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martes, 13 de julio de 2021

"PRELUDIO A CUATRO VOCES" / PRÓLOGO


PRELUDIO A CUATRO VOCES 

Prólogo 

Las mujeres escribimos poesía desde tiempos inmemoriales. Pero aún antes de que esa poesía fuese plasmada en el papel, formó parte del universo femenino de manera irrebatible, yendo de boca en boca, entre susurros, como un legado ancestral que nos hermanó y nos propició un refugio y un salvoconducto.
La primera voz literaria de la historia fue Enheduanna, una sacerdotisa acadia que escribió 2.500 años antes de Cristo. “Esa primera poetisa, en el recinto del templo, emitía su voz fuerte y solemne para imponerse a un entorno receloso y, a veces, hostil”, cuenta Clara Janés en su libro "Guardar la casa y cerrar la boca". Poco se sabe de ella y el conocimiento sobre su existencia es reciente. Fue un explorador británico quien encontró, en 1926, un disco de alabastro con las primeras referencias a Enheduanna, hija de un rey y suma sacerdotisa, enfrentada a los sacerdotes del templo. Pero no fue la única: tanto en China como en Grecia e  India, había mujeres produciendo textos literarios varios siglos antes de Cristo. Sin embargo, en todos los tiempos, las obras femeninas se consideraron de menor valor en los ámbitos artísticos, y se las relegó al entretenimiento de mujeres de clase acomodada o como trabajo marginal respecto al de los artistas varones. La mujer en el arte fue encasillada en el papel de musa, inspiración del hombre, considerado el verdadero artista; no se le permitió mirar y se la obligó a ser mirada. Son muchas las leyendas y mitos que abordan la peligrosidad de la mujer que mira, revierte el paradigma dominante y se convierte en mujer fatal. Medusa, por ejemplo, que podía petrificar con su mirada, y se aniquiló a sí misma al recibirla reflejada en el escudo de Perseo, dejando en claro que la mujer no debe mirar, sólo ser mirada.
En 1929, Virginia Wolf señaló en su ensayo “Una habitación propia”, que “las mujeres han ardido como faros en las obras de todos los poetas desde el principio de los tiempos”, idealizadas, pero que estas mujeres de la literatura poco tenían que ver con las mujeres reales, que apenas sabían leer y escribir y eran sojuzgadas y consideradas propiedad de sus maridos. Omnipresente en la poesía escrita por varones, la mujer fue sistemáticamente ignorada en la historia.
El gran salto de musa a artista fue dado por la mujer entre los siglos XIX y XX, aunque siempre acotado por la desigual distribución de poder entre sexos aún presente en la sociedad. El siglo XXI propone un nuevo desafío: la búsqueda de una vía de salida de las limitaciones históricas a impuestas a lo femenino a través de la palabra, un camino iniciado en la década de 1970, cuando parte de la obra literaria escrita por mujeres comenzó a cuestionar los valores tradicionales de la cultura occidental, forjando un modelo de mujer que se despega de la identidad que le fue otorgada por la perspectiva y la visión masculinas. A través de la palabra, tratan de abrirse camino nuevas ideas sobre la mujer y lo femenino, independientes de los estereotipos y las construcciones sociales y culturales. “Preludio a cuatro voces”  es la suma del trabajo de cuatro destacadas poetas, que se ajustan naturalmente y con sobrado talento al desafío del siglo XXI. Se trata de un trabajo coral donde cada autora aporta su palabra y su musicalidad para la construcción de una sinfonía de luces y sombras que enaltece la condición femenina y, sobre todo, la capacidad de la mujer como creadora, como canal donde el arte fluye libremente y como hacedora única de su destino.
Jimena Cano da inicio a este maravilloso concierto con un puñado de poemas donde brilla en un recorrido por el recuerdo y se sitúa en la actualidad como sujeto deseante, desafiando las premisas impuestas por la masculinidad acerca del rol femenino. Jimena no se limita a ser mirada: es un sujeto activo que mira y sostiene la mirada más allá de cualquier presión del entorno. Ella es ella y ella es su poesía, visceral, profunda, en batalla. Dándole sentido a sus versos con un puñado de interrogantes: “No sé qué metáfora / me nombra / qué dialecto arcaico / / No sé / Yo sólo escribo”.
Poderosa también en su decir y destacándose en el uso perfecto de la metáfora, Susana de Iraola es la segunda voz que emerge en este poemario, con la fuerza arrolladora de una tormenta que se adelgaza, a veces, en el corazón del poema, hasta convertirlo en un suave oleaje que resume magistralmente el peso de los años vividos y la persistencia del deseo como pulsión de vida. Su palabra busca lo que fue pero no pierde de vista lo que es y será, en un abanico de futuros posibles: “Generando tormentas / para silbar los vientos del asombro / / Tormentas / en los bolsillos de la sangre / ocultas / entre pliegues y curvas del camino / el mismo que hoy nos pide / en silencio volver”.
Griselda Facta se suma a “Preludio a cuatro voces” con una cuota de delicada melancolía. Su poética oscila entre el ser y no ser, entre el creer y no creer, entre el aferrarse al exiguo refugio del poema o soltarle la mano y dejar que crezca la voz del lobo gris que aúlla dentro hasta tapar la propia. La poeta sale triunfante en el enorme desafío de sujetarse a la palabra y dejarse guiar a la luz, en su doble juego de iluminar y cegar: “El mudar verdadero / corre debajo la piel. // Hay que moverse con él. / Asumirse.”
Ivana Szac cierra este bello poemario con una colección de poemas donde los paisajes internos y externos se entrelazan y se fusionan. La naturaleza es una presencia constante en su poética y va trazando un mapa donde el abismo y el refugio pueden ser las dos caras de una misma moneda. Hay una constante identificación de la poeta con el entorno primitivo, con lo animal, que impregna su trabajo con una fuerza demoledora: “no sé si nadaré / como un pez de invierno / de escamas rotas // morir / es resucitar en otra realidad”.
Como mujer que escribe, como mujer que intenta escribir y ser parte del aquelarre blanco que nos hermana en la gestación colectiva de la palabra, celebro la aparición de “Preludio a cuatro voces”, un poemario que suma talentos y nos deja temblando frente a la belleza, la incertidumbre, el orden y el caos de la vida. Cuatro mujeres se unen y la temperatura de sus cantos propicia el nacimiento de la magia. Y en esa magia, apalabrada con exquisita soltura, con rotunda impronta femenina, estamos todas. Somos todas. 

