domingo, 26 de abril de 2026

LAS MOSCAS

LAS MOSCAS

Estábamos desayunando en el jardín
y las moscas
nos volvían locos.
Recordé entonces
que mi abuela ponía un plato
lleno de agua azucarada
cuando tomaba mate en el patio
y las moscas –golosas-
se ahogaban en esa trampa
rebosante de dulzura.
Como en el poema de Machado
las moscas
evocaron mi infancia.
El rostro adusto de esa abuela
a la que nunca llegué a conocer.
Su reducto de ollas y sartenes
y la pava,
siempre lista,
porque mi abuela española
había adoptado el mate
como bebida constante.
Las moscas
con su trote desparejo
me trajeron la cola de caballo,
descolorida,
donde se guardaban los peines.
Los tesoros recónditos que albergaban
los cajones de la máquina de coser
(anillos, botones de nácar, calcomanías,
alguna postal maltrecha
con una bailaora bordada
orgullosa de su porte espigado,
sus volados,
su mantón de Manila).
La liebre que crió,
a mamadera,
con una áspera ternura que nunca
dispensó a sus nietos.
La liebre,
la que  nos miraba asustada,
hecha un bollito de pelo y orfandad.
Las moscas me trajeron
esos años con sabor a fiesta
en los que papá no era una cruz y un interrogante
(¿por qué la muerte,
por qué?).
Y en las Navidades comíamos conejo asado,
criados por la abuela, claro,
pero con menos suerte que la liebre.
 
Mientras espantaba a las moscas
pensé en mi abuela.
La pensé sin rencor.
Sin reprocharle
que no haya sabido quererme.
La pensé en su eterno luto
por el hijo muerto.
Y quise abrazarla
atravesando años de desencuentros,
años de distancia.
 
Ahora que mi abuela está muerta,
hace mucho ya,
hace tanto,
puedo hacer las paces con ella.
Y todo por unas moscas.
 
Él propuso
un plato de agua azucarada
y a otra cosa mariposa:
que las moscas se ahoguen
por molestas y golosas.
Dejalas, dije yo.
No le hacen mal a nadie.
Lo aprendí en la escuela:
el mundo es lo suficientemente grande
para ellas y para mí.



Arte: "Las moscas", Lorenzo Goñi 

viernes, 24 de abril de 2026

LA MARY

 LA MARY

 

Era de tardecita, me acuerdo.

Papá entró a la cocina, pálido,

y le dijo algo a mamá por lo bajo.

Mamá se puso a llorar

y dejó de revolver la olla

que tenía en el fuego.

Yo no pregunté nada

amparada en esa sabiduría infantil

que perdemos con los años:

hacernos bolitas de silencio,

desaparecer cuando en el mundo de los grandes

se instala el virus del dolor,

rodar hasta debajo de la cama

y confundirnos con su caos secreto,

ser una florcita más de tierra y pelusa.

 

Al otro día lo supe:

se había muerto la Mary.

La Mary, que usaba vestidos baratos

y una colita en el pelo,

y tenía tres nenes chiquitos

y un marido que no conseguía trabajo.

¿Y ahora?

¿Y ahora qué va a hacer él

con tres nenes chiquitos

que hociquean los rincones

como perritos recién nacidos

buscando el olor de mamá?

¿Qué va a hacer

con ese plato de arroz que no llega?

 

Al otro día lo supe:

se había muerto la Mary.

Lo que no supe fue cómo

ni por qué.

De esas cosas no se habla.

Y menos con florcitas de pelusa de seis años

que se atrincheran debajo de la cama

y no quieren salir,

porque no hay escoba que valga

cuando los grandes lloran

y todo es miedo.

 

Con el tiempo supe, sí.

Cuando crecí supe

cómo se había muerto la Mary.

A veces pienso en ella

e imagino que una hemorragia injusta

todavía fluye entre sus piernas de polvo.

Imagino alguno de sus vestidos baratos

manchado de terror y agonía.

En los que pienso seguido es en sus hijos:

a ellos los imagino llorando en un rincón del aula

mientras sus compañeritos tallan jabones

o se embadurnan los guardapolvos con témpera

mientras fabrican regalitos para el día de la madre

como parte de la currícula estúpida

de un puñado de maestras anestesiadas.

Llevando flores al cementerio

hasta que todo deja de tener sentido:

las flores, el cementerio,

el ejercicio de recordar a una madre borrosa

que conocieron apenas.

 

Hace poco le pregunté a mamá por la Mary.

Ella dice que no se acuerda.

Yo creo que sí,

que se acuerda,

pero no quiere hablar del tema.

Cuando corté el teléfono

rodé hasta debajo de mi cama.

Me costó entrar, claro.

Ya no tengo seis años.

Me costó ver que las pelusas ya no parecían flores.

Y estaban manchadas de indiferencia y sangre.

 


lunes, 20 de abril de 2026

CEFERINO

   CEFERINO

Se llamaba  Ceferino
y era el hermanito de  la Patri.
El hermanito muerto de  la Patri.
Se había enfermado de meningitis
y se había muerto,
poniendo patas arriba
un mundo en el que los chicos estábamos a salvo,
teníamos un angelito de la guarda que nos cuidaba,
una estrellita en el cielo que velaba nuestros sueños,
y bla, bla, bla.
 
