miércoles, 6 de junio de 2012

PAÍS DE OCTUBRE


PAÍS DE OCTUBRE

A Ray Bradbury

“Miró únicamente el desierto vacío y las brillantísimas estrellas que aparecían ahora en el cielo negro, y a lo lejos se oyó el ruido creciente del viento y de las aguas frías que se agitaban en los largos canales. Cerró los ojos, estremeciéndose.
-Sí -dijo-, mañana me sentiré mejor.”
Ray Bradbury



Ayer fue mañana.

Marte, una bola roja

reventando la sangre

-Fobos y Deimos

no caminaban

la faringe como piedras,

eran celadores quietos,

otras lunas para arañar

porque una no alcanzaba-.



Ayer fueron los niños

que supiste o que improvisaste.

La feria de tinieblas.

Las vueltas.

Vuelta atrás y la dulce ignorancia

de no haber sido nunca.

Vuelta adelante y un puñado de huesos.

Lo poco.

Nadie se salva de esas vueltas,

tus vueltas,

las nuestras.



El País de Octubre.

Mucho después de medianoche

y medianoche para siempre.



Ayer fue trato o truco.

Muertos pobres

sin costearse la tierra.

Y ese cementerio para lunáticos

donde enterré algunas de mis cosas.

Y desenterré otras.

Había que vivir.

Y esas cosas vivían.



Ayer fue Poe incinerado.

Nada tan subversivo

como la muerte escrita.

Nada tan sedicioso

como los mendigos irlandeses

que se caen de los puentes.

Nada tan feroz como extender la mano

y que el otro no sepa.



El País de Octubre.

Mucho después de medianoche

y medianoche para siempre.



Hoy sos vos.

El de las sombras verdes que acaricio

cuando la vuelta es para atrás.

Pero no tanto.

El que me dijo que más allá de la niñez

para siempre es otoño

Que la melancolía se detiene con carne

y no sucede

una dicotomía entre Dios y la Ciencia

Todo es cuestión de encastrar correctamente

las piezas de la vida.

Después de todo,

para eso se inventó la poesía.



Hoy sos vos.

Diciéndome algo que supiste

por mago o por anciano:

la muerte es un asunto solitario.

Siempre.

Aunque haya alguien sosteniendo la boca.



Es un consuelo, Ray.

Es un consuelo enorme.

Es una paz tan suave

como tu País de Octubre.



Gracias.





Arte: "From The Dust Returned", John Randall York 



ADIÓS SIGNIFICA QUE DIOS ESTÁ CONTIGO / RAY BRADBURY


ADIÓS SIGNIFICA QUE DIOS ESTÁ CONTIGO


Era una mujer que tenía en la mano una escoba o una pala para la basura o un trapo o una cuchara para revolver. Se la veía amasando tapas de tarta en la  mañana, tarareando, o se la veía sacar las tartas cocidas al mediodía o entrándolas, frías, al anochecer. Ponía las tazas de porcelana en su lugar como un campanillero suizo. Ella se deslizaba por los corredores  a paso tan firme como el de una aspiradora, viendo, encontrando y ordenando las cosas. Hacía de cada ventana un espejo para reflejar el sol. Bastaba que recorriera una vez el jardín, azada en mano, para que, a su paso, las flores alzaran sus fuegos temblorosos al aire cálido. Dormía silenciosa y no se volvía más de tres veces en la noche, tan relajada como un guante blanco, el cual, al amanecer, volverá a una mano diligente. Al despertar, tocaba a la gente como pinturas, para enderezar sus marcos.
-¿Pero y ahora…?
“Abuela”, decían todos. “Bisabuela”.
Ahora era como si estuviera acabando finalmente una larga suma aritmética. Había rellenado pavos, pollos, pichones, caballeros y muchachos. Había lavado techos, paredes, inválidos y niños. Había colocado el linóleo, arreglado bicicletas, dado cuerda a los relojes, limpiado cocinas, bañado en desinfectante diez mil heridas. Sus manos habían volado por todas partes, suavizando esto, teniendo aquello, lanzando pelotas de béisbol. Golpeando con tacos de croquet, sembrando tierra negra o acomodando las cubiertas sobre buñuelos, guisos y niños despatarrados locamente en sueños. Había bajado persianas, apagado velas, movido interruptores y… Se había vuelto vieja. Mirando hacia atrás a treinta mil millones de cosas iniciadas, terminadas y acabadas, todo sumaba, daba un total; el último decimal colocado, el cero final lentamente caía en su lugar. Ahora, tiza en mano, se retiró un paso de la vida una silenciosa hora antes de tomar el borrador.
-Veamos- dijo la bisabuela-. Veamos…
Sin aspavientos ni alharaca recorrió la casa en un inventario circular, llegando por fin a la escalera y, sin ningún anuncio en particular, subió tres pisos hasta su cuarto silenciosa, se acostó como una huella fósil bajo las sábanas frescas como nieve de su cama y comenzó a morir.
Otra vez las voces:
“¡Abuela! ¡Bisabuela!”
El rumor de lo que estaba haciendo cayó por el pozo de la escalera, golpeó y esparció ondas por los cuartos, salió por las puertas y las ventanas y por la calle de los olmos hasta el borde del barranco verde.
“¡Vamos, vamos!”
La familia rodeó su cama.
-Déjenme descansar- susurró.

