domingo, 23 de junio de 2019

PRESENTACIÓN "ENAGUAS DE ENCAJE ROTAS" EN "EVALUARTE" CAFÉ LITERARIO / JUNIO 2019


PRESENTACIÓN "ENAGUAS DE ENCAJE ROTAS" EN "EVALUARTE" CAFÉ LITERARIO / JUNIO 2019




Con el poeta Oscar Vicente Conde


Con el poeta Jorge Hermiaga


 Con la escritora y recitadora Darcy Tortonese 


Con los poetas Oscar Vicente Conde y Mary Guerreiro

LECTURAS CAFÉ LITERARIO "EVALUARTE" / JUNIO 2019


LECTURAS CAFÉ LITERARIO "EVALUARTE" / JUNIO 2019

CAFÉ PARA TRES

“Señor Tracy, no es tan alto como esperaba”,
le dijo Katherine cuando lo conoció.
“Usted tiene las uñas muy sucias”
retrucó Spencer, sin temor a resultar poco caballero.
Y ella se rió, con su risa de antílope indomable.
Y él creció, por lo menos, 20 centímetros.

Él estaba casado y casi siempre borracho.
Ella era orgullosa y tenía un cuerpo filoso,
un volcán en erupción conspirando
debajo de su lengua,
pocas cualidades para ser la otra.
Pero el amor es una enfermedad de aguas dulces
y ellos se olieron y supieron
que habían nacido en el mismo río,
y  juntos se remontaron hacia un paraíso clandestino
de sábanas líquidas
como salmones ávidos de la química natal.

Él era católico
y tenía una mujercita blanda, Louise,
que aprendió, como pudo,
a lavar tres tazas sin romperlas.
Ella era atea
y se movía entre las citas bíblicas
como la jefa de una tribu de profetas libres.
No dormían juntos
pero  cuando la luna era un calambre de luz
y el cielo se encogía de dolor
se daban las buenas noches metiéndose, desnudos,
entre los párpados del otro.
Ella era una casa de verano
(y él abría sus puertas cuando el sol).
Él era un taller
(y ella trabajaba cantando en la medianía de su ombligo).
Los dos eran expertos
en convertir lo prohibido en cotidiano.

Cuando Spencer Tracy murió,
fue Katherine la que llamó a Louise desde el hospital
para darle la noticia.
Después de casi tres décadas
una de las tazas de ese insólito juego estaba rota.
La esposa tuvo el funeral y la parcela en el cementerio,
la memoria incómoda de la porcelana esquiva.

La Hepburn se cepilló las uñas con furia,
entre lágrimas,
y dejó el café para siempre.

EL SUICIDIO MÁS LARGO DE HOLLYWOOD 


Monty sintió siempre que no encajaba.

Había nacido en una época de amores encorsetados,

cuando el binomio chica-chico era el único aceptable,

y él no sabía si amaba a las chicas,

amaba a los chicos,

o simplemente amaba su soledad,

sus libros,

su belleza melancólica repartida

en los espejos de la casa.



Monty  sabía, sí,

que odiaba las fiestas.

Se movía torpemente entre las risas de los otros,

una sábana ambulante con una vaso en la mano.

A su alrededor revoloteaban los pájaros de tristeza

que el whisky no podía ahogar,

y los pájaros picoteaban su garganta

como cuchillos ensañados con el pan de la palabra,

 pero nadie lo notaba

porque él había hecho una catedral de su silencio,

y en su silencio se arrodillaba, penitente,

esperando que Chéjov o Aristóteles

lo absolvieran del pecado de no ser feliz.



Huyendo de una fiesta

Montgomery Clift estrelló su auto contra un poste telefónico.

Su cara jamás volvió a ser la misma.

Junto a su belleza melancólica

desaparecieron de su casa todos los espejos.

En la ausencia del cristal se diluyeron

las chicas que lo amaron,

los chicos que no se atrevió a amar.

En las paredes despojadas se instaló la muerte    

y trabajó a desgano,

como una oficinista gris,

rotulando con bostezos interminables

la cicatrices y el vómito.



Diez años de papeleo inútil y whisky.



El suicidio más largo de Hollywood.



LOS ZAPATOS DE JUDY GARLAND


Toto, me parece que ya no estamos en Kansas.


Estamos en un lugar donde soy un piano a la deriva,

una flauta con los huesos apolillados.

Tengo los ojos hinchados,

el maquillaje corrido.

los sesos esparcidos por las paredes.

