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lunes, 6 de febrero de 2023

COSQUÍN CULTURAL 2023- XXL ENCUENTRO DE POETAS CON LA GENTE


Con Marina Cavalletti, Miguel Ángel Vera y Daniel Ruiz Rubini

La palabra, esa dama tantas veces esquiva, la que nos hace temblar frente a la hoja en blanco, fue la protagonista de este encuentro poético donde diferentes voces se unieron para honrarla. La palabra, ese relámpago que nos ilumina la boca, ese bastión de resistencia frente a las veleidades de un mundo tantas veces hostil, fue un espacio de comunión entre los poetas y un público cuyo respeto y silencio fueron fundamentales para que sucediera el milagro.
El “Encuentro de poetas con la gente” no hubiera sido posible sin la calidez y el compromiso de los organizadores y de quienes los acompañaron desde diferentes lugares aportando su trabajo y su empeño para que la poesía brillara en las noches de Cosquín. A todos ellos, gracias.

 Raquel G. Fernández

miércoles, 22 de junio de 2022

LA ABUELA AMELIA


 LA ABUELA AMELIA

 

Cuando mi abuela murió yo tenía dieciocho años.

Había pasado gran parte de mi vida viviendo en su casa

y gran parte de mi infancia durmiendo en su cama,

esa cama donde la ausencia del abuelo

(que había muerto en la quinta, así, de golpe,

derribándose como una torre de carne antigua

entre las radichetas y los tomates)

había dejado un agujero que yo apenas podía cubrir

con mi pijamita de la Pantera Rosa.

Dormir con la abuela tenía sus desventajas:

nuestros pesos tan disímiles desbalanceaban el colchón

y yo rodaba en sueños hasta su espalda

y amanecía pegada a ella, hecha una bolita incómoda.

No podía quedarme viendo televisión hasta más tarde,

como mis hermanos.

No podía quedarme leyendo,

porque la luz se apagaba temprano.

Pero también tenía sus cosas maravillosas.

Me dormía escuchando en la radio

una cancioncita que en mi cabeza, siempre pajarera,

aludía a algún suceso sobrenatural y magnífico:

“La danza de la fortuna como ninguna llega hacia usted,

llevándole hasta su casa música, suerte, vida y amor…”

Un segundo antes de que mis ojos niños cayeran

en la madriguera del sueño,

yo veía a la Fortuna danzando.

Era rubia y hermosa,

y llevaba flores en la cabeza,

y una túnica blanca.

La desilusión que sentí cuando me enteré

de que no había chica rubia con tocado floral

y la cosa venía por el lado de la quiniela,

fue comparable a la desazón que me embargó

al descubrir la dulce estafa de los Reyes Magos.

 

Cuando mi abuela murió yo tenía dieciocho años.

Lloré, claro que lloré.

Amaba a esa mujer hosca y casi ciega

que jamás me contó un cuento

pero me habló cientos de veces

de su pueblo asturiano,

del barco que la había traído de España,

una flor arrancada de un jardín frente al mar

y puesta, como al descuido,

en el jarrón gris de un barrio suburbano.

Una flor áspera, sí, pero flor al fin.

Amaba a esa mujer que no sonreía nunca

y sólo una vez vi llorar:

sentada al lado del cajón de su marido,

antes de que una voz de película de terror

pidiera, por favor, que los deudos se retiraran,

porque había que cerrar el ataúd,

y la cara del abuelo nunca más.

 

Lloré, claro que lloré.

Pero también sentí una especie de alivio.

Ver sufrir a las personas que se ama,

verlas convertirse en papelitos de fumar morfina y cáncer,

es devastador. A los dieciocho años o a los mil.

Y nos da el privilegio atroz de resignarnos

aún antes de soltarles las manos.

 

Cuando mi abuela empezó a hacerse realmente vieja

(aunque para mí era vieja desde siempre,

y España quedaba a mil años luz,

y todo lo que ella me contaba había pasado

en el tiempo de ñaupa)

se deshizo de sus papeles personales

y de la mayoría de sus fotos.

"Les estoy ahorrando trabajo", dijo.