Raquel Graciela Fernández

martes, 4 de agosto de 2020

“BOHEMIA” DE MAURICIO ESCRIBANO / PRÓLOGO


“BOHEMIA” DE MAURICIO ESCRIBANO / PRÓLOGO

Escribir poesía en los tiempos que corren es un gran desafío. Y ese desafío se agiganta si lo que se pretende escribir es una poesía no concebida como un artículo de lujo, una poesía que vaya de mano en mano y de boca y boca transformándose y transformando a quienes se acercan a ella con pasión, con curiosidad o con recelo. Porque el fin último de la poesía es, sin dudas, la belleza, y no existe un elemento tan subversivo como la belleza poética. Escribir un poema o leerlo son actos políticos de gran peso. Escritores y lectores apuestan al milagro de la creación en lugar de ceder a la destrucción y al desaliento. Quien se ofrenda al poema exalta la existencia de voces diferentes a la suya y busca una comunión consigo mismo y con los otros. Da un paso fundamental hacia la trascendencia. Piensa y celebra al mundo más allá del mundo mutilado, poniendo en palabras la historia de nuestro dolor y el dolor de nuestra historia y marcando el camino para restañar la gran herida colectiva.
Mauricio Escribano es un poeta que conoce el peso de cada palabra y sabe cómo tender entre ellas los lazos invisibles y necesarios para obtener ese pequeño prodigio que es el poema. Llega a la belleza de la poesía (a esa belleza transformadora) con un lenguaje profundamente humano, sin excesos ni florituras innecesarias. Un lenguaje íntimo que, ya desde el primer poema de su obra “Bohemia”, nos introduce al amor y al desamor como experiencias cotidianas, lejos de  idealizaciones grandilocuentes: sería lindo mirar juntos / hacia abajo / saludar a los que pasan / / y sentir por un ratito / que todavía soy esa plantita  /que cabía entre tus manos”.  Experiencias colectivas, que nos incluyen y nos desnudan, porque el poeta va más allá de lo personal para hablar de todos nosotros: “están los que se fueron / a formar pareja con la niebla / están los que no vuelven al amor / y están los que se imponen los que insisten / aun en el cuadrante del olvido”. Con grandes dosis de ternura y la cantidad exacta de sutil erotismo, Mauricio reinventa la poesía amorosa, tan bastardeada por los lugares comunes: “hubiera podido abrir tus piernas / hacer literatura abrazados en la alfombra / y al besarnos repetir cada maniobra / como si hojeáramos un libro con la lengua”.  Nos sorprende con imágenes que devuelven a nuestra memoria afectiva historias que creímos perdidas para siempre: “tu casa / era una cajita de música / en medio del campo / así la recuerdo / rodeada de noches claras”. Historias que han moldeado lo que somos y lo que seremos, que tuvieron su pena y su gloria y forjaron la nuestra: “cuando te conocí / yo andaba por lugares / donde nunca estuve / vos huías de las pupilas / de un pájaro y parecía / que no tenías dónde ir”.
“Bohemia”, de Mauricio Escribano, es un poemario que no deja indiferente al lector. Que rescata, en tiempos de frivolidades y negaciones, la palabra de amor y le da un lugar de privilegio en el panorama poético actual. Que nos devuelve algo de la humanidad perdida, algo de la maravilla de tocarse, de mirarse a los ojos, de dolernos en el otro y por el otro, en un tiempo de individualismos y excesos tecnológicos. “Anoche nací de tus ojos”, nos dice Mauricio, y ese nacimiento, ese parto de pupilas amadas, es un resumen perfecto de esta obra que, tal como postulaba Vicente Huidobro cuando hablaba de la poesía, contiene en cada uno de sus giros el lenguaje de la Creación.  Amando y escribiendo nos creamos y nos recreamos, y creamos y recreamos un mundo nuevo. Ese mundo que a veces parece tan lejano. El que nos merecemos tanto. El que nos merecemos siempre.

