jueves, 31 de agosto de 2023

LA VENGANZA DE VAMPIRA


 LA VENGANZA DE VAMPIRA


Pasados los treinta
Maila Nurmi era otra starlette desahuciada
haciéndose cargo de abrigos ajenos
en el guardarropas de un club nocturno.
A pesar de su figura escultural
y sus ojos de laspilázuli,
no había podido concretar su gran sueño:
triunfar en el cine.
Pero una noche de Halloween,
Satanás se puso de su lado,
Maila encontró el personaje:
Vampira, la versión sexy de Morticia Addams,
de uñas larguísimas y escote temerario,
que saltó de un baile de disfraces a la televisión
sin escalas.

Maila estaba casada cuando conoció a James Dean,
pero se enamoró perdidamente
de su miope y sufrida belleza.
La relación duró poco:
Hollywood no vio con buenos ojos
el amorío de su joven promesa con una mujer casada,
algo mayor,
oscura y estrafalaria.
Antes de que los paparazzi cantaran,
el actor de moda la negó tres veces
y desertó de sus sábanas y sus pentáculos.

Cuando James Dean murió,
Maila Nurmi cayó en la desesperación
y dibujó con tiza decenas de símbolos esotéricos
en la vereda del Grauman's Chinese Theatre
tratando de comunicarse con el galán difunto.
Juró que el muerto pernoctaba en su cama
y le pedía perdón por sus desplantes
antes de esfumarse cuando el día
le golpeaba la boca con sus primeros gritos de luz.
Alguien dijo, entonces,
que Maila, la bruja,
había clavado un abrecartas en una foto Dean,
justo a la altura del corazón
cinco segundos antes de que su Porsche Spyder 550
se estrellara contra un Ford Custom Tudor.
“La venganza de Vampira”, lloraron las fans indignadas.
Maila osciló, entonces,
entre la burla y la furia,
y cayó en el olvido.

Pero esta vez la historia tuvo un final feliz:
en 1994 Tim Burton desempolvó a Maila.
La venganza definitiva de Vampira
fue calzarse, por fin, la corona de Reina de las Góticas
sin que las fans indignadas pusieran el grito en el cielo,
ocupadas como estaban
corriendo detrás de nietitos díscolos
o cantando bingo.


Arte: "Vampira", Hayden Evans

martes, 29 de agosto de 2023

SERGIO


 SERGIO


Revoloteaba entre los jazmines del tío
como una mariposa exótica
y las nenas del barrio le cantábamos “Sergio, maricón”
porque no nos habían enseñado una palabra
para nombrar sus alas iridiscentes,
su lengua libadora,
sus boca larga como la promesa del verano.
Pero era una más entre todas
las que íbamos a ser reinas,
y tomaba el té en con nosotras 
en tacitas de porcelana.
Cuando los grandes dormían la siesta
acunaba a nuestras muñecas:
la Humberta, la Nicanora,
la negrita que nunca tuvo nombre.
Cuando los grandes se distraían
se probaba nuestros vestidos con los ojos.
Los dos protestábamos
porque no nos dejaban tener el pelo largo.
El mío era difícil de desenredar.
El de él, difícil de explicar a las vecinas que barrían la vereda,
al compañero de banco,
a las maestras.

La última vez que lo vi estaba muy enfermo.
Me pidió prestado el teléfono para encargar una pizza
que apenas mordisqueó.
Seguía siendo una mariposa exótica
pero ya no revoloteaba:
se encogía en el ángulo más sombrío del jardín
adivinando
que no llegaba al verano.
Días antes había celebrado su cumpleaños
y casi todos los invitados faltaron a la fiesta.

La última vez que lo vi
le regaló unas monedas a mi hijo
y le acarició la cabeza.

Esa noche
un chiquito de cinco años rezó por él,
y yo serví té de jazmines y lágrimas
en tacitas de porcelana
para brindar con la ausencia.


