viernes, 9 de octubre de 2026

STRAWBERRY FIELD FOREVER


  STRAWBERRY FIELD FOREVER

 
Hay una reja roja
y el recuerdo de un niño germinando
entre los animales ilusorios del pasado.
Los ciegos de padre y madre
son bestias azules como el aire.
Bestias dulces que soplan la tibieza del viento,
pequeñas tormentas en la memoria.
Un esqueleto de musgo
oficia de jardín.
Vértebras de savia y nervaduras,
húmeros floridos.
Los ciegos de padre y madre
hacen sonar sus huesos
como si fueran castañuelas de niebla
y la canción que cantan
se parece a lo eterno.
 
Hacía mucho que no lloraba.
Las pastillas adormecieron
ese costado mío que hacía agua
sin vergüenza y sin culpa.
Pero hoy lloré.
La orfandad es un hilo conductor
que atraviesa la vida.
Una cuerda omnipresente
que va de desgarro en desgarro,
de sueño en sueño,
de boca en boca como si fuera
un secreto a medias con la muerte,
una cucharada de sopa caliente
y el estómago tan lejos.
 
Hay una pared y parece sencillo treparla
sacudiéndose los años del cuerpo.
Volviendo a ser un velero de caramelo
haciendo piruetas
en la lengua perentoria del mar.
 
Hacía mucho que no lloraba.
Pero hoy lloré.
 
A veces la belleza se llora más que el dolor.



jueves, 8 de octubre de 2026

UN TAL JULIO


UN TAL JULIO



Un tal Julio se desnuda en París, se palpa el cuerpo buscando una cifra, un nombre,

un lugar que olvidó y sólo visita con los ojos vendados cuando se arranca la vigilia

(se desnuda en una mujer que brilla como una marquesina,

que anuncia champagne y bailarinas de cancán,

y se apaga cuando las veredas del sueño comienzan a angostarse

y se convierten en cintas grises donde el café se enfría, y el polvo

edifica castillos de pena sobre los párpados de la mañana).



Un tal Julio llueve en París,  llueve sobre los locos que cobijan palomas en sus manos,

sobre las niñas que embellecen sus sexos con florecitas azules y gorriones concéntricos,

sobre la cara de esa mujer, la que brilla y se apaga,

la que se  busca en el cuerpo, la que recalienta día a día en la memoria

como a un plato de comida que no se atreve a probar.



En París,  la Alejandra-bicho  pulveriza rosas desde la alcantarilla del recuerdo,

la Maga muerde el pan de los ingenuos

y los conejitos que vomitó  una señorita atildada al otro lado del mundo

flotan como nubes de algodón de azúcar sobre la hoja en blanco.

Y el tal Julio se desnuda, el tal Julio llueve, el tal Julio escribe.



Escribe, para salvarse y salvarnos. Para que nos rocen, alguna vez

(por obra y gracia de un dios hecho de lluvia y de mujeres que siempre dan la espalda)

los delicados  labios del milagro.





martes, 6 de octubre de 2026

EL LARGO SUEÑO


 EL LARGO SUEÑO




Toda la noche estuve

bailando con tu sombra.

Mi poema respiraba,

en tu almohada,

solo,

y yo caía de rodillas,

fulminada

por la presencia feroz

de tu semilla armada. 



Toda la noche estuve

usando tus cubiertos,

bebiendo de tu vaso,

saciándome

en la angostura del sueño.

Había pájaros arriba,

arañando el cielorraso

con sus trinos multitudinarios

y naranjas fragantes

rodando

al pie de una cama profunda. 




Yo era una leona blanca

y tus manos

trajinaban mi piel.

Un idioma de olas

empapaba

la madeja de las lenguas atentas:

íbamos y veníamos

subyugados

por la fuerza gravitacional del beso. 



Toda la noche estuve

enumerando temblores.

Ninguno de los dos lloró,

¡y estuvimos tan cerca de los cuchillos! 

Amaneció y vino la Muerte.

Una pequeña Muerte,

con su mujer a cuestas. 



