martes, 4 de agosto de 2026

NO NOS HIZO FALTA PARÍS


NO NOS HIZO FALTA PARÍS 

“And if I say I really loved you
and was glad you came along…”
Paul McCartney, “Here today” 


No nos hizo falta París. 

Tampoco lo tuvimos. 

Tuvimos, sí, 

una playita de mala muerte 

y un muelle que se caía a pedazos, 

y un amanecer que tiñó de rojo 

los párpados del cielo. 

Y el mar acariciando 

el plumaje indeciso de la arena. 

Y el viento que fue víspera del milagro, 

del legítimo prodigio de encontrarte. 

Dicho así, suena cursi. 

Pero no fue cursi. Fue real. 


Tuvimos bacanales de ternura. 

Yo flotaba en mi desnudez geométrica 

como una afable señorita de Picasso: 

los pechos fragmentados en cristales de hielo 

mojándote las manos, 

y aquí, y allí, un triángulo incesante, 

subiendo, bajando, 

de tu boca a tu ingle, 

de tu sed a mi infierno. 

Eras el dulce comensal de mi cuerpo, 

tan sabio en tu falta de experiencia, 

y yo te dejaba hacer, 

interpretando mi atildado  papel de reina virgen 

dispuesta a abdicar sin remilgos 

en el primer gemido.


Tuvimos la catedral de nuestros sueños, 

que no tuvo nada que envidiarle a Notre Dame. 

Y tuvimos Buenos Aires, 

ligera, sucia, maravillosa, 

única.


Tuvimos una puerta que no abrimos. 

Una puerta entre todas las puertas, 

la del arroz con leche y las damitas casaderas de San Nicolás. 

Nos entretuvimos jugando con las llaves, 

creyendo, con candor, 

que nos sobraba el tiempo. 


No nos hizo falta París. 

Pero nos quedó todo lo que vivimos. 

A vos, dondequiera que estés. 

A mí, 

here today, 

hamacándome en la risa del pasado, 

escribiendo estos versos.







 

domingo, 2 de agosto de 2026

TENDRÍAS QUE HABER SIDO VOS

 TENDRÍAS QUE HABER SIDO VOS



Tendrías que haber sido vos.


Tendrías que haber sido vos

el rubio que me besó en el  ‘82

y me dijo sos la chica más linda de la escuela,

lástima que seas tan rara,

aunque por ahí ser rara es lo que te hace tan linda:

mientras las otras  se apretujan en el baño

para pintarse los ojos

vos  te quedás acá, mirando el  cielo de frente,

y te colgás del cuello hilos de mariposas,

cenizas de revoluciones,

canciones de Bob Dylan.


Tendrías que haber sido vos

el vecino con el que me tropecé a los dieciséis

y al que amé feroz y platónicamente

(es el hombre más lindo del mundo,

igualito a Paul McCartney,

no,  más lindo que Paul McCartney;

si no me toca me muero,

si me toca me muero también,

combustión espontánea le dicen,

es raro, pero pasa).


Tendrías que haber sido vos

el chico que me acarició la cabeza

cuando el amigo de Richard Gere  se suicidó en “Reto al destino”

y yo me puse a llorar desconsoladamente.

El que me compró un amanecer en la playa

y me dijo que ahí, en el sol,

iba a estar lo que quisiera ver, siempre.


Tendrías que haber sido vos el pibe de la fábrica,

el hermano de mi odontólogo,

el baterista de ese grupo ignoto que nunca llegó a nada,

el hombre que tiene los ojos del mismo color que los de mi hijo.


Tendría que haber sido otro

el que apareciera

cuando estuviera cansada de vos,

y me dijera que sí pero no,

que tal vez, si yo no tuviera que revisar cuadernos,

que tal vez, si nos hubiéramos conocido hace veinticinco años,

que tal vez en la próxima vida

cuando seas vos el mentiroso que me tome del brazo con  dulzura

y me diga al oído

sos la chica más linda de la escuela, la más sexy,

la que saldría seguro en la tapa de Playboy

si no estuviera siempre buscándole la vuelta a las canciones de Bob Dylan

y no fuera tan bajita.








miércoles, 29 de julio de 2026

CREEPSHOW


 CREEPSHOW


Llevo treinta años mirando películas de terror.

En las películas de terror

jamás sepultan a los muertos,

siempre quedan desparramados en las carreteras,

o en los bosques,

o dondequiera que sea que los haya alcanzado la Parca.

En la vida real,

a los muertos hay que sepultarlos.

Hace rato que estás muerto,

pero, por un motivo u otro, retrasé el funeral.

Primero,

porque te amaba

y el alma duele cuando tenemos que enterrar

a un ser que amamos.

Después,

porque el enojo y la rabia

me tenían enlazada a tu sudario.

Más tarde,

porque supuse que nos debíamos

algo tan simple como un café y una verdad.

El café llegó, pero la verdad

acudió a la cita disfrazada.

Ninguno de los dos se animó,

siquiera,

a levantarle un poco la pollera.

Y otra vez te amé,

y no pude sepultarte.

Y otra vez te odié,

y amanecí muchas veces

con los ojos hinchados

y los pies enredados en tu mortaja.



Ahora que ya no te amo

y tampoco te odio,

ahora que sos, sí, definitivamente un extraño,

un tipo al que no me daría vuelta a mirar

si me lo cruzara en la calle,

un tipo con el que jamás aceptaría tomar un café,

ni jugar una partida de ajedrez,

me doy cuenta de que no hace falta enterrarte.

Ya no sos un muerto mío.



Que te entierre otra.



Que te entierre alguien que, de verdad,

te haya conocido.