miércoles, 6 de marzo de 2024
lunes, 6 de febrero de 2023
COSQUÍN CULTURAL 2023- XXL ENCUENTRO DE POETAS CON LA GENTE
La palabra, esa dama tantas veces esquiva, la que nos hace temblar frente a la hoja en blanco, fue la protagonista de este encuentro poético donde diferentes voces se unieron para honrarla. La palabra, ese relámpago que nos ilumina la boca, ese bastión de resistencia frente a las veleidades de un mundo tantas veces hostil, fue un espacio de comunión entre los poetas y un público cuyo respeto y silencio fueron fundamentales para que sucediera el milagro.
El “Encuentro de poetas con la gente” no hubiera sido posible sin la calidez y el compromiso de los organizadores y de quienes los acompañaron desde diferentes lugares aportando su trabajo y su empeño para que la poesía brillara en las noches de Cosquín. A todos ellos, gracias.
miércoles, 22 de junio de 2022
LA ABUELA AMELIA
Cuando mi abuela murió yo tenía dieciocho años.
Había pasado gran parte de mi vida viviendo en su casa
y gran parte de mi infancia durmiendo en su cama,
esa cama donde la ausencia del abuelo
(que había muerto en la quinta, así, de golpe,
derribándose como una torre de carne antigua
entre las radichetas y los tomates)
había dejado un agujero que yo apenas podía cubrir
con mi pijamita de la Pantera Rosa.
Dormir con la abuela tenía sus desventajas:
nuestros pesos tan disímiles desbalanceaban el colchón
y yo rodaba en sueños hasta su espalda
y amanecía pegada a ella, hecha una bolita incómoda.
No podía quedarme viendo televisión hasta más tarde,
como mis hermanos.
No podía quedarme leyendo,
porque la luz se apagaba temprano.
Pero también tenía sus cosas maravillosas.
Me dormía escuchando en la radio
una cancioncita que en mi cabeza, siempre pajarera,
aludía a algún suceso sobrenatural y magnífico:
“La danza de la fortuna como ninguna llega hacia usted,
llevándole hasta su casa música, suerte, vida y amor…”
Un segundo antes de que mis ojos niños cayeran
en la madriguera del sueño,
yo veía a la Fortuna danzando.
Era rubia y hermosa,
y llevaba flores en la cabeza,
y una túnica blanca.
La desilusión que sentí cuando me enteré
de que no había chica rubia con tocado floral
y la cosa venía por el lado de la quiniela,
fue comparable a la desazón que me embargó
al descubrir la dulce estafa de los Reyes Magos.
Cuando mi abuela murió yo tenía dieciocho años.
Lloré, claro que lloré.
Amaba a esa mujer hosca y casi ciega
que jamás me contó un cuento
pero me habló cientos de veces
de su pueblo asturiano,
del barco que la había traído de España,
una flor arrancada de un jardín frente al mar
y puesta, como al descuido,
en el jarrón gris de un barrio suburbano.
Una flor áspera, sí, pero flor al fin.
Amaba a esa mujer que no sonreía nunca
y sólo una vez vi llorar:
sentada al lado del cajón de su marido,
antes de que una voz de película de terror
pidiera, por favor, que los deudos se retiraran,
porque había que cerrar el ataúd,
y la cara del abuelo nunca más.
Lloré, claro que lloré.
Pero también sentí una especie de alivio.
Ver sufrir a las personas que se ama,
verlas convertirse en papelitos de fumar morfina y cáncer,
es devastador. A los dieciocho años o a los mil.
Y nos da el privilegio atroz de resignarnos
aún antes de soltarles las manos.
Cuando mi abuela empezó a hacerse realmente vieja
(aunque para mí era vieja desde siempre,
y España quedaba a mil años luz,
y todo lo que ella me contaba había pasado
en el tiempo de ñaupa)
se deshizo de sus papeles personales
y de la mayoría de sus fotos.
"Les estoy ahorrando trabajo", dijo.
Estaba cansada de ver en la basura
brindis de novios y sonrisas en blanco y negro
que jamás se habían imaginado terminar así,
atrapados en una bolsita de plástico
en medio de un revoltijo indiferente de cáscaras de papas,
yerba usada y papel de diario para envolver los huevos.
“Mis cosas las tiro yo”, dijo.
Y las tiró. Porque siempre hacía lo que quería.
Cuando mi abuela murió yo tenía dieciocho años.
Heredé muy poco de ella: mis rasgos tiran más
para el lado de la familia paterna.
Pero cada vez que la coquetería
me empuja al supermercado sin anteojos
y vuelvo a mi casa con yogures vencidos
pienso que, quizás,
me legó la maldición de sus ojos cegatones.
No tengo un ápice de su carácter:
soy dócil y sonrío mucho, casi demasiado.
Lo que me dejó, sí, fue su miedo a las tormentas.
Y un abanico pintado a mano que me regaló una tarde
cuando el Diablo fue barman y el cielo,
un cóctel amenazante de truenos y relámpagos.
Esa tarde nos dábamos valor una a la otra.
Y yo tuve mi premio por cruzar los dedos fuerte, fuerte,
para que la tormenta parara.
sábado, 17 de abril de 2021
viernes, 2 de abril de 2021
LA MEJOR AMIGA
viernes, 29 de enero de 2021
TALENTOS
Hay gente que juzga mis talentos como escasos.
Puede ser: plancho muy mal.
