miércoles, 3 de junio de 2020

EL MONSTRUO


EL MONSTRUO 

A veces pienso que ese tipo todavía anda por ahí.
A veces pienso que ese tipo anduvo por ahí
durante todo este tiempo,
celebrando las Navidades y los cumpleaños de sus hijos,
comprándoles regalos,
llevándolos a Mc Donalds o al cine
a ver la última película de Disney.
Besando a su mujer
(o quizás golpeándola,
ese tipo no tenía saliva verde
ni espolones pero era un monstruo,
el monstruo que aparece en todas mis pesadillas,
uno, dos, ya viene por ti). 

A veces me pregunto si fui la única,
si en esta película de terror hubo
una heroína que al fin lo detuviera,
una chica con anteojos que descubriera su talón de Aquiles
en algún libro olvidado,
un ritual shokopiwah que lo borrara del mapa,
una denuncia que alguien tomara en serio.
Yo estuve por acá todo este tiempo,
con mi minifalda roja
y mi remera con una estampa del pato Donald,
con mis zapatitos sin taco,
siempre de diecisiete años,
tratando de reiniciar mi cuerpo cada día
sin que la pantalla de la memoria se tilde
en la llaga azul del error,
del horror. 

Yo estoy por acá, todavía,
preguntándome que habrá sido de la vida de ese tipo,
si todavía sigue por ahí
(adentro del placard,
debajo de la cama,
en una alcantarilla),
y deseo que esté muerto,
bien muerto para que el grito
se convierta en un acto de fe,
en una gaviota ciega que sabe de memoria el verano
y se aferra al cielo que un monstruo sin saliva verde
ni espolones
no pudo tapar con su basura.


domingo, 31 de mayo de 2020

LOS RUSOS


LOS RUSOS

Mamá tendía la ropa y su voz giraba como un trompo
entre las sábanas y los repasadores:
“No cantes, hermano, no cantes,
que Moscú está cubierto de nieve…”
Yo la escuchaba absorta
y me parecía oír aullar a los lobos,
y pensaba que Olga
debía ser la mujer más hermosa del mundo.
Me encantaba esa canción.
La vecina rusa, entonces,
se asomaba a la medianera y le pedía
que cantara algo que no fuera tan triste.
Mamá cambiaba el repertorio
pero yo seguía pensando en los lobos
y en Siberia,
y me preguntaba por qué los rusos
habían venido desde tan lejos.
De Moscú a Wilde.
De Moscú a una casita en la calle Víctor Hugo,
una casita con un pequeño jardín,
dos o tres rosales,
y una vecinita que no sabía cómo era la nieve
pero la soñaba.

La noche que papá murió
los rusos estaban de fiesta.
Pero dejaron las copas de lado
y nos recibieron a mi hermano y a mí
con un abrazo que desmentía
cualquier caravana de frío.
Nos cuidaron.
Nos consolaron.

Yo tenía 8 años e ignoraba
el significado de la palabra desarraigo.
Ahora que lo sé
pienso cada vez más seguido en los vecinos rusos,
a los que, después de dos o tres mudanzas,
jamás volví a ver.
Y pienso que desarraigo es, también,
haberme olvidado de las caras de quienes me sostuvieron
en la noche más triste de mi vida.



jueves, 28 de mayo de 2020

LA OTRA ABUELA II



 LA OTRA ABUELA II

Envejezco
y me miro al espejo
buscando el rostro de mi madre.
Un gesto, una arruga,
una puntada de cansancio debajo de los ojos,
algo que acerque mis rasgos a sus rasgos.
Pero no.
No me parezco a mi madre.
Me parezco a mi abuela.

Mi abuela y yo no nos quisimos demasiado.
Nunca me perdonó no ser la primogénita,
ni el tan ansiado varoncito.
Nunca me perdonó que haya tenido un hijo
por fuera del cotillón de la iglesia y los juzgados.
Nunca le perdoné esos minúsculos desplantes
que pasarían desapercibidos
para un ojo menos feroz que el de la infancia.
El constante recordatorio de que yo no era
ni la más linda, ni la más alta, ni la más aplicada.
El suponer que, por ser chiquita,
no necesitaba ropa nueva para una fiesta
(no era chiquita, abuela, tenía doce años
y también quería un pantalón de raso,
una estrellita brillante en la mejilla,
mirar a los chicos entre risitas mientras sonaban
We are family” o “Boogie Wonderland”).
Nunca le perdoné que no me dejara tocar jamás
los juguetes de mi padre
(el mecano, las figuritas,
como si él continuara un poco vivo en los objetos
y no en mi risa y en la de mis hermanos).
Nunca le perdoné que no le regalara a mi hijo
ni siquiera un par de escarpines.