Estaba cansada de ver en la basura

brindis de novios y sonrisas en blanco y negro

que jamás se habían imaginado terminar así,

atrapados en una bolsita de plástico

en medio de un revoltijo indiferente de cáscaras de papas,

yerba usada y papel de diario para envolver los huevos.

“Mis cosas las tiro yo”, dijo.

Y las tiró. Porque siempre hacía lo que quería.

 

Cuando mi abuela murió yo tenía dieciocho años.

Heredé muy poco de ella: mis rasgos tiran más

para el lado de la familia paterna.

Pero cada vez que la coquetería

me empuja al supermercado sin anteojos

y vuelvo a mi casa con yogures vencidos

pienso que, quizás,

me legó la maldición de sus ojos cegatones.

No tengo un ápice de su carácter:

soy dócil y sonrío mucho, casi demasiado.

Lo que me dejó, sí, fue su miedo a las tormentas.

Y un abanico pintado a mano que me regaló una tarde

cuando el Diablo fue barman y el cielo,

un cóctel amenazante de truenos y relámpagos.

Esa tarde nos dábamos valor una a la otra.

Y yo tuve mi premio por cruzar los dedos fuerte, fuerte,

para que la tormenta parara.


viernes, 2 de abril de 2021

LA MEJOR AMIGA


 LA MEJOR AMIGA


Nos hicimos amigas allá por los ‘80s,
en la clase de francés,
cuando yo le pregunté a la profesora por una línea de “Michelle”
y ella se presentó como fan de Los Beatles.

Nos hicimos amigas  allá por los ‘90s,
compartiendo un trabajo que no nos gustaba,
yo toda ojos y minifalda,
ella tan modosita.

Estaba ahí cuando mi primer beso,
un poco sorprendida,
un poco escandalizada.

Estaba ahí cuando mi hijo
y me decía: “Respirá, respirá”,
mientras yo le ladraba que estaba respirando,
que de no respirar me hubiera muerto hace rato.

Dejamos de vernos una o dos veces,
y una o dos veces volvimos al rebaño del abrazo
como ovejitas arrepentidas.

Nunca dejamos de vernos.

Nuestros rituales son las viejas canciones,
las escapadas a los días de escuela,
los ojos llenos de mar mojando la almohada de los dos días en la vida
que nos tomamos cada tanto.

Nuestros rituales son los desayunos semanales
los chismes de la tele,
la conjura contra los príncipes de Disney.

Lennon y McCartney.

Thelma y Louise.

Cuando la miro me veo niña.

Cuando la miro me veo familia.

Es la mejor amiga.

Es mi mejor amiga.

Jamás voy a arrepentirme de haberla elegido.

Jamás.

viernes, 29 de enero de 2021

TALENTOS


 TALENTOS

 

Hay gente que juzga mis talentos como escasos.

Puede ser: plancho muy mal.

Hay algo en las arrugas una resistencia burlona

que se ha ensañado con mi persona,

una terquedad imposible de desbaratar.

Tampoco soy buena haciendo camas:

las sábanas cuelgan de un lado

y escasean del otro,

y se me enroscan en los pies

como serpentinas insomnes.

Soy muy mala en matemáticas

y no es raro

verme contar con los dedos

como si todavía tuviera seis años.

Soy muy mala en los negocios:

perdí plata hasta vendiendo productos AVON.

Sin embargo,

tengo un talento

que califico como maravilloso.

Talento que más de uno me envidiará,

lo sé,

porque no es nada común,

no es una cosita de todos los días,

está reservado sólo para algunos, los privilegiados:

sé cómo dormir a una gallina sujetándola bien,

poniendo delicadamente su cabecita debajo del ala

y haciéndola dar tres vueltas en el aire

en el sentido de las agujas del reloj.

Me enseñó Tusam.

 

¿Alguno de ustedes puede hacer eso?

 

sábado, 26 de diciembre de 2020

DANIELITO CUMPLE UN AÑO


DANIELITO CUMPLE UN AÑO

 

Danielito cumple un año.

Está aprendiendo a caminar

y las hermanitas lo llevan de la mano,

de acá para allá.