Su mal no podía verse en ningún microscopio, era un cansancio suave que iba siempre en aumento, un leve peso de su cuerpo de gorrión, somnolienta, de lo más somnolienta.
En cuanto a sus hijos y a los hijos de sus hijos, parecía imposible que con un acto tan simple, el acto más descansado del mundo, pudiera causar tal aprensión.
-Bisabuela, escucha, lo que haces es igual que si rompieras un contrato. Esta casa se caerá sin ti. ¡Debes darnos al menos un año de preaviso!
La bisabuela abrió un ojo. Noventa años miraron calmos a sus médicos como un fantasma de polvo de una alta ventana de una cúpula, en una casa que se vacía rápidamente.
-¿Tom…?
El muchacho fue enviado, solo, a su cama susurrante.
-Tom- dijo, con voz desmayada, lejana-, en los Mares del sur hay un día en la vida de todo ser humano cuando sabe que es hora de estrechar la mano de todos sus amigos y decir adiós e irse navegando y lo hace, y es natural, es su hora. Así es hoy. A veces soy tan como tú, sentada en las matinés de los sábados hasta las nueve de la noche cuando enviamos a tu padre a traerte a casa. Tom, cuando llega el momento de que los mismos vaqueros están disparando contra los mismos indios en la cima de la misma montaña, entonces es mejor plegar la silla e ir hacia la puerta, sin lamentos y sin caminar por el corredor mirando hacia atrás. Así que me voy mientras aún soy feliz y estoy entretenida.
Luego Douglas fue convocado a su lado.
-¿Abuela, quién va a arreglar las tejas del techo en la próxima primavera?
Cada abril, desde que existían los calendarios, se creía oír pájaros carpinteros golpeteando arriba de la casa. Pero no, ¡era la bisabuela, transportada de algún modo, cantando, clavando, reemplazando tejas, en lo alto del cielo!
-Douglas- susurró-, no dejes nunca que nadie arregle las tejas a menos que le resulte divertido.
-Sí, abuela.
-En abril mira en derredor y di: “¿A quién le gustaría arreglar el techo?”. Y el rostro que se ilumine es el que quieres, Douglas. Porque subido a ese techo puedes ver a todo el pueblo yendo hacia el campo y el campo hacia el borde de la tierra y el río que brilla y el lago de la mañana y pájaros en los árboles debajo de ti y lo mejor del viento que te ronda arriba. Cualquiera de esas cosas debería bastar para hacer que una persona quiera asirse a la rosa de los vientos en algún amanecer de primavera. Es una hora poderosa si lo intentas…
Su voz se redujo a un aleteo.
Douglas lloraba.
Ella se volvió a despertar.
-¿Por qué haces eso?
-Porque no estarás aquí mañana- dijo.
Ella giró un pequeño espejo de mano de su rostro al del muchacho. Él miró el rostro de ella y el suyo en el espejo y luego el de ella nuevamente y ella dijo:
-Mañana por la mañana me levantaré a las siete y me lavaré detrás de las orejas; correré a la iglesia con Charlie Woodman; haré un picnic en el Electric Park; nadaré, correré descalza, me caeré de los árboles, masticaré goma de mascar… Douglas, Douglas, ¡te debería dar vergüenza! ¿Tú te cortas las uñas, verdad?
-Sí, abuela.
-Y no gritas cuando tu cuerpo se recicla por completo cada siete años, viejas células muertas y nuevas células agregadas a tu dedo y tu corazón. ¿Eso no te molesta verdad?
-No, abuela.