La mujer que se prepara un café anémico

y llama a una amiga por teléfono

 sólo para decirle:

“¿Te acordás de ese tipo,

el de los ojos verdes…?”



domingo, 4 de octubre de 2026

AUTOPISTAS


 AUTOPISTAS


“Estos fantasmas se habían sumido en una desesperación afligida durante una eternidad en la autopista, arrastrando las heridas por las que habían muerto y las locuras por las que habían asesinado. Habían soportado su levedad o insolencia, sus estupideces, las maquinaciones que habían trivializado sus sufrimientos. Querían decir la verdad.” – Clive Barker


Clive Barker me dijo una vez

que los muertos tenían autopistas.

Las caminan con desesperanza,

como si estuvieran

un poco vivos todavía.



Los muertos de las autopistas

cuentan historias,

pero nadie las oye.

Cada uno de ellos está enredado

en sus propias palabras.

Si miran a los costados están solos.

Los otros son nada.



En las autopistas los muertos dicen la verdad.

Dicen su grito, su llaga, su miseria.

Su humanidad. Su carencia.

Pero nosotros

adornamos sus nombres con guirnaldas

hasta que el recuerdo

se convierte en disfraz.

Y de ellos no queda

ni siquiera un mal gesto.



Yo imagino a mis muertos

en las autopistas.

Los veo pasar en la noche,

cuando las ovejas de mi insomnio

se convierten en caras que son casi.

Casi las que ellos tenían.



Veo pasar a mi padre.

Arrastrando los pies.

Va relatando la tristeza:

cinco años y los dedos deformados

del trabajo prematuro.



Veo pasar a mi amiga.

Su pelo rubio es una sombra.

Ella dice que sus pulmones se rompieron

porque algo la asfixió:

el jardín, la casa, el perro.



Veo pasar a mi amor.

Le faltan sus tijeras.

Me engañó algunas veces.

Yo también.

Pero no lo digo.

Porque estoy viva.



Veo pasar a mi hermano.

No sonríe.

Va cantando una canción que habla

de un caminito al costado del mundo.

Pero esta autopista no tiene banquinas.

No puede defenderse tomando atajos.



Por ahí deben andar mis abuelos.

Ni ella era tan pura, ni él era tan bueno.

Pero nosotros

les colgamos la virtud del cuello.



Ellos están en otra cosa.

Están contando sus verdades.

Están muertos.

No les importa matarnos.



El bueno de Clive podría haberme contado otra cosa.




 Arte: Alex Kuno

viernes, 2 de octubre de 2026

EMPEZAR A MORIR


 EMPEZAR A MORIR 

“De manos de la Muerte acepté el regalo. Creo que sabía qué era y de quién procedía. Al ver el nombre y la dirección, reí y firmé el recibo sin vacilar:” – Joyce Carol Oates, “Blonde”


Creo que fue entonces 

cuando empecé a morir. 

Cuando me dijiste: 

“Te quiero, pero no sé que hacer con vos”, 

y yo me encogí de hombros estúpidamente 

y murmuré sonriendo: 

“Soy una mina jodida”, 

y desvié la mirada para no demorarme en tus ojos, 

para no dolerme en tus ojos, 

porque yo también te quería, 

claro que te quería, 

pero no podía ligarme a tu destino, 

no podía salvarme.



No, no. 

Creo que fue antes. 

Creo que fue cuando esa cosa roja 

me levantó en vilo con una monstruosa ternura 

y yo pensé: 

“Estoy lastimada. Mi infancia está lastimada. 

Y esta hemorragia idiota 

-que nunca pedí, que nunca deseé- 

va a dejarme sin muñecas, 

sin espejitos mágicos, 

sin animales fabulosos.” 


No, no. 

No fue ahí cuando empecé a morir. 

Fue cuando alguien me tomó de la mano 

y me dijo: 

“Vamos a darle un besito a papá, que se fue al cielo”. 

Y yo tuve que besar a un señor blanco y frío 

-frío como una cosa demasiado fría, 

una cosa que quema-

que no era mi papá. 

No era, no era, no era. 

Te juro que no era. 


Tenés cuarenta años y no sabés que querés. 

Estás enferma. 

La vida no es abrir puertas y aparecer en el desierto de Gobi 

o en la Catedral de San Pedro. 

La vida es barrer el patio, 

y planchar camisas, 

y  desviar los ojos para que el amor no los irrite, 

y sangrar, 

y besar, de vez en cuando, 

a señoras y señores blancos y fríos 

que jamás conociste. 


La verdad, 

no sé cuando empecé a morir. 

Pero empecé. 

Y no termino. 


No termino.



Arte: Alisa Smith Williams