jueves, 2 de julio de 2026

LA DESNUDEZ DE MI MADRE


 LA DESNUDEZ DE MI MADRE


La desnudez de mi madre me conmueve.

Es una premonición,

un espejo de futuro

donde mi cuerpo abraza

su cuota de crepúsculo.

El cuerpo.

Ese camino ancho donde la vida corre

y va dejando huellas,

escamas pálidas donde hubo peces rojos,

sudarios de hollín donde hubo hogueras,

pliegues, blanduras, grietas,

trazos temblorosos.

La desnudez de mi madre me emociona.

Con el mismo esmero con el que bañaba a mi hijo

la unjo con jabón y ternura.

Me miro en ese cuerpo,

me leo en esa historia,

en esa vasta soledad de campo abierto.

Su desnudez es el invierno

pero es, también, una manta,

una taza de café caliente,

un lugar junto al fuego.

 

Nos enseñaron a amar la belleza de los 20 años,

rotunda, empedernida.

Nos enseñaron que esa belleza era la única

(y nos pasamos la vida corriendo

detrás de un conejo esquivo,

una presa de luz que se deshizo

entre los dientes de junio,

eso que fuimos y perdura en las fotografías,

en la memoria de una noche perfecta).

Sin embargo, hay otra belleza.

Brutal. Inevitable.

Cruda

como una pintura de Lucian Freud:

la insólita hermosura que trasunta

la desnudez de mi madre

mientras enjabono su espalda con suavidad

y el agua cae sobre sus hombros

como el cielo cae

sobre el canto de los pájaros.

 

 

 Arte: Lucian Freud 

Del poemario “El corazón de mi madre”, Apócrifa Editorial (2022)

martes, 30 de junio de 2026

EL GIGANTE CON PIES DE AZÚCAR


  EL GIGANTE CON PIES DE AZÚCAR



Aquel día

yo estaba jugando en la vereda de la Karina Bardón,

la nena que vivía al lado.

Un auto desconocido estacionó

en el frente de mi casa

y al ratito, nomás, mamá salió

y se subió, llorando, al auto misterioso.

Había muerto el abuelo.

El abuelito Luis.

El gigante con pies de azúcar

había sido derribado en su quinta,

entre los tomates, las radichetas

y las plantitas de orégano

que perfumaban cada día de la infancia.

El gigante con pies de azúcar se había ido

con los cuentos a otra parte.

 

Yo tenía cuatro años,

pero lo recuerdo nítidamente.

Y lo que más nítidamente recuerdo

es su alegría.

En una familia de melancólicos

el abuelo desentonaba.

Y ese contento de violín desafinado,

esa desvergüenza de soltar la risa,

era lo que más amaba en él.

El abuelo no se daba por vencido.

No cedía ante la paleta monocromática

con la que la abuela

insistía en pintar la vida.

Todo un héroe poniéndole color

con sus tomates y sus aires de acordeón,

a la suma, siempre errada,

de sus recíprocos días en blanco y negro.

 

El abuelito Luis contaba cuentos.

Recitaba poemas camperos,

no exentos de picardía.

Le gustaba Ramona Galarza

y, todavía, cuando la escucho,

algo del Paraná me moja los ojos.

Cientos de veces me pregunté

cómo terminó un gigante con pies de azúcar

y corazón de chamamé

casado con una asturiana adusta

que jamás le regaló un paso de baile.

Cientos de veces se me escapó la respuesta

como una panambí morotí de vuelo ondulante.

 

Solamente cuatro años

tuve a un abuelo que me alzaba

y me regalaba al aire,

como si fuera un barrilete.

Sin embargo, puedo cantar “La vestido celeste”

o “Ah! Mi Corrientes Porá

de punta a punta.

Y recitar ese cuentito que empieza

Vamos al baile, dijo el fraile”

sin equivocarme una sola vez.

Esa es la herencia que me dejó mi abuelo.

 

Ojalá hubiera vivido muchos años más

para enseñarme

su sencilla manera de ser feliz. 