-Bueno, entonces piensa, muchacho. El hombre que guardara los recortes de sus uñas sería un tonto. ¿Alguna vez viste que una víbora quiera guardar la piel vieja? Eso es más o menos todo lo que queda en esta cama hoy, uñas y piel de víbora. Bastaría un suspiro mío para que vuele hecha escamas por el aire. La cosa importante no soy yo acostada aquí, sino el yo sentado en el borde de la cama mirándome y el yo que está abajo haciendo la cena o en el garaje debajo del auto o en la biblioteca leyendo. Todas las partes nuevas cuentan. No estoy muriendo realmente hoy. Ninguna persona que tenga una familia muere. Estaré aquí por mucho tiempo. Dentro de mil años todo un pueblo de descendientes míos estará comiendo manzanas agrias a la sombra del gomero. ¡Ésa es mi respuesta a todo el que haga grandes preguntas! ¡Rápido, ahora, envía a los demás!
Por fin, toda la familia estaba allí, como gente que fuera a despedir a alguien a la estación de un tren, esperando en el cuarto.
-Bueno- dijo la bisabuela-. Aquí estoy. No soy humilde, así que me gusta verlos en torno de mi cama. Ahora la semana que viene hay que trabajar en el jardín y limpiar los roperos y comprar ropa para los niños. Y dado que la parte de mí que, por conveniencia, se llama bisabuela, no estará aquí para hacerlo, aquellas otras partes de mí llamadas tío Bert y Leo y Tom y Douglas, y todos los demás nombres, tendrán que hacerse cargo, cada uno de su parte.
-Sí, abuela.
-No quiero fiesta de Noche de Brujas mañana. No quiero que nadie diga nada dulce de mí; lo dije todo en mi momento, orgullosa. He probado todas las comidas y bailado todas las danzas, hay una última tarta que no he probado, una última melodía que nunca silbé. Pero no tengo miedo. Sólo curiosidad. La muerte no me hará tragar ni una miga que no vaya a saborear plenamente. Así que no se preocupen por mí. Ahora váyanse todos y déjenme encontrarme con mi sueño…
En alguna parte se cerró suavemente la puerta.
-Así está mejor-. Sola, se acomodó gratificada bajo las mantas como si fueran un cálido médano de nieve, lino y lana, sábana y frazada, y los colores de la colcha de retazos eran brillantes como los banderines de los circos de antaño. Acostada allí se sentía tan pequeña y secreta como en esas mañanas de hacía ochenta y tantos años cuando, al despertar, retozaba sus huesos tiernos en la cama.
Hace mucho tiempo, pensó, soñé un sueño y lo estaba disfrutando cuando alguien me despertó y ése fue el día que nací. ¿Y ahora? Ahora veamos… Lanzó su mente hacia atrás. ¿Dónde estaba? Noventa años… ¿Cómo retomar el hilo y el patrón de aquel viejo sueño perdido? Extendió una mano pequeña. Allí… Sí, eso era. Sonrió.  Hundida más en su pequeña colina de nieve cálida giró la cabeza sobre la almohada. Así estaba mejor. Ahora, sí, ahora iba tomando forma en su mente silenciosa, y la serenidad de un mar moviéndose por una costa interminable, refrescándose a sí misma. Ahora dejó que el viejo sueño la tocara y la alzara de la nieve y la llevara a la deriva por la cama que apenas recordaba.
Abajo, pensó, están lustrando la platería, y removiendo en el sótano y quitando el polvo de los corredores. Podía oírlos viviendo por toda la casa.
-Está bien- susurró la bisabuela, al flotar con el sueño-. Como todo lo demás en esta vida, es como debe ser.
Y el mar se alejó  por la orilla.


