martes, 16 de noviembre de 2021
LA NOCHE DE LA CULTURA POPULAR/ AVELLANEDA
domingo, 14 de noviembre de 2021
ÉL SUEÑA
Tiene la cabeza apoyada en la almohada,
los ojos cerrados.
Su pecho oscila suavemente.
Ninguna sombra parece devorarlo.
Me pregunto qué sueña.
Con quién.
Quizás sueñe con una mujer
que lo llama al amor con su voz de campanario
e ilumina su cuerpo
con pequeñas luciérnagas de saliva
cuando desata el diluvio del beso.
Una mujer que se reparte
en la punta de sus dedos
y se multiplica
en los ruidos del amor,
en sus olores.
Quizás sueñe con una mujer
que inaugura el día
cortando con su risa la cinta del bostezo
y canta
mientras prepara el café y las tostadas.
Y le toca la boca
antes de que salga al mundo,
como quien bendice,
como quien hace un talismán del tacto.
Ojalá.
Ojalá sueñe con esa mujer
que se parece tanto a la que extravié
en alguna mudanza,
en algún golpe de rutina,
en algún enojo que se enquistó en la casa
porque faltaron las palabras
para sanarlo a tiempo.
Ojalá no sueñe conmigo.
Sería una desilusión enorme despertarse
y verme
tan cerca y tan lejos,
tan nido que sangra silencio.
Arte: Peter Colstee
viernes, 12 de noviembre de 2021
VÍCTOR
martes, 9 de noviembre de 2021
"EL LIBRO DE GUILLERMO" DE DANIEL RUIZ RUBINI/ CONTRATAPA
El poema se gesta en el silencio y en el silencio crece, hasta alcanzar la madurez que lo consagre a la sonoridad de la palabra. Entonces, se despliega como un mapa milagroso en el que cada lector puede descubrir la ruta de sus llagas, el bosque familiar donde los árboles entrelazan sus copas y dan a luz historias íntimas y universales, pájaros que migran desde la experiencia del poeta hasta la memoria emotiva del que aborda sus misterios y los hace propios. Esa es, sin dudas, la magia de la poesía. Magia que, en “El libro de Guillermo”, de Daniel Ruiz Rubini, surge como una pequeña hoguera y va in crescendo hasta convertirse en un incendio donde cada poema es el combustible exacto para alimentar el fuego sagrado que habla cuando habla el poeta.
“Las palabras no bastan para sobornar a Dios”, nos dice el Daniel. Pero sí bastan, en este caso en particular, para convencernos de que la poesía, esa criatura tantas veces inasible, está viva en la voz del autor, en su canto, en su manera exquisita de tejer un tapiz donde la luz y la sombra (la vida y la muerte) son las dos caras de una misma y conmovedora moneda.
Raquel G. Fernández
lunes, 8 de noviembre de 2021
domingo, 7 de noviembre de 2021
MUEVO LOS LABIOS
para decir el silencio
y los muertos caen de mi boca
como uvas de un racimo negro.
Esos muertos son míos
-son la suma de los adioses
que me aguaron la fiesta,
la suma de las palabras
que elegí cuidadosamente
como se elige la ropa
para vestir a un recién nacido-.
Esos muertos son mis silencios
y son mi voz.
Callan.
Dicen. Me dicen.
viernes, 5 de noviembre de 2021
TRIGAL DE AUVERS
Siempre imaginé que el disparo
que divulgó la muerte en el pecho de Van Gogh
había brotado en uno de esos trigales
que tanto le gustaba pintar.
Y que los cuervos habían reventado en el cielo,
acobardados por el escándalo de la desolación y la pólvora,
y habían huido,
y habían dejado en el trigal desierto
un dorado monumento a la ausencia.
Siempre me angustió el éxodo de los cuervos de Van Gogh.
Me angustian los pájaros asustados.
Si Dios existe,
si Dios realmente existe,
está deletreado con mano infantil
en el paladar de los animales.
Cuervos o palomas.
Serpientes o gacelas.
Gusanos o libélulas rutilantes.
Lo feo que vemos en el ellos
(lo malo, lo pérfido, lo imperfecto)
es, simplemente, lo que nosotros proyectamos.
A mí me gustan los cuervos.
Los quiero de vuelta.
Hoy soy un trigal de Auvers que se quedó solo
cuando un mugido homicida
derribó a algo hermoso y enfermo
que tenía que morir.
Porque todo tiene que morir
para que comprendamos, por fin,
por qué la vida es tan importante.
Todavía soy dorada y cálida
pero estoy vacía.
Y no dejo de hacer ruido con mi dolor,
como si disparara mil balas por segundo.
Braceo y pataleao en mi contra
sin saber nadar
y me hundo cada vez más
en un río que no comprendo.
Necesito que el ruido se vaya.
Necesito que los cuervos vuelvan.
Necesito ser un trigal completo,
un pequeño ecosistema perfecto donde no tengan cabida
ni los números rojos de los agricultores,
ni la mala prensa de las religiones,
ni los despropósitos de los supersticiosos.
A mí me gustan los cuervos.
Los quiero de vuelta, sí.
Quiero un bordado de lentejuelas negras
en la comisura del sol
cuando el cielo deje de hacer agua en mis ojos.
Yo creo que a Van Gogh también le gustaban los cuervos.
Que entendía que en ellos estaba Dios.
Y que iban a volver al trigal,
una y otra vez.
Pasara lo que pasara.
Muriera lo que muriera.
Todas las veces que fuera necesario.






