jueves, 8 de septiembre de 2016

CULITO FANTASMA

 

CULITO FANTASMA
A Daniel


Hace tanto tiempo que no voy a la playa.
Hace tanto tiempo que no junto caracolitos azules,
ni grito cuando me toca un agua viva,
ni le pido  un sandwich a mamá cuando llega el mediodía
(mami, dame un sanguchito de jamón y queso,
pero sin grasita,
con grasita no quiero,
mejor uno de salame).


Hace tanto tiempo que no dibujo flores y corazones
con un palito en la arena
y vos dibujás al lado mío,
porque siempre estabas al lado mío.
A los seis años yo dibujaba lindo,
pero vos a los tres
no hacías más que garabatos,
aunque con el tiempo dibujaste mejor que yo
(entre mis tesoros conservo
algunos de tus dibujos:
el retrato de Charly García,
la caricatura de los cuatro magos de Magical Mystery Tour).
En esa época

(en esa época de playa, de infancia,
de precarios castillitos de arena
y baldes de colores para juntar almejas)
yo sacaba conejos rosados de mi galera de palabras
y esos conejos brincaban a tu alrededor,
te hociqueaban,
te besaban las manos.
Algunas veces no eran tan mansos
y te mordían los talones
(porque no en todas mis historias se comían perdices,
en algunas el monstruo de la tormenta o el cuco malo
tenían papeles estelares).

Recuerdo tu pequeño cuerpecito,

la pelusa de durazno que cubría tu espalda dorada.
Cuando te bañabas
te mirabas en el espejo y te reías
al ver las marcas que te había dejado el sol
porque decías que tenías un culito fantasma.

Si hubiera sabido que ibas a morirte antes que yo,

antes que todos,
antes de la artrosis, la presbicia
y los días dando vueltas alrededor del recuerdo,
te hubiera agarrado de la mano
para no soltarte más.
Mis conejos rosados hubieran sido siempre criaturas dulces
como copos de algodón de azúcar.
Jamás te hubiera asustado.
Jamás te hubiera invocado al monstruo de la tormenta
para que te llevara a su palacio de truenos
porque te portabas mal.

Mi hermano está muerto.


Es lo primero que pienso cada noche
cuando apoyo la cabeza en la almohada.
Una realidad atroz que me parte la cabeza como un relámpago.
Cada noche, cada noche, cada noche.
Siempre.
¿Y sabés qué hago?
¿Sabés que hago para dormirme sin llorar?
Pienso en la playa.
Pienso en los sanguchitos,
en los caracoles,
en los conejos rosados.
Pienso en un nene dibujando garabatos en la arena.
Entonces no tengo un hermano muerto:
tengo un hermano chiquito.

Hermanito, hermanito, hermanito.


Culito fantasma.


Arte: Dejan Ristovski

Del poemario "Pretty in pink" (2016)

martes, 6 de septiembre de 2016

MI VESTIDO AMARILLO


MI VESTIDO AMARILLO

Hoy llamé por teléfono a mamá
para hacerle una de esas preguntas
que le llenan la memoria de pájaros
“Mami, ¿te acordás de mi vestido amarillo?"

Mi vestido amarillo
-mi adorado vestido amarillo-
era la página perfecta
para escribir un cuerpo que apenas despuntaba,
virgen en sus latidos,
virgen en su capricho de florecer y no,
a veces un golpe de sangre en los pies de tiza
de una rayuela inquieta,
a veces un huracán de mermelada
y pequeñas cosas vivas palpitando
en mis redondeces nuevas. 

Mi vestido amarillo
era un alud de cigarras:
llegaba con el verano
(con la hora de las puntillas,
las sandalias Skippy,
los carritos que vendían helado al costado de la siesta).
Yo giraba dentro de ese vestido
con la cabeza en el sol,
con la boca rezumando insectos luminosos,
interminable como las piernas de la chica más hermosa del mundo,
y mi sexo confundido parpadeaba
porque no sabía
si era mujer o era niña,
si era sangre o era mermelada.
si era capricho o promesa de pequeñas cosas vivas.

Mi vestido amarillo

-mi adorado vestido amarillo-
era, como todas mis prendas,
una prenda heredada.
Había sido de mamá y ella lo había descosido y recosido
para que fuera mío
(nunca tuve un vestido nuevo
pero no me importaba:
tenía un vestido de crêpe a los once años,
y soñaba con ser una estrella de Hollywood).
Si lo llevaba puesto cuando iba a la escuela
me sacaba el guardapolvo a la salida
para que todo el mundo lo viera.

Hoy llamé por teléfono a mamá,
hablamos del verano,
de los sueños,
de lo que fue y lo no que fue,
de lo cortísimo que es enero cuando pasás los cuarenta.
Hablamos del vestido.
Y me tembló la voz con un temblor de agua,
con un temblor de guirnaldas ajadas después de la alegría,
cuando le pregunté, con un dejo de reproche,
“¿Por qué lo regalaste?”



