viernes, 14 de junio de 2013

HABITACIÓN 129


HABITACIÓN 129



Resbalábamos

por la piedra amable del encuentro:

la juventud aún era probable.

Él no me dolía

y yo me ataba

al hilo de sus sueños

(si los hombres sueñan,

si la piel es factible

a partir del tacto del soñado).



La luz acomodaba

la hechura jovial de mis pezones

en el hueco de sus manos.

La luz era el alivio,

y en la garganta del jardín

donde dormía el relámpago

se hinchaban dulces plantas carnívoras,

florecían motines

de jaleas salvajes

(nunca pensé en la cara de la mujer

que rehízo

nuestra cama deshecha:

no sé si ella encontró mis llaves,

no sé si ella intentó detenerme

cuando me arrojé

por la escalera del olvido).



La garganta del jardín era mi cuerpo:

mis orillas sonrientes

palpitando

como una pájaro abierto.

La ternura legible de mis vísceras.



El jardín era ese lugar intrascendente,

huérfano de linaje,

saturado de aromas y de vínculos

apenas sustentables

donde casi lo tuve.



Casi.



Casi.



 Arte: Natalie Frank


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