viernes, 30 de junio de 2023

EL LAGO TORMENTOSO


EL LAGO TORMENTOSO

Constance Frances Marie Ockelman pasó de niña problemática de Brooklyn
a vampiresa del cine negro
casi sin escalas.
Poco importaron la baja estatura, los modales bruscos
y los antecedentes de inestabilidad mental:
sus dramáticos ojos celestes,
profundos como un lago,
le valieron una carrera cinematográfica con la que nunca había soñado
y un nuevo nombre: Verónica Lake.

Veronica,
la mujercita sexy del peinado peek-a-boo,
fue aborrecida por sus colegas y amada por el público.
Los soldados decoraban las trincheras
con el rostro perfecto de la cíclope de melena ondulada
y soñaban con el sexo más allá de la muerte cotidiana.
Las mujeres la imitaban.
Pero la estrella era infeliz:
concebía a la Meca del Cine como una ciudad de ratas.
Se sentía explotada:
una sex zombie obligada a contonearse
para que los hombres masturbaran sus sueños
y los Estudios convirtieran los jadeos en dólares.
El alcohol fue la única puerta que encontró
para escapar de su cuerpo.

La caída de la pequeña rubia llegó con un corte de pelo.
Las tijeras cambiaron su suerte para siempre:
después de varios fracasos en la pantalla
terminó siendo camarera
en el “Martha Washington Hotel” de Manhattan.
Siguió bebiendo sin parar
paranoica y furiosa,
jurando que el FBI había sembrado cerraduras espías
en el techo de su casa
y que los soldados que en el pasado aplaudían
su metro y medio de fuego
querían envenenarla.
Una breve internación en un hospital psiquiátrico
y un par de arrestos por escandalizar la vía pública
fueron la antesala de una muerte solitaria y anunciada:
a los 50 años 
Veronica Lake tenía el hígado destrozado por el whisky
y los ojos secos.
Ningún lago había soportado tantas tormentas
reales e imaginarias.






Arte: "Veronica Lake", Renato Casaro

De "Enaguas de encaje rotas", Editorial Ruinas Circulares (2019) 

martes, 27 de junio de 2023

LA SERPIENTE DEL NILO


LA SERPIENTE DEL NILO
Al abuelo Luis

En 1915
nadie sabía con exactitud
cuáles eran los orígenes de  Theda Bara,
la sirena gótica que ondulaba con destreza
entre los dos tabúes que engrosaron durante años
la cuenta bancaria de la Meca del Cine:
el sexo y la muerte.
La Fox Film Corporation aseguraba
que era hija de una actriz francesa
y  un príncipe egipcio,
concebida clandestinamente a la sombra de las pirámides.
Juraba, también,
que la diva tenía poderes sobrenaturales.
Su mordedura era letal:
la pequeña Theda,
una Rappaccini's Daughter manufacturada a orillas del Nilo,
había mamado sangre de serpientes venenosas.
Lo cierto es que bastaron un par de películas
para que se convirtiera en la contracara de Mary Pickford,
y su empalagosa promesa victoriana de bebés y pasteles de manzana.
Theda era una pecadora
y el público deliraba al verla semidesnuda,
provocando la ruina de miles de hombres,
devorándolos y embriagándose con sus huesos
con el regocijo de una hiena.

Theda Bara fue todas las mujeres temidas y anheladas:
Salomé, Madame Du Barry, Carmen,
Safo, Cleopatra, Marguerite Gautier.
A todas les puso su cuerpo felino,
su melena caníbal,
sus ojos delineados con kohl y furia.

En 1915
nadie sabía que Theodosia Burr Goodman
era una simple chica judía nacida en un barrio de Cincinnati,
hija de un sastre y una ama de casa que se horrorizaron un poco
cuando tiño su largo cabello rubio de negro azabache.

Los años ’20, con sus burbujas de champagne y sus lentejuelas,
no tuvieron lugar para la belleza ojival de Theda:
las alegres flappers zapatearon charleston sobre el mito
y la buena chica judía buscó un marido.

