lunes, 30 de noviembre de 2020
domingo, 29 de noviembre de 2020
NO ALCANZA
Nunca estaba dormida cuando me dabas un beso
antes de irte a la oficina.
Por eso sé exactamente cuando dejaste de hacerlo.
La primera vez
que el beso no fue,
supuse que había sido un olvido, algo involuntario,
una preocupación que te había forzado
a saltearte el ritual matutino de tus labios rozándome.
Después me di cuenta de que no,
de que el ritual había sido revocado.
Nunca supe exactamente cuándo dejaste de desearme,
pero recuerdo con claridad el momento en que lo noté
y supe que mi desnudez ya no era un carnaval en tus
ojos,
que se había abolido el papel picado y empezaba la
cuaresma
(tal vez ese fue también el día que dejaste de amarme,
y la vida recíproca se convirtió
en vermouth con
papas fritas y Netflix).
No sé, te juro que no sé, cuándo empezaste a mentirme.
Pero sé que me mentiste durante mucho tiempo.
Y no hablo de infidelidades, porque las infidelidades
son,
al fin y al cabo, accidentes del cuerpo.
Hablo de esas otras mentiras que me hicieron darme
cuenta
de que yo no ocupaba en tu vida el lugar que
pretendía,
que no éramos pares, que no había un nosotros.
Quizás ahora, cuando me despido a medias,
cuando me quedo y me voy,
(I don’t like
you but I love you)
debería confesarte que yo también te mentí:
nadie abandonó a Tiger
Lily en nuestro jardín.
La vi en el alfeizar de una ventana del barrio
y la acaricié, como hago con todos los gatos.
“Si te gusta, te
la podés llevar”,
me dijo una chica de pelo negro y tatuajes.
Y la vi tan indefensa, con su heterocromía lacrimosa,
su colita quebrada, su extrema delgadez,
en manos de alguien que la regalaba así,
tan displicentemente, como si fuera un objeto,
como si ningún lazo de afecto la uniera a ella,
que dije, sin pensarlo: “Me la llevo”.
E inventé lo del abandono en el jardín
para que acogerla en nuestra casa
fuera inevitable.
Nunca estaba dormida cuando me dabas un beso
antes de irte a la oficina.
No estoy dormida ahora, aunque las pastillas
insistan en ralentizar mi lengua
y deje mis ojos colgados en un punto fijo,
mientras el perro, echado a mis pies,
me mira y mueve la cola
como una sincera y torpe forma de consuelo.
Me querés. Ya sé que me querés.
Pero no me alcanza.
Arte: Eric Hibbeler
jueves, 26 de noviembre de 2020
DE SUEÑOS
“A mí
el Diego me hacía feliz”,
me dice el repositor del supermercado chino.
Tiene algunos años menos que yo
y renguea.
“Cuando
yo era chico
la
pasaba mal en mi casa.
Mi
viejo la fajaba mucho a mi mamá.
Y yo no
quería estar ahí. No quería.
Entonces me iba al potrero
a
correr detrás de la pelota,
y
repetía 'la lleva el Diego,
la
lleva el Diego,
la
lleva el Diego'.
A mí el
Diego me hacía soñar”.
Yo lo miro en su tristeza
y veo al pibito rengo
corriendo, como podía,
detrás de la pelota,
corriendo, como podía,
para alejarse de la violencia,
soñando que era él
y que se daba vuelta la taba,
pero para bien,
esta vez para bien,
y la vida cantaba revancha.
“A mí
el Diego me hacía feliz”,
me dice,
y entiendo que el amor a los ídolos,
irracional, como todos los grandes amores,
está hecho de pequeñas historias.
De un pibito que corre en el potrero
y gambetea el dolor,
alentado por las voces del viento.
De una pibita que casi levita
cuando escucha la trompeta de “Penny Lane”
y concibe al verano como un milagro interminable.
De ilusiones que con el tiempo
van mutando en nostalgia,
en evocación,
y, cada tanto,
cuando estamos demasiado rotos
y pedimos gancho,
nos devuelven a la ingenuidad
de una tarde enero en la terraza y la radio,
o a la emoción de ese día de 1986 frente a la tele,
la familia entera,
el corazón en la boca y la boca en el grito.
“A mí
el Diego me hacía soñar”,
me dice,
y un poco llora.
“A
todos nos hizo soñar alguna vez”,
le digo yo, a modo de torpe consuelo.
Y no pienso pobre Diego.
Pienso pobre el que no entiende de sueños.
Pobre.
miércoles, 25 de noviembre de 2020
IRSE
Aquel novio que tuve,
el que murió a los veintidós,
decía que los objetos
no tenían durar más que las personas.
