sábado, 9 de enero de 2021

AUTORRETRATOS


 AUTORRETRATOS



AUTORRETRATO I



Tengo unos ojos bellos,

un poco descosidos, eso sí,

en la zona de los lagrimales:

escurren agua todo el día.

Tengo una boca bella también,

pero muerdo las palabras,

y algunas veces las escupo

sin ningún protocolo.

Soy descuidada, iracunda y le tengo fobia a los trenes.

Además, escribo poemas.

¿Quién querría enredarse con una mujer así?






AUTORRETRATO II




No tengo las piernas largas

ni la dentadura perfecta.

Sin embargo,

he caminado mucho

y he mordido

manzanas,

animales,

señores,

papeles aburridos.

Y he digerido ausencia,

tragado cascabeles,

vomitado promesas.

No tengo una voz privilegiada,

ni una cintura augusta como un trono.

No se me da bien

lo de inventar palabras

a lo Oliverio.

No entiendo el teorema de Pitágoras

pero me gusta el vocablo hipotenusa:

está llena de gatos,

de ríos,

de claveles,

como caleidoscopio.

A veces me despierto

a mitad de la noche

y le suplico al hombre

que cose mis retazos

con su aguja de tiempo

un encuentro sin lámparas.

A veces supongo que estoy loca.



No tengo la vergüenza de haber sido

ni el dolor de no ser,

quizás porque no fui

y porque sigo siendo

o quizás porque el tango

me deja tan perpleja como a un pájaro

con las alas cortadas

(si la querías tanto,

¿para qué la dejaste?;

yo no dejo jamás lo que quiero:

yo lo mato).



No tengo un ex – amante que me recuerde con afecto.

Mis ex –amantes me odian.

Lo que es justo,

porque yo los odio a ellos.



No tengo la nariz agraciada,

ni el vientre chato,

ni el ombligo invicto.

Ni siquiera tengo veinte años.



Sin embargo

todavía le enlazo con mi sombra

el fuego del verano.

Y redoblo la apuesta de las lágrimas

cuando intuyo

lo rápido que se seca la sangre.





AUTORRETRATO III

Casi siempre está triste,
salvo cuando escucha a Los Beatles
o acaricia a los gatos.
O cuando es viernes
y se toma un champancito barato,
y piensa “Gracias a Dios es viernes”,
como si la vida fuera una película disco
(porque no le gustan ni los sábados,
ni los domingos,
ni los lunes,
pero los viernes todavía tienen para ella cierto encanto,
cierto aire de genuina promesa).
Es mezquina, casi siempre,
generosa, a veces,
demasiado orgullosa como para romper las fotos que no la favorecen,
demasiado orgullosa como para reescribir sus poemas.
Nunca visitó Europa,
ni aprendió a bailar,
ni usó un vestido de fiesta.
Jamás se tiñó de rubia.
Pero es tan anacrónica, tan patriarcal,
tan tonta,
que todavía sueña con castillos y valses,
y una melena como la de Rapunzel extendida
sobre la almohada del Príncipe Feliz.
Hubiera deseado no nacer,
no crecer,
no tener que morir.
Hubiera deseado un don más práctico
que el de garabatear el dolor
y ponerle el cascabel a la palabra.
Casi siempre está triste
pero sonríe
como si no le apretaran los zapatos de la rutina,
como si el amor no fuera una prenda incómoda
que le tira de la sisa,
como si su corte de pelo todavía estuviera de moda.
Está gorda,
está vieja,
está asustada.
Casi siempre está triste.
Tiene unos ojos hermosos.



AUTORRETRATO IV

Yo no transité mi infancia en puntas de pie.
No fui una niñita dulce
de esas a las que todo el mundo quería abrazar
y a las que las maestras les daban los papeles estelares
en los actos del 25 de mayo
(nunca usé miriñaque, ni peinetón, ni mantilla).
Rompí todos mis juguetes.
Rapé a todas mis muñecas,
les abrí las barrigas con un cuchillito robado a la abuela
y las rellené con pasto mojado y hojas secas.
Cuando el mejunje comenzó pudrirse
las declaré muertas.
Todos los chicos del barrio asistieron a sus velorios.
Y pobre del que no lloró como correspondía
en situaciones tan dramáticas.
Pobre.

