martes, 12 de febrero de 2019

LOS ZAPATOS DE JUDY GARLAND


LOS ZAPATOS DE JUDY GARLAND


Toto, me parece que ya no estamos en Kansas.


Estamos en un lugar donde soy un piano a la deriva,

una flauta con los huesos apolillados.

Tengo los ojos hinchados,

el maquillaje corrido.

los sesos esparcidos por las paredes.

Mis hombres están quietos

como conejos muertos.

Mis hijos son crisantemos 

que se marchitan cuando los miro.

Una lluvia de whisky y vidrios

me moja los pies.

Estoy descalza.

¿Dónde están mis zapatos?


Toto, de día soy la pequeña jorobada

a la que le tocaban las piernas.

De noche

salgo a cazar enanos borrachos

con una red de mariposas.

Nunca fui la más linda de la MGM.

Nunca fui Lana Turner.

Me corté el cuello con una navaja de afeitar

pero alguien tiró de mi vestido celeste

empapado de mocos y lágrimas

y  me trajo de vuelta a la vida.

A este lugar.

Que no es Kansas, Toto.

Es un túnel sucio

donde las placas tectónicas  del alma colisionan

y las venas se derrumban

como edificios picados de viruela.

Trato de recordar aquella canción

pero las pastillas son pajaritos mudos,

coágulos de silencio en la memoria.

En la garganta tengo un arcoíris seco,

un do re mi de púas en el corazón.

Estoy cansada.

Estoy descalza.


Toto,  me parece que ya son demasiadas pastillas.

Peno no sé.

¿Dónde están mis zapatos rojos?


Quiero volver a casa.






domingo, 10 de febrero de 2019

EL AMOR HA QUEDADO ATRÁS, MURIÓ EN UN PORSCHE


EL AMOR HA QUEDADO ATRÁS, MURIÓ EN UN PORSCHE

Caminaban por la playa tomados de la mano,
susurrándose ángeles al oído,
con la certeza de que iban a estar juntos para siempre.
Él era un rebelde con causa,
atormentado por su orfandad prematura,
cargando sobre su espalda rubia
el peso de la vileza con la que un pastor cuáquero
le había arrancado la infancia del cuerpo.
Ella, una chica italiana y religiosa,
que soñaba con ser una de estrella de Hollywood.
James Dean nunca sonreía y tenía modales bruscos.
Pier Angeli se enamoró de su sonrisa
y se hundió en su boca hasta encontrar
la  raíz de la ternura.

Pero la madre de Pier, católica y feroz,
se opuso al romance.
La chica italiana, enferma de familia,
de usos y costumbres,
de Cerdeña y de Espíritu Santo,
fue obediente y se casó con otro.
El día de la boda llovió
y James Dean  lloró en la puerta de la iglesia,
mojado y solo.
Diez meses después se mató en un accidente.
El matrimonio de Pier duró, apenas,
cuatro agónicos años.

La chica italiana no quiso llegar a los 40.
A los 39,
casi el espectro de una flor,
con pocas perdices en su haber
y la soledad como un cilicio
con el que se castigaba cada noche,
eligió el final.
“El amor ha quedado atrás, murió en un Porsche",
escribió justificando
su orgía de pastillas,
su insulto a la  madre y al Espíritu Santo,
su soltarle la mano a la vida.

Su decidir, por fin,
de qué lado de la cama quería dormir
y con quién.


Fotografía: James Dean y Pier Angeli

viernes, 8 de febrero de 2019

LA DALIA NEGRA


LA DALIA NEGRA

Un río de pelo negro te moja la frente,
agua contaminada,  
pescaditos podridos.
Tu cadáver es un manotazo blanco,
un guante aterido congelándose
en la sutura del invierno,
maniquí roto,
mujer rota,
mujer de ojos azules y sucios
como los de una muñeca,   
ojos de vidrio,
caleidoscopios secos.

Una lamparita desnuda
y un zapato con barro en el taco,
tanto fastidio.
Mesas servidas con desaliento,
ningún aplauso.
No hay mucho más para contar:
lo de la flor es mentira.

Mirá,
mirá tu muerte transformada
en un sándwich de huevo y atún,
en una hamburguesa con kétchup.
Mirá cómo se la comen,
cómo se engrasan los dedos
y eructan tu constelación de amantes.
Mirá cómo te escriben,
 como se comen tu muerte
envuelta en papel de diario:
vamos a convertirla en una puta,
vamos a ajustarle la pollera,
desabrochale dos botones más a su blusa,
que sean muchos los que les tocaron las tetas,
desabrochale otro botón.