Arte:  Vera Klimova

domingo, 27 de agosto de 2023

DRÁCULA Y LA PELIRROJA


 DRÁCULA Y LA PELIRROJA


Clara Bow nadaba en su piscina
cuando recibió una invitación para asistir
a una función de “Drácula”.
Aceptó entusiasmada:
deseaba conocer al hombre
detrás de la cara empolvada
y los falsos colmillos.
La diva pelirroja  apostó a la osadía
y ni siquiera se cambió de ropa.
Llegó al teatro
con un tapado de visón sobre su traje de baño.
Cuando terminó la obra
le presentaron a Béla Lugosi.
El flechazo fue inmediato:
él se había casado días atrás,
pero ambos pasaron por alto
tan prosaico detalle.

Clara y Béla se reconocieron
como lobos de la misma manada,
como antesalas
del siniestro don de la locura.
Él no hablaba inglés pero se amaron
con el lenguaje del cuerpo,
Lugosi todo boca espesa en el rojo furor de la mordida,
Bow yugular desde la nuca
hasta el íntimo abecedario de las piernas.

El idilio duró poco
pero ella conservó su foto autografiada
hasta el día de su muerte
y él hizo pintar su desnudez de memoria
para que Clara reinara
sobre todas las mujeres que vinieron después,
cómodamente instalada en el trono del recuerdo
y en la mejor pared de su casa.



De "Enaguas de encaje rotas", Editorial Ruinas Circulares (2019)

viernes, 25 de agosto de 2023

UN VIEJITO


   UN VIEJITO

 

Te tomo del brazo

y tu fragilidad me golpea

como un relámpago de papel de arroz.

Apenas un suspiro de piel

envuelve tus huesos,

como si fueras un regalo que la muerte

está esperando desde hace mucho tiempo,

un regalo que escondemos

en los lugares más insólitos de la casa,

cruzando los dedos para que no te encuentre,

siempre cruzando los dedos.

Te tomo del brazo

y ochenta años de idas y venidas,

de sueños que fueron y no,

parecen deshacerse al tacto.

Mirá cómo estoy”, me decís,

y caminás despacito,

encorvado sobre el jardín

que  cuidás a duras penas,

el trípode fracasando en el reemplazo

de la antigua soltura de tus pasos.

 

Pero con vos me pasa

lo mismo que me pasa cuando me miro al espejo:

nunca veo a una mujer de más de cincuenta

con los rasgos deformados por el cansancio.

Siempre me sonríe desde el cristal

la chica de veinte que se comía al mundo,

y es un alivio que me sonría

y no me reproche nada.

A vos te veo, te pienso, te sueño,

con el pelo oscuro, la espalda recta,

los graciosos bigotes de los 70’s

y esa camisa rayada de distintos tonos de verde

que saltó del placard a la cocina

y fue repasador tantos años.

Comprando regalos de Reyes,

útiles escolares, zapatillas Topper,

discos de vinilo.

Ocupando, como pudiste,

el lugar del padre ausente.

 

Te tomo del brazo

y tu fragilidad me golpea

como un relámpago de papel de arroz.

No estamos en los 70’s.

Sos un viejito, tío.

El Winco se rompió hace años.

Entonces cruzo los dedos

y me esfuerzo por esconderte

en el lugar más insólito de la casa.

El lugar del milagro.

Ese donde ella

no pueda encontrarte nunca.


 

 Arte: "Crepuscular Old Man", Salvador Dalí

miércoles, 23 de agosto de 2023

MERCEDES DE ACOSTA ESCRIBE SU PRIMER POEMA DE AMOR PARA GRETA GARBO


 MERCEDES DE ACOSTA ESCRIBE SU PRIMER POEMA DE AMOR PARA GRETA GARBO


Cuando se conocieron
la Garbo elogió el brazalete que llevaba Mercedes.
La poeta no dudó en convertirlo
en una ofrenda a la Diosa:
“Lo compré para vos en Berlín”,
murmuró mientras se lo quitaba de la muñeca
y lo dejaba a sus pies.

