domingo, 13 de enero de 2019

EL LAGO TORMENTOSO



EL LAGO TORMENTOSO

Constance Frances Marie Ockelman pasó de niña problemática de Brooklyn
a vampiresa del cine negro
casi sin escalas.
Poco importaron la baja estatura, los modales bruscos
y los antecedentes de inestabilidad mental:
sus dramáticos ojos celestes,
profundos como un lago,
le valieron una carrera cinematográfica con la que nunca había soñado
y un nuevo nombre: Verónica Lake.

Veronica,
la mujercita sexy del peinado peek-a-boo,
fue aborrecida por sus colegas y amada por el público.
Los soldados decoraban las trincheras
con el rostro perfecto de la cíclope de melena ondulada
y soñaban con el sexo más allá de la muerte cotidiana.
Las mujeres la imitaban.
Pero la estrella era infeliz:
concebía a la Meca del Cine como una ciudad de ratas.
Se sentía explotada:
una sex zombie obligada a contonearse
para que los hombres masturbaran sus sueños
y los Estudios convirtieran los jadeos en dólares.
El alcohol fue la única puerta que encontró
para escapar de su cuerpo.

La caída de la pequeña rubia llegó con un corte de pelo.
Las tijeras cambiaron su suerte para siempre:
después de varios fracasos en la pantalla
terminó siendo camarera
en el “Martha Washington Hotel” de Manhattan.
Siguió bebiendo sin parar
paranoica y furiosa,
jurando que el FBI había sembrado cerraduras espías
en el techo de su casa
y que los soldados que en el pasado aplaudían
su metro y medio de fuego
querían envenenarla.
Una breve internación en un hospital psiquiátrico
y un par de arrestos por escandalizar la vía pública
fueron la antesala de una muerte solitaria y anunciada:
a los 50 años 
Veronica Lake tenía el hígado destrozado por el whisky
y los ojos secos.
Ningún lago había soportado tantas tormentas
reales e imaginarias.







Arte: "Veronica Lake, Hollywood Legend", John Springfield 


viernes, 11 de enero de 2019

EL AUTO DE JAMES DEAN



EL AUTO DE JAMES DEAN


No se puede confiar en un animal así.

Un animal arisco

que vomita hierros rojos

en los bordes de la tarde.

Un animal así no va a detenerse:

huele viento y redobla

su apuesta de campanas  infecciosas,

huele asfalto

y te rompe el cuello

crac

como a una ramita seca.



No se puede confiar en un animal así.

Un animal daltónico

que confunde huesos con panes

y te mastica y remastica,

 chicle rosado y barato,

y te escupe

cuando se te gasta la primavera en las venas.



Dios se lava las manos con un jaboncito de hotel,

aprieta los botones de un joystick,

hace cualquier cosa estúpida mientras el animal corre,

rebuzna sangre,

te lo dije,

no se puede confiar en un animal así,



En algún lugar una mujer

carga en sus bolsillos

un puñado de aspirinas rancias.

Sus zapatillas blancas son gatos 

que ronronean satisfechos.

Junta orina con una cucharita

y ni siquiera mira tu hermosa cara

porque sabe

que todos los cadáveres son iguales.

Quizás esta noche vaya el cine

y la película ablande

su duro caparazón de jeringas.

Y llore un poco,

un poco, nada más,

como para saber que está viva.



No se puede confiar en un animal así.

Un animal así va a morderte.

Siempre.



Estoy hablando de la muerte,

por supuesto.





Arte: "Little BastardJames Dean - Young Rebel",  Nicholas Watts

miércoles, 9 de enero de 2019

EN ESTA CASA


EN ESTA CASA

Ayer volví sobre mis pasos
y llegué
a la casa donde una vez fui niña.
En esta casa murió mi padre,
pensé
mientras desmalezaba el viejo jardín con los ojos.
En esta casa velaron a mi padre.
En este caminito gris que serpentea
entre la ausencia de los rosales de mamá
desfiló mi orfandad por primera vez.
Todos me tocaban la cabeza
y decían pobrecita, pobrecita.
Desde ese día odio que me compadezcan
y cuando me preguntan cómo estoy
digo bien, bien, bien.
Y sonrío.
Miento.
Le miento, incluso, a los psicólogos y a los psiquiatras.
Y los descarto cuando me creen
como si fueran
pañuelitos de papel hechos barquitos de llanto
(hasta que llega el verano y el sol entra en pánico,
y todo parece quemarse y dolerse,
y busco la cartilla de OSDE,
a ver quién me atiende ahora,
a ver a quién puedo mentirle
para sentirme mejor).

En esta casa murió mi padre,
pensé.
En esta casa murió mi infancia.


Arte:  Joe Crookston  

lunes, 7 de enero de 2019

LAS ARRUGAS DE BRIGITTE BARDOT


LAS ARRUGAS DE BRIGITTE BARDOT

Brigitte no está muerta.
No es una estrella muerta.
No encaja en la sed de nadie.
No encaja
en el álbum de figuritas de la nostalgia.
Se autoexcluyó del club del deseo
por esa estúpida manía de cumplir años.
Es la abuelita de James Dean,
de Marilyn Monroe,
de Jean Harlow,
de Rodolfo Valentino.
Tiene el pelo blanco,
las piel manchada,
las tetas mustias.
Y esas arrugas.

Todos los que la soñaron desnuda
la maldicen
por no haberse muerto hace 50 años.
Ella se encoge de hombros
y declara
que ningún hombre es mejor que un gato.
Les saca la lengua
a la revista Vogue
y a los masturbadores solitarios.