Tu cadáver es  un manzana partida en dos,
los que comen sándwiches y escriben son los gusanos,
reptan tu  sonrisa de Glasgow con alegría.
A veces pienso que me parezco a ellos
pero a mí me gustaba tu boca.
Cierro los ojos para no ver tus piernas abiertas,
los pescaditos podridos enredados en tu pelo,
los flashes masturbándose.

Viste que matan mujeres desde siempre.
Yo pienso morirme en mi casa,
tengo barro en el taco del zapato ,
ya sé,
pero nunca serví hamburguesas,
ni papas fritas,
ni  milkshakes,
y nadie va a colgarme del espanto
el nombre de una flor,
nadie va a desabrochar mis botones.

Yo pienso morirme en mi casa.
Nunca fui tan linda.



Arte: Lydia Dick

miércoles, 6 de febrero de 2019

LA MUJER AVISPA


LA  MUJER AVISPA

Susan Cabot nunca perteneció a la realeza de Hollywood.
Peregrinó de orfanato en orfanato,
como muchas.
Golpeó puertas y puertas,
como todas.
Pero no estaba llamada a ser una estrella.
Sus curvas y su sonrisa se acomodaron,
con desencanto,
en el cuarto de los trastos del cine:
las entrañables películas Clase B.

Susan  sirvió bebidas en muchas cantinas del Lejano Oeste
y se enredó  infinitas veces
con cowboys pendencieros.
Y cuando los insectos gigantes fueron la pesadilla
del sueño americano
se convirtió en la Mujer Avispa.
Arrebujadas en sus butacas
las cándidas adolescentes de los 50's
gritaban al verla aparecer en pantalla
con antenas de cotillón y el rostro desfigurado.
Los novios aprovechaban,
borrachos de pochoclo y Coca Cola,
para tocar alguna rodilla temblorosa.

Susan Cabot pasó sus últimos años delirando,
recluida en su casa,
soberana indiscutible en un reino de basura,
comida rancia y diarios viejos.
La mató su hijo golpeándola en la cabeza
con una barra de hierro.
Defensa propia, dijeron.
Susan había enloquecido y lo había atacado.
Homicidio involuntario.

Susan Cabot nunca perteneció a la realeza de Hollywood.
Casi nadie conoce su nombre,
ni recuerda a los cowboys pendencieros
entrando al Saloon donde la chica
servía licor y guiñaba un ojo con su escote.
Casi nadie le teme a los insectos gigantes.

Susan no estaba llamada a ser una estrella.
Apenas fue
otra buena chica judía
que golpeó las puertas equivocadas.


Arte: Afiche publicitario de la película "The Wasp Woman" (Roger Corman, 1959)


sábado, 2 de febrero de 2019

LOS GUANTES DE RITA HAYWORTH


LOS GUANTES DE RITA HAYWORTH

Rita se saca un guante
y Margarita llora desnuda
en el rincón de un cuartucho mexicano.
Tiene doce años y su padre la obliga
a pintarse la cara y bailar,
a beber con su cuerpo niño
cócteles de baba y claveles.
Llora porque la tocan
-su padre la toca, los ojos de los hombres la tocan-
ahí, donde no quiere, donde le duele.
Se desangra en el escenario y ¡olé!
Que siga el taconeo.

Rita se saca un guante
y Margarita mutila su nombre de flor,
se tiñe el pelo de rojo,
se casa por amor y se descasa por lágrimas,
se casa por amor y se descasa por golpes.
La siguen tocando donde no quiere, donde le duele.
La siguen tratando como una nena de doce años
que baila para no caerse muerta.
Como a una puta que se saca un guante.
No hacen falta cinco hombres para hacer infeliz a una mujer:
con uno solo basta,
con papá basta.

Gilda se saca un guante
ya todos saben que al poderoso Johnny Farrel le engañaron
y que su esposa es una...
Rita dice esa no soy yo,
yo estoy llorando desnuda en un rincón,
mastico claveles, sangro, taconeo,
me pinto la cara, me llamo Margarita.

Margarita se saca un guante
y todas las luces se apagan.
La marea del silencio sube en su cabeza roja.
Algo tendrá que ver la luna con esto,
la luna como una inmensa goma de borrar estrellas,
de borrar soldados excitados, bombas que explotan con su nombre,
melenas de fuego,
y claveles, y vestidos, y lágrimas,
y doce años que le duelen ahí,
ahí donde debería estallar el amor.

La memoria se saca un guante
y…


Arte: "Rita Hayworth", Benicio