La primera vampiresa del cine pasó años arreglando el jardín
y cuidando a su esposo.
Murió en 1955,
convertida en una perfecta ama de casa,
sin descendencia pero con tantos pasteles de manzana horneados
como cualquier hija de vecino.



Arte: "Theda Bara", John Springfield
De "Enaguas de encaje rotas", Editorial Ruinas Circulares (2019) 

domingo, 25 de junio de 2023

SÁBADO 3 AM


 
SÁBADO 3 AM

 

Son las  3 AM

y estoy despierta.

Suelo despertarme a esta hora,

a pesar de que la medicación garantiza

una noche de sueño sin agujeros.

Dicen que a las 3 AM

empieza el tiempo muerto,

el que desdibuja las fronteras

entre un mundo y otro,

y los espíritus van y vienen,

susurrando en nuestros oídos

sus verdades incómodas.

O que es la hora del Diablo,

porque Jesús murió en la cruz a las 3 PM

y el maligno se burla de sus símbolos

en modo parodia,

compitiendo con él como si fuera

un hermano menor que necesita

que el padre lo mire, lo vea.

No lo sé.

Sólo sé que a las 3 AM

todo lo que me rodea

me parece lejano e irreal.

 

Deambulando por la casa,

con los párpados pesados y la lengua pastosa,

me urge nombrar a todas las cosas

para volverlas ciertas.

Entonces digo mesa, silla, taza.

Boca, dedos, corazón.

Entonces digo perro.

Y el aludido levanta la cabeza y me mira.

Se reconoce en la palabra 

que modulo con torpeza.

Sus ojos me alivian.

 

Mesa, silla, taza.

Boca, dedos, corazón.

Perro.

Nadie se quedó con lo mío.

Nadie las privó de su nombre.

Nada explotó

como una burbuja de jabón

o un misil

mientras no estuve alerta.

En un rato volveré a la cama,

algo más tranquila, pero sabiéndolo.

 

Sabiendo que por la mañana,

el sol tachará de su inventario

lo que ha muerto.

Lo que perdí o se volvió irreal

porque no supe cómo nombrarlo.



viernes, 23 de junio de 2023

LA CHICA IT


  LA CHICA IT



Había una vez una niñita sucia y escuálida

con la que nadie quería jugar.

Una niñita convertida en una calle de huesos y hollín

que el dolor recorría una y otra vez,

pisando fuerte.

Una niñita hambrienta,

golpeada, violada,

haciendo equilibrio en la cuerda del miedo.

Podría haber caído al vacío

pero cayó en Hollywood

y por unos años se creyó, como tantas,

el cuento de Cenicienta.



Había una vez una piba de barrio

de acento tosco y mohines celestiales

que se convirtió en estrella

y recibía 45.000 cartas de amor por día,

45.000 jadeos, 45.000 promesas de eternidad.

Con su corte de pelo bob,

sus vestidos cortos,

su boquita pintada en forma de corazón,

se instaló en el imaginario popular como la chica it

y se prohibió el té caliente y las aspirinas

para no curarse jamás

de la gripe feliz del éxito.



Había una vez una pelirroja con una Packard rojo,

un gran danés rojo,

un koala rojo,

que se paseaba por Sunset Boulevard,

pisando fuerte

y amaba a los hombres que querían jugar con ella

y no se reían de sus piernas flacas,

su madre esquizofrénica,

su padre ausente sin aviso.



Había una vez una mujer llamada Clara

que pagó caros su libertad y su acento de Brooklyn.

La acusaron de tener sexo en público,

de participar en algún ménage à trois picante

con putas mexicanas,

de retozar con un equipo completo de fútbol,

con su gran danés,

con su koala.

De recordarle a la crème de la crème de la industria

que ellos también venían del barrio,

del barro.



Clara Bow,

la chica it,

fue una de esas mujeres  

que algunos creen fáciles de etiquetar:

bruja o loca.

Hoguera o electroshock,

usted no elige.





Arte: Óscar Germade - Foto: Getty Images/Bettmann

De "Enaguas de encaje rotas", Editorial Ruinas Circulares (2019)