domingo, 26 de diciembre de 2021

POEMA DE AMOR PARA CUALQUIER VERANO QUE NO SEA ÉSTE


POEMA DE AMOR PARA CUALQUIER VERANO QUE NO SEA ÉSTE


Supongamos que estoy enamorada.
Supongamos que ni siquiera la edad me salvó del ridículo.

Supongamos que apago el televisor,
que le digo a mi hijo que me voy,
que no sé si vuelvo.
Que voy a buscarte
con un vestido nuevo,
con el pelo suelto,
con un gesto de bosque/gacela/rocío
y soy un poco verde,
un poco animal enfermo de ternura,
un poco humedad entre tus dedos.
Supongamos que mi saliva migra hasta tu boca.
Que mi piel es una flor intermedia
entre enero y tu casa.


Supongamos que no me cansé
de tu hábito constante de advertirme
que no me acerque demasiado,
que le pongo las dos mejillas a tu cuerpo,
que te camino
como quien camina sobre clavos,
sobre espinas,
sobre apretados nudos de fuego.
Loca de fe,
loca de vos.
Loca.


Supongamos que me desnudo como si fuera joven,
como si fuera rubia,
como si tuviera piernas eternas
y me estrello contra tu vientre,
te salto a la espalda,
te fuerzo, te invado,
te obligo a cazar las mariposas azules
que me desmadran el sexo
porque éstas son mis últimas mariposas,
y éste es mi último verano,
y después se viene un invierno eterno
como el de una novela de C. S. Lewis.

Supongamos que estoy enamorada.
Muy enamorada.

Supongamos que estamos en el verano pasado.
O en el verano que viene.


El que prefieras.




Arte: "Girl summer", Olga Goncharova

jueves, 23 de diciembre de 2021

UN VESTIDO


 
UN VESTIDO

 

Ayer soñé que mi madre

se compraba un vestido.

Un vestido con margaritas como ese

que ceñía su cuerpo joven,

sus redondeces, tanto brote nuevo.

Y giraba

un poco  sol, un poco verano,

y las margaritas se encendían

como lucecitas de Navidad

y ella nacía

en un pesebre de algodón y flores.

 

Hace mucho tiempo que mi madre

no se compra un vestido.

Hay pequeñas cosas

que se dan por sentadas.

Nunca pensamos que esa vez

es la última vez.

La vida decide. El dolor decide.

La debacle de las piernas,

la boca que se derrumba.

El corazón tachado,

una palabra

que no podemos decir,

un bocado de silencio para tragarse

el sístole y diástole del cansancio.

 

Ayer soñé que mi madre

se compraba un vestido.

No la abracé. 

Le dije Te queda bien”.

No pensé que era la última vez.

Nunca es la última vez

cuando cierro los ojos

y mi madre gira,

una calesita de pétalos blancos

y piernas interminables.

“Te queda bien”, le dije.

Y ella sonrió

como no sonríe nunca.

 

martes, 21 de diciembre de 2021

EL MAR POR ÚLTIMA VEZ

 


EL MAR POR ÚLTIMA VEZ


En diciembre de 1975
vi el mar por última vez
con ojos de niña.
De la mano de papá y mamá, vi el mar.
Y el mar fue un grito azul
que me inundó la garganta.
Un grito de alegría
(y algo de miedo también,
en blanco y negro la chica desnuda y el tiburón,
en blanco y negro el juramento de que nunca, nunca, nunca,
iba a meterme al mar desnuda).

Después, papá soltándome la mano.
El mar escapándose,
escurriéndose entre las grietas del recuerdo,
¿cómo era ese azul,
cómo era ese grito,
cómo era dormirse sin saber que el miedo
no eran la chica desnuda y el tiburón,
porque la muerte estaba en mi casa
y lo había mordido a él, que tenía los pies secos?

Después, las tarjetas postales de las amigas
a mediados de enero:
puestas de sol y gaviotas,
sombrillas de colores.
Alfajores Havanna que traían los tíos
y alguna chuchería comprada en la feria de artesanos
o en los negocios del puerto
(cositas horribles que cambiaban de color según el tiempo
y no quedaban bien en ninguna repisa).
Y yo tratando de hacer pie en ese azul
cada vez más lejano,
en ese grito de la mano de papá y mamá,
tratando de hacer pie para no ahogarme
en una casa seca donde la chica desnuda y el tiburón
se dormían abrazados
a mis temblores de huérfana
y el verano,
con su olor insistente a sol y a flores aturdidas,
se parecía tanto, tanto a la muerte.

viernes, 17 de diciembre de 2021

PARA SIEMPRE

 


PARA SIEMPRE


Cuando me enteré de que mi primo había muerto
no lloré.
Hacía años que no nos veíamos
y no guardaba de él demasiados recuerdos felices.
Me lamenté, claro,
(siempre me lamento cuando alguien muere,
sobre todo si es joven)
pero no hubo una sola fractura
en las compuertas de mi mirada,
ningún gesto de humedad,
ni el más ligero titubeo.

La familia, dicen.
La sangre.
La familia no es más que una enorme casualidad,
monstruosa o dulce
(mi madre se enamoró del hermano de tu madre
y nada más;
fuiste una eventualidad en mi vida,
alguien que yo no elegí ni me eligió,
ni antes,
cuando se eligieron otros,
ni después,
cuando pudimos elegirnos).
La sangre no obliga ni inclina,
no es la Estrella Guía,
no define tu historia.
La sangre no enlaza
(¿cómo podría enlazar la sangre
a dos que se desconocen?;
Lazos de sangre” es una vieja novela de Sidney Sheldon,
y nada más,
nada más,
nada más).

Cuando me enteré de que mi primo había muerto
no lloré.
No quise. No pude. No supe.

Lloré, sí, una semana después.
Lloré mucho.
Lloré cuando comprendí
que otra pieza del rompecabezas de mi infancia
(ese rompecabezas que insisto en armar
a contrapelo de relojes y almanaques)
se había extraviado.
Sin sentido. Sin vuelta atrás. Sin remedio.
Sin que el mundo deje de girar por un segundo.
Para siempre.


Arte: AyyaSAP

lunes, 13 de diciembre de 2021

BANDERA BLANCA


 BANDERA BLANCA



Siempre pensé que el sexo
era lo opuesto a la muerte.
Por eso tuve mucho sexo en mi vida.
No por amor.
No por placer.
No por perpetuar la especie
(aunque me hubiera gustado hacerlo
antes de que la humanidad
diera un paso irrevocable hacia el horror de la autoconciencia,
cuando morir era apenas quedarse inmóvil un instante
en el olfato ajeno
y volver a la tierra sin ceremonias inútiles).

En mi vida el sexo un ofició como un talismán.
Una piedra preciosa de efecto apotropaico.
Un hechizo para mantener el final a raya.
Las piernas de mis amantes fueron
el marco de la puerta de una vieja casa de adobe y sudor
donde me resguardé del terremoto de la muerte.
Quizás por eso son sus piernas
lo único que me quedó de ellos.

Podría decir que el sexo
me regaló una victoria a medias:
ya soy demasiado vieja para morir joven.
Pero también soy demasiado vieja
para tener sexo todos los días
Supongo que llegó el momento de darme por vencida.
El momento de escribir un testamento idiota
y decidir (con nostalgia, con malicia, con arrepentimiento)
a quién le dejo las piernas que no pude amar ni desear.
A quién le dejo el miedo.