Raquel G. Fernández 

sábado, 18 de enero de 2020

"ENAGUAS DE ENCAJE ROTAS" - PRÓLOGOS

"ENAGUAS DE ENCAJE ROTAS" - PRÓLOGOS

ENAGUAS DE ENCAJE ROTAS

Oscuras historias del cine

Un trabajo conceptual tomando Hollywood en el siglo XX. El cine en su esplendor.
Treinta y tres poemas de historias oscuras, de amor, resignación, dolor, muerte y resurrección. Cada pieza con el exacto  aporte de reflexión, tan agudo como irónico, y la precisión de los vocablos seleccionadas (hay que elegir cuidadosamente las palabras), hacen una lectura grata y fluida: Rock Hudson vivió toda su vida / en un armario de cristal, / del que sólo se atrevió a salir cuando el HIV / (el cáncer gay, la peste rosa, / eso que le pasaba a la gente que no era Rock Hudson) / lo chantajeó como otro amante sin escrúpulos. // Murió a los 59 años, / libre.
Es estimulante ver en la poesía actual un trabajo de investigación en base a una temática y otro no menor de sintetizar, metaforizar y combinar lo lírico con lo especulativo; para poder darle al libro el sello de Raquel: Un animal daltónico / que confunde huesos con panes / y te mastica y remastica, / chicle rosado y barato, / y te escupe / cuando se te gasta la primavera en las venas.
Raquel aporta a la poesía la seriedad y el compromiso de la palabra justa, la búsqueda del efecto en un golpe certero. Como ejemplo, cuando habla de la muerte: Junta orina con una cucharita / y ni siquiera mira tu hermosa cara / porque sabe / que todos los cadáveres son iguales El arte imita a la vida, a veces. / A la muerte, siempre.  
Sorprendente el desarrollo de ciertos momentos de la vida de actores y actrices de la época dorada de la Meca del cine, y como lo escribe la poeta con especial contundencia en el final: La chica italiana no quiso llegar a los 40. / A los 39, / casi el espectro de una flor, / con pocas perdices en su haber / y la soledad como cilicio / con el que se castigaba cada noche, / eligió el final. / “El amor ha quedado atrás, murió en un Porsche”, / escribió justificando / su orgía de pastillas, / su insulto a la madre y al Espíritu Santo, / su soltarle la mano a la vida. // Su decidir, por fin, / de qué lado de la cama quería dormir / y con quién.
Recomiendo este libro de Raquel Graciela Fernández, porque encuentro lo que dijo Joseph Brodsky sobre la poesía: un espíritu que busca carne pero encuentra palabras. Porque descubrimos parte de la historia del arte en cada uno de sus poemas. Porque es un aire liberador para corrernos del mercado de vanidades.

                                                                                                              Jorge Rivelli



ENAGUAS DE ENCAJE ROTAS

Algunas apreciaciones sobre este libro

 ¿en qué otro
me debería convertir?/¿qué otro/
de mí/debiera ser/
para saber/ver/los pedazos
de mundo que en silencio juntas?
Juan Gelman

Conozco a Raquel a través de su poesía. Es lúcida y traslúcida.
Ella no sabe quedarse con el humo de las cosas, se zambulle hasta comprobar el inicio del fuego, el cese de la brasa.
En este nuevo libro, permanece su impronta de montaña rusa en ascenso que demora el vértigo de las curvas, afilando la potencia al punto de introducirnos en una pantalla, para ser protagonistas arrebatados de una biografía ajena, lejos de la pasividad del espectador.
Raquel redime seres humanos a punta de birome, arranca lentejuelas, expone las burbujas turbias de un champagne derrochado sobre las copas del hambre.
Y todo lo posible en una película de cine es un sueño de la realidad.
Las vampiresas devienen en amas de casa.
Las amas de casa imitan deficientemente a las vampiresas.
Hollywood es un frigorífico de personas enlatadas en nombres artísticos, carne ofrecida para el onanismo de la dama y el caballero. Vidas destruidas para construir deidades.
Alto precio de estos paraísos de juguete, ser oferta y demanda de un público caníbal, de un entorno ambicioso, de un espejo inquisidor bajo la máscara.
Raquel corre el telón detrás del éxito y desde su altísima crudeza, revela el lado oscuro de aquellas niñas exploradoras enemigas de sí mismas, que tejieron coronitas de flores para el lobo.
Figuritas de morfina y suicidios reales de Dráculas inmortales con colmillos de utilería.
Raquel nos sacude con su estilo, su ironía nos deja sin aire, nos impresiona otra vez, nos aterroriza, nos sorprende, nos conmociona.
La belleza parece una pesada costra en ese mundo de culpas y peajes por cada cerradura y está claro que los gusanos no comen celuloide.
Como una caricia al pánico, la poeta declara con una soltura espeluznante:

“Yo pienso morirme en mi casa.
Nunca fui tan linda.”

La aureola de estos poemas prevalece en la salvaje evidencia de la fragilidad humana.
Como les dije.
Raquel Graciela Fernández no escribe desde el humo, no nos interpela desde el humo. Es ella misma, empatía desde los huesos constrictores de Theda Bara, desde el miedo al agua de Natalie Wood, es el maquillaje corrido de Judy Garland, la cicatriz de Marilyn Monroe, la gula de Diana Dors, Bela Lugosi en la agonía de sus rosas.
Ella, ellos, cada uno, abrazándose en el dolor sin la exigencia del aplauso, sin The end, juntando los pedazos del mismo todo. 

