo). 
Me pregunto cómo subsisto 
con este agujero tallado en mi pecho, 
con la inquietud saltando, sudorosa, 
sobre la línea pura 
que divide mi espalda, 
con tantas preguntas recamadas de polvo 
y tantas respuestas punzantes 
rasguñando mi garganta. 

Todavía sigo soñando con él. 
Tiene la cara 
de todos los hombres que me amaron 
y la de ninguno. 
Y yo limpio vidrios, 
y me abrazo a una escoba intrascendente,
y sonrío, 
con mi estúpida sonrisa de hembra atrapada 
en un arrecife de pan y manteca 
y cenas preparadas sin esmero, 
porque la vigilia me perdona, a veces, 
y el olvido 
parece posible.

jueves, 12 de marzo de 2026

LA LLORONA


 LA LLORONA



Debo confesar, entre muchas otras cosas,

que casi, casi,
me pasé toda la vida llorando.


Al principio lloraba por las mismas cosas
por las que llora todo el mundo:
tenía hambre, tenía frío, tenía sueño.
Con el paso de unos pocos años
fui encontrando mis motivos personalísimos.
Lloré porque el hombre mató a la madre de Bambi
y porque se murió la novia de Gardel
(lloré de tristeza y lloré de estupor:
a los cuatro años  ya es dificilísimo aceptar que se muera una novia,
pero que el novio se ponga a cantar es demasiado).
Lloré por la pobre solterona que se había quedado
sin ilusión y sin fe,
por la fea que iba procurando que el mundo no la viera
camino del taller,
por la hija de Libertad Lamarque que también era cieguita
y no podía jugar
(yo creía que era la hija de Libertad Lamarque;
después me enteré que no
pero, de todos modos, seguí llorando).
Lloré por el último organito
y por Luis Otero, el Sapito, del poema de Gagliardi,
al que el Destino Maldito le arrebató a la mamá.


Lloré  por casi todos los personajes de “Corazón”,
por la dulce Beth March,
porque Jo no se quedó con Laurie,
porque el País de las Maravillas fue sólo un sueño,

porque los Reyes Magos eran los padres.
Lloré por un lobo disfrazado de príncipe
que se empecinó en probarme un zapatito de cristal
demasiado pequeño  para mí
y me condenó a sangrar para siempre.
Lloré por Julieta, por Isolda, por la Reina Ginebra,
por Margarita Gautier, por  Manon Lescaut,
por Anna Karéninna, por la Dama del perrito,
por Madame de Tourvel .
Porque Clark Gable  abandonó a Vivien Leigh,
porque Humphrey Bogart dejó ir a Ingrid Bergman,
porque Meryl Streep no se bajó de la camioneta
para correr a los brazos de Clint Eastwood
(aunque sabía que no se tenía que bajar,
no, no, no,
bajarse hubiera sido convertir un amor de película
en un amor de entrecasa,
demasiado usado,
con agujeros mal zurcidos en la puerta del domingo).
Lloré porque Montgomery Clift  no sobrevivió a Pearl Harbor,
porque Leonardo DiCaprio no sobrevivió al Titanic,
por la mirada de Christian Bale en la escena final de “El imperio del Sol”.


Lloré cuando mataron a Lennon
y cuando se desmoronaron las Torres Gemelas
(y me dijeron taradano llores, son yankees;
entonces lloré porque me dijeron tarada
y porque nadie pensó en lo que habrá sentido esa mujer
que prefirió reventarse la cabeza contra el asfalto
antes de morir calcinada).
Lloré porque la Muerte
no se conformó con arrebatarme personajes de ficción
y fue por todo.
Porque me enamoré siendo demasiado joven
y me enamoré siendo demasiado vieja.
Lloré cuando fui a parir, cuando parí,
cuando me pusieron a mi bebé en los brazos.
Lloré la primera vez que hicimos el amor
y la última vez que lo vi.
Girondo estaría orgulloso de mí, lloré como él quería:
conlanarizconlasrodillasporelombligoporlaboca.
Lloré para atrás y para adelante:
lloré cuando se separaron los Beatles
(aunque cuando se separaron los Beatles yo tenía tres años
y no sabía quiénes eran)
y lloré cuando se casó mi hijo
(aunque mi hijo recién está estrenando su primera novia).
Lloré para arriba
(nunca hay que llorar para arriba
porque te puede caer el llanto en la cara),
lloré para abajo
(y fui dejando una sutil estela de sal detrás de mí
como si fuera un caracol hecho de suspiros),
lloré para los costados
(y salpiqué a los que estaban sentados al lado mío en el aula,
en el cine,
en el colectivo,
en la sala de espera del ginecólogo).
Gasté fortunas en pañuelos descartables y aquí estoy,
más pobre que nunca.