Del poemario "Pretty in pink" (2016)


sábado, 3 de septiembre de 2016

A MI ABUELA TAMPOCO LE GUSTABAN LAS TORMENTAS


A MI ABUELA TAMPOCO LE GUSTABAN LAS TORMENTAS



Ella tenía la dolorosa costumbre

de no sonreír nunca.

Instalada en su sillón

(un sillón parecido al que usan

los directores de películas de Hollywood)

nos observaba con sus ojos ciegos.

Ella estaba ahí y nosotros

caminábamos la siesta en puntas de pie,

adelgazábamos la voz hasta convertirla

en una mariposa de alas transparentes,

no abríamos la heladera sin pedir permiso,

no teníamos nunca la última palabra.



Ella tenía el corazón en España

y la cabeza quién sabe dónde.

Escondía galletitas Havanna de limón

en el cajón de los repasadores

y era vieja desde siempre,

desde que teníamos memoria

(una vez vi una foto de ella a los veinte,

tenía un largo collar de perlas y un vestido tipo charleston,

y una sonrisa que me perturbó;

parecía una bailarina,

una bailarina festiva,

y tuve miedo de que los años

también me arrancaran la alegría).



Ella me decía mocosa de mierda, algunas veces,

pero era a la única a la que le convidaba

sus galletitas de limón

y a la que le contaba historias de barcos

y sueños,

y cosas que yo no entendía del todo:

¿quién entiende el desarraigo a los ocho años?



Ella, mi abuela,

tenía en el pelo blanco

un olor diferente a todos los olores

(a veces huelo el pelo de  mamá

y es el mismo olor,

mami tenés el mismo olor en el pelo que la abuela,

pero tu abuela se lavaba la cabeza con jabón Seiseme

y yo me la lavo con shampoo,

pero no importa, mami, es el mismo olor,

el mismo).



Tanto correr para que la sangre no me alcanzara

y, al final,

terminé pareciéndome un poco a mi abuela.

Yo también tengo el corazón en otra parte

(en Oz, eNeverlanden Temiscira)

y la cabeza quién sabe dónde.

A veces me olvido de sonreír;

a veces me miro en una foto de cuando tenía veinte

y parezco una bailarina

y me perturba no saber

dónde dejé mis zapatillas de punta.



Nos parecemos, sí, nos parecemos.

Yo escondo galletitas Havanna de limón

en el cajón de los repasadores

y a mi abuela

(la que tiembla a mi lado cuando un relámpago

me parte el insomnio en dos)

tampoco le gustaban las tormentas.






Del poemario "Pretty in pink" (2016)


jueves, 1 de septiembre de 2016

FLORES DE SAPO


FLORES DE SAPO
A Daniel


¿Te acordás cómo eran?
Blancas. Con forma de estrella.
Crecían en los terrenos baldíos
y en el luto de los jardines descuidados.
Una prueba irrebatible de verano.
Flores de sapo. 


Entonces la vida sucedía
en la infinitud de enero,
en su garganta de pasto y mariposas,
en sus mentiras azules:
vos y yo girando con los ojos cerrados
para marearnos y gritar “¡Se cae el mundo, se cae, se cae!”
y ese sol que nunca volvió a ser el mismo
desde que la sangre me visitó en sueños.


Eran blancas, sí,
con forma de estrella.
No demasiado grandes
pero mucho más grandes que los infames bichos colorados.
A las otras chicas les daban miedo
(si hay una flor de sapo hay un sapo cerca, seguro, seguro).
A mí me gustaban.


Entonces la vida tenía el asombro

de las cosas que todavía no empiezan,
faltaban muchos años para que yo me cruzara
con el primer hombre que juré irreemplazable
y reemplacé con feroz alegría,
y muchos más  todavía para que me dejaras sola,
deshermanada,
enterada de que no hace falta marearse para notar que el mundo
(este mundo que es tan grande sin vos)
se viene cayendo desde hace rato.



Arte: Dejan Ristovski 

Del poemario "Pretty in pink" (2016)


miércoles, 31 de agosto de 2016

COMENTARIO SOBRE "INTERRUMPIDAS" POR LILIANA SOUZA


yo vuelvo

La muerte nos hace crecer.   Mejorar la forma de ver ciertas cosas, tan cotidianas y tan aprehendidas. Tan naturalmente allí, que se vuelven imperceptibles, olvidadas, invisibles.  Muerte ajena, claro.
La palabra de Raquel Graciela Fernández tiene ritmo, cual la vida.  Cual los abismos que se abren entre lo que se desea y se dice, entre lo que se piensa, se siente y, luego, se escribe. 
A lo largo de “Interrumpidas”,  su escritura se mantiene intacta, como una mortaja sobre un cadáver que sólo se corrompe.
La que escribe,  parece ser una testigo que observa desde un preciso punto de vista y deja que ese sitio, ese lugar del mundo en el que se instala, se impregne con su modo de mirar.  Su modo de comprender a otras mujeres que, comenzaron a decir,  cuando se les impuso el silencio más perpetuo.
Oriel.  Cecilia.  Alicia.  Jimena.  Nair.  María Soledad.  Carolina.  Natalia.  Natalia II.  Marita.  María Marta.  Lucila.  Natalia III.  Marela.  Fernanda.  Florencia.  Paulina.  Nora.  Rosana.  Sofía.  Soledad.  Wanda.  María.  Candela.  Ángeles.  Juana.  Priscila.  Yanela.  Melina.  Lola.  Chiara.  No son nombres, son ausencias que hacen nudos, y la poeta intenta rescatarlos con la poesía que, apenas se construye con retazos.   Una voz,  un sonido para alumbrar tanto dolor con tanta belleza.     