En mi cabecita entre católica y pagana,
en ese sincretismo absurdo
en el que cohabitaban lo que me habían enseñado
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo )
y lo que intuía cada tarde de verano
en el trote lascivo de las abejas
cortejando a las margaritas,
yo estaba segura de que el chico se habia muerto
porque se llamaba  Ceferino.
¿A quién se le ocurre ponerle a un bebé
el nombre de un santito que se murió tan joven?
Porque Dios lo llamó a su lado,
porque Dios lo escogió,
porque Dios lo necesitaba,
porque Dios, porque Dios.
 
Entrar a la casa de  la Patri
era como entrar a un mausoleo.
No porque hubiera fotos
o algun recuerdo de  Ceferino
(que los había, seguro).
Porque el silencio era tan espeso
que se volvía imposible de romper.
No importaba cuánto gritaras,
no importaba lo fuerte te rieras.
El silencio era una bola de pelos indestructible
que crecía y crecía
a medida que el animal del dolor
se lamía las llagas.
 
Algunas veces me quedaba a comer de  la Patri.
Su mamá nos servía la comida
y se sentaba a masticar mecánicamente la suya
frente a un sifón donde apoyaba, abierta,
la revista  "TVGuía".
Leía mientras comía y jamás nos miraba.
Jamás levantaba los ojos de la revista.
Leía detalladamente los chismes de la farándula
y la programación de cada canal de TV.
"Para no perderse nada",   pensaba yo, tan ingenua.
"Para no ver el lugar vacío de Ceferino en la mesa",  comprendo ahora,
cuando decanté por las abejas y las margaritas
y quisiera llevarle algunas
si supiese
donde queda la infancia.



sábado, 18 de abril de 2026

ANA


 ANA

 

Era linda.

Como tantas otras chicas del barrio que eran lindas

y fosforecían en las veredas

con su luz apretada y reventona

como la de los claveles que las viudas

llevaban al cementerio, lloviera o tronara,

cada domingo.

 

Era linda.

No recuerdo el color de sus ojos

pero sí sus piernas eternas,

sus rodillas elegantes,

cada uno de los diez dedos que descubría

cuando se calzaba las sandalias con plataforma,

esas que yo añoraba

desde la candidez de mis seis años

y la intuición, nada fallida,

de que la altura no iba a ser uno de mis fuertes.

 

Era linda.

Como tantas otras chicas del barrio que eran lindas

y soñaban con su humilde porción de felicidad:

casarse o ser maestras.

Pero ella soñaba otra cosa:

quería ser Miss Argentina.

No se conformaba con ser la reina del club de la otra cuadra.

No se conformaba con ser una beldad anónima.

No se conformaba con ninguna otra corona

que no fuera la de Miss Argentina.

Sin embargo,

se presentaba en todos los concursos de belleza que aparecían.

Y se preparaba para ganar:

ayuno y purgas,

ayuno y purgas,

golpes al estómago,

patadas a los intestinos,

odio a cualquier redondez femenina

que no encajara en un parámetro perverso,

maltrato sistemático a un cuerpo

al que no le alcanzaba ser cuerpo

para ser perfecto.

 

Ana nunca llegó a ser Miss Argentina.

Ni siquiera llegó a competir en el mentado concurso.

Pasó frente al ojo avizor de Jean Cartier

sin pena ni gloria.

Pretendientes no le habrán faltado

pero ella prefirió acostarse

con la ilusión de la corona que la obsesionaba,

del ramo de flores,

de la estúpida banda que la distinguiría

como la más linda de todas.

 

Cuando los años la obligaron

a renunciar a sus aspiraciones de Miss

ya se había acostumbrado a no comer.

 

El día que se la llevaron para internarla

fue la última vez que se la vio en el barrio.




 Arte: "Anorexia", Nadia Chaari

jueves, 16 de abril de 2026

SERGIO


 SERGIO


Revoloteaba entre los jazmines del tío
como una mariposa exótica
y las nenas del barrio le cantábamos “Sergio, maricón”
porque no nos habían enseñado una palabra
para nombrar sus alas iridiscentes,
su lengua libadora,
sus boca larga como la promesa del verano.
Pero era una más entre todas
las que íbamos a ser reinas,
y tomaba el té en con nosotras 
en tacitas de porcelana.
Cuando los grandes dormían la siesta
acunaba a nuestras muñecas:
la Humberta, la Nicanora,
la negrita que nunca tuvo nombre.
Cuando los grandes se distraían
se probaba nuestros vestidos con los ojos.
Los dos protestábamos
porque no nos dejaban tener el pelo largo.
El mío era difícil de desenredar.
El de él, difícil de explicar a las vecinas que barrían la vereda,
al compañero de banco,
a las maestras.

La última vez que lo vi estaba muy enfermo.
Me pidió prestado el teléfono para encargar una pizza
que apenas mordisqueó.
Seguía siendo una mariposa exótica
pero ya no revoloteaba:
se encogía en el ángulo más sombrío del jardín
adivinando
que no llegaba al verano.
Días antes había celebrado su cumpleaños
y casi todos los invitados faltaron a la fiesta.

La última vez que lo vi
le regaló unas monedas a mi hijo
y le acarició la cabeza.

Esa noche
un chiquito de cinco años rezó por él,
y yo serví té de jazmines y lágrimas
en tacitas de porcelana
para brindar con la ausencia.