viernes, 4 de septiembre de 2026

BANDERA BLANCA


  BANDERA BLANCA


Siempre pensé que el sexo
era lo opuesto a la muerte.
Por eso tuve mucho sexo en mi vida.
No por amor.
No por placer.
No por perpetuar la especie
(aunque me hubiera gustado hacerlo
antes de que la humanidad
diera un paso irrevocable hacia el horror de la autoconciencia,
cuando morir era apenas quedarse inmóvil un instante
en el olfato ajeno
y volver a la tierra sin ceremonias inútiles).

En mi vida el sexo un ofició como un talismán.
Una piedra preciosa de efecto apotropaico.
Un hechizo para mantener el final a raya.
Las piernas de mis amantes fueron
el marco de la puerta de una vieja casa de adobe y sudor
donde me resguardé del terremoto de la muerte.
Quizás por eso son sus piernas
lo único que me quedó de ellos.

Podría decir que el sexo
me regaló una victoria a medias:
ya soy demasiado vieja para morir joven.
Pero también soy demasiado vieja
para tener sexo todos los días
Supongo que llegó el momento de darme por vencida.
El momento de escribir un testamento idiota
y decidir (con nostalgia, con malicia, con arrepentimiento)
a quién le dejo las piernas que no pude amar ni desear.
A quién le dejo el miedo.



miércoles, 2 de septiembre de 2026

SUPERSTICIONES


 SUPERSTICIONES



Hoy fui a que me tiraran las cartas.

Sí, ya sé,

soy supersticiosa, siempre lo fui.

Jamás paso por debajo de una escalera

y cuando la sal se derrama

recojo un puñado para arrojarlo sobre mi hombro

y espantar a los demonios que me persiguen

desde siempre

(pero parece que el truquito es vano

porque los demonios no se dan por vencidos

e insisten en acosarme;

algunos tienen tu cara,

pero la mayoría tiene la mía).



Hoy fui a que me tiraran las cartas.

Esperaba que me dijeran que me amás,

que todavía me amás

y no que tengo el alma rota,

porque eso yo ya lo sabía

antes del Tarot y antes de la última lluvia

que me empapó la boca este invierno,

antes de que vos pusieras un pie en mi vida.



El alma rota.

Me preocupé demasiado

por conservar intactos todos los espejos

(un espejo roto es desgracia segura)

y dejé que mi alma se quebrara

como el más frágil de los cristales.



Lo lógico sería

-siguiendo mi supersticiosa lógica-

recoger los pedazos

y arrojarlos al agua

en una noche de luna

(una mujer desalmada sería mucho más taquillera

que una mujer con el alma rota;

sería casi Bette Davis

en una vieja película en blanco y negro).

Pero no puedo hacerlo,

porque hay pedazos de mi alma que se quedaron con vos,

y hace rato que mis noches no tienen luna,

y el agua,

o me da pánico o me da arcadas.



Me preocupé demasiado

por tocar madera

y acumular tréboles de cuatro hojas

y patitas de conejo

(convenciéndome a mí misma de que los conejos

se habían muerto de muerte natural

y nadie les había cortado la garganta

y los había dejado desangrarse).

Y me rompí,

dejé que me rompieran.



(Señora Tarotista,

por favor,

dígame algo que no sepa).


Hoy fui a que me tiraran las cartas.

Esperaba que me dijeran que me amás,

que todavía me amás.

Que lo nuestro aún podía ser.

Pero, entre tantos hombres morenos

que me dan la espalda

y tantas torres derrumbándose,

faltabas vos.



(¿Cómo se me ocurrió pensar

que algo podía salir bien

en un mundo donde hay un tipo

que se llama Mark Chapman?).




sábado, 29 de agosto de 2026

CARTA DE INVIERNO


CARTA DE INVIERNO 



Querido: agosto transita su medianía 

y los árboles frutales ya han florecido. 

Bastaría una helada para deshacer 

sus faldas de colores 

y hundirlos en la desnudez impúdica 

que festeja el invierno. 

Nadie me preguntó jamás 

por el sexo de los árboles: 

debajo de sus enaguas pudorosas 

una vagina de madera  espera 

el embate brutal de la primavera.



Querido: hibernar se me ha hecho costumbre, 

suelo refugiarme debajo de las pieles blancas 

de los osos que caminan el Ártico, 

debajo de la sopa tibia 

-la sopa tibia me da arcadas, 

pero es un buen amparo 

para unas piernas cerradas 
 
y unos labios apretados como una bellota-. 

Que nadie me hable de una boca lasciva, 

con bordes de terciopelo húmedo. 

Hiberno: no como 

ni dejo que nadie coma de mi cuerpo 

ni beba del vicio de mis caldos. 

Duermo, estrujando la vigilia de la nieve. 



Querido: los perros se estriegan en los gajos 

feroces de la lluvia. 

La lluvia no tiene tiempo para mí, 

pero me duelen los gemidos de los perros. 

Sólo estoy mojada debajo de mi lengua 

y las palabras se ahogan en un río de saliva 

que nunca tendrá destino de beso. 

Agosto se parece a una caja china: 

es hueco, pero tiene su música, 

aunque las uñas de sus pies sean garras 

y los pájaros se desmayen en un silencio insólito. 



Querido: tengo gripe. 

Mañana ni siquiera recordaré tu nombre. 

A veces el esplendor se nutre de las pequeñas idioteces 

que escribimos las mujeres 

que todavía escribimos cartas. 

Y el sol se traga las volutas de humo 

de los papeles que una mano grosera 

incinera sin culpa 

cuando el té de las cinco 

se celebra en setiembre.


 

miércoles, 26 de agosto de 2026

TORMENTA


 TORMENTA


Llegó desde mi centro,

anular, perentorio.

Húmedo como un nido de musgo.

Rompió la greda viva con un grito,

con un embate de pájaro insolente.

Se descolgó

desde el olor de la fruta fermentada.

Descorrió las festivas guirnaldas de la sangre.

El abanico abierto de la carne

disparó a quemarropa la ternura.



Él se acodó

en la vigilia y en el sueño,

en el pesado aliento del verano.

Para desarreglar el pulso de las flores.

Para sanar las sombras.

Y yo abrí y cerré mis lágrimas al ritmo de su boca.

Como un manzano. Floreciendo.

Año tras año.



Ahora él viene y se va.

Me da besos ligeros.

Peces clarividentes que me cruzan los ojos.

Botellas arrojadas al océano

con notas para otra.

Su excusa es estar vivo y tener quince años.

Yo tengo que buscar a la que era

antes del sol clavado en la puerta del domingo.

Rememorar el hilo de este cuerpo

y cambiar de paisaje.



¿Qué hago con el alma?