lunes, 30 de septiembre de 2019

LECTURAS "EL BARRIO CULTURAL" / SE TRATA DE NO + TRATA



LECTURAS "EL BARRIO CULTURAL" / SE TRATA DE NO + TRATA 



LOLITA




Tiene el pelito suelto,

los ojos mal pintados,

la boca apretada como un clavel de alambre.

Tiene un vestido que tirita

cuando la baba del diablo

suelta amarras

y el mar se ahoga

en un vaso de agua.



No te va a doler,

le dice él,

no me importa si te duele,

piensa.



Tiene una coronita de azulejos rotos,

salpicados con orina y asco,

la foto de una nena que no es ella

pudriéndose en el cajón de la mesa de luz,

un cuerpo nuevo que se hace viejo

cuando diez dedos mezquinos lo caminan

con la furia de un ejército de hormigas.



Te va a gustar,

le dice él,

no me importa si no te gusta,

piensa.



Y sabe que le duele,

que no le gusta,

pero es una puta,

una putita de doce años que nunca saldrá

en la tapa de la revista Gente,

tan rubia y tan linda,

calentando la pava del morbo.



(Las señoras que compran la revista ni se la imaginan.

O sí.

Se la imaginan menos rubia,

menos linda,

tan ajena.

Y la barren apuradas debajo de una sonrisa idiota.

Y se callan).



EL MONSTRUO 

A veces pienso que ese tipo todavía anda por ahí.
A veces pienso que ese tipo anduvo por ahí
durante todo este tiempo,
celebrando las Navidades y los cumpleaños de sus hijos,
comprándoles regalos,
llevándolos a Mc Donalds o al cine
a ver la última película de Disney.
Besando a su mujer
(o quizás golpeándola,
ese tipo no tenía saliva verde
ni espolones pero era un monstruo,
el monstruo que aparece en todas mis pesadillas,
uno, dos, ya viene por ti). 

A veces me pregunto si fui la única,
si en esta película de terror hubo
una heroína que al fin lo detuviera,
una chica con anteojos que descubriera su talón de Aquiles
en algún libro olvidado,
un ritual shokopiwah que lo borrara del mapa,
una denuncia que alguien tomara en serio.
Yo estuve por acá todo este tiempo,
con mi minifalda roja
y mi remera con una estampa del pato Donald,
con mis zapatitos sin taco,
siempre de diecisiete años,
tratando de reiniciar mi cuerpo cada día
sin que la pantalla de la memoria se tilde
en la llaga azul del error,
del horror. 

Yo estoy por acá, todavía,
preguntándome que habrá sido de la vida de ese tipo,
si todavía sigue por ahí
(adentro del placard,
debajo de la cama,
en una alcantarilla),
y deseo que esté muerto,
bien muerto para que el grito
se convierta en un acto de fe,
en una gaviota ciega que sabe de memoria el verano
y se aferra al cielo que un monstruo sin saliva verde
ni espolones
no pudo tapar con su basura.


NO NOS CALLAMOS MÁS

No nos callamos más,
dicen las pibas,
y vos sentís que esas pibas pagaron
el rescate de tus cuerdas vocales
y sos libre para decirlo todo,
para dejar de barrer la basura
debajo de la lengua.
Esto pasó siempre,
dice tu mamá,
y se acuerda del gerente de la tienda de Avellaneda
donde trabajaba a los dieciocho,
del Gordo Porcel en la puerta de Racing.
Esto pasó siempre,
qué bueno que no se callen más,
qué bueno.
Y vos te enorgullecés de las pibas
porque sus gargantas se arropan unos a otras,
y se acarician,
con la ternura con la que el recuerdo
acaricia a los perros de la infancia.
Y te enorgullecés de tu vieja
porque no es la que duda,
la que habla del buen y mal gusto de los depredadores,
como si la violación o el acoso
fueran premios macabros a la belleza.

No nos callamos más,
dicen las pibas,
y ahí tenés un motivo para ser feliz.
Ni vos, ni tus hijas, ni las hijas de tus hijas
van a volver a estar solas.
Nunca más solas.

Y mucho menos
tan lindas y tan solitas.


YO TUVE LA CULPA


Yo tuve la culpa.

Claro que yo tuve la culpa.

Yo usaba la pollera demasiado corta,

las uñas  demasiado largas,

los ojos demasiado abiertos para abrazar

amaneceres/perros/mariposas

demasiado cerrados para advertir

el gesto cruel del verdugo.

Yo caminaba sola por la playa,

me comía el mar,

me comía la espuma,

era una sirena ondulante de mochila rosa.

Yo iba a bailar con un short demasiado provocador,

un corte de pelo demasiado llamativo

y ese mechón subversivo y rubio

cayéndome sobre la frente.

Yo besaba a mis amigos en los labios, a veces.

Yo tomaba algo con mis amigos, a veces.

