lunes, 12 de octubre de 2026

GRACIELA


 GRACIELA

 
Las italianas del barrio me llamaban Graciela , Gracielita.

Ese nombre era

un cofre con llave de añoranza.

En ese nombre había

sandías, aceitunas, vino,

frascos de mermelada de tomate,

flores de zapallo.

La zozobra de un barco

que nunca fue regreso.


 
Las vecinas italianas repetían   Graciela, Gracielita,

y se comían sus propios corazones

adobados con orégano y tomillo,

y sus pechos abiertos zumbaban

como abejas ungidas de verano.

Y yo era la campesina de pies ligeros

la novia del muchacho de pueblo,

la amante del gondolieri de ojos líquidos,

la nieta del pescador.


 
Las italianas del barrio ya no están

pero de vez en cuando alguien me llama Graciela.

Entonces recuerdo las caderas rotundas,

las lenguas atolondradas,

las bolsas del mercado.

Y mi nombre es un rayo de luna,

un látigo de luz,

que sus fantasmas trepan

hasta alcanzar el cielo,

hasta tocarlo.


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