Claudia Tejeda
Alta Gracia, Córdoba

martes, 2 de julio de 2019

SOBRE "NI AGUJA NI RELOJ" DE ROSSEMARIE CABALLERO

SOBRE "NI AGUJA NI RELOJ" DE ROSSEMARIE CABALLERO

La poeta Audre Lorde dijo alguna vez que, para las mujeres la poesía no es un lujo, es una necesidad vital, ya que define la calidad de la luz bajo la cual formulamos nuestras esperanzas y sueños de supervivencia y cambio, que se plasman primero en palabras, después en ideas y, por fin, en una acción más tangible. Y esta afirmación, que comparto plenamente, queda corroborada de manera indiscutida en cada uno de los versos que componen Ni Aguja Ni Reloj, el nuevo poemario de Rossemarie Caballero, que echa mano a la belleza del lenguaje y a la perfecta construcción del verso para poner de manifiesto que la poesía es un artículo de primera necesidad en el universo femenino, el paso inicial en un camino de transformación interior que repercute directamente en la transformación del otro. En un momento histórico en el que la lucha femenina por la igualdad y el reconocimiento ha ganado las calles, la poesía es un medio tan válido como cualquier otro para reivindicar y enaltecer lo femenino y revalidar su fuerza.
El punto de partida de Ni Aguja Ni Reloj es, claramente, una mirada tierna y desgarrada a una infancia/adolescencia atravesada por uno de los duelos más cruentos, la pérdida de una hermana: “de moño rojo / una nena de vestidito azul / sábanas blancas y humo y rojo / la nena / detenida al costado de un féretro”. Esta pérdida atraviesa todas las ausencias retratadas en la poesía de Rossemarie, pero sustenta, también, las voces de la esperanza: “porque el destino dicen / marcó tu partida / pero las magnolias cantan / y en la cornisa come su tela una arañita”. La autora se da permiso para ordenar y desordenar líricamente sus recuerdos y reflexionar sobre los roles de la mujer, los vericuetos de la maternidad, los mandatos atávicos que pesan sobre nosotras: “¿enseñará esa hija a sus hijas ser buenas hijas? /¿qué es ser buena? ¿buena o mala madre? / ¿mala para qué o para quién o por qué? / ¿a qué intereses debe responder una mujer cuando es madre? / ¿a los intereses de la hija, del padre, de la madre o de sí misma?”. Y lo hace con inteligencia y valentía, con la certeza de estar dando un claro mensaje pero sin dejar de lado un fino trabajo de orfebre que traza cada verso con celo y delicadeza. Contenido y continente son, en la poesía de Rossemarie Caballero, una perfecta simbiosis donde la lucidez y la belleza se retroalimentan para gestar un universo único y particular donde sus esperanzas y sueños de supervivencia y cambio son los de todas nosotras, mujeres que escribimos y leemos poesía, mujeres hechas de lenguaje, ideas y acciones concretas orientadas a reconocernos como hermanas en la palabra y más allá de ella.
Raquel G. Fernández

jueves, 23 de mayo de 2019

PRÓLOGO I CONVOCATORIA “LA PALABRA QUE SANA” CAFÉ LITERARIO



PRÓLOGO I CONVOCATORIA “LA PALABRA QUE SANA” CAFÉ LITERARIO

“La palabra que sana” es un ciclo que nació en el año 2016 ante la necesidad de abrir un espacio para la poesía en la ciudad de Avellaneda. Toma su nombre de un poema de Alejandra Pizarnik, icono literario de nuestra ciudad, que expresa que “cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa”. Esta multiplicidad de significados que Pizarnik atribuye a la palabra y, sobre todo, a la palabra poética, es el motor de este proyecto que buscó, desde sus inicios, darles la posibilidad a nuestros vecinos de conocer voces consagradas y, asimismo, inspirar y promover nuevas voces en el panorama de la poesía.
En el año 2018, Patricia Bence Castilla, Directora de Editorial Ruinas Circulares, nos propone auspiciar una convocatoria anual con el nombre (debido al fallecimiento de un querido amigo y poeta, y jurado de esta primera selección) de “PREMIO RUBEN RECHES”, lo que significó un relanzamiento del ciclo, una nueva visibilidad y la alegría de ofrecerles a nuestros invitados la oportunidad de participar en una convocatoria que se centra en la búsqueda de las voces más destacadas del año, siempre dentro del marco de nuestro Café Literario.El resultado de dicha convocatoria es esta  I Antología Poética que recoge el trabajo de diez poetas con diferentes trayectorias pero una misma concepción de la palabra poética como herramienta de transformación personal y de la realidad cotidiana.
Consultada acerca de por qué escribía, Alejandra Pizarnik comentó: “Entre otras cosas, escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea; para alejar al Malo. Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En ese sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental. Porque todos estamos heridos.” En este libro que nos enorgullece, la palabra brilla, exorciza, conjura y repara. Cada poeta que despliega su voz restaña nuestras heridas restañando las propias. De eso, en definitiva, se trata la poesía. De involucrar al otro. De movilizar al otro. Y de arroparlo.