A veces puede ser una señora muy desagradable,
como la vecina que te pincha la pelota
si cae en su jardín
o le dice a tu mamá que sos una maleducada
porque revoleaste los ojos y la bolsa
cuando se te metió adelante de prepo
en la cola de la panadería.
A veces puede ser una señora muy jodida, sí.
Brigitte es la abuelita del lobo,
la bruja mala de los cuentos,
la que cuece en su caldero
abortos y calabazas.
No quiere hijos ni carrozas.
Lo dijo una y mil veces: prefiere a los perros.

Todos los que la soñaron desnuda
la sueñan muerta a los 27,
socia vitalicia del club del deseo,
rubia, con la boca redonda,
las tetas flamantes,
tersa, suave, un jazmín blindado.
Jamás una arruga.
Ni en broma una muela cariada.
Ella les saca la lengua.

La Bardot se hizo vieja.
Siempre fue una desvergonzada.


Fotografía: Brigitte Bardot, Eric Feferberg

sábado, 5 de enero de 2019

ANTONIO Y CLEOPATRA


ANTONIO Y CLEOPATRA

Él llegó al set de “Cleopatra” tan borracho
que apenas podía mantenerse en pie.
Pidió un café cargado
pero fue incapaz de beberlo:
la taza temblaba en sus manos como una liebre rota.
Ella tomó el pocillo y se lo acercó a los labios.
Mientras Richard sorbía el negro alivio
Elizabeth no dejó de mirarlo a los ojos.
Cuando el café se acabó
ya estaban enamorados.

Él llegó a su vida como un Marco Antonio herido de muerte
y ella lo curó para volver a lacerarlo.
Cada vez que Elizabeth se quitaba la ropa
un puñal de ansiedad atravesaba
la autosuficiencia del duro galés.
Había que regar con alcohol tanto desconcierto.
¿Cómo vivir dependiendo de otra criatura,
de una criatura única, además,
un ciervo de ojos color violeta,
que se desnudaba así, tan fácil,
en medio de una partida de Scrabble
y con su cuerpo resignificaba todas las palabras?

Ella amaba en él su toque de jungla,
y los insultos sonaban como tambores
cuando las tazas de café post borrachera
eran moscas con resaca que revoloteaban 
sobre las sábanas matrimoniales.
Basta para mí dijeron ambos,
después de diez años de besos, Scrabble, injurias y whisky.
Pero volvieron a intentarlo tiempo después,
en la selva,
aullando,
aunque sin dejar de lado firmas y legalidades:
a pesar del vagabundeo erótico del que la acusaba el Vaticano
a Elisabeth le gustaba casarse.
Siete semanas, siete diamantes,
y el matrimonio estalló por los aires.

Richard Burton murió el 5 de agosto de 1984,
sintiéndose en falta porque los dioses le habían obsequiado el fuego
y él había hecho correr mucho alcohol por su garganta para apagarlo.
Una semana antes le había escrito una carta a Elizabeth
buscando la reconciliación
y jurándole que quería volver a casa.
Ella guardó ese último mensaje durante años
en el cajón de su mesa de luz.
Lo guardó hasta el último día de su vida.

Quién sabe cuántas veces lo releyó.
Quién sabe cuántas veces celebró y maldijo
que su cuerpo y sus ojos violeta
hubieran sido la casa
de aquel hombre que no podía sostener en sus manos
una taza de café
de tan borracho que estaba.


Arte: "Mr. & Mrs. Burton, Elizabeth Taylor & Richard Burton",  Al Hirschfeld 

miércoles, 2 de enero de 2019

LA MEXICANA QUE ESCUPÍA FUEGO



LA MEXICANA QUE ESCUPÍA FUEGO

Hija de un general de la revolución mexicana
ex alumna de un colegio de monjas,
bataclana,
Lupe llegó a Texas a los 17 años
escupiendo fuego.
Quería triunfar como bailarina
pero terminó incinerando Hollywood con su lengua de pólvora,
sus  fulminantes ojos negros,
sus piernas que tiraban a matar
como fusiles en celo.

Lupe Vélez,
la cara brava de Dolores del Río,
saltó de la pantalla a las columnas de chismes
levantándose la pollera.
Se enamoró de Gary Cooper
y cuando el galán enfermo de Edipo
cedió a las exigencias de su madre
y la abandonó
lo despidió con un par de tiros al aire.
Se enamoró de Johnny Weissmüller
y el pobre Tarzán tuvo que maquillar mordidas y arañazos
para descolgarse de liana en liana
sin alarmar a los fanáticos.

A los 36 años,
Lupe descubrió que estaba embarazada.
Sabría la diva de quién. O no.
Lo cierto es que no hubo nadie dispuesto a desposarla.
Tampoco ella  estuvo dispuesta a abortar.
Ni siquiera a ser madre soltera.
Después de todo,
la mexicana que escupía fuego seguía siendo
una devota de la Virgen de Guadalupe.

El 13 de diciembre de 1944
la Vélez decoró su mansión de Beverly Hills con velas y flores
y organizó su última cena.
(Tomad y comed, este es mi cuerpo.
Tomad y bebed, esta es mi sangre.)
Después
se perfumó hasta los huesos,
tristes dardos verticales con hambre de reposo,
se atiborró de pastillas y brandy
y soñó la muerte de una reina azteca.

(Pero en realidad murió como un dragoncito de puertas cerradas:
había escupido tanto fuego
que ni siquiera quedó una chispa minúscula
para iluminar las frías manos de la noche
mientras empolvaban 
su cara de catrina perfecta).


Arte: "Lupe Velez #2", Lisa Hamner