sábado, 23 de enero de 2021

EL GIGANTE CON PIES DE AZÚCAR


EL GIGANTE CON PIES DE AZÚCAR

 

Aquel día

yo estaba jugando en la vereda de la Karina Bardón,

la nena que vivía al lado.

Un auto desconocido estacionó

en el frente de mi casa

y al ratito, nomás, mamá salió

y se subió, llorando, al auto misterioso.

Había muerto el abuelo.

El abuelito Luis.

El gigante con pies de azúcar

había sido derribado en su quinta,

entre los tomates, las radichetas

y las plantitas de orégano

que perfumaban cada día de la infancia.

El gigante con pies de azúcar se había ido

con los cuentos a otra parte.

 

Yo tenía cuatro años,

pero lo recuerdo nítidamente.

Y lo que más nítidamente recuerdo

es su alegría.

En una familia de melancólicos

el abuelo desentonaba.

Y ese contento de violín desafinado,

esa desvergüenza de soltar la risa,

era lo que más amaba en él.

El abuelo no se daba por vencido.

No cedía ante la paleta monocromática

con la que la abuela

insistía en pintar la vida.

Todo un héroe poniéndole color

con sus tomates y sus aires de acordeón,

a la suma, siempre errada,

de sus recíprocos días en blanco y negro.

 

El abuelito Luis contaba cuentos.

Recitaba poemas camperos,

no exentos de picardía.

Le gustaba Ramona Galarza

y, todavía, cuando la escucho,

algo del Paraná me moja los ojos.

Cientos de veces me pregunté

cómo terminó un gigante con pies de azúcar

y corazón de chamamé

casado con una asturiana adusta

que jamás le regaló un paso de baile.

Cientos de veces se me escapó la respuesta

como una panambí morotí de vuelo ondulante.

 

Solamente cuatro años

tuve a un abuelo que me alzaba

y me regalaba al aire,

como si fuera un barrilete.

Sin embargo, puedo cantar “La vestido celeste”

o “AhMi Corrientes Porá

de punta a punta.

Y recitar ese cuentito que empieza

Vamos al baile, dijo el fraile”

sin equivocarme una sola vez.

Esa es la herencia que me dejó mi abuelo.

 

Ojalá hubiera vivido muchos años más

para enseñarme

su sencilla manera de ser feliz. 


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