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jueves, 6 de abril de 2023

POEMA A MI MADRE


 


POEMA A MI MADRE


Los poemas dedicados a la madre
siempre me hicieron sentir un poco incómoda.
Quizás porque la mía nunca encajó
en el estereotipo de santa,
ángel terrenal,
fuente inagotable de dulzura y consuelo.
Quizás porque tampoco encajé nunca
en esos derroches de devoción lírica.
Los poemas dedicados a la madre
siempre me parecieron un poco forzados,
un poco exagerados,
demasiado prolijos.
Poemas de hijos perfectos
escritos para madres perfectas.
Muchas flores y pocos dardos,
y eso no es la vida.
Esa no es mi vida.
Ni la de ella.

Mi madre,
enojada con su madre,
con los bailes de carnaval que se perdió,
con las monedas que juntaba a escondidas
para comprar su ajuar de novia,
no es una santa.
Mi madre,
enojada con su viudez prematura,
con la mitad de la cama vacía,
con los reclamos del cuerpo silenciados
por las voces de tres hijos pedigüeños,
no es un ángel terrenal.
Mi madre,
enojada,
no es una fuente inagotable de dulzura y consuelo.
Sin embargo,
sé que en este poema dedicado a ella
deberían aparecer el vestido estampado con margaritas
que le quedaba tan bien,
los ositos hormigueros que dibujaba
en mis cuadernos de la escuela primaria,
la paciencia con la que me despiojó
y me enseñó las tablas de multiplicar,
el mejor arroz con pollo del mundo,
las canciones con las que acunó a mi hijo.
Debería aparecer la palabra amor.

Que está (está).

Escondida debajo de cualquier otra palabra.
Encogida como un bicho bolita temeroso
que no sabe muy bien
qué hacer con tanta luz.



Del poemario "El corazón de mi madre", Apócrifa Editorial (2022) 

martes, 4 de abril de 2023

FELIZ


 

FELIZ




Me hubiera gustado conocerte

cuando tenías catorce años.


Cuando tus pasos no temblaban


y las veredas


reventaban de flores


alrededor de tus zapatitos Guillermina,


y los pibes del barrio


se daban vuelta


cuando te veían pasar.


Kolynos, te decían.


La chica pura sonrisa.



 

Me hubiera gustado conocerte


antes de que ninguna sombra


te enlodara la frente.


Con el corazón indemne.


Sin arrastrar el estigma


de la viudez prematura.


Sin la llaga del hijo muerto


quemándote el útero.


Sin ninguna mueca de dolor


torciéndote la boca


cuando intentás tender la cama,


o te levantás de una silla.


 

 

Me hubiera gustado preguntarte


“¿Cómo estás?”


y que me respondieras “Bien”.


Y me sonrieras, chica Kolynos,


para volver a nacer en tu alegría


y sacudirme del cuerpo


este antojo ridículo de duplicar tu otoño,


tus malas brújulas, tus tormentas,


tus retablo de lágrimas.


Desaprender el enojo y la tristeza.


Desaprender la hembra amputada.


 

 

Me hubiera gustado verte feliz,


mamá.


Verte feliz.


A los catorce.


Siempre.







Del poemario "El corazón de mi madre", Apócrifa Editorial (2022) 


lunes, 3 de abril de 2023

UN VESTIDO


UN VESTIDO


 
Ayer soñé que mi madre

se compraba un vestido.

Un vestido con margaritas

como ese

que ceñía su cuerpo joven,

sus redondeces,

tanto brote nuevo.

Anoche soñé que mi madre

se compraba un vestido

y giraba

un poco  sol,

un poco relámpago,

y las margaritas se encendían

como lucecitas de Navidad,

y ella nacía

en un pesebre de algodón

con una estrella en el camino,

una estrella en la frente.


 
Hace mucho tiempo que mi madre

no se compra un vestido.

Hay pequeñas cosas

que se dan por sentadas.

Nunca pensamos que esa vez

es la última vez.

La vida decide.

El dolor decide.

La debacle de las piernas,

la boca que se derrumba

sin besos para apuntalarla.

El corazón tachado,

una palabra

que no podemos decir,

un bocado de silencio para tragarse

el sístole y diástole

donde late el cansancio.


 
Ayer soñé que mi madre

se compraba un vestido.

No la abracé, le dije

“Te queda bien”.

No pensé que era la última vez.

Nunca es la última vez

cuando cierro los ojos

y mi madre gira,

una calesita de flores

y piernas interminables.

“Te queda bien”, le dije.