Arte: Nasim Ganji


domingo, 28 de junio de 2026

LA ABUELA AMELIA


  LA ABUELA AMELIA

 

Cuando mi abuela murió yo tenía dieciocho años.

Había pasado gran parte de mi vida viviendo en su casa

y gran parte de mi infancia durmiendo en su cama,

esa cama donde la ausencia del abuelo

(que había muerto en la quinta, así, de golpe,

derribándose como una torre de carne antigua

entre las radichetas y los tomates)

había dejado un agujero que yo apenas podía cubrir

con mi pijamita de la Pantera Rosa.

Dormir con la abuela tenía sus desventajas:

nuestros pesos tan disímiles desbalanceaban el colchón

y yo rodaba en sueños hasta su espalda

y amanecía pegada a ella, hecha una bolita incómoda.

No podía quedarme viendo televisión hasta más tarde,

como mis hermanos.

No podía quedarme leyendo,

porque la luz se apagaba temprano.

Pero también tenía sus cosas maravillosas.

Me dormía escuchando en la radio

una cancioncita que en mi cabeza, siempre pajarera,

aludía a algún suceso sobrenatural y magnífico:

“La danza de la fortuna como ninguna llega hacia usted,

llevándole hasta su casa música, suerte, vida y amor…”

Un segundo antes de que mis ojos niños cayeran

en la madriguera del sueño,

yo veía a la Fortuna danzando.

Era rubia y hermosa,

y llevaba flores en la cabeza,

y una túnica blanca.

La desilusión que sentí cuando me enteré

de que no había chica rubia con tocado floral

y la cosa venía por el lado de la quiniela,

fue comparable a la desazón que me embargó

al descubrir la dulce estafa de los Reyes Magos.

 

Cuando mi abuela murió yo tenía dieciocho años.

Lloré, claro que lloré.

Amaba a esa mujer hosca y casi ciega

que jamás me contó un cuento

pero me habló cientos de veces

de su pueblo asturiano,

del barco que la había traído de España,

una flor arrancada de un jardín frente al mar

y puesta, como al descuido,

en el jarrón gris de un barrio suburbano.

Una flor áspera, sí, pero flor al fin.

Amaba a esa mujer que no sonreía nunca

y sólo una vez vi llorar:

sentada al lado del cajón de su marido,

antes de que una voz de película de terror

pidiera, por favor, que los deudos se retiraran,

porque había que cerrar el ataúd,

y la cara del abuelo nunca más.

 

Lloré, claro que lloré.

Pero también sentí una especie de alivio.

Ver sufrir a las personas que se ama,

verlas convertirse en papelitos de fumar morfina y cáncer,

es devastador. A los dieciocho años o a los mil.

Y nos da el privilegio atroz de resignarnos

aún antes de soltarles las manos.

 

Cuando mi abuela empezó a hacerse realmente vieja

(aunque para mí era vieja desde siempre,

y España quedaba a mil años luz,

y todo lo que ella me contaba había pasado

en el tiempo de ñaupa)

se deshizo de sus papeles personales

y de la mayoría de sus fotos.

"Les estoy ahorrando trabajo", dijo.

Estaba cansada de ver en la basura

brindis de novios y sonrisas en blanco y negro

que jamás se habían imaginado terminar así,

atrapados en una bolsita de plástico

en medio de un revoltijo indiferente de cáscaras de papas,

yerba usada y papel de diario para envolver los huevos.

“Mis cosas las tiro yo”, dijo.

Y las tiró. Porque siempre hacía lo que quería.

 

Cuando mi abuela murió yo tenía dieciocho años.

Heredé muy poco de ella: mis rasgos tiran más

para el lado de la familia paterna.

Pero cada vez que la coquetería

me empuja al supermercado sin anteojos

y vuelvo a mi casa con yogures vencidos

pienso que, quizás,

me legó la maldición de sus ojos cegatones.

