sábado, 11 de julio de 2026

POEMA DE AMOR APENAS SUSURRADO


 POEMA DE AMOR APENAS SUSURRADO



¿Es condición sine qua non

estar enamorado

para gastar los labios del poema?

¿O basta recordar

lo que él dedujo de mi cintura,

lo que tomó prestado

de mis brazos jugosos,

el deseo primario,

el muslo rodando en la alabanza

de la sábana pura?



(Gastábamos el tiempo

cavando agujeros en el cielo.

Gastábamos el cielo.

Las flores eran

pequeños alaridos de ternura.)



¿Es necesario recordar su nombre

para llorarlo

en una catedral de cosas muertas?

¿O basta saber que hubo un hombre,

tan torpe,

tan mío,

que no pudo cargar sobre sus hombros

el peso de la tarde?



(Enamorarse tiene

su costado terrible.

No vale esconder los dientes.

No vale decir

que acá no pasó nada).





Arte: Sonia Koch

miércoles, 8 de julio de 2026

MI AMIGA SE FUE


 MI AMIGA SE FUE

A Beatriz



Mi amiga se fue.

Se olvidó el bolso.

Se olvidó las llaves.

Se olvidó de dejar la mesa tendida

para que los cuatro puntos cardinales de su historia

comieran de la ausencia.



Mi amiga se fue

y se llevó lo cantado.

Cerró la puerta silenciosamente

y le dio la espalda a una madrugada estéril,

a un día que apenas comenzaba

y ya tenía una barba larga y desprolija,

y un café insípido enfriándose en lamentables vasitos de plástico.



Mi amiga se fue

y, la verdad, no la culpo.

Soportó demasiado.

Soportó dejar de ser una mujer

y convertirse en un pájaro lisiado.

Soportó los arpones de humo en su garganta

y las salpicaduras de agua bendita

de algún bienintencionado que no sabía

que Dios está en otra cosa,

siempre está en otra cosa.



Mi amiga y yo fuimos

dos abejas que se tocaron en el aire del verano.

Nada más.

Pero sigo pensando

qué va a hacer esta mujer sin su bolso,

sin un cepillo para peinar su largo cabello rubio,

sin un lápiz.



Mi amiga se fue.

Ya desmantelaron su cama,

ya lavaron los harapos de ese cuerpecito triste,

que también dejó olvidado.

Se llevó lo cantado.

Se llevó todo lo que quedaba por cantar.



Se fue.

Mi amiga.

La que escribía poemas.


lunes, 6 de julio de 2026

LA CULPA

 


LA CULPA

Cuando él se mató
yo pensé que ella había tenido la culpa.
Lo pensé porque era muy joven
y en mi universo,
ramplón y bidimensional,
sólo había blancos y negros,
ninguna grieta por donde se filtraran los grises,
las dudas.
Lo pensé porque nunca había estado casada
y no me había preguntado jamás por qué una mujer tiene un amante
(o diez, o cien),
por qué un hombre sueña con otra.

Cuando él se mató
el barrio levantó el dedo acusador
y las piedras de la indignación llovieron sobre la melena rubia de la viuda:
“Tendría que haberla matado a ella primero”
protestaron los futuros cultores del ni una menos.
Yo no llegué a tanto.
Pero di por sentado que ella había tenido la culpa.

La culpa.
La culpa de que él estuviera muerto
(colgado de una viga,
azul, como el auto en el que yo los veía pasar,
tan hermosos, tan perfectos)
La culpa de que en mi universo bidimensional y confitado
la telenovela de las 5 empezara a hacer agua:
no fueron felices ni comieron perdices,
la vida es otra cosa;
preparate
porque la vida es otra cosa).

Pienso en él seguido.
Recuerdo su risa y esos desayunos
en los que yo le contaba lo mal que me había ido la noche anterior
y él me decía que los hombres estaban locos.
A ella no la vi más.
Me gustaría verla.
Me gustaría decirle que no tuvo la culpa.
Y, quizás, pedirle perdón.

Qué sabía yo.
Qué sabíamos nosotros.


martes, 30 de junio de 2026

EL GIGANTE CON PIES DE AZÚCAR


  EL GIGANTE CON PIES DE AZÚCAR



Aquel día

yo estaba jugando en la vereda de la Karina Bardón,

la nena que vivía al lado.

Un auto desconocido estacionó

en el frente de mi casa

y al ratito, nomás, mamá salió

y se subió, llorando, al auto misterioso.

Había muerto el abuelo.

El abuelito Luis.

El gigante con pies de azúcar

había sido derribado en su quinta,

entre los tomates, las radichetas

y las plantitas de orégano

que perfumaban cada día de la infancia.

El gigante con pies de azúcar se había ido

con los cuentos a otra parte.

 

Yo tenía cuatro años,

pero lo recuerdo nítidamente.

Y lo que más nítidamente recuerdo

es su alegría.

En una familia de melancólicos

el abuelo desentonaba.

Y ese contento de violín desafinado,

esa desvergüenza de soltar la risa,

era lo que más amaba en él.

El abuelo no se daba por vencido.

No cedía ante la paleta monocromática

con la que la abuela

insistía en pintar la vida.

Todo un héroe poniéndole color

con sus tomates y sus aires de acordeón,

a la suma, siempre errada,

de sus recíprocos días en blanco y negro.

 

El abuelito Luis contaba cuentos.