la pequeña muerta
definitiva como el olor de una mujer
después de haber amado

La pequeña muerta,  se multiplica.   Es indudable la crudeza de este poemario.  Hay en él, algo de luz, un poco de barro, mucho de silencio.  Debió serle difícil a Raquel adentrarse con sutileza en los escombros.  Buscar, quizás con las manos unidas en acción de rezo,  las palabras profundas que imploren o evoquen.  Las palabras que tengan el filo,  de un cuchillo de caza.

Yo soy el verbo dolorido
que conjugaste a golpes.
Yo no estoy muerta, no.
Yo vuelvo.

“Interrumpidas” es un libro imprescindible, casi un tejido.  Un tejido espeso.  Una tela mojada que se sacude.  Una concepción de muerte,  con su inmensa carga de malentendidos.
Hay que dejarse atravesar.  Hundirse.  Quedarse a solas, en lo más solo de uno mismo.  Como las pequeñas muertas, tatuando a ciegas una nueva línea de vida, cuando dicen y repiten: yo vuelvo.

Liliana Souza




Liliana Souza 

Nació en Avellaneda (provincia de Buenos Aires, Argentina) en 1958 y reside en Bernal, Quilmes. Ha publicado en diversas antologías y revistas literarias. Por su labor poética obtuvo varios primeros premios a nivel nacional, a los que se suman reconocimientos en España y EE UU. Coordina Talleres Literarios y  Talleres para Adultos Mayores con el fin de ejercitar el área cerebral. Ha publicado los poemarios “Esa otra forma”  (Ediciones del Dock,  2010) y "Cuarto de costura" (Ediciones del Dock,  2012).


Arte: "Crucified Woman", Almuth Lütkenhaus (Emmanuel College,Toronto, Ontario Canadá)

martes, 30 de agosto de 2016

ASUNTOS DE FAMILIA


ASUNTOS DE FAMILIA

Papá tuvo el mal gusto de morirse
con todos los papeles patas para arriba:
algunos billetes debajo del colchón
y muchos billetes volando de mano en mano
como pájaros de viento
(y esas manos que se cerraron
y atraparon los billetes/pájaros:
para eso están los amigos,
para llorar en los velorios y no honrar las deudas).


El abuelo tuvo el mal gusto de seguir fumando en pipa
mientras a nosotros nos empapaba
la lluvia del miedo.
Pero ése no fue el peor de sus malos gustos:
también salió a cazar billetes ajenos
(y ese colchón que no servía
para detener la hemorragia de pájaros,
y nosotros que no teníamos vacaciones).
Un televisor color para el Mundial ‘78
le lavó un poco la conciencia.
A nosotros nos dio lo mismo
porque no nos interesaba el fútbol.


La abuela tuvo el mal gusto de llorar, llorar y llorar
y no percatarse jamás
de que nosotros también estábamos llorando.
Dejamos de ser los hijos de su hijo
y nos convertimos en pequeños abortos de dolor,
embriones tristes atrapados en frascos de cristal
a los que no había que mirar nunca
(y nosotros que no teníamos zapatillas,
y ese televisor color que no servía para nada
porque los dibujitos eran en blanco y negro).


La tía tuvo el mal gusto de gritar y desmayarse
porque se había muerto su hermano,
y de volver en sí para decirnos
si no viven  acá
no van a tener más ropa nueva,
no van a tener más juguetes nuevos,
olvídense de los cumpleaños,
olvídense de Santa Teresita,
van a ser putas como su mamá
(y nosotras que no sabíamos qué era ser putas
y mi hermanito que no sabía nada
porque tenía cinco años).


El tío tuvo el mal gusto de secundar al abuelo alegremente
en la cacería de billetes ajenos.
Después se hizo un chalet con techo de tejas
y dos baños,
y siguiendo la línea del mal gusto
plantó una perdiz embalsamada
en la habitación principal de la casa
(y nosotros que sentíamos pena por la perdiz
y nos daba impresión,
y ellos que no la vayan a tocar,
y nosotros que no la tocamos ni locos).


Mamá tuvo el mal gusto de elegir
a la peor familia política del mundo.
Pero cuando se lo reprochamos nos dice que no.
Que ella no los eligió.
Que ella eligió a papá.
El que tuvo el mal gusto de morirse
con todos los papeles patas para arriba.  


Arte: "Ritratti", Michela Bulfalini

Del poemario "Pretty in pink" (2016)