sábado, 8 de agosto de 2026

LANA Y AGUA


 LANA Y AGUA



Nunca me pregunté por qué Lucy 

estaba en el Cielo. 

Nunca me pregunté si estaba viva 

o muerta 

o estrictamente dormida. 

Nunca me pregunté si era calva, 

si la agonía había llegado pelo por pelo 

mientras los zapatos blancos susurraban 

y barrían la llaga 

debajo de los muebles. 

Nunca me pregunté si estaba rota, 

si la torpeza había llegado vena por vena 

mientras todos los zapatos la excluían 

y nadie barría nada porque había llaga 

pero no había escoba 

ni había muebles. 



Lucy era un sueño 

sujeto a metamorfosis: 

ahora, el sol, 

ahora, una constelación de objetos 

dulcemente inútiles,

ahora, la niñita que cree seis cosas increíbles 

antes del desayuno.

Ahora, su cuerpo de caleidoscopio 

tomando decisiones vertiginosas, 

sus amantes, embutidos en trajes de papel, 

multiplicándose. 

Ahora, la garganta centelleada de flamencos, 

los muslos fosforescentes, 

la cabeza en las nubes. 

Una puerta abierta entre las piernas. 

Y los diamantes. 

Los diamantes.



Siempre creí que Lucy era yo. 

Pero yo no sé ni tejer 

ni remar. 

Y los espejos 

suelen darme la espalda. 


Lo maravilloso es fácil. 

Lo difícil es todo lo demás.

jueves, 6 de agosto de 2026

CORNALITOS


 CORNALITOS


“Hay cornalitos” decía un cartel

en el que una mano torpe

había dibujado un pequeño cardumen.

Enseguida pensé en mamá.

En su destreza en la cocina.

En la fuente que llegaba a la mesa

entre exclamaciones de alegría:

nos encantaba comer pescaditos.

Pensé en que no sé

cuándo comí por última vez

la comida de mamá:

sus buñuelos de acelga,

sus fideos con queso y ajo,

su arroz con pollo.

Un relámpago de azúcar y sal

atravesó  mi paladar.

y me empapó de los sabores de la infancia.

 

“Hay cornalitos” decía el cartel.

Pensé en mamá.

Pensé en una vida

comiendo la comida de mamá.

Pensé en esos momentos

en los que lo cotidiano se convierte en excepcional

porque es la última vez.


martes, 4 de agosto de 2026

NO NOS HIZO FALTA PARÍS


NO NOS HIZO FALTA PARÍS 

“And if I say I really loved you
and was glad you came along…”
Paul McCartney, “Here today” 


No nos hizo falta París. 

Tampoco lo tuvimos. 

Tuvimos, sí, 

una playita de mala muerte 

y un muelle que se caía a pedazos, 

y un amanecer que tiñó de rojo 

los párpados del cielo. 

Y el mar acariciando 

el plumaje indeciso de la arena. 

Y el viento que fue víspera del milagro, 

del legítimo prodigio de encontrarte. 

Dicho así, suena cursi. 

Pero no fue cursi. Fue real. 


Tuvimos bacanales de ternura. 

Yo flotaba en mi desnudez geométrica 

como una afable señorita de Picasso: 

los pechos fragmentados en cristales de hielo 

mojándote las manos, 

y aquí, y allí, un triángulo incesante, 

subiendo, bajando, 

de tu boca a tu ingle, 

de tu sed a mi infierno. 

Eras el dulce comensal de mi cuerpo, 

tan sabio en tu falta de experiencia, 

y yo te dejaba hacer, 

interpretando mi atildado  papel de reina virgen 

dispuesta a abdicar sin remilgos 

en el primer gemido.


Tuvimos la catedral de nuestros sueños, 

que no tuvo nada que envidiarle a Notre Dame. 

Y tuvimos Buenos Aires, 

ligera, sucia, maravillosa, 

única.


Tuvimos una puerta que no abrimos. 

Una puerta entre todas las puertas, 

la del arroz con leche y las damitas casaderas de San Nicolás. 

Nos entretuvimos jugando con las llaves, 

creyendo, con candor, 

que nos sobraba el tiempo. 


No nos hizo falta París. 

Pero nos quedó todo lo que vivimos. 

A vos, dondequiera que estés. 

A mí, 

here today, 

hamacándome en la risa del pasado, 

escribiendo estos versos.







 

domingo, 2 de agosto de 2026

TENDRÍAS QUE HABER SIDO VOS

 TENDRÍAS QUE HABER SIDO VOS



Tendrías que haber sido vos.


Tendrías que haber sido vos

el rubio que me besó en el  ‘82

y me dijo sos la chica más linda de la escuela,

lástima que seas tan rara,

aunque por ahí ser rara es lo que te hace tan linda:

mientras las otras  se apretujan en el baño

para pintarse los ojos

vos  te quedás acá, mirando el  cielo de frente,

y te colgás del cuello hilos de mariposas,

cenizas de revoluciones,

canciones de Bob Dylan.


Tendrías que haber sido vos

el vecino con el que me tropecé a los dieciséis

y al que amé feroz y platónicamente

(es el hombre más lindo del mundo,

igualito a Paul McCartney,

no,  más lindo que Paul McCartney;

si no me toca me muero,

si me toca me muero también,

combustión espontánea le dicen,

es raro, pero pasa).


Tendrías que haber sido vos

el chico que me acarició la cabeza

cuando el amigo de Richard Gere  se suicidó en “Reto al destino”

y yo me puse a llorar desconsoladamente.

El que me compró un amanecer en la playa

y me dijo que ahí, en el sol,

iba a estar lo que quisiera ver, siempre.


Tendrías que haber sido vos el pibe de la fábrica,

el hermano de mi odontólogo,

el baterista de ese grupo ignoto que nunca llegó a nada,

el hombre que tiene los ojos del mismo color que los de mi hijo.


Tendría que haber sido otro

el que apareciera

cuando estuviera cansada de vos,

y me dijera que sí pero no,

que tal vez, si yo no tuviera que revisar cuadernos,

que tal vez, si nos hubiéramos conocido hace veinticinco años,

que tal vez en la próxima vida

cuando seas vos el mentiroso que me tome del brazo con  dulzura

y me diga al oído

sos la chica más linda de la escuela, la más sexy,

la que saldría seguro en la tapa de Playboy

si no estuviera siempre buscándole la vuelta a las canciones de Bob Dylan

y no fuera tan bajita.