martes, 26 de mayo de 2026

EL HIJO


  EL HIJO



Ella siempre lo supo:

entrabas al dolor.

A un dolor que no te pertenecía.

Deslizándote por el tobogán de sus piernas

como un delfín rubio.



Pequeña ciruela agridulce

de puertas cerradas

caíste en picada cerca del árbol,

una mancha de amor

al pie de la letra.

La cueva se había tragado

el orgullo victoriano

de las flores y los candelabros.

La última rosa cocinaba en el horno

su roja quietud

y vos tirabas piedritas

contra la ventana

de una casa muerta.



(El bebé en el establo.

La ciruela agusanada respirando.

Escupiendo la papilla mientras el padre llora

y todos decimos así o asá

porque es fácil incubar huevos ajenos,

tender camas ajenas,

sobreactuar los poemas de otro).



En tu memoria de animal amputado

se agitaba

una melena de algas crepitantes.

No era el fuego.

era el mar

y te llamaba.



Era el mar

abriéndote las ventanas

de la casa muerta,

y ella parpadeando como un lagarto de sol,

tus mismos ojos verdes.


domingo, 24 de mayo de 2026

OJOS HÚMEDOS EN UN BANCO DE PARQUE LEZAMA


 OJOS HÚMEDOS EN UN BANCO DE PARQUE LEZAMA


A Martín y Alejandra


Él la encontró temblando

en el fondo de todos los pájaros.

Ella se acostó en sus pupilas líquidas.

Y la primavera fue una mordedura de Dios

quemándoles la carne.


Él le dijo que nada era más bello

que su melena roja.

Ella le dibujó una mariposa de ceniza

en la palma de la mano.

Y quizás todo fue una premonición,

un exordio del fuego.


Ella no quiso ser dragón,

no pudo ser princesa.

En una catedral de humo devoró

el pan ácimo de sus catástrofes:

la historia del afuera y del adentro

tortuosa

como un laberinto de cuchillas de afeitar.


El dejó los ojos húmedos

en un banco de Parque Lezama.




viernes, 22 de mayo de 2026

NATURALEZA

  

NATURALEZA


Ayer una de mis gatas
mató a un zorzal.
Jugó un rato con su exiguo cadáver
y lo dejó abandonado en el pasto
inmóvil, laxo,
como si esa vida no hubiese significado nada.
Hace unos años,
ante un hecho de esta magnitud,
se hubiera desatado el escándalo:
enojo, llanto, retos.
Pero ayer
sólo recogí del pasto al zorzal muerto
e hice un pocito en la tierra húmeda
que rodea al macizo de calas.
Una pequeña tumba improvisada.
Claro que me dio pena el pajarito:
apenas estrenaba la primavera.
Pero con el tiempo entendí
a respetar las reglas de la naturaleza:
cazás o sos cazado.
Y, a veces, ambas.
Y lo que fue parte de un ser
se convierte mañana en parte de otro.
La vida trunca de ese zorzal,
reventará en las calas,
y quizás pueda escuchar cantar a las flores
si acerco lo suficiente mi oído
a su blanca cadencia.
Ayer no le endilgué a Tiger Lily
una culpa que no tiene y que no siente.
A la hora de la siesta
se acurrucó a mi lado
y, como es habitual, la caricia
se escapó de mis dedos.
 
Antes quería que, al morir,
mi cuerpo se convirtiera en un puñado de cenizas
arrojadas por una mano amada
en algún lugar en el que hubiese sido feliz.
Ahora, no.
Ahora siento que soy un animal
que debe volver a tierra.
No como polvo bíblico.
Como materia prima de una naturaleza
que se recicla constantemente.
Que la pequeña fauna mortuoria
coma y beba de mí.
Que el tiempo sea en mis despojos.
Y que algún día suceda el milagro:
despuntar, quizás, como raíz
de un árbol donde un zorzal dispense su canto,
reiterativo, armónico, pujante,
sin gatos a la vista.



miércoles, 20 de mayo de 2026

DIGO TU NOMBRE

 


DIGO TU NOMBRE

 

Todos los días digo tu nombre.