Yo no transité mi infancia en puntas de pie.
Hice mucho ruido. Mucho.
Algo tenía que hacer para notaran
a la hermana del medio:
ni la mayor, para ser el ejemplo,
ni la menor, para merecer la indulgencia.

Yo no transité mi adolescencia en puntas de pie.
No fui la lánguida flor a la que todos los galanes
querían sacar a bailar.
Hablé fuerte, me reí fuerte, lloré fuerte.
Me pinté los labios de rojo
y siempre anduve despeinada.
Hice mucho ruido. Mucho.
Algo tenía que hacer para notaran
a la chica de 1,55.
La que no iba a ser modelo
ni conejita de Playboy,
pero de la que no te ibas a olvidar seguro.

Hice mucho ruido hasta que me enfermé.
Cuando me enfermé le abrí la puerta al silencio
y me acurruqué en la cama para morir.
Pero no morí: me dieron de comer en la boca,
me peinaron, me vistieron,
y me llevaron a un médico, y a otro, y a otro.
Hasta que uno dijo trastorno bipolar
y las fichas del rompecabezas infernal que era mi vida
empezaron a acomodarse a fuerza de pastillas.

Yo no transito la vida en puntas de pie.
No soy delicada,
me pinto los labios de rojo,
siempre ando despeinada
y grito cuando hablo.
A veces mis amigas más discretas me llaman la atención
y trato de acomodarme al volumen de las voces
de las que no son hermanas del medio
ni miden 1,55.
Pero al ratito estoy gritando otra vez.

Estoy sana.
Disculpen las molestias.


AUTORRETRATO V

 

Me gustan las novelas rusas,

los cuentos tradicionales alemanes

y la poesía,

venga de donde venga.

Me gustan los amaneceres,

porque alguien me dijo una vez

que los muertos amados despuntaban con el sol

y podía verlos convertirse en luz,

en día.

Me gustan las amapolas

pero siempre me fueron esquivas.

Me gustan los hombres

que no se asustan de mi tristeza

y me tocan con los ojos

cuando me desvisto en sueños.

Me gusta París, aún sin conocerla.

Me gustan Los Beatles y los gatos.

Me gusta escribir

aunque en mi casa me digan

que escribir no sirve para nada

y que el arte va a desaparecer

más temprano que tarde.

Como los dinosaurios.

Como los pájaros dodo.

Como todo, podría contestar.

Pero me gusta quedarme callada

cuando tengo razón

y vociferar cuando no la tengo.

 

Me gusta creer que hay un lugar

donde las cicatrices se convierten en relámpagos.

e iluminan

cada paso dado hacia atrás en la memoria.

Y los recuerdos cobran vida,

y yo vivo con ellos,

y ahí estoy, otra vez,

susurrándole en el oído

a mi hermanito entredormido

que soy la voz de su conciencia.

Ahí estoy, pintándome la boca

para salir al encuentro

de algún amor pasajero

que vino con la lluvia

y se fue sin dolor,

como una flor que se marchita

después de encender el jardín,

naturalmente.

 

Me gusta el mar.

Me gusta imaginar que vengo del mar.

Que soy una sirena que cambió 

la su voz

por un par de piernas que, al final,

no la llevaron a ningún lado

(y por eso mis poemas desafinan,

no logran, jamás,

la armonía que quisiera impregnarles).

O una selkie que perdió su piel de foca

y añora un océano vedado.

 

Me gustan ciertas palabras,

que son como campanas.

Me gustan ciertas campanas

cuando me llaman

a la misa del cuerpo

(cada vez más escasa,

cada vez más formal

y menos fiesta).

 

Me gusta imaginar que vengo del mar.

Y que vuelvo al mar

un día de éstos. 


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