POEMA A MI MADRE
jueves, 6 de abril de 2023
POEMA A MI MADRE
martes, 4 de abril de 2023
FELIZ
FELIZ
cuando tenías catorce
años.
Cuando tus pasos no
temblaban
y las veredas
reventaban de flores
alrededor de tus zapatitos
Guillermina,
y los pibes del barrio
se daban vuelta
cuando te veían pasar.
Kolynos, te decían.
La chica pura sonrisa.
Me hubiera gustado
conocerte
antes de que ninguna
sombra
te enlodara la frente.
Con el corazón indemne.
Sin arrastrar el estigma
de la viudez prematura.
Sin la llaga del hijo
muerto
quemándote el útero.
Sin ninguna mueca de dolor
torciéndote la boca
cuando intentás tender la
cama,
o te levantás de una
silla.
Me hubiera gustado
preguntarte
“¿Cómo estás?”
y que me respondieras “Bien”.
Y me sonrieras, chica Kolynos,
para volver a nacer en tu
alegría
y sacudirme del cuerpo
este antojo ridículo de
duplicar tu otoño,
tus malas brújulas, tus
tormentas,
tus retablo de lágrimas.
Desaprender el enojo y la
tristeza.
Desaprender la hembra
amputada.
Me hubiera gustado verte
feliz,
mamá.
Verte feliz.
A los catorce.
Siempre.
Del poemario "El corazón de mi madre", Apócrifa Editorial (2022)
lunes, 3 de abril de 2023
UN VESTIDO
sábado, 1 de abril de 2023
MI MADRE CUENTA
Como si el tiempo se
hubiese soltado el pelo
y hubiera barrido mis años
con su melena de luz
las noches de febrero me
han devuelto
a la casa de mi madre.
Mi madre,
una Scherezada anciana
que vive para contar
(que cuenta para forzar el
amanecer),
hilvana recuerdos con la
aguja profunda de su lengua
(y yo estoy otra vez en mi casa
y miro con curiosidad la
foto de mi hermano muerto
colgada en la pared donde,
hasta ayer,
había un poster de Los Beatles).
Mil y una noches con mamá,
y mamá cuenta.
Cuenta que 1960 no fue tan
especial
pero que hubo un novio,
sí,
del que yo nunca oído a
hablar.
Juan Carlos se llamaba
y sus hermanas me
regalaron un pullover rosa.
Cuenta que lo dejó por Norberto,
el infame que la engañó
con la secretaria de Masllorens,
y que después conoció a papá.
Cuenta que Norberto volvió tres días antes de su boda
a pedirle que no se casara
y ella se casó igual.
Y que volvió, también, cuando mi padre murió
para invitarla a pasar un fin de semana en Mar del Plata
y ella le dijo que no,
porque donde iba llevaba a sus hijos
Norberto, el villano,
sepultado hace años:
“Al final, no importa a quién hubiera elegido,
mi destino era ser viuda.”
Mil y una noches con mamá,
y mamá cuenta.
Cuenta algunos cumpleaños,
algunos carnavales,
algunos velorios.
La película de la Coca Sarli,
“Setenta veces siete”:
“Nunca vi una película tan estúpida:
ella se la pasaba tirada en la cama
mirando un agujero en el techo.
Nos fuimos del cine porque nos aburrimos.”
Cuenta que cuando
exhumaron el cadáver de su padre
una media de nylon seguía
intacta
y los huesitos de los
dedos de los pies del abuelo brillaban dentro
como runas mágicas,
como caracolitos
desertados del mar de la muerte
(no lo cuenta ni con
horror
ni con pena,
lo cuenta con ternura,
como si contara que encontró
un puñado de bolitas
o la pila de figuritas con
brillantina
con las que jugaba cuando
era chica).
Mil y una noches con mamá,
y mamá cuenta.
Cuenta, cuenta, cuenta.
Yo cierro los ojos,
como si ensayara
un pase de magia antigua,
y espero que al abrirlos
el poster de Los Beatles haya vuelto a ocupar
su lugar en la pared.
Y que mi hermano entre en
puntas de pie
a preguntar
si ya se quedó dormida.
Del poemario "El corazón de mi madre", Apócrifa Editorial (2022)
jueves, 30 de marzo de 2023
LA DESNUDEZ DE MI MADRE
La desnudez de mi madre me conmueve.
Es una premonición,
un espejo de futuro
donde mi cuerpo abraza
su cuota de crepúsculo.
El cuerpo.
Ese camino ancho donde la vida corre
y va dejando huellas,
escamas pálidas donde hubo peces rojos,
sudarios de hollín donde hubo hogueras,
pliegues, blanduras, grietas,
La desnudez de mi madre me emociona.
Con el mismo esmero con el que bañaba a mi hijo
la unjo con jabón y ternura.
Me miro en ese cuerpo,
me leo en esa historia,
en esa vasta soledad de campo abierto.
Su desnudez es el invierno
pero es, también, una manta,
una taza de café caliente,
un lugar junto al fuego.
Nos enseñaron a amar la belleza de los 20 años,
rotunda, empedernida.
Nos enseñaron que esa belleza era la única
(y nos pasamos la vida corriendo
detrás de un conejo esquivo,
una presa de luz que se deshizo
entre los dientes de junio,
eso que fuimos y perdura en las fotografías,
en la memoria de una noche perfecta).
Sin embargo, hay otra belleza.
Brutal. Inevitable.
Cruda
como una pintura de Lucian Freud:
la insólita hermosura que trasunta
la desnudez de mi madre
mientras enjabono su espalda con suavidad
y el agua cae sobre sus hombros
como el cielo cae
sobre el canto de los pájaros.
Del poemario “El corazón de mi madre”, Apócrifa Editorial (2022)




