domingo, 2 de enero de 2022

ISLANDIA



  ISLANDIA
 
Yo también pienso, a veces, en Islandia.
Pero no pienso en  Odín y sus dos cuervos,
ni en Iðunn y sus manzanas,
ni en los Vanir y la dulce Freyja.
Pienso en sus primorosas casas de colores,
esas, que en las fotos de la web,
parecen cajitas de remedios pintadas con témpera
luciéndose en una maqueta infantil.
Pienso en  alguna canción de Björk.
Nada demasiado pretencioso.
Los dioses y los gnomos
suelen serme esquivos
cuando miro y me miro
la duda, la incertidumbre, el desorden.
Cuando el sábado a la noche dan “Gigante” en la tele
y nos juntamos con las amigas de siempre
a llorar por James Dean
y a contar historias de novios que nos abandonaron
y tenían los labios así,
curvilíneos, carnosos,
como hechos para el beso.
 
No me sobra el tiempo para pensar en Islandia,
pero a veces pienso, sí.
Nada demasiado sublime.
No soy una criatura elegida.
Las palomas que manchan
las veredas del barrio
poco tienen que ver con Hugin Munin.
No son animales ilustres.
No viajan por el mundo recabando noticias
para congraciarse con su amo.
Apenas comen pedacitos de pan duro
de la mano de la vieja de la otra cuadra
(la loca, la que me mueve a risa,
aunque a veces sospecho que ningún dios,
ni siquiera uno nórdico,
es más sabio que ella,
y que las palomas,
que parecen regodearse en su ignorancia,
son menos tontas de lo que imagino).
 
Yo también pienso, a veces, en Islandia.
Pocas, eso sí.
El sur tiene sus urgencias y sus encantos
y descreo de los que juran
que en esa tierra de magia y nieve,
todo el mundo es feliz.
Yo no podría ser feliz
en un lugar sin duda, ni incertidumbre, ni desorden,
ni mujeres llorando porque una pequeña deidad rubia
fuera de libreto
estrelló su boca perfecta en ese maldito Porsche
hace más de cincuenta años.
Aunque haya un dios 
repatingándose en su trono
en cada esquina
Björk cante como un ángel.

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