Supondrán las personas razonables que tanto llanto
debe haberme consumido.
Pero no.
Estoy escandalosamente rozagante.
Lo que no deja de ser motivo de llanto:
los pantalones no me cierran.
Lloré tanto, tanto, que para contarlo
escribí un poema larguísimo.
Ustedes se habrán aburrido, pero a mí
¿quién me quita lo llorado?



 Arte: "Crying Girl", Roy Lichtenstein 

martes, 10 de marzo de 2026

TODOS LOS HOMBRES QUE ME AMARON

   TODOS LOS HOMBRES QUE ME AMARON


 
 
Todos los hombres que me amaron
 
tenían miradas infinitamente claras
 
y exactas como espejos,
 
y en esas miradas yo me advertía siempre
 
como la niñita de tiza rosada
 
delineada en un viejo muro
 
tiritando
 
ante el perentorio holocausto de la lluvia.
 
 
 
Tenían todos ellos
 
dedos ágiles como golondrinas,
 
siempre era verano debajo de mi falda,
 
siempre era otoño en mi corazón aturdido
 
por tantas migraciones.
 
 
 
Yo quería ser una diosa obscena
 
con ojos eruditos encastrados
 
en mis pezones febriles
 
y un oráculo brutal entre las piernas
 
(ocho brazos para atraparte
 
ocho días a la semana)

y era siempre una muñequita de trapo
 
descuartizada por el olvido,
 
una muñequita llorona que pedía, pedía y pedía,
 
un poco más,
 
siempre un poco más,
 
hasta agotar todas las violencias
 
y todas las constelaciones.
 
 
 
Todos los hombres que me amaron
 
me regalaron zapatillas rojas de punta
 
ignorando
 
que soy una pésima bailarina
 
y me obligaron a danzar sin poder detenerme,
 
hasta que se cansaron de verme dar torpes volteretas
 
y me cortaron los pies
 
(por mi bien, claro, siempre por mi bien;
 
“nena, a ver si te quedás quieta de una buena vez
 
que nos estás volviendo locos”).
 
 
 
A todos ellos les cerré
 
la puerta de mi cuerpo en las narices
 
y hasta clavé algunos alfileres en sus fotografías,
 
porque también quise ser una bruja haitiana
 
con la piel negra como la brea
 
y los pechos enormes,

pero siempre fui la maestrita espantosamente dulce
 
que jamás aprendió a leer el Tarot. 



Todos los hombres que me amaron
 
me amaron más que a las otras mujeres
 
que se cruzaron en sus caminos
 
y suspiraron de alivio cuando dejaron de amarme. 
 
 
 
Ninguno de ellos supo a ciencia cierta
 
si lo quise demasiado
 
o demasiado poco.
 
Ninguno de ellos sabe a ciencia cierta
 
cuántos de sus sueños, sus fobias y sus gestos
 
alimentaron esta manía de escribirme la vida
 
y se quedaron atrapados para siempre
 
en el blanco sopor de mis papeles
 
como mariposas detenidas en la espera
 
de algún octubre promisorio.







domingo, 8 de marzo de 2026

SUEÑO


  SUEÑO
 

Soñé que me ahogaba en un estanque

y que flotaba en el agua

casi tan hermosa como la Ofelia de Millais,

boca arriba, palmas arriba,

junto a puñados de margaritas

arrancadas de los arbustos cercanos.

En el cuadro, las margaritas son unas pocas,

pero hay otras tantas flores que convierten a Ofelia

y a su entorno

en un extraño ecosistema de muerte y primavera.

En mi sueño sólo había margaritas.

Representan el candor, dicen. No sé.

Quizás representen lo sencilla que hubiera deseado ser,

vivir donde el verde,

desconocer un montón de palabras rimbombantes

que no alcanzan

para arañarle la cara al silencio.


Claro que no soy tan joven como Ofelia.

Ni tan hermosa. Ni tan inocente

(no llevo un collar de violetas que confirme,

mi estado de virginidad perpetua;

el amor se hizo en mí y en mí se deshizo,

cuando las piernas empezaron a acusar su cansancio).

Pero cuando flotaba inmóvil en ese estanque

y podía verme, como quien se mira

en una estúpida filmación casera,

sentía lo mismo que siento el mirar el cuadro:

Ofelia se va a disolver hasta ser una con el agua

o va a desaparecer en una onda gigantesca y repentina;

esto no es un final, esto es una mujer

reencontrándose con el hogar primigenio.

Al mirarme en ese estanque, inerte,

boca arriba, palmas arriba,

supe que yo necesitaba también volver a mi albergue primitivo.

Volver al útero del agua y parirme

con el corazón más inclinado hacia el lado de las margaritas

y menos hacia el de las tristezas.

Con menos palabras que decir

pero más verde en el cuerpo.