Hay algo en las arrugas una resistencia burlona
que se ha ensañado con mi persona,
una terquedad imposible de desbaratar.
Tampoco soy buena haciendo camas:
las sábanas cuelgan de un lado
y escasean del otro,
y se me enroscan en los pies
como serpentinas insomnes.
Soy muy mala en matemáticas
y no es raro
verme contar con los dedos
como si todavía tuviera seis años.
Soy muy mala en los negocios:
perdí plata hasta vendiendo productos AVON.
Sin embargo,
tengo un talento
que califico como maravilloso.
Talento que más de uno me envidiará,
lo sé,
porque no es nada común,
no es una cosita de todos los días,
está reservado sólo para algunos, los privilegiados:
sé cómo dormir a una gallina sujetándola bien,
poniendo delicadamente su cabecita debajo del ala
y haciéndola dar tres vueltas en el aire
en el sentido de las agujas del reloj.
Me enseñó Tusam.
¿Alguno de ustedes puede hacer eso?
sábado, 26 de diciembre de 2020
DANIELITO CUMPLE UN AÑO
DANIELITO CUMPLE UN AÑO
Danielito cumple un año.
Está aprendiendo a caminar
y las
hermanitas lo llevan de la mano,
de acá
para allá.
Y le
arreglan la ropa
desaliñada
por el juego.
Lo cuidan.
Como
si fuera uno de los bebotes
que la Navidad dejó
al
pie del pino del jardín de la abuela
dos
noches atrás.
Mamá recoge las margaritas
de su
vestido tableado,
ese que le queda tan bien,
y
hace un ramo de luz
con
sus tres hijos y las flores.
Danielito asoma su cabecita perfecta
entre pétalos blancos y botones amarillos.
y balbucea sus primeras palabras.
“Un bebote que camina y habla”,
piensan
las hermanitas.
Y
sienten que son la envidia
de las nenas del barrio
que
tienen que conformarse
con arropar muñecas de plástico.
Un año. Danielito cumple
un año.
El
jardín es una fiesta improvisada
y el regalo es el sol.
El regalo es la tríada reluciente
que
le dice que sí al verano,
que salta desde el ramo de margaritas
al regazo de mamá
y da vueltas en su vestido calesita,
estirando los brazos para alcanzar
la sortija del beso.
El vestido tableado.
Ese
que mamá se pone
para
su mejor sonrisa.
Porque
todo esto pasa
mucho
antes que la muerte,
y el
tío saca las fotos,
y papá
está por llegar.
Todo esto es una película nueva
que
todavía exuda nitidez.
Una
película que el recuerdo exhibirá
una y
mil veces, hasta gastarla, casi,
y
revoloteará en el huerto de la memoria
como una mariposa perfecta.
26 de
diciembre de 1971.
Uno de esos días en los que Dios
te
sirve las perdices.
Un pedacito de vida que valió la pena vivir
Quizás
con eso deberíamos quedarnos.
Con
esos cumpleaños de risas y tortas caseras.
de velitas sopladas dos o tres veces,
porque
una no alcanzaba,
y
abejas pinchadas en las flores
con alfileres de polen.
Pinchadas a favor de su voluntad,
sin que les duela.
Y tachar del almanaque
todos
esos otros días anodinos
en los que no festejamos nada.
Los días de jarabe para la tos
y demasiados deberes en la escuela.
Los días de adioses húmedos
Danielito cumple un año.
El todavía cree
que
su techo son mamá y papá.
Es
demasiado chiquito
como
para comprender
que su techo es el cielo.
martes, 15 de diciembre de 2020
HACE UN MES
HACE UN MES
A Osvaldito, el trotamundos
Hace un mes que él se fue.
Al principio
ella creyó que era cosa de dos o tres días,
Nada nuevo.
Ellos son así.
Necesitan sentirse parte de la libertad,
despuntar el vicio
del fuego
y ser, cada tanto,
una chispa atávica
que salta
al techo del vecino
para desatar un
pequeño incendio de amor
o una gresca que reafirme
que la domesticidad no anestesió del todo
el corazón del tigre.
Ellos son así.
Inútil es tratar de sobornarlos
con almohadones
mullidos,
comida a demanda
y ratoncitos de felpa.
Ellos necesitan ser parte de la aventura
que nos fue vedada
el día que construimos una casa
y nos incrustamos
como semillas tercas
en nuestro pedazo de tierra.
Hace un mes que él
se fue.
Ella palpa, en sueños,
el pequeño hueco que dejó en su cama,
como una futura madre que se palpa el vientre
buscando un latido que delate la vida.
Todavía llora a escondidas,
porque hay ciertos dolores
que no todo el mundo entiende
y no quiere quedar en ridículo en la oficina,
delante de las amigas.
Hace un mes que él se fue.
Ella dio mil
vueltas a la manzana,
nombró, rogó,
tocó timbre en
casas de vecinos desconocidos
a los que les
describió sus ojos de miel,
su pelo entre naranja y amarillo,
su cola impertinente.
Pero nada. Nada de nada.
Ellos son así,
necesitan sentirse
parte de la noche.
Pero esta vez
la noche se hizo demasiado larga.
Hace un mes que él se fue.
Hace un mes que ella lo espera.
Con la boca abierta por si un resplandor
entre naranja y amarillo
cruza el patio como una bengala navideña
y el llamado es urgente.
Con la puerta abierta, como un tango,
por si acaso
se le ocurre volver.