Raquel Fernández
Claudia Vázquez

sábado, 11 de mayo de 2019

"ENAGUAS DE ENCAJE ROTAS" - PRÓLOGOS

ENAGUAS DE ENCAJE ROTAS

Oscuras historias del cine

Un trabajo conceptual tomando Hollywood en el siglo XX. El cine en su esplendor.
Treinta y tres poemas de historias oscuras, de amor, resignación, dolor, muerte y resurrección. Cada pieza con el exacto  aporte de reflexión, tan agudo como irónico, y la precisión de los vocablos seleccionadas (hay que elegir cuidadosamente las palabras), hacen una lectura grata y fluida: Rock Hudson vivió toda su vida / en un armario de cristal, / del que sólo se atrevió a salir cuando el HIV / (el cáncer gay, la peste rosa, / eso que le pasaba a la gente que no era Rock Hudson) / lo chantajeó como otro amante sin escrúpulos. // Murió a los 59 años, / libre.
Es estimulante ver en la poesía actual un trabajo de investigación en base a una temática y otro no menor de sintetizar, metaforizar y combinar lo lírico con lo especulativo; para poder darle al libro el sello de Raquel: Un animal daltónico / que confunde huesos con panes / y te mastica y remastica, / chicle rosado y barato, / y te escupe / cuando se te gasta la primavera en las venas.
Raquel aporta a la poesía la seriedad y el compromiso de la palabra justa, la búsqueda del efecto en un golpe certero. Como ejemplo, cuando habla de la muerte: Junta orina con una cucharita / y ni siquiera mira tu hermosa cara / porque sabe / que todos los cadáveres son iguales o El arte imita a la vida, a veces. / A la muerte, siempre.  
Sorprendente el desarrollo de ciertos momentos de la vida de actores y actrices de la época dorada de la Meca del cine, y como lo escribe la poeta con especial contundencia en el final: La chica italiana no quiso llegar a los 40. / A los 39, / casi el espectro de una flor, / con pocas perdices en su haber / y la soledad como cilicio / con el que se castigaba cada noche, / eligió el final. / “El amor ha quedado atrás, murió en un Porsche”, / escribió justificando / su orgía de pastillas, / su insulto a la madre y al Espíritu Santo, / su soltarle la mano a la vida. // Su decidir, por fin, / de qué lado de la cama quería dormir / y con quién.
Recomiendo este libro de Raquel Graciela Fernández, porque encuentro lo que dijo Joseph Brodsky sobre la poesía: un espíritu que busca carne pero encuentra palabras. Porque descubrimos parte de la historia del arte en cada uno de sus poemas. Porque es un aire liberador para corrernos del mercado de vanidades.

                                                                                                              Jorge Rivelli



ENAGUAS DE ENCAJE ROTAS

Algunas apreciaciones sobre este libro

 ¿en qué otro
me debería convertir?/¿qué otro/
de mí/debiera ser/
para saber/ver/los pedazos
de mundo que en silencio juntas?
Juan Gelman


Conozco a Raquel a través de su poesía. Es lúcida y traslúcida.
Ella no sabe quedarse con el humo de las cosas, se zambulle hasta comprobar el inicio del fuego, el cese de la brasa.
En este nuevo libro, permanece su impronta de montaña rusa en ascenso que demora el vértigo de las curvas, afilando la potencia al punto de introducirnos en una pantalla, para ser protagonistas arrebatados de una biografía ajena, lejos de la pasividad del espectador.
Raquel redime seres humanos a punta de birome, arranca lentejuelas, expone las burbujas turbias de un champagne derrochado sobre las copas del hambre.
Y todo lo posible en una película de cine es un sueño de la realidad.
Las vampiresas devienen en amas de casa.
Las amas de casa imitan deficientemente a las vampiresas.
Hollywood es un frigorífico de personas enlatadas en nombres artísticos, carne ofrecida para el onanismo de la dama y el caballero. Vidas destruidas para construir deidades.
Alto precio de estos paraísos de juguete, ser oferta y demanda de un público caníbal, de un entorno ambicioso, de un espejo inquisidor bajo la máscara.
Raquel corre el telón detrás del éxito y desde su altísima crudeza, revela el lado oscuro de aquellas niñas exploradoras enemigas de sí mismas, que tejieron coronitas de flores para el lobo.
Figuritas de morfina y suicidios reales de Dráculas inmortales con colmillos de utilería.
Raquel nos sacude con su estilo, su ironía nos deja sin aire, nos impresiona otra vez, nos aterroriza, nos sorprende, nos conmociona.
La belleza parece una pesada costra en ese mundo de culpas y peajes por cada cerradura y está claro que los gusanos no comen celuloide.
Como una caricia al pánico, la poeta declara con una soltura espeluznante:

“Yo pienso morirme en mi casa.
Nunca fui tan linda.”

La aureola de estos poemas prevalece en la salvaje evidencia de la fragilidad humana.
Como les dije.
Raquel Graciela Fernández no escribe desde el humo, no nos interpela desde el humo. Es ella misma, empatía desde los huesos constrictores de Theda Bara, desde el miedo al agua de Natalie Wood, es el maquillaje corrido de Judy Garland, la cicatriz de Marilyn Monroe, la gula de Diana Dors, Bela Lugosi en la agonía de sus rosas.
Ella, ellos, cada uno, abrazándose en el dolor sin la exigencia del aplauso, sin The end, juntando los pedazos del mismo todo. 