Y ella sonrió

como no sonríe nunca.

 

 



Del poemario "El corazón de mi madre", Apócrifa Editorial (2022) 

sábado, 1 de abril de 2023

MI MADRE CUENTA


 MI MADRE CUENTA

 

 

Como si el tiempo se hubiese soltado el pelo


y hubiera barrido mis años


con su melena de luz


las noches de febrero me han devuelto


a la casa de mi madre.


Mi madre,


una Scherezada anciana


que vive para contar


(que cuenta para forzar el amanecer),


hilvana recuerdos con la aguja profunda de su lengua


(y yo estoy otra vez en mi casa


y miro con curiosidad la foto de mi hermano muerto


colgada en la pared donde, hasta ayer,


había un poster de Los Beatles).


 

 

Mil y una noches con mamá,


y mamá cuenta.


Cuenta que 1960 no fue tan especial


pero que hubo un novio, sí,


del que yo nunca oído a hablar.


Juan Carlos se llamaba


y sus hermanas me regalaron un pullover rosa.


Cuenta que lo dejó por Norberto,


el infame que la engañó con la secretaria de Masllorens,


y que después conoció a papá.


Cuenta que Norberto volvió tres días antes de su boda


a pedirle que no se casara


y ella se casó igual.


Y que volvió, también, cuando mi padre murió


para invitarla a pasar un fin de semana en Mar del Plata


y ella le dijo que no,


porque donde iba llevaba a sus hijos


Norberto, el villano,


 sepultado hace años:


“Al final, no importa a quién hubiera elegido,


mi destino era ser viuda.”


 

 

Mil y una noches con mamá,


y mamá cuenta.


Cuenta algunos cumpleaños,


algunos carnavales,


algunos velorios.


La película de la Coca Sarli,


“Setenta veces siete”:


“Nunca vi una película tan estúpida:


ella se la pasaba tirada en la cama


mirando un agujero en el techo.


Nos fuimos del cine porque nos aburrimos.”


Cuenta que cuando exhumaron el cadáver de su padre


una media de nylon seguía intacta


y los huesitos de los dedos de los pies del abuelo brillaban dentro


como runas mágicas,


como caracolitos desertados del mar de la muerte


(no lo cuenta ni con horror


ni con pena,


lo cuenta con ternura,


como si contara que encontró


un puñado de bolitas


o la pila de figuritas con brillantina


con las que jugaba cuando era chica).


 

 

Mil y una noches con mamá,


y mamá cuenta.


Cuenta, cuenta, cuenta.


Yo cierro los ojos,


como si ensayara


un pase de magia antigua,


y espero que al abrirlos


el poster de Los Beatles haya vuelto a ocupar


su lugar en la pared.


Y que mi hermano entre en puntas de pie


a preguntar


si ya se quedó dormida.






Del poemario "El corazón de mi madre", Apócrifa Editorial (2022) 

 

jueves, 30 de marzo de 2023

LA DESNUDEZ DE MI MADRE

 

LA DESNUDEZ DE MI MADRE

La desnudez de mi madre me conmueve.

Es una premonición,

un espejo de futuro

donde mi cuerpo abraza

su cuota de crepúsculo.

El cuerpo.

Ese camino ancho donde la vida corre

y va dejando huellas,

escamas pálidas donde hubo peces rojos,

sudarios de hollín donde hubo hogueras,

pliegues, blanduras, grietas,

trazos temblorosos.

La desnudez de mi madre me emociona.

Con el mismo esmero con el que bañaba a mi hijo

la unjo con jabón y ternura.

Me miro en ese cuerpo,

me leo en esa historia,

en esa vasta soledad de campo abierto.

Su desnudez es el invierno

pero es, también, una manta,

una taza de café caliente,

un lugar junto al fuego.

 

Nos enseñaron a amar la belleza de los 20 años,

rotunda, empedernida.

Nos enseñaron que esa belleza era la única

(y nos pasamos la vida corriendo

detrás de un conejo esquivo,

una presa de luz que se deshizo

entre los dientes de junio,

eso que fuimos y perdura en las fotografías,

en la memoria de una noche perfecta).

Sin embargo, hay otra belleza.

Brutal. Inevitable.

Cruda

como una pintura de Lucian Freud:

la insólita hermosura que trasunta

la desnudez de mi madre

mientras enjabono su espalda con suavidad

y el agua cae sobre sus hombros

como el cielo cae

sobre el canto de los pájaros.

 

 

 

Del poemario “El corazón de mi madre”, Apócrifa Editorial (2022)