Yo tenía amigos.



Yo tuve la culpa.

Claro que yo tuve la culpa.

Yo andaba y desandaba los pasos de la noche,

me hamacaba en las pestañas de la luna,

tenía un novio, o dos,

y  me dejaba amar

porque yo también amaba.

Yo usaba los jeans demasiado ajustados,

los tacos demasiado altos,

la boca demasiado abierta para besar/cantar/reír

demasiado ajena al grito.

¿Por qué iba a gritar si yo tenía 15, 17, 20 años?



Yo tuve la culpa.

Claro que yo tuve la culpa.

Yo era demasiado joven,

demasiado linda,

demasiado alegre.

Estaba demasiado viva.

Yo era demasiado.

Tenía un violín en la sangre,

un pájaro en la garganta,

un jardín brotado en los párpados.

Y el aire florecía cuando me tocaba el sueño.

Yo tenía la ilusión de ser velero, poema, camino,

guardapolvo a cuadros, guardapolvo blanco,

sutura en la llaga de los hospitales.
.
La ilusión de pintar en mi aldea

todas las aldeas del mundo.

Yo escribía las memorias de mi útero

en un diario impalpable,

escuchaba absorta sus cantos tribales,

sus pulsaciones de animal dorado.



Yo tuve la culpa.

Claro que yo tuve la culpa.

Yo tuve la culpa de la bala que me quebró la espalda,

del golpe que me partió la cabeza,

de la puñalada que me desmembró el camino de la sangre.

Yo tuve la culpa de los pulmones rotos,

del sexo profanado,

del caos del ombligo,

del descalabro de las piernas.

Yo tuve la culpa de la bolsa negra

que vistió mi desnudez apagada,

de la logia de moscas custodiando

mi pudrición y mis úlceras,

de la mirada viuda respirando

arena, tierra, basura.



Yo tuve la culpa.

Claro que yo tuve la culpa.

Yo bailé sobre una mesa como una gitana impúdica,

me fui a la cama con un hombre que apenas conocía,

me quedé con un golpeador porque me gustaba,

me aventuré en las aguas del peligro,

le fui infiel a mi marido, a mi patrón, a mi Dios,

no repasé las cuentas de un rosario de penitencia.

Yo serví mi cuerpo

en la bandeja cotidiana del prejuicio.



Yo tuve la culpa.

Claro que yo tuve la culpa.

¿Cómo no voy a tener la culpa

si yo soy mujer?




VIVAS NO NOS QUIEREN



vivas nos queremos

vivas no nos quieren


nos quieren

pecados o adornos

culos redondos vendiendo

autos cerveza desodorantes

Cenicientas amnésicas celebrando

detergente arvejas

bolsitas de puré instantáneo


nos quieren

encerradas en armarios oscuros

encogidas debajo de las baldosas

hechas  bolitas de mocos y terror

pegadas a la humedad

de los callejones sin salida

indefensas como una lechigada

de ratones ciegos


nos quieren

con escarabajos  en la boca

con hormigueros reventando en el ombligo

ventanas con los vidrios rotos

teléfonos descompuestos

la bandera de la lengua desteñida

y  el horizonte de los huesos

picado de viruela


vivas nos queremos

vivas no nos quieren


no nos quieren

con las tetas al aire

con las ganas al aire

hermanas amigas aliadas amantes

besándonos en las narices horrorizadas

de la señora que suspira con la telenovela turca

del señor de armadura y corbata


no nos quieren

empuñando las tijeras de Dalila

cortando por lo enfermo  la saliva del Diablo

locas de Kerouac alborotando avisperos

pintando paredes

pidiéndoles explicaciones

a Dios y a la Patria


no nos quieren

destripando a Jack

nos quieren destripadas

ahorcadas apuñaladas

baleadas quemadas

rotas

nos quieren muertas


a ver si muertas

nos callamos de una vez por todas



YO VUELVO

A todas


Yo soy el verbo dolorido

que conjugaste a golpes.

El ángel que  pudrió su desnudez

en una bolsa de basura.

La flor que tiraste en una zanja,

en un pozo,

en un agujero de terror y asco.

La madre que prendiste fuego.


 Yo no estoy muerta, no. 



Yo vuelvo.


Me limpio la sangre de la boca

con el beso de todos.

Me sacudo las arañas del pelo.

Me arranco de los ojos

la ceguera del barro.

Rehago mi  matriz escarnecida,

desbarato el eclipse prematuro

que mancilló la luna de mi sexo.


Yo no estoy muerta, no.


Yo vuelvo.


Enciendo un cigarrillo.

Me río con el chiste que me contó una amiga.

Me pruebo algún vestido.

Tarareo una canción para mis hijos.

Me acurruco en la tibieza de mis padres.

Acaricio a mi perro.

Soy yo y soy todas las mujeres.


Soy yo de pie.


Yo vuelvo.