Lo digo en voz baja

para que nadie lo escuche,

salvo los pájaros,

salvo las flores,

salvo los ratones de azúcar

que caminan en puntas de pie

en los sueños repetidos de mis gatas.

 

Han pasado tantos años ya,

y sin embargo todos los días digo tu nombre,

para recordarte,

para recordar que el amor puede sembrar en mi cuerpo

algo más que maleza adormilada.

No digo te quiero,

ni te necesito,

no reclamo tu piel para mi reino

ni planto bandera en la memoria urgente de tus labios.

Digo tu nombre.

Nada más.

Mis cuerdas vocales vibran

como las alas de una mariposa en celo.

El cofre de mi lengua

se abre para deletrearte.

Digo tu nombre como se dicen

los secretos infantiles

con manzanas tiritando en la boca,

con un croar insistente de verano.

 

Todos los días digo tu nombre.

No hay nostalgia en sus sílabas,

no hay dolor.

Hay un gracias a la vida porque me dejó quedarme

con algo tuyo.

Algo tan precioso como tu nombre.

El que digo todos los días.

Bajito, bajito,

orando, orando.


lunes, 18 de mayo de 2026

OTOÑO

OTOÑO

 

Qué lindo feo día, digo

mientras el gris se enseñorea

sobre todas las cosas.

Una medusa dorada desciende

sobre esternón de los árboles

y los arrastra a un océano crujiente

donde el verde no hace pie y se hunde

hasta que la primavera se suelte el pelo

y los lindos feos días se escondan

detrás de un macizo de flores.

El otoño

es un vaso de leche caliente

después de la escuela,

una dádiva de pan con manteca,

un cónclave de hermanos,

la libertad de pensar que la vida es eso:

la leche, el pan, los hermanos,

el suspiro final de una tarde de escuela.

Y al otro día la misma rutina mansa,

todo en su lugar:

los compañeros, la maestra,

las cuentas de dividir tan difíciles,

las medias de los flamencos.

 

Qué lindo feo día, digo,

como tantos lindos feos días

que se amontonaron como cachorros con frío

para hacer la infancia.

Tantos días en los que fui feliz

sin saberlo.

El recuerdo de esos días

me hace sonreír, siempre.

 

El otoño, como la niñez,

es un estado de gracia. 

 

jueves, 14 de mayo de 2026

MIS GATAS


  MIS GATAS


"cuando me siento
mal
me basta con
mirar a mis gatos
y mi
valentía
regresa.
estudio a estas
criaturas.
son mis
maestros."
Charles Bukowski


Mis gatas me enseñaron
a desapegarme de los objetos.
Una noche llegué a mi casa
y la preciosa tetera celeste con paragüitas
que había guardado con celo por más de treinta años
y me ataba a una antigua historia de amor,
estaba hecha pedazos.
Lloré sobre el desastre
(sobre la tetera rota,
sobre la antigua historia de amor,
sobre el nudo de porcelana que se desataba
y dejaba ir, por fin,
a ese chico de veinte
que todavía se me aparecía en sueños)
mientras Choupette me miraba, inquisidora,
con sus regios ojos verdes.
Pero después de algunos maullidos
y un lomo tibio reclamando mi mano
comprendí que la tetera no era tan importante.
Tampoco eran tan importantes
la colección de lechucitas de cerámica,
la maceta con la cara de Frida Kahlo
que pintó mi sobrina,
los souvenirs de viajes soñados que otros hicieron por mí,
los imanes que decoraban la heladera, las tazas,
las botitas de gamuza.

Mis gatas,
esas despreocupadas maestras zen
que no se aferran a nada
y duermen su justo sueño de azúcar y ratones
sin culpas y sin cruces,
esas maestras a las que la muerte
las tiene tan sin cuidado,
me enseñaron
a desapegarme de los objetos.
Ellas son plácidas bolitas
de pelo y sabiduría.
Por eso me paso horas observándolas
y tomo nota:
todavía tengo que aprender
a dormir sin culpa,
a vivir sin cruces,
a morir sin miedo.


Arte: Maud Lewis