viernes, 1 de enero de 2021

EL PELO

 

 EL PELO


Mi madre nunca tuvo paciencia para peinarme.

Por eso,

mientras mi cabeza estuvo bajó su potestad

usé el pelo cortísimo.

A los once o doce años

ya me peinaba sola,

pero mi cabeza seguía siendo feudo materno

y, según su curioso parámetro,

los rulos eran desprolijos.

En vacaciones

la vigilancia sobre mi melena desbordada

se relajaba un poco.

Y era hermoso ser libre en verano,

y enredarme

con el recuerdo de los novios de la escuela que extrañaba

y las bandadas de mariposas que aparecían en enero.

Con los hilitos verdes que planeaban en la tarde

cando el tío cortaba el pasto.

Pero marzo me encontraba, invariablemente,

llorando en la peluquería del barrio.

Las tijeras anunciaban el inicio de las clases.

Y yo volvía a ser la chica que odiaba,

la chica de pelo corto.

 

Para conformarme,

mi madre me decía que con ese peinado exiguo

me parecía a Gina Lolobrígida

(una mentira no exenta de ternura

que hoy evoco con una sonrisa).

Y yo la detestaba, claro,

porque quería parecerme a mi hermana,

que usaba el pelo largo

y se podía hacer trenzas, rodetes y colitas,

todo lo que a mí me estaba vedado.

Quería parecerme a las otras chicas del colegio

y me deslumbraba

cada vez que mi mejor amiga lavaba su pelo larguísimo

en la pileta del patio de su casa,

y el sol reverbera en las gotitas de agua

que esbozaban sobre su cabeza

un manto de diosa, de princesa,

de santa de estampita.

 

Cuando cumplí los dieciocho

empecé a dejar que mi melena creciera.

Nunca demasiado, porque me cuesta peinarme.

Nunca lo suficiente como para extinguir

la pesadilla recurrente en la que me la cortan

contra mi voluntad

y vuelvo a ser la chica de pelo cortísimo

que llora dos o tres días

hasta que se acostumbra a verse en el espejo

con la cabeza desmontada

y se encoge de hombros pensando

más se perdió en la guerra.

 

Alguien me escribió hace poco sólo para decirme

que mi peinado era horrible.

Podría haberle contestado que no era un peinado,

que era un nido donde cobijo

a todos esos pajaritos castaños

que se quedaron sin abrigo allá por los ’70,

en la humilde peluquería de la Coca.

Pero no me hubiera entendido

y, además de mal peinada,

me hubiese juzgado loca.

Y porque a esta altura de mi vida

lo que menos me preocupa

es incomodar a los demás con mis desbordes.

Capilares o de los otros.


Arte:  (simonmasters / Getty Images)

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