Mis hombres están quietos

como conejos muertos.

Mis hijos son crisantemos 

que se marchitan cuando los miro.

Una lluvia de whisky y vidrios

me moja los pies.

Estoy descalza.

¿Dónde están mis zapatos?


Toto, de día soy la pequeña jorobada

a la que le tocaban las piernas.

De noche

salgo a cazar enanos borrachos

con una red de mariposas.

Nunca fui la más linda de la MGM.

Nunca fui Lana Turner.

Me corté el cuello con una navaja de afeitar

pero alguien tiró de mi vestido celeste

empapado de mocos y lágrimas

y  me trajo de vuelta a la vida.

A este lugar.

Que no es Kansas, Toto.

Es un túnel sucio

donde las placas tectónicas  del alma colisionan

y las venas se derrumban

como edificios picados de viruela.

Trato de recordar aquella canción

pero las pastillas son pajaritos mudos,

coágulos de silencio en la memoria.

En la garganta tengo un arcoíris seco,

un do re mi de púas en el corazón.

Estoy cansada.

Estoy descalza.


Toto,  me parece que ya son demasiadas pastillas.

Peno no sé.

¿Dónde están mis zapatos rojos?


Quiero volver a casa.




ROMY SCHNEIDER ESCRIBE UNA CARTA PARA SU HIJO MUERTO



París, 29 de mayo 1982.

Romy recuerda.

Recuerda la sentencia de su padre

antes de abandonarla:

“Tenés cara de rata, pero sos fotogénica”.

Recuerda los años de la guerra,

su infancia vulnerada posando junto a Hitler

de la mano de una madre saturnina

que la concibió como un bocado de lujo.

Recuerda sus años de emperatriz risueña

y un poquito cursi,

un trompo iridiscente girando

en una corte de cartón pintado.

Recuerda la cama de Delon y dos ramos de rosas:

uno para enamorarla,

puppelé, puppelé,

otro para decirle adiós.

Pero sobre todo recuerda a David

y su útero es una prenda fina mal lavada

que se encoge, se aja.



Como cada noche

desde hace casi un año

Romy Scheineder escribe una carta para su hijo muerto.

La escribe con sangre, con alcohol,

con pastillitas de colores que remedan

un lejano tiempo de confites.

Le habla de la marca gris que dejó su risa,

esa pintura descolgada a destiempo,

en todas las paredes de la casa.

De las virutas de frío que se cuelan entre sus huesos

a pesar de la obstinación de la primavera.

Romy mira las fotos de su hijo,

le camina la boca con sus lágrimas,

y la memoria la arranca de su  silla Luis XV

como a una flor de alambre

y la arroja a un hervidero de chatarra,

de cosas oxidadas.



Como cada noche

desde hace casi un año

Romy Scheineder escribe una carta para su hijo muerto,

poupette, poupette.

Después cierra los ojos

con un cansancio hambriento que no tiene retorno

y se queda dormida.


UNA DE LAS MÁS VALIENTES

Claude tenía 17 años y flores en la boca
cuando uno de sus tantos admiradores la convenció
para que subiera a su auto
y la violó con ferocidad.
Al poco tiempo,
la italiana más guapa de Túnez,
descubrió que estaba embarazada.
Decidió no abortar
y dio a luz a Patrizio,
un príncipe lampiño que creció
creyendo que la bella Totte era su hermana.

Siete años más tarde,
convertida en estrella,
Claudia Cardinale le confesó al mundo que Patrizio era su hijo
y lo abrazó  (por fin madre) con infinito alivio.
Habló de un error de juventud en Túnez,
pero nada dijo de la violación,
del miedo,
 del asco,
del sexo abominable de la bestia
rompiéndola desde adentro
como si fuera una cáscara vacía.
Quizás para proteger a Patrizio,
tan perfecto
(cinco maravillosos dedos en cada mano)
a pesar de la forma brutal en la que había sido concebido.
Quizás porque todavía sentía culpa
 por haber subido a ese auto,
por sus 17 años,
por ser la italiana más guapa de Túnez.

En 1995,
cuarenta años después de haber sido violada,
Claudia Cardinale pudo contarlo.
Tomada de la mano de Patrizio
(cinco maravillosos dedos).
El que nunca supo quién fue su padre
y nunca quiso saberlo.

Le bastó con ser el hijo
de una de las mujeres más hermosas del mundo.

Una de las más valientes.