jueves, 20 de septiembre de 2012

TODOS LOS HOMBRES QUE ME AMARON


TODOS LOS HOMBRES QUE ME AMARON
 
 
 
Todos los hombres que me amaron
 
tenían miradas infinitamente claras
 
y exactas como espejos,
 
y en esas miradas yo me advertía siempre
 
como la niñita de tiza rosada
 
delineada en un viejo muro
 
tiritando
 
ante el perentorio holocausto de la lluvia.
 
 
 
Tenían todos ellos
 
dedos ágiles como golondrinas,
 
siempre era verano debajo de mi falda,
 
siempre era otoño en mi corazón aturdido
 
por tantas migraciones.
 
 
 
Yo quería ser una diosa obscena
 
con ojos eruditos encastrados
 
en mis pezones febriles
 
y un oráculo brutal entre las piernas
 
(ocho brazos para atraparte
 
ocho días a la semana)

y era siempre una muñequita de trapo
 
descuartizada por el olvido,
 
una muñequita llorona que pedía, pedía y pedía,
 
un poco más,
 
siempre un poco más,
 
hasta agotar todas las violencias
 
y todas las constelaciones.
 
 
 
Todos los hombres que me amaron
 
me regalaron zapatillas rojas de punta
 
ignorando
 
que soy una pésima bailarina
 
y me obligaron a danzar sin poder detenerme,
 
hasta que se cansaron de verme dar torpes volteretas
 
y me cortaron los pies
 
(por mi bien, claro, siempre por mi bien;
 
“nena, a ver si te quedás quieta de una buena vez
 
que nos estás volviendo locos”)
 
 
 
A todos ellos les cerré
 
la puerta de mi cuerpo en las narices
 
y hasta clavé algunos alfileres en sus fotografías,
 
porque también quise ser una bruja haitiana
 
con la piel negra como la brea
 
y los pechos enormes,

pero siempre fui la maestrita espantosamente dulce
 
que jamás aprendió a leer el Tarot. 



Todos los hombres que me amaron
 
me amaron más que a las otras mujeres
 
que se cruzaron en sus caminos
 
y suspiraron de alivio cuando dejaron de amarme
 
(y supongo que alguno de ellos
 
habrá querido estrangularme más de una vez:
 
muerto el perro se acabó la rabia,
 
muerta la perra se acabaron los ladridos).
 
 
 
Ninguno de ellos supo a ciencia cierta
 
si lo quise demasiado
 
o demasiado poco.
 
Ninguno de ellos sabe a ciencia cierta
 
cuántos de sus sueños, sus fobias y sus gestos
 
alimentaron esta manía de escribirme la vida
 
y se quedaron atrapados para siempre
 
en el blanco sopor de mis papeles
 
como mariposas detenidas en la espera
 
de algún octubre promisorio.





Del poemario "Todos los hombres que me amaron", Ediciones Literarte, 2012  



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