Pero me parezco a mi abuela
y pienso mucho en ella.
Y pienso que,
aunque no me perdonó nunca,
 debería perdonarla.
Debería, debería.
Debería.

Y en eso estoy, hace años:
buscando un recuerdo que nos redima.
Buscando un punto de apoyo
(un punto de luz)
para mover mi perdón
desde el deber hasta el deseo.


Arte: "Old woman", John Lautermilch

domingo, 24 de mayo de 2020

BUDINES



BUDINES

Ya va a haber tiempo para hacer dieta, digo,
mientras bato huevos
y agrego 200 grs de manteca,
una taza de azúcar,
dos tazas de harina,
una cucharadita de esencia de vainilla.
Ya va a haber tiempo para juntarse con los amigos,
para mirar vidrieras,
para escribir poemas que no hablen del encierro
(“Todos hablando de la pandemia;
odio el oportunismo poético”, dice la superada 1
mientras fuma cigarrillos de pasto.
“Es que no pueden conectar con su interior”,
reflexiona la superada 2,
que, gracias a Dios, no fuma.
Yo,
que enmantequé y enhariné mi interior quinientas veces,
y tengo los huevos batidos,
me contengo para no mandarlas al carajo.
Ya va a haber tiempo para pelear, digo,
aunque yo no peleo,
mucho ruido y pocas nueces.
Nueces, budín de nuez.
Todavía no hice.

Ya va a haber tiempo para hacer dieta, digo,
mientras enmanteco y enharino las paredes,
los azulejos del baño,
los vidrios de las ventanas.
Las superadas siguen hablando del interior
y yo me muero por un Marlboro
y una escena en exteriores.
Quizás este sea el tiempo para abandonar el tabaco, digo,
o para empezar a fumar té en hebras,
o para dejar de fumarme estúpidos
(“Si no salís de esta cuarentena con un libro leído,
una habilidad nueva,
un negocio nuevo o más conocimiento que antes,
nunca te faltó tiempo, sólo disciplina”,
predica la superada 3,
orgullosa de su sabia máxima de sobrecito de azúcar.
Decenas de iluminados retrucan
“Amén, amén, amén”.)

Estoy sobreviviendo, chicos,
estoy enmantecando y enharinando las ganas de gritar.
Estoy haciendo budines,
¿les parece poco? 

viernes, 22 de mayo de 2020

UNA MUJER SIN PROBLEMAS


UNA MUJER SIN PROBLEMAS

No soy una mujer alegre.
Ni siquiera soy una mujer divertida.
Sonrío mucho,
con la delirante pretensión de agradar siempre,
pero rara vez me río a carcajadas.
Son pocas las cosas que me hacen verdadera gracia.
No sé bailar.
No sé contar chistes.
Me siento incómoda en las fiestas
y me pone ansiosa estar rodeada de mucha gente.
Los transportes públicos me angustian.
No puedo mirarme al espejo sin sentirme vieja,
gorda o ridícula.
Tengo la sensación constante de que soy un fraude
y de que, en cualquier momento,
los demás van a descubrirlo.
Convivo con una imaginaria
(y agotadora)
inminencia del desastre.
No sé criar hijos ni mascotas:
ni las amenazas ni los ruegos consiguen
que los unos no dejen la ropa tirada por toda la casa
y las otras no orinen en la cocina.
Tengo trastorno bipolar,
erupción polimorfa lumínica,
insomnio
y dolor de estómago crónico.
Me aburren casi todas las series de Netflix.
Sin embargo,
funciono perfectamente como paño de lágrimas:
 todo el que me conoce
me elige para contarme sus cuitas.
Porque soy discreta
y sonrío tanto
que el mundo da por sentado
que soy una mujer sin problemas.