RAY BRADBURY, “LIBRO PARA INSPIRAR A CURAS, RABINOS Y PASTORES DESANIMADOS”




Arte: ErinEitter Kono


RAY BRADBURY

RAY BRADBURY

Waukegan, Illinois, 22 de agosto de 1920 - Los Ángeles, 6 de junio de 2012



Se aman los ocasos porque se desvanecen.
Se aman las flores porque son efímeras.
Se aman los perros del campo y los gatos de la cocina porque pronto
deberán partir.
Éstas no son las únicas razones, pero en el corazón de las bienvenidas
matinales y de las risas vespertinas, está la promesa del adiós. En el
hocico encanecido de un perro viejo, vemos el adiós. En el rostro
cansado de un viejo amigo, leemos largos viajes más que regresos.
Ray Bradbury

martes, 5 de junio de 2012

PRÓLOGO DE "HERMANO"



HERMANO


PRÓLOGO


Este libro no es un libro más  para Raquel, si bien cada libro se gesta desde la profundidad de nuestro ser para que el poema crezca libre y diga lo que tiene que decir; este libro nace de la hondura misma del dolor.
El dolor se desangra en el poema, el dolor se come a las palabras.  Las palabras, sin embargo, se despuntan dejándose traspasar por el dolor mismo y así se dicen.  Por un lado, la excelencia de la construcción poética, el sonido, la armonía en cada poema, las imágenes que se transparentan en la crudeza del lenguaje.  El lector puede moverse en situaciones de la vida cotidiana dentro del poema, sin caerse en ningún lugar común, aunque estas situaciones sean simples como la que se plasma en el poema “Mamá llora”: “Porque esta vez me tocó a mí juntar los juguetes.” El poema nunca decae, las palabras están puestas en el lugar donde tienen que estar, esto es simplemente una alusión a la forma, definiendo de esta manera que la autora lleva bien puesto el nombre de Poeta.  Lo que configura la imagen que tomé como ejemplo, conlleva una carga poética donde se condensa el poema mismo, al igual que “el agujero en el mantel”: ese agujero atraviesa todo el poema, sin ese agujero el mantel sería otra cosa. 

Hay un hilo conductor en este poemario. Sería muy sencillo decir “la muerte”, pero ese hilo va más allá de la muerte misma, es lo que trae esa muerte, lo que dice,  lo que calla, lo que suda y se convierte en polvo; el estado del duelo. Vuelvo a insistir, el lector puede caminar por cada poema como si fuera suyo, puede deslizarse por cada palabra sabiendo de lo que se está hablando.  Este libro llega a nosotros como un reflejo de lo que somos cuando el dolor nos atraviesa y deja seca cada parte de nuestro cuerpo; cuando la desolación es la única mirada que tenemos: es donde nuestro ser toca el límite de lo que somos, llega al límite mismo de nuestra impotencia.  Desde ese límite, desde ese fondo, Raquel supo delinear cada verso, Raquel pudo decirse con voz propia.  Y esa voz descubre a Raquel, la pronuncia, la hace una con ella.  La autora se conforma en esa Voz Poética que ya es su Voz. 

Volviendo a la temática, ¿quién no ha perdido a un ser amado? ¿Quién no ha pasado por un duelo?  El poemario se abre tocando la profundidad de la naturaleza del hombre, mostrando su finitud, queriendo calmar una sed que desde la limitación humana no puede ser saciada.  Cada poema nos pone cara a cara con lo que somos, nos lleva a reconocernos en cada herida, en el dolor, en la nostalgia, en la misma ira de no saber como sortear la imposibilidad, el desamparo; nos lleva a “deshojar el vacío”.  Hay que pasar esos “días con la frustración hecha tierra”.