Claudia Tejeda
Alta Gracia, Córdoba

domingo, 21 de abril de 2019

PRÓLOGO "EL VIENTO LOS HONRA" DE MIRIAM LUJÁN SARKIS




PRÓLOGO "EL VIENTO LOS HONRA" DE MIRIAM LUJÁN SARKIS

La guerra es, sin lugar a dudas, una de las experiencias más trágicas y demoledoras que puede atravesar un ser humano. Partiendo de esta premisa, Miriam Luján Sarkis se adentra en los entretelones de la incertidumbre, el dolor y el coraje para dar forma a un libro que, a pesar de la dureza de su temática, no pierde en ningún momento su profunda luminosidad. “El viento los honra” poetiza una herida abierta en el alma de la República Argentina: la Guerra de Malvinas. Y lo hace con suma delicadeza, con una belleza dolorosa que nos conmueve y nos obliga a hacer propia la gesta de aquellos que, sin reservas, lucharon por la Patria.
“Presagio”, el primer poema del libro, nos pone frente a frente con la incertidumbre y la agonía de la espera: Pesaban demasiado las palabras, / no pude esconder la verdad, / el silencio era visible, / inminente el traslado”.  Este primer poema nos introduce en un mundo de silencio, espera y miedo, donde la noche, el viento y la muerte se erigen como grandes tótems alrededor de los que gira la experiencia desgarradora del combatiente. Con exquisita sensibilidad, Miriam Sarkis traza un mapa de la experiencia bélica desde su costado más humano: “En el borde de su sombra, / la infancia / lo mira /hambriento, / de rodillas, / alzando las manos, / con la boca cosida / por el viento de siempre, / sin tiempo / para sus ojos de niño aterrado.” Vuelve una y otra vez a la infancia del soldado, tan próxima y a la vez tan lejana. “Cuando era niño / me mostrabas la luna, / yo me dormía con tu canto (…) Yo arderé en el viento, /hasta que me vuelvas a mostrar la misma luna”, nos dice la autora, y la infancia se convierte en un talismán, una piedra preciosa de efecto apotropaico: Ahora estoy en la cocina de mi casa /mi madre se seca las manos en el delantal.”
Los poemas van trazando el mapa de la guerra en primera persona. Y cuando ese mapa ha tomado forma aparece “La carta”, un texto donde Miriam apela a su experiencia como esposa de un ex combatiente y corre el telón de la noche, el polvo y el silencio para mostrarnos la otra cara de la historia: la de las familias de los combatientes, sus madres, sus padres, sus hermanos, sus mujeres, sus amigos. Atravesados también por el miedo y la esperanza, rehenes de una soledad impuesta por los poderosos: “La radio a pilas es la prolongación de mi mano. Ningún telegrama me serena, toda noticia que recibo, es lejana a este instante. / No puedo verte, amor. / ¿Cómo sostener tanto frío?”  Y entonces el amor surge como un nuevo talismán: “Más allá de todos los discursos, /el viento /me trae tus ojos, / tu olor /sana la herida.”
“El viento los honra” no se agota, sin embargo, en la experiencia bélica.  Los poemas que cierran el libro hablan del regreso a un escenario que marcó a fuego y sangre la vida de tantos argentinos. Y ese regreso tiene ribetes de redención: “Transmuta en mariposa mi dolor”, dice el soldado en el Cementerio de Darwin. El círculo se cierra.
“El viento los honra” es un libro escrito desde el amor, un logro de la palabra poética de Miriam Sarkis y un merecido homenaje a aquellos que lucharon por la Patria. Adentrarse en él exige sensibilidad y respeto. Su lectura es, tal como la de la guerra misma, una experiencia transformadora: nadie saldrá indemne de sus páginas, nadie volverá a ser el mismo después de su lectura.

Raquel G. Fernández 

sábado, 2 de diciembre de 2017

SOBRE “DESPUÉS DEL SILENCIO” DE CLAUDIA VÁZQUEZ



SOBRE “DESPUÉS DEL SILENCIO” DE CLAUDIA VÁZQUEZ


El célebre autor Mark Twain dijo, alguna, que vez ni siquiera la palabra más efectiva alcanza jamás la contundencia del silencio. El silencio que, lejos de lo que pudiera imaginarse, está poblado de sonidos, sensaciones, arraigos y desarraigos, fuegos fatuos y fuegos eternos, desnudeces y desamparos. La tarea del poeta es vivir el silencio, sumergirse en él, comprenderlo como una de las herramientas más fieles del lenguaje. Y emerger de sus aguas, quietas en la superficie pero recorridas por la turbulencia de lo humano en su profundidad más absoluta, con el tesoro más preciado: el poema. Es en el silencio donde se engendra el poema y es el silencio el sustento del eterno retorno; a él volvemos, desnudos de lo dicho, para renacer una y otra vez en el intento de la palabra.
Después del silencio”, de Claudia Vázquez, es un largo poema de resurrección que corona el via crucis de la página en blanco. Ella, la habitada por el silencio más grande, “se lanza como un fuego abierto a su propia sed” para hacer de esa sed, donde cohabitan lo trascendental y lo cotidiano, una hoguera suave donde arden las ausencias, las desgarraduras, y reconocerse como la mujer que fue pero ya no es, porque la palabra es un río distinto cada vez y tiene el poder de transformarse y transformarnos en cada trazo del poema.
En “Silencio I”, Claudia Vázquez atraviesa el silencio y lo internaliza. Ella es la exploradora del silencio, pero también su mentora. Conjuga el silencio universal, el que habita todos los hombres y todas las cosas, con su propio silencio, íntimo, evocativo, desgarrado a veces pero siempre atravesado por la inminencia de un parto. Su voz, siempre a punto de nacer, se hace una con el silencio, que siempre está naciendo, para dar forma a un puñado de poemas que dicen lo que dicen y más, siempre más, porque no todo es decible con palabras y porque la autora no teme suprimir su voz algunas veces y dejar que sea el lector quien habite los espacios en blanco que se cuelan entre sus versos.: Cuando ya nada alcanza/y la noche en su decir/solo es silencio/en la más oscura orfandad.” El en silencio “todo está diciéndose”. Claudia adelgaza su voz hasta escucharlo, recogerlo, modelarlo en el poema.
El cuerpo es en “Después del silencio” una reafirmación del yo poético, pero, además, del yo carne. El poema deja de ser intangible para convertirse en algo concreto que late y puede respirarse. Todo lo que rozó el alma y la transformó se precipita en el cuerpo. “Mi cuerpo está sujeto, amarrado, invisible”, dice la poeta, pero esta supuesta invisibilidad no le quita peso a ese cuerpo que reaparece una y otra vez en imágenes concisas donde lo físico tiene preponderancia: “mi cuerpo duele en este silencio que lo arrebata”, “hablo dolores/apretujones en el cuerpo”, “y yo con las tripas en la mano”. El cuerpo es una estancia donde duelen las heridas y los desarraigos y es, además, una reafirmación concreta del silencio que hace al poema.
“Palabra” es el tiempo del descubrimiento y de la ofrenda. Es la reconstrucción del silencio y del cuerpo y su íntima comunión: Ella construye su casa/con plumas de  águila/con los bordes de un arroyo/con una manta cosida por el viento”. La poeta sabe del silencio y sabe del cuerpo, y sabe  cómo trenzar estas dos posibilidades para que surja el canto. En “Palabra” afloran de manera más explícita los componentes místicos que atraviesan todo el poemario: la palabra es la de la poeta pero también es la Palabra que viene a rescatarla  y redimirla. Comprendemos entonces que el cuerpo también es el Cuerpo y que el “Después del silencio” tiene dos lecturas posibles: la terrenal, que describe la relación de la poeta y el mundo, y otra más elevada, que nos incluye en la relación íntima entre Claudia Vázquez y la vida espiritual.
“Silencio II” es el epílogo perfecto para este viaje donde del silencio nació el cuerpo, del cuerpo la palabra, y de la palabra un silencio distinto, más rico y más reposado. El componente místico del poemario se hace más visible y más conmovedora: “Vuelvo a Galilea/con la urgencia/de la palabra/con la mañana que llega a los tobillos/con esa Magdalena que llevo en mis huesos.” Este silencio nuevo engendra un “cuerpo abierto/como un pájaro/que se canta/y sucede” y es el corolario gozoso del viaje poético que nos propone la autora. Este nuevo silencio, lejos de padecerse, es “fuego inextinguible que alumbra.”
La poesía de Claudia Vázquez, rica, concisa, alcanza en “Después del silencio” su expresión más cuidada y profunda. Su viaje es nuestro viaje. No importa en qué trecho de nuestro via crucis personal nos encontremos: la resurrección nos espera. Hacia ella vamos, bendecidos por dos dones que jamás deberíamos dejar de agradecer: el silencio y la palabra.

