domingo, 14 de noviembre de 2021

ÉL SUEÑA


  ÉL SUEÑA

 

Tiene la cabeza apoyada en la almohada,

los ojos cerrados.

Su pecho oscila suavemente.

Ninguna sombra parece devorarlo.

Me pregunto qué sueña.

Con quién.

 

Quizás sueñe con una mujer

que lo llama al amor con su voz de campanario

e ilumina su cuerpo

con pequeñas luciérnagas de saliva

cuando desata el diluvio del beso.

Una mujer que se reparte

en la punta de sus dedos

y se multiplica

en los ruidos del amor,

en sus olores.

Quizás sueñe con una mujer

que inaugura el día

cortando con su risa la cinta del bostezo

y canta

mientras prepara el café y las tostadas.

Y le toca la boca

antes de que salga al mundo,

como quien bendice,

como quien hace un talismán del tacto.

 

Ojalá.

Ojalá sueñe con esa mujer

que se parece tanto a la que extravié

en alguna mudanza,

en algún golpe de rutina,

en algún enojo que se enquistó en la casa

porque faltaron las palabras

para sanarlo a tiempo.

 

Ojalá no sueñe conmigo.

Sería una desilusión enorme despertarse

y verme

tan cerca y tan lejos,

tan nido que sangra silencio.



Arte: Peter Colstee

viernes, 12 de noviembre de 2021

VÍCTOR


 VÍCTOR


Era bueno.
Es lo primero que se me ocurre decir
cuando me preguntan por él.
Podría decir tantas cosas.
Podría decir que lo conocí en la playa,
cuando tenía veinte,
que lo enamoró mi pelo y mi inglés cocoliche
cantando “Help!”,
que me