Mostrando las entradas con la etiqueta Lecturas. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Lecturas. Mostrar todas las entradas

sábado, 25 de mayo de 2019

LECTURAS "SENSACIONAL FRACASO" / MAYO 2019


LECTURAS "SENSACIONAL FRACASO" / MAYO 2019


De "Un rayo a tiempo"

SYLVIA
                                                                                         La ventana                                                                                       

“La luna no tiene porqué entristecerse,
mirando fijamente desde su capucha de hueso.”
Sylvia Plath (1932 – 1963)



La ventana

vomita coágulos de cielo

y el cerebro apaga sus luces,

una a una,

se acabó la fiesta. 

Yo aúllo en negro

(el negro es un silencio espeso

como la saliva

de un condenado a vivir).

Yo blasfemo en negro,

y dos niñitos traslúcidos

desayunan sándwiches de huevo,

waffles,

jugo de naranja,

en una habitación sin ventanas

al otro lado del mundo.



Yo,

mutante rubia,

fantasma de pelo rojo,

judía, jabón, jodida,

abrazando las botas de papá,

lamiendo las botas de papá,

ofreciéndole un final chiquito

de cámara de gas,

de Auschwitz doméstico.



La ventana fue un colirio

aliviando

mi mirada de invierno.

Ahora vomita los colores,

los escupe, los desguaza,

que se vayan,

colores, placebos,

dormirmorir

se hace siempre en negro

que se vayan.


A veces,

saco la cabeza del horno,

recojo mis poemas,

recojo mis gusanos,

en una fiesta de resucitados que dura nada,

que dura apenas una ventana,

un colirio, un jabón,

unos hijos remotos.




De "Interrumpidas"

LOLA

“Mañana
me vestirán con cenizas al alba,
me llenarán la boca de flores.”
Alejandra Pizarnik



No, no me vas a convencer.

Las mujeres no nacemos

para ganarnos,

a los quince años,

un par de alitas de papel de arroz.

Para vaciarnos de cardúmenes rojos

y repletarnos

de velones y rosarios de plástico.

Para obtener el status de estampita

y quedarnos inmóviles.

Para siempre.

Para siempre.



A los quince años los ojos fracturados como un paraguas herido de viento, no.

La mordedura letal de la arena y el sol como verdugo, no.

El miedo tejiendo nubes de vidrio que se rompen al respirarlas, no.

(El verano es un caballo azul que sangra

porque mi cuerpo

es una llaga abierta en su lomo absoluto).



Un angelito más en el cielo.

Y en la tierra, ¿qué?

En la tierra algo que se quiebra,

(una mujer que no será

o un pájaro),

el lobo omnipresente

y el horror de saber que el bosque crece,

sin paréntesis,

como un tumor de sombra.



De "Enaguas de encaje rotas"
NATALIE WOOD LE TENÍA MIEDO AL AGUA

Antes de que Natalia naciera
una bruja le dijo a su madre
que iba a ser una gran estrella
pero que debería tener cuidado con las aguas oscuras.
María,
mujer  estepa,
rusa y dura, arma blanca,
licor blanco, trueno,
se empecinó en parir una estrella
y en mantener sus pies secos,
su corazón seco.

Antes de que Natalia fuera Natalie
(cuando era la pequeña Natasha
y su sonrisa era un ciervo tibio pastando
en el bosque virgen de la boca)
su madre la sentó en las rodillas de un director de cine
y la obligó a cantar.
Natalia cantó y cantó,
sin dejar de sonreír,
y cuando tuvo que llorar
María le arrancó las alas a una mariposa
y le mostró la muerte.

Antes de que Natalie fuera una estrella
una bestia le rompió el sueño del amor entre las piernas.
María no la dejó gritar.
La obligó a seguir cantando.
Pero cuando tuvo que llorar
Natalia no necesitó mariposas mutiladas:
pensó en su cuerpo partido por un rayo de baba,
en su monte de Venus talado por el miedo.

Antes de que Natalie fuera otro bonito cadáver de Hollywood
fue una estrella empapada en champagne
bailando con peces de sombra
en la cubierta de un yate lujoso.
Había discutido con su marido, dicen.
Había desobedecido a María y había gritado.