Y le arreglan la ropa

desaliñada por el juego.

Lo cuidan.

Como si fuera uno de los bebotes

que la Navidad dejó

al pie del pino del jardín de la abuela

dos noches atrás.

Mamá recoge las margaritas

de su vestido tableado,

ese que le queda tan bien,

y hace un ramo de luz

con sus tres hijos y las flores.

 

Danielito asoma su cabecita perfecta

entre pétalos blancos y botones amarillos.

y balbucea sus primeras palabras.

“Un bebote que camina y habla”,

piensan las hermanitas.

Y sienten que son la envidia

de las nenas del barrio

que tienen que conformarse

con arropar muñecas de plástico.

 

Un año. Danielito cumple un año.

El jardín es una fiesta improvisada

y el regalo es el sol.

El regalo es la tríada reluciente

que le dice que sí al verano,

que salta desde el ramo de margaritas

al regazo de mamá

y da vueltas en su vestido calesita,

estirando los brazos para alcanzar

la sortija del beso.

El vestido tableado.

Ese que mamá se pone

para su mejor sonrisa.

Porque todo esto pasa

mucho antes que la muerte,

y el tío saca las fotos,

y papá está por llegar.

Todo esto es una película nueva

que todavía exuda nitidez.

Una película que el recuerdo exhibirá

una y mil veces, hasta gastarla, casi,

y revoloteará en el  huerto de la memoria

como una mariposa perfecta.

26 de diciembre de 1971.

Uno de esos días en los que Dios

te sirve las perdices.

Un pedacito de vida que valió la pena vivir

 

Quizás con eso deberíamos quedarnos.

Con esos cumpleaños de risas y tortas caseras.

de velitas sopladas dos o tres veces,

porque una no alcanzaba,

y abejas pinchadas en las flores

con alfileres de polen.

Pinchadas a favor de su voluntad,

sin que les duela.

Y tachar del almanaque

todos esos otros días anodinos

en los que no festejamos nada.

Los días de jarabe para la tos

y demasiados deberes en la escuela.

Los días de adioses húmedos

 

Danielito cumple un año.

El todavía cree

que su techo son mamá y papá.

Es demasiado chiquito

como para comprender

que su techo es el cielo.


martes, 15 de diciembre de 2020

HACE UN MES


HACE UN MES

 A Osvaldito, el trotamundos

 

Hace un mes que él se fue.

Al principio

ella creyó que era cosa de dos o tres días,

Nada nuevo.

 

Ellos son así.

Necesitan sentirse parte de la libertad,

despuntar el vicio del fuego

y ser, cada tanto,

una chispa atávica que salta

al techo del vecino

para desatar un pequeño incendio de amor

o una gresca que reafirme

que la domesticidad no anestesió del todo

el corazón del tigre.

 

Ellos son así.

Inútil es tratar de sobornarlos

con almohadones mullidos,

comida a demanda

y ratoncitos de felpa.

Ellos necesitan ser parte de la aventura

que nos fue vedada

el día que construimos una casa

y nos incrustamos como semillas tercas

en nuestro pedazo de tierra.

 

Hace un mes que él se fue.

Ella palpa, en sueños,

el pequeño hueco que dejó en su cama,

como una futura madre que se palpa el vientre

buscando un latido que delate la vida.

Todavía llora a escondidas,

porque hay ciertos dolores

que no todo el mundo entiende

y no quiere quedar en ridículo en la oficina,

delante de las amigas.

  

Hace un mes que él se fue.

Ella dio mil vueltas a la manzana,

nombró, rogó,

tocó timbre en casas de vecinos desconocidos

a los que les describió sus ojos de miel,

su pelo entre naranja y amarillo,

su cola impertinente.

Pero nada. Nada de nada.

Ellos son así,

necesitan sentirse parte de la noche.

Pero esta vez

la noche se hizo demasiado larga.

  

Hace un mes que él se fue.

Hace un mes que ella lo espera.

Con la boca abierta por si un resplandor

entre naranja y amarillo

cruza el patio como una bengala navideña

y el llamado es urgente.

Con la puerta abierta, como un tango,

por si acaso

se le ocurre volver.