Recitaba poemas camperos,

no exentos de picardía.

Le gustaba Ramona Galarza

y, todavía, cuando la escucho,

algo del Paraná me moja los ojos.

Cientos de veces me pregunté

cómo terminó un gigante con pies de azúcar

y corazón de chamamé

casado con una asturiana adusta

que jamás le regaló un paso de baile.

Cientos de veces se me escapó la respuesta

como una panambí morotí de vuelo ondulante.

 

Solamente cuatro años

tuve a un abuelo que me alzaba

y me regalaba al aire,

como si fuera un barrilete.

Sin embargo, puedo cantar “La vestido celeste”

o “Ah! Mi Corrientes Porá

de punta a punta.

Y recitar ese cuentito que empieza

Vamos al baile, dijo el fraile”

sin equivocarme una sola vez.

Esa es la herencia que me dejó mi abuelo.

 

Ojalá hubiera vivido muchos años más

para enseñarme

su sencilla manera de ser feliz. 




Arte: Nasim Ganji


domingo, 28 de junio de 2026

LA ABUELA AMELIA


  LA ABUELA AMELIA

 

Cuando mi abuela murió yo tenía dieciocho años.

Había pasado gran parte de mi vida viviendo en su casa

y gran parte de mi infancia durmiendo en su cama,

esa cama donde la ausencia del abuelo

(que había muerto en la quinta, así, de golpe,

derribándose como una torre de carne antigua

entre las radichetas y los tomates)

había dejado un agujero que yo apenas podía cubrir

con mi pijamita de la Pantera Rosa.

Dormir con la abuela tenía sus desventajas:

nuestros pesos tan disímiles desbalanceaban el colchón

y yo rodaba en sueños hasta su espalda

y amanecía pegada a ella, hecha una bolita incómoda.

No podía quedarme viendo televisión hasta más tarde,

como mis hermanos.

No podía quedarme leyendo,

porque la luz se apagaba temprano.

Pero también tenía sus cosas maravillosas.

Me dormía escuchando en la radio

una cancioncita que en mi cabeza, siempre pajarera,

aludía a algún suceso sobrenatural y magnífico:

“La danza de la fortuna como ninguna llega hacia usted,

llevándole hasta su casa música, suerte, vida y amor…”

Un segundo antes de que mis ojos niños cayeran

en la madriguera del sueño,

yo veía a la Fortuna danzando.

Era rubia y hermosa,

y llevaba flores en la cabeza,

y una túnica blanca.

La desilusión que sentí cuando me enteré

de que no había chica rubia con tocado floral

y la cosa venía por el lado de la quiniela,

fue comparable a la desazón que me embargó

al descubrir la dulce estafa de los Reyes Magos.

 

Cuando mi abuela murió yo tenía dieciocho años.

Lloré, claro que lloré.

Amaba a esa mujer hosca y casi ciega

que jamás me contó un cuento

pero me habló cientos de veces

de su pueblo asturiano,

del barco que la había traído de España,

una flor arrancada de un jardín frente al mar

y puesta, como al descuido,

en el jarrón gris de un barrio suburbano.

Una flor áspera, sí, pero flor al fin.

Amaba a esa mujer que no sonreía nunca

y sólo una vez vi llorar:

sentada al lado del cajón de su marido,

antes de que una voz de película de terror

pidiera, por favor, que los deudos se retiraran,

porque había que cerrar el ataúd,

y la cara del abuelo nunca más.

 

Lloré, claro que lloré.

Pero también sentí una especie de alivio.

Ver sufrir a las personas que se ama,

verlas convertirse en papelitos de fumar morfina y cáncer,

es devastador. A los dieciocho años o a los mil.

Y nos da el privilegio atroz de resignarnos

aún antes de soltarles las manos.

 

Cuando mi abuela empezó a hacerse realmente vieja

(aunque para mí era vieja desde siempre,

y España quedaba a mil años luz,

y todo lo que ella me contaba había pasado

en el tiempo de ñaupa)

se deshizo de sus papeles personales

y de la mayoría de sus fotos.

"Les estoy ahorrando trabajo", dijo.

Estaba cansada de ver en la basura

brindis de novios y sonrisas en blanco y negro

que jamás se habían imaginado terminar así,

atrapados en una bolsita de plástico

en medio de un revoltijo indiferente de cáscaras de papas,

yerba usada y papel de diario para envolver los huevos.

“Mis cosas las tiro yo”, dijo.

Y las tiró. Porque siempre hacía lo que quería.

 

Cuando mi abuela murió yo tenía dieciocho años.

Heredé muy poco de ella: mis rasgos tiran más

para el lado de la familia paterna.

Pero cada vez que la coquetería

me empuja al supermercado sin anteojos

y vuelvo a mi casa con yogures vencidos

pienso que, quizás,

me legó la maldición de sus ojos cegatones.

No tengo un ápice de su carácter:

soy dócil y sonrío mucho, casi demasiado.

Lo que me dejó, sí, fue su miedo a las tormentas.

Y un abanico pintado a mano que me regaló una tarde

cuando el Diablo fue barman y el cielo,

un cóctel amenazante de truenos y relámpagos.

Esa tarde nos dábamos valor una a la otra.

Y yo tuve mi premio por cruzar los dedos fuerte, fuerte,

para que la tormenta parara.



Arte:  Berrak Ergul Lajoie