Natalie Wood le tenía miedo al agua.
Nunca aprendió a nadar.
Se ahogó en 1981, borracha y sola.

Aguas oscuras, vaticinó la bruja.
La madre, las lágrimas, el océano.


De "Pretty in pink"

CHICAS CORRECTAS 

 A Adriana 


Nosotras,  

las que sí crecimos con Videla;  

las que supimos que el silencio es salud  

cosiéndole y descosiéndole la boca a las muñecas  

a la hora en que la abuela dormía la siesta;  

las que fuimos mujeres maravilla, mujeres biónicas,  

mujeres desnudas debajo de guardapolvos tableados,  

mujeres húmedas, mujeres aburridas;  

las que aprendimos a no pisar el césped,  

a poner la basura en su lugar,  

a cederle el asiento a las embarazadas y a los ancianos,  

a descender por la puerta trasera;  

las que levantamos la mano cuando queríamos hablar, 

cuando queríamos hacer pis,  

cuando queríamos llorar a los gritos;  

las que cosimos, bordamos,  

abrimos algunas puertas y nos tragamos las llaves de otras;  

las que acunamos bebés de Yoli Bell,  

bebés de ilusión, bebés de verdad;  

las que nunca tuvimos sexo con dos hombres a la vez,  

o con tres o con cuatro;  

las que jamás nos teñimos el pelo de rosa  

ni cultivamos una plantita de cannabis en la terraza  

queremos saber  

en qué nos equivocamos.  




lunes, 13 de mayo de 2019

LECTURAS "POETA ES CUALQUIERA" / MAYO 2019


LECTURAS "POETA ES CUALQUIERA" / MAYO 2019


274 DÍAS

274 días duró su matrimonio.
274 noches la tuvo en su cama,
desnuda y rubia,
la mujer a la que todos amaban
y él quería amar con exclusividad,
la mujer del vestido blanco
y las piernas del mundo.
La mujer que no podía darle un hijo
que lanzara al futuro,
como una piedra de esperanza,
su apellido italiano.

274 días duró su matrimonio.
Después,
ella se casó con otro
pero él siguió siendo un puerto
donde la niña naufragio podía atracar
cuando la abandonaban sus amantes,
sus psiquiatras,
sus ganas de bañarse y cepillarse el pelo,
sus ganas de vivir.

Cuando ella murió
él rugió como un león
y lloró como un recién nacido.
Pero tuvo el coraje para organizar su funeral,

comprar las flores,
vestirla,
prohibir que se acercaran a su cadáver
las moscas y los depredadores.

Un segundo antes de que el cáncer
ganara otra batalla
él lanzó su nombre al más allá,
como una piedra de esperanza.
“Al fin voy a poder volver a ver a Marilyn”
murmuró Joe Di Maggio.

Al fin.

EL PERFECTO GALÁN

Roy Harold Scherer, Jr.,
el chico abandonado por su padre y abusado por su padrastro,
descubrió que quería ser actor
con una linterna de acomodador de cine en la mano.
Llegó a California en 1946
y cuando no conducía un camión
o fracasaba en el intento de vender aspiradoras,
se apostaba en la puerta de los Estudios
soñando con ser descubierto.

Roy tenía dificultades para memorizar cualquier parlamento
y cierta torpeza frente a las cámaras,
pero era tan hermoso
que la Universal Pictures  no dudó en invertir en él tiempo y dinero
y convertirlo en Rock Hudson,
el perfecto galán,
un sublime objeto de deseo made in Hollywood,
apto para abuelas, madres,
y señoritas de rodillas apretadas
hambrientas de campanas nupciales.

Pero el gigante amable no era el novio ideal
y su sonrisa  irresistible no encajaba
en las páginas de los confesionarios adolescentes.
La Meca del Cine  lo había obligado
a convertir el amor en un secreto,
a maquillar el deseo,
a tener una esposa pantalla
(una chica tan ingenua que tardó tres largos años en notar
que a su marido
le gustaban veinteañeros y rubios).