Por eso, después de cada uno de nuestros brindis,
rompía las copas con una feroz alegría adolescente
que a mí me indignaba.
No eran cristales de Bohemia, claro.
Pero eran copas lindas.
(Él ni siquiera habrá imaginado
la cantidad de cosas fútiles
que iban a sobrevivirlo:
platos, tazas, portarretratos,
recuerdos de las vacaciones en Mar de Ajó).
Yo pienso que las personas no deberíamos durar
más que el amor.
Que deberíamos irnos antes de que desnudarse
se convierta en un acto mecánico,
como barrer la cocina o darle de comer al perro.
Antes de que nuestra desnudez
deje ser en los ojos del otro
un salto de resplandor,
la declaración de guerra de un faro rebelde
que ilumina
el camino a seguir para que los cuerpos se estrellen
contra la tormenta del deseo.
Yo creo que deberíamos irnos
antes de que se apolillen los confites.
Arte: Erica Calardo
martes, 24 de noviembre de 2020
lunes, 23 de noviembre de 2020
LA FAMOSA POETA MUERTA
LA FAMOSA POETA MUERTA
A veces fantaseo
con convertirme en una famosa poeta muerta
y tener un séquito de viudas y viudos
que lloren en mi funeral cada año,
y me escriban poemas homenajeándome,
retratándome como a una criatura sobrenatural
que jamás lavaba los platos
ni ponía cara de fastidio en la cola del supermercado.
¿Platos, supermercado?
Esas cosas ni siquiera me rozarían.
Sería una santa pagana alimentada sólo de palabras,
de bellas palabras,
de palabras y aire.
Entonces,
todo el mundo querría hurgar en mis papeles personales
(convenientemente guardados bajo siete llaves
en la Universidad
de Palo Alto)
en mis cartas, en mis diarios.
Y reeditarían mi obra completa una y otra vez,
para que mi séquito de viudos y viudas crezca cada año
y cuando tengan que elegir entre venerar a Jim Morrison o a mí
me elijan a mí.
Pero no.
Ya soy demasiado vieja para morirme joven
y eso del suicidio no se me da bien.
Mis diez kilos de más
atentan contra el modelito lánguido y sufriente
de la poeta que se alimentaba sólo de palabras y aire
y la pasó peor que cualquier otra poeta en el mundo.
Y tampoco escribo tan bien.
A veces fantaseo con que soy la famosa poeta muerta
y alguien encuentra,
hurgando en mis papeles,
un documento inédito que echa luz
sobre mi vida de santa pagana.
Cruzo los dedos para que sea la carta de un amante
y no la lista del supermercado.
sábado, 21 de noviembre de 2020
CINCO PASTILLITAS
Ahí están,
en mi mesa de luz.
Cinco pastillitas que tengo que tomar
para ser feliz
(o, por lo menos, para no preocupar a mamá,
que ya tiene bastante con lo suyo;
para no irme en lágrimas
por el desagüe del desesperanza;
para no alucinar con complots
y ver hampones de chaquetas amarillas
estratégicamente instalados
en los rincones donde las arañas
tejen sus misterios,
como si la enfermedad fuese
otro best seller
de Stephen King).
Si no tomo las cinco pastillitas
me pongo paranoica
(El Gran Hermano te vigila).
O triste, o furiosa.
Tomarlas me hace tan feliz
como quien vive sin darse cuenta:
el jazmín paraguayo que insiste en florecer,
el perro, las gatas,
las dos cucarachas con las que me topé
al prender la luz de madrugada
y no quise matar,
porque, total, no le hacen mal a nadie.
Les di ventaja para que se escaparan,
aerosol sin pronunciarse en mano,
y sus patitas veloces
las hicieron desaparecer en un segundo,
irse a ese lugar que está y no vemos,
ese otro mundo pequeño que bulle
entre la pared y el mueble de cocina.
“Se aferran a la vida más
que yo”, pensé.
“No puede ser que las
cucarachas
se aferren a la vida más que yo”.
Cinco pastillitas en la mesa de luz.
Me las tomo sin chistar.
Y antes de fundirme en negro
soy Scarlett
O’Hara,
toda miriñaque de desnudez,
toda ojos subyugando
una cámara imaginaria.
Repitiendo, como un mantra obstinado:
“Después de todo, mañana será otro día”.
viernes, 20 de noviembre de 2020
jueves, 19 de noviembre de 2020
EL VIEJO
EL VIEJO
Sí, era el padre de mi padre,
pero a sus
espaldas le decíamos el viejo.
Estábamos
hartos de que nos hiciera callar,
de que hiciera
callar a la abuela.