No tengo un ápice de su carácter:

soy dócil y sonrío mucho, casi demasiado.

Lo que me dejó, sí, fue su miedo a las tormentas.

Y un abanico pintado a mano que me regaló una tarde

cuando el Diablo fue barman y el cielo,

un cóctel amenazante de truenos y relámpagos.

Esa tarde nos dábamos valor una a la otra.

Y yo tuve mi premio por cruzar los dedos fuerte, fuerte,

para que la tormenta parara.



Arte:  Berrak Ergul Lajoie 

viernes, 26 de junio de 2026

ADICTA


 ADICTA

 
La gente hambrienta hace malas compras.


¿Sabés que hice durante todo este tiempo?
 
Meterme en la nariz
 
la saliva de tus besos,
 
inyectarme tu semen
 
y bailar, bailar, bailar,
 
-con los ojos como platos injertados en la nada-
 
como la estúpida muñequita
 
de una caja de música
 
a la que le dieron demasiada cuerda.
 
Bailar para no ver la angustia,
 
ni el vacío,
 
ni la cinta velada de mi alma tiesa.
 
Suplicarte que me hieras
 
-a vos, que decías que ibas a comerte mi dolor-
 
para que las lesiones nuevas
 
disimulen las antiguas llagas,
 
las que tienen mil años y sangran
 
porque no supe restañarlas a tiempo.

 


Tanta cuchillería
 
en la punta de la lengua,

tantas píldoras tragadas como golosinas letales,
 
tanto amorodioverdadmentira,
 
tanto crimen impune,
 
para morir y no morir,
 
para morir de a poco en el espanto del vómito,
 
para morirme menos
 
o más,
 
no sé.

 
 
No debiste creerme cuando dije que te amaba:
 
fuiste sólo una sustancia más,
 
un atajo en el torpe camino
 
hacia mi anhelado no ser.



  
Cold Turkey, cantaba Lennon.
 
Siempre pensé que vos sabías más de eso que yo.
 
Pero acá estoy,
 
cenándome mi propio pavo frío,
 
en medio de una orgía de náuseas y temblores,
 
abrazándome a un espejo que me muestra
 
a la mujer que soy
 

después de tus embates.



Una adicta en recuperación.


Para siempre.




Arte: "No coco here", Philippe Shangti


miércoles, 24 de junio de 2026

PETER PAN ESTÁ MUERTO


  PETER PAN ESTÁ MUERTO

¿Cuándo supiste que Peter Pan estaba muerto?

Siempre lo supe.

La única manera de no crecer

es morir.

La única manera de que te recuerden y te amen

como a un niño eterno

(como a ese hermano mayor idealizado

que se accidentó patinando sobre hielo

y no alcanzó a cumplir los catorce)

es morir.

La única manera de no mancharse las manos

y el corazón

con el hollín de la vida

es morir prematuramente.

Conservando intacto

el dulce cosquilleo de la infancia.

 

 ¿Y qué quería con los chicos Darling?

No sé.

Quizás quería mostrarles cómo era

ser eternos en una estrella

antes de que el dolor

los tocara con sus largos dedos húmedos.

Quizás quería que tuvieran

la oportunidad de elegir

entre un adiós temprano

o una vida que decantaría en la soledad

o el tedio.

 

Quizás Peter Pan nos visitó a todos,

alguna vez,

y no lo recordamos

porque elegimos vivir.

Porque elegimos quedarnos sin estrella

y estrellar el cuerpo contra la insistencia

de los almanaques.

Quizás era ese amigo invisible

con el que teníamos largas charlas

a la hora en que las muñecas tomaban el té.

 

Claro que vivir

tiene sus cosas buenas.

Claro que crecer trae amor, y deseo,

y todas esas pequeñas flores de orgullo

que nos prendemos, victoriosos,

en las solapas del cuerpo.

Claro que vivir

también es una aventura.

 

Pero a veces me pregunto cómo sería

tener ocho años limpios

en la segunda estrella a la derecha.