Rock Hudson vivió casi toda su vida
en un armario de cristal,
del que se sólo atrevió a salir cuando el HIV
(el cáncer gayla peste rosa,
eso que le pasaba a la gente que no era Rock Hudson)
lo chantajeó como otro amante sin escrúpulos.

Murió a los 59 años,
libre.

ANTONIO Y CLEOPATRA

Él llegó al set de “Cleopatra” tan borracho
que apenas podía mantenerse en pie.
Pidió un café cargado
pero fue incapaz de beberlo:
la taza temblaba en sus manos como una liebre rota.
Ella tomó el pocillo y se lo acercó a los labios.
Mientras Richard sorbía el negro alivio
Elizabeth no dejó de mirarlo a los ojos.
Cuando el café se acabó
ya estaban enamorados.

Él llegó a su vida como un Marco Antonio herido de muerte
y ella lo curó para volver a lacerarlo.
Cada vez que Elizabeth se quitaba la ropa
un puñal de ansiedad atravesaba
la autosuficiencia del duro galés.
Había que regar con alcohol tanto desconcierto.
¿Cómo vivir dependiendo de otra criatura,
de una criatura única, además,
un ciervo de ojos color violeta,
que se desnudaba así, tan fácil,
en medio de una partida de Scrabble
y con su cuerpo resignificaba todas las palabras?

Ella amaba en él su toque de jungla,
y los insultos sonaban como tambores
cuando las tazas de café post borrachera
eran moscas con resaca que revoloteaban 
sobre las sábanas matrimoniales.
Basta para mí dijeron ambos,
después de diez años de besos, Scrabble, injurias y whisky.
Pero volvieron a intentarlo tiempo después,
en la selva,
aullando,
aunque sin dejar de lado firmas y legalidades:
a pesar del vagabundeo erótico del que la acusaba el Vaticano
Elisabeth le gustaba casarse.
Siete semanas, siete diamantes,
y el matrimonio estalló por los aires.

Richard Burton murió el 5 de agosto de 1984,
sintiéndose en falta porque los dioses le habían obsequiado el fuego
y él había hecho correr mucho alcohol por su garganta para apagarlo.
Una semana antes le había escrito una carta a Elizabeth
buscando la reconciliación
y jurándole que quería volver a casa.
Ella guardó ese último mensaje durante años
en el cajón de su mesa de luz.
Lo guardó hasta el último día de su vida.

Quién sabe cuántas veces lo releyó.
Quién sabe cuántas veces celebró y maldijo
que su cuerpo y sus ojos violeta
hubieran sido la casa
de aquel hombre que no podía sostener en sus manos
una taza de café
de tan borracho que estaba.

UNA DE LAS MÁS VALIENTES

Claude tenía 17 años y flores en la boca
cuando uno de sus tantos admiradores la convenció
para que subiera a su auto
y la violó con ferocidad.
Al poco tiempo,
la italiana más guapa de Túnez,
descubrió que estaba embarazada.
Decidió no abortar
y dio a luz a Patrizio,
un príncipe lampiño que creció
creyendo que la bella Totte era su hermana.

Siete años más tarde,
convertida en estrella,
Claudia Cardinale le confesó al mundo que Patrizio era su hijo
y lo abrazó  (por fin madre) con infinito alivio.
Habló de un error de juventud en Túnez,
pero nada dijo de la violación,
del miedo,

 del asco,
del sexo abominable de la bestia
rompiéndola desde adentro
como si fuera una cáscara vacía.
Quizás para proteger a Patrizio,
tan perfecto
(cinco maravillosos dedos en cada mano)
a pesar de la forma brutal en la que había sido concebido.
Quizás porque todavía sentía culpa

 por haber subido a ese auto,
por sus 17 años,
por ser la italiana más guapa de Túnez.

En 1995,
cuarenta años después de haber sido violada,
Claudia Cardinale pudo contarlo.
Tomada de la mano de Patrizio
(cinco maravillosos dedos).
El que nunca supo quién fue su padre
y nunca quiso saberlo.

Le bastó con ser el hijo
de una de las mujeres más hermosas del mundo.

Una de las más valientes.