Cada poema es un grito, un silencio que se parte: “Partir el pan y el cuchillo”. Cada palabra intenta un nuevo comienzo pero “la tierra en la garganta finalizando historias” nos deja a mitad de camino, todavía.  Este lugar donde el poema camina, donde trata de cerrarse: “elevo mi nada a lo que no escucha” es tocar en cuerpo y alma el límite de lo que somos, nuestra propia naturaleza, hasta donde llegamos y no podemos más.
“Dolió  aprender a no  palpar la rosa”: en ese dolor podemos decir que “el poema está terminado”.
 
Al acercarnos a la poesía cruda y desnuda de Raquel en este “Hermano”, se presiente, se vislumbra, un abrir de puertas donde la autora no deja de ejercer este oficio de Poeta al que fue llamada desde el  otro lado de la tierra, donde nace la esperanza.


Claudia Vázquez, poeta y cofundadora del Centro Cultural Alejandra Pizarnik



lunes, 4 de junio de 2012

PRESENTACIÓN "HERMANO"


COMENTARIOS DE CONTRATAPA DE "HERMANO"



HERMANO


COMENTARIOS DE CONTRATAPA  
 
 
"Yo también soy feroz cuando me duele", dice Raquel  Fernández en este libro, donde pone palabras a lo inexorable.  Deja al descubierto que detrás de cada cicatriz hay un abismo, la evidencia de la brutalidad de la ausencia. El vacío puede ser un espejo donde leer nuestra propia finitud, desesperada por aferrarse a los recuerdos, a las voces, a la infancia.
 "El que quiera matarme que me quite la palabra", dice la poeta desafiando a la muerte, dejando en claro que hay amores que quedan con nosotros a pesar de todo, como un tatuaje.


Liliana Majic, Licenciada en Comunicación Social, poeta, docente y periodista.




Este libro nos permite adentrarnos en el camino que ha de recorrer la autora en el difícil acto de las despedidas.
La poesía como herramienta  sanadora y salvadora.
Una eterna y rota primavera. El ritual, tejer las palabras.
Para ello Raquel Fernández nos invita a su mundo y a su rico lenguaje.
El dolor que florece en cada verso nos permite acompañarla en este peregrinaje de ausencias y, al mismo tiempo, emocionarnos. Pero no podemos ser simples espectadores. Recorremos a su lado el mismo camino, seguimos sus pasos  para sanar nuestras heridas y cerrar con sus palabras  nuestras  propias puertas.
Mujer, hija, madre y  hermana, Raquel Fernández nos revela en cada poema su alma sensible y amorosa,  su entrega y fortaleza.
Amiga, pero sobre todas las cosas una gran Poeta.


Valeria Ratti Goñi, artista plástica y poeta



domingo, 3 de junio de 2012

FUGA DE LUZ


 

FUGA DE LUZ



Ella se fuga.

En su éxodo blanqueado por el alba

va cerrando puertas,

restringiendo voces,

deshojando un elenco de nostalgias

que empiezan a ser ajenas.



Ella da el salto desde sí al otoño.

Se lava la memoria.

Entonces el viento es un golpe

que tritura relojes.

Entonces la mañana es un espejo

donde exagerar la ausencia.



Ella se fuga.

Ocurre en otro tiempo,

en otro espacio.

En el girar de otras constelaciones.

Ocurre en el borde filoso de una boca

que no sabe nombrarlo.



Él le toma la mano y la contempla.

Niña senil.

Menudo pájaro extraviado

escalando la noche.

Pequeña flor de clausura

tejiendo la neblina.



Ella se fuga.

Se eclipsa.

Se ausenta.

Él le toma la mano todavía.

El cielo, en algún lugar.

La vida, dónde.




 

Arte: Christopher Silas Neal

Del poemario "La antigua enfermedad del otoño", Ediciones de la Iguana, 2011