Ahora, sola en su cuarto,
Mercedes evoca los ojos eternos de Greta,
su media sonrisa inescrutable,
sus pechos reprimiendo el salto como conejos tibios
debajo de la blancura prometedora del sweater.
Ella,
que se jactaba de ser capaz de quitarle la mujer a cualquier hombre,
sabe que no es digna de la Diosa,
pero comprende que una palabra suya
bastaría para salvarla.

Ahora, sola en su cuarto,
Mercedes de Acosta escribe su primer poema de amor para Greta Garbo.
Su boca es un hervidero de abejas y aguijones
ungidos por el deseo.
Entre sus muslos
un hilo de luz se convulsiona
en una danza de luciérnagas y hambre.

Mercedes elige cuidadosamente las palabras
(siempre hay que elegir cuidadosamente las palabras
cuando se habla de amor).
Las abejas se escapan de su boca,
besos en tropel que mueren en el aire,
y un sabor a canela y a naranja
madura en la cresta de su lengua.
El sabor del sexo de la Diosa,
adivina,
y se persigna en nombre de la Garbo,
de su cuerpo largo y sagaz,
de sus pezones fosforescentes que la apuñalan
y  la hacen caer de rodillas.

Mercedes cae y escribe.
Escribe.

Su primer poema de amor para Greta Garbo.

Su primer poema de amor.


De "Enaguas de encaje rotas", Editorial Ruinas Circulares (2019)

domingo, 20 de agosto de 2023

INFOMERCIALES


 INFOMERCIALES




Siempre odié madrugar.

Mi madre me vestía dormida,

y dormida me llevaba a la escuela,

porque yo rogaba por ese "ratito más".

Como si los últimos minutos de sueño

fuesen los más preciosos,

los más reparadores.

 

Siempre odié madrugar.

Llegué tarde a todos mis trabajos

y me la pasé remendando impuntualidades

con buena voluntad y sonrisas.

No lo hacía a propósito:

era ese "ratito más" al que nunca pude resistirme.

 

Ahora, a las 7 AM abro los ojos

y siento que la cama me eyecta

de su aséptica blancura.

No me quiere ahí,

dando mil vueltas y mascullando dolores viejos.

Mojando las almohadas con mi llantito monótono.

 

La cama no me quiere: no soy la bella durmiente.

Soy una señora despeinada

que, todavía en camisón,

manotea un cigarrillo y prende la TV

porque el silencio la aturde.

Una señora algo masoquista

que se somete, voluntariamente,

a la primera tortura del día:

los infomerciales.

 

No, no quiero construir nada.

Ni mi baño ni mi sala de estar

necesitan remodelaciones

No me interesa fabricar muebles

que puedo comprar hechos.

No quiero ningún electrodoméstico

que bate, amasa, te sopla la receta,

y después se convierte en R2-D2

y te barre la cocina.

No anhelo un vientre plano,

unas piernas torneadas

y unos glúteos de ensueño.

Y jamás adquiriría un aparato

para hacer gimnasia,

porque ya tengo perchero:

la bicicleta fija. 

 

Odio los infomerciales.

Casi tanto como madrugar.

Sin embargo, ahí están:

haciendo ruido para que el silencio

no se ensañe con el café

y el primer cigarrillo del día.

Podría sintonizar algún canal de noticias

pero me angustian demasiado.

Podría ver alguna película

(aunque la agarre empezada)

pero últimamente me cuesta concentrarme.

Nunca sé quiénes son los buenos

y quiénes son los malos.

Y, si la película es romántica,

nunca sé cuál de los tórtolos

es el más estúpido.

 

Siempre odié madrugar.

Aún cuando no existían los infomerciales

y ningún señor aterradoramente feliz

gritaba "Llame ya, y le regalamos esto, y esto, y esto.

Llame ya. Llame ya. Llame YA".

 

Yo creo que este sacrificio

de ver los infomerciales cada mañana

tiene que ver con juntar coraje y llamar.

Algún día llamar.

No para hacer una compra, por supuesto.

Para mandar a alguien al carajo sin culpa

y empezar el día

un poquito más aliviada.

 

Después de todo,

las operadoras me están esperando.