Raquel Fernández
26/09/2017

martes, 24 de octubre de 2017

"PAN DE AGUA" - PRÓLOGO

PAN DE AGUA
Poesía social contemporánea de Buenos Aires

PRÓLOGO

En 1949, el filósofo alemán Theodor Adorno dijo en su “Ensayo sobre el criticismo” que escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie y provocó, como reacción entre muchos poetas, la necesidad de refutarlo. Más allá de los comentarios de Marcuse (la frase de Adorno es parte de la conclusión de su ensayo, y pretender leerla por separado es tan fútil como intentar comprender el último acto de Hamlet sin haber leído el resto de la obra), el dictum de Adorno dio mayor visibilidad a una poesía que busca un significado más allá de su valor estético.
Adorno ha tenido, desde la poesía, múltiples respuestas. Así, Paul Celan nos mostró el horror de Auschwitz a través de su poesía, y nuestro Juan Gelman nos lo generalizó diciendo que Paul Celan mostró que sí se puede escribir poesía después de Auschwitz. Sólo que no como antes de Auschwitz. Esta sencilla frase, que parece orientarse a refutar – una vez más – el dictum, nos muestra algo mucho más amplio: la realidad es el motor de la poesía, y en la medida en que esta realidad nos golpee (con hambre, con injusticias, con violencia), sus golpes aparecerán en nuestra poesía con más fuerza. El horror también puede escribirse, y se escribe.
Esta muestra de poesía social (tal como la llaman sus editores, distanciándose del concepto de antología) es un ejemplo de cómo la realidad provee continuamente motivos para la escritura. La justicia, la pobreza, la guerra, han sido tópicos comunes en nuestra poesía desde Raúl González Tuñón o, incluso, desde José Hernández. El tiempo y la historia nos han traído, lamentablemente, nuevos temas: la desaparición de personas, el hambre, la violencia de género. Todos estos temas están presentes, en mayor o menor medida y de acuerdo con las experiencias y visiones de los autores, en los poemas que forman parte de este libro.
Para hablar del hambre, el poeta se sitúa afuera; la verdadera dimensión del hambre está en que hay personas que no la sufren. Y así dicen nuestros poetas: en otras vísceras cayendo de rodillas, / sucede el hambre (Fernández); bajo el mismo cielo no son iguales los ojos que lo miran / los ojos del hambre miran por el ruido de las tripas (Angelino); sin esa fiesta que estalla entre las muelas […] / la vida es una cosa que les pasa a los otros (Simiz).
Pero situarse afuera no significa estar afuera. El poeta no es objetivo frente a lo que ocurre en el mundo, porque lo que ocurre en el mundo le ocurre a él. Las injusticias: Injusticia […] / moneda que cae sin caras (Ragozza), caminas de nuevo entre nosotros / alterando el orden de lo injusto (Sorbille); la dureza de la realidad: a veces es tanta, / que es preciso detenerla (Santillán); la indiferencia del estado: Todo es muy municipal, / impuesto a los prismáticos / y a los hombros vencidos (Hermiaga); la guerra: Un poema incipiente / sobre la línea de fuego (Sorbille); Dolor en las venas del planeta (Ragozza); la infancia abandonada y perdida: Nadie quiere saber de su infancia enjaulada / en la sombra más negra y la herida más honda (Simiz), lengua muda / en su canción de cuna (Angelino)
Inevitablemente, nuestra historia tiene su espacio entre las preocupaciones sociales de nuestros poetas. Con heridas que no se cierran, el pasado no se clausura. La desaparición de personas, la violencia del estado contra sus ciudadanos (aún en democracia), la hipocresía que define a parte de nuestra sociedad, se denuncian: Los veo flotar / como tomates hinchados, / llegar hasta la playa / con la piel azul, / la sal marcándoles las frentes (Hermihaga), por favor / no pisen las flores / cualquier relleno sanitario / puede ser su tumba (Angelino); hizo falta más que un golpe de viento / para descabezar sus llamas (Fernández). Y también la violencia de género, tan presente hoy y tan dolorosa: A esta oscuridad ya la he visto (Santillán), Las mujeres andan descalzas / amonedan noches sin luna / en sus heridas de sombra (Ragozza); Me pregunto cuándo nos empezó a pasar esto […] / chicas muertas enormes como toros hechos de lágrimas, / y nosotros con estas capas apolilladas (Fernández). El poeta describe la realidad social y es parte de la misma. No es indiferente, pero le lastima la indiferencia: ¿De qué negro baldío pintaré mi casa? / ¿Con qué sábana de olvido el mundo se tapará la cara? (Simiz), tu nombre simboliza el compromiso / que se abre paso ante la indiferencia (Sorbille); pido perdón por tanto silencio en la voz (Santillán). La realidad agobia, y la poesía, lejos de ser la solución a ese agobio, nos la representa con más crudeza. Y sin embargo, hay lugar para la esperanza: y será la belleza y vendrá por nosotros (Sorbille); Estamos bien / sin darnos cuenta (Hermihaga); Ahora grito lo más alto que puedo. // Creo que jamás estuve tan sana (Fernández). Y es así: los poetas gritan, y regalan salud a una sociedad enferma.