De que tratara
a mamá como a una loca
(una cabaretera
que nos iba a llevar por el camino sin retorno
de la
lentejuela y el vicio
o una enferma
psiquiátrica sin remedio,
según como
soplara el viento).
Odiábamos sus
ensaladas de naranja y huevo.
Odiábamos a la
pobre Estela Raval
porque alguna
vez había dicho
que era una
hermosa mujer.
Odiábamos que
durmiera la siesta en la cocina,
almohadón en
mesa,
teniendo una
cama a pocos metros,
e impusiera la
tiranía del silencio
a la hora de la
telenovela.
Jamás le
perdonamos que se fuera detrás de cualquier pollera,
y mi abuela
tuviera que salir a vender leche en el carro,
de madrugada,
con su hijo de
cinco años manipulando los tarros,
los deditos
ateridos de frío.
Cuando el viejo
se cansaba de la amante de turno, volvía.
A veces, hasta
con una venérea encima.
Y ella bajaba
los ojos y le abría la puerta.
Yo le guardaba
especial rencor
porque no era
el abuelito Luis.
No era sus
cuentos,
su tortuguita
con pata de palo,
sus recitados
camperos.
Y le guardaba
más rencor aún
porque el día
que papá murió
había discutido
con él
y me tocó
presenciar, por casualidad,
parte de ese
intercambio hostil,
que nunca pude
dejar de asociar
con su partida
prematura.
El viejo.
Mujeriego,
jugador y mandamás.
Lo curioso es
que cada vez que hablé con alguien
que lo había
tratado fuera del ámbito hogareño
me lo pintó
lleno de virtudes:
servicial,
generoso, bienhumorado.
Yo no podía
creer que esa catarata de halagos aludiera
al padre de mi
padre.
¿Era Dr. Jeckil y la domesticidad lo
convertía en Mr. Hyde?
¿O era sólo un
simulador más,
de esos que le
muestran una cara amable al mundo
y torturan a su
familia sin culpa?
El viejo.
Lolo era su apodo. Manuel, su nombre.
El mismo que le
puse a mi hijo
después de
meses de cavilaciones
y hormonas
alteradas.
Me daba un poco
de miedo que el chico cargara
con el nombre
del tipo que me dijo,
a los quince
años,
que flaca y
petisa como era
no iba a
conseguir ni medio novio.
Pero me gustaba
el nombre, me gustaba mucho.
Y cuando tuve a
mi bebé en brazos
pensé en
Julieta y me dije “¿Qué hay en un nombre?
La rosa seguiría siendo rosa…”
y etc., etc., etc.
Shakespeare al rescate.
El viejo.
No hay un solo
recuerdo que lo salve.
Pero sin él mi
padre no hubiera sido.
Y yo no estaría
hoy acá
escribiendo
cuánto me
hubiese gustado
tener un abuelo.
Arte: "Old man and his pipe", S. Wong
martes, 17 de noviembre de 2020
LA LOCA EMA
Salía a la calle con una bombacha en la cabeza
y los chicos del barrio nos desternillábamos de risa.
Ni siquiera la infancia
(esa estampita de pureza idealizada que compramos
en alguna feria entre mística y pagana
instalada frente a la catedral de la vida)
se salva de la fina cuota de crueldad
que atraviesa todo lo humano.
Estaba siempre rodeada de perros flacos
y revolvía incansablemente la basura de los vecinos
buscando algo que había perdido hacía años
y jamás
encontraba.
“La
cordura”, opinábamos con desdén.
Porque estaba loca, claro.
Era la loca Ema.
Si estás loca te siguen los perros de la calle
o atiborrás tu casa de gatos maltrechos
(y si hay alguno tuerto lo llamás Plutón,
como el del cuento de Poe).
Si estás cuerda comprás un animal de raza
y no tocás a los de la calle
por si muerden,
por si están demasiado sucios,
por si están enfermos.
Si estás loca buscás en la basura de los otros
eso que te partió la vida en dos,
la porción de torta que no te tocó,
la llave que te cerró la garganta
y te dejó con el grito adentro
para que se pudra y te pudra,
y te convierta en el hazmerreír del barrio,
la desquiciada que sale a la calle
con una bombacha en la cabeza.
Yo no sé qué buscaba la loca Ema.
Lo único que sé es que estaba sola,
siempre sola.
Y que los perros orbitaban a su alrededor
como si esa mujer fuera el sol y ellos
planetas de costillas descalzas
subyugados por la inapelable ley de gravedad.
Yo no sé quién era en realidad la loca Ema.
Por ahí era el sol,
de verdad era el sol.
Y nosotros,
de puro normalitos,
no nos dábamos cuenta.