viernes, 10 de abril de 2020

PANDEMIA


PANDEMIA

Ayer, después de muchos días,
volví a ver a mi madre.
Mi voz sonó como una piedrita de ansiedad
contra su ventana:
“Te compré los remedios, mami,
te compré un chocolate”.
Ella abrió la puerta
y dos metros de miedo
nos separaron del abrazo.
Me costó no tocarla.
Me costó no enojarme cuando me dijo:
“Si me pasa algo me cremás y me ponés con tu hermano;
los papeles del cementerio están ahí,
en el primer cajón del placard”.
Me costó no llorar con ella,
perseverar en la sonrisa y la ironía:
“Ojalá vivas en tiempos interesantes, dicen los chinos;
más vale una maldición que una receta de cocina.
No llores, mamá, por favor,
esto va a pasar,
va a pasar, te lo juro.”

Esto va a pasar, mamá,  y vamos a ser igual que antes,
igual de estúpidos y mezquinos.
Igual de miserables.
Nos vamos a lavar las manos un poco más seguido,
al principio.
Y después nos olvidaremos de hacerlo.
Como nos olvidamos de todo.
(Olvido supervivencia,
olvido en defensa propia,
¿cómo salir de la cama cada mañana
sin olvidar antes
que los papeles del cementerio
están ahí, en el primer cajón del placard?)

Te compré un chocolate, mami.
Alcohol en gel no había.



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