Sergio A. Giuliodibari

Mar del Plata – Julio 2017

jueves, 6 de julio de 2017

PRÓLOGO DE "SUS SILENCIOS" DE SUSANA RODRIGUES TUEGOLS

"SUS SILENCIOS"

Prólogo 

Todas las historias familiares están atravesadas por silencios que se amplifican al ser transmitidos de generación en generación y van modelando no sólo a los miembros de ese clan sino también a su dinámica relacional. Somos lo que somos por lo que fueron nuestros padres y nuestros abuelos, pero también somos lo que somos por lo que dijeron y por lo que callaron.
En cualquier historia familiar hay silencios, sí, pero no por ser silencios pasan desapercibidos. Su voz muda reverbera más que el grito. Nos aturden con su ruido blanco. Nos interpelan desde su aparente inocuidad. Nos golpean. Desde niños aprendemos a vivir con cabos sueltos. Algunas personas lo hacen durante toda su vida. Otras necesitan completar las piezas del rompecabezas porque asumen que, lejos de la macabra premisa que pretendió instaurarse durante años en Argentina, el silencio nunca es salud. La salud llega cuando se hecha luz sobre lo tácito. Las relaciones se sanan cuando la palabra ocupa el espacio que le pertenece.
Dialogar el silencio, monologarlo, es el desafío que Susana Rodrígues Tuegols encara en esta nueva novela donde una familia siciliana debe encontrar el camino para verbalizar su historia y sanarla. Con visiones, con fuego, con perdón, pero sobre todo, con la palabra que falta.

“Hago un largo destino:
dialogar el silencio,
monologar el silencio.
Repetir el fuego
de mis visiones iniciales.”

El silencio, en el marco de una historia familiar y, por supuesto, en el marco de la historia de las naciones, es mucho más que un olvido involuntario. El detalle ausente, el personaje que quedó relegado en los pliegues de la memoria, la anécdota jamás intrascendente, el secreto atroz, son silenciados de forma deliberada. Erróneamente, suponemos que lo que no se dice no existe, no existió, no ha sucedido. Nos aferramos a sentencia infantil “ojos que no ven, corazón que no siente” y la transformamos en “si no se sabe, no pasó”. Pero sí pasó. Callarlo tiene el efecto contrario que pretendemos: jamás logramos superarlo, dejarlo atrás. Eso es lo que intuyen los personajes de “Sus silencios”, quienes luchan por echar luz sobre su historia, en una Sicilia de ensueño que esconde detrás de su costado pintoresco una trama de tradiciones sombrías, códigos de honor ineludibles y venganzas feroces.

Extirpar el silencio de la historia de una familia exige poner en escena a todos los actores de la misma: muertos y vivos. Las civilizaciones antiguas convivían pacífica y naturalmente con sus muertos. Algunas sociedades modernas, como la mexicana, lo hacen incluso en la actualidad, pero no es lo común. En “Sus silencios” los muertos también son cabos que deben atarse y semejantes con los que es necesario aprender a convivir. Comparten con los vivos una herida común y colectiva que necesita restañarse.

“En mi casa
los muertos y los vivos somos márgenes
de la idéntica herida:
no nos tocamos
pero latimos juntos.
Nos miramos.
Nos predecimos.
Intentamos lugares.”

La Historia como disciplina se ocupa del relato de los hechos. La Literatura suma a los hechos el universo de los sentimientos. Susana Rodrígues Tuegols logra en esta nueva novela no sólo contarnos una historia atrapante: nos hace partícipes, además, de las pasiones, los dolores y las aspiraciones de sus personajes. Ellos buscan desterrar el silencio de su historia y nosotros reflexionamos acerca del silencio de las nuestras. Quizás sea el momento de que también empecemos a buscar la luz. Y nacer a una nueva inocencia hecha de verdades.

“A veces me sacudo
el miedo luminoso
que me priva de abrazar
a los seres que fueron en mí.
Entonces,
la herida se cierra y yo repito
mi acto de inocencia:
aprender a dormirme cada noche.” 


Raquel Fernández – Marzo 2017