domingo, 15 de enero de 2017

LA EXTRAÑA DE LAS BOTAS ROSAS


LA EXTRAÑA DE LAS BOTAS ROSAS


Al fin las tengo.

Las botas rosas.

Las miro, las toco,

pero no sé si voy a animarme a usarlas.

Ya no tengo seis años.

Ya no bailo alrededor del Winco del tío

cuando suena esa canción que adoro.

La extraña de las botas rosas.

Con sus colgantes y medallones.

Esa quería ser yo.

Hacerme la toca.

Usar minifalda.

Lentes con forma de corazón.

Y las botas, claro, las botas.

Esa quería ser yo.

Enamorarme.

Vivir para siempre en los ‘70s.

Con los dedos en V.

Usando una vincha en el pelo

(también había una chica con vincha

en alguna canción,

una chica con pantalones anchos,

otra  princesa hippie girando en el Winco del tío,

ella podía ser mi hermana,

la hermana de la extraña de las botas rosas).


Al fin las tengo.

Las botas rosas.

Las miro, las toco,

pero no sé si voy a animarme a usarlas.

Ya no tengo seis años.

El Winco se perdió en alguna mudanza

(se perdió cuando ya no se conseguían las púas

pero no era lo suficientemente viejo

como para despertar la codicia de algún coleccionista).

Los ruleros se extinguieron.

Me enteré de los 30.000.

Vi demasiadas películas sobre la Guerra de Vietnam.

El sexo me impacienta

y el concepto de amor me parece ridículo.


Pero al fin las tengo.

Las botas.

Y, sí,

me voy a animar a usarlas.

Voy a salir a la calle con mis botas

y las vecinas me van a mirar

como si estuviera loca.

Voy a zarandearme hasta caer redonda.


Y después quién me quita lo bailado.


Quién.



Fotografía: Nancy Sinatra en el especial de televisión de 1967  “Movin’ with Nancy”

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