jueves, 29 de julio de 2010

PERDÓN


PERDÓN

“El perdón es la fragancia que derrama la violeta en el talón que la aplastó.” - Mark Twain



La niña se miraba las uñas.

La huérfana estaba siempre

veinte años atrás.

Se sentaba a llorar

porque nadie conocía su nombre.

Se quejaba de la pálida hechura del cielo,

de las pirámides de hojas secas.

Se quejaba porque nadie la había arropado,

ni le había contado el cuento más bello del mundo,

ni la había hecho tragar caldo de pollo

como hacen las mamás en las películas.

Se quejaba por lo hecho y lo deshecho.

Siempre.



La niña y la huérfana eran una

y no sabían perdonar.

Tenían un dolor de pie y sin armadura

que se mezclaba a veces

con dientes de leche extraviados,

con dibujos que no adornaron paredes,

con ese hueco donde hubo un por qué.

Ese hueco en el pecho.

La niña y la huérfana eran una

y no sabían perdonar.

Perdonar es como acariciar un pájaro de terciopelo,

como revisar palmo a palmo la memoria

para arrancar las malas hierbas.

Pero ellas no sabían.



Fueron esa mujer

que jamás pudo extender la mano

para borrar las malas artes

escritas en los muros de su historia.



Al final,

se pudrieron en la tierra como cualquiera.

Y el viento no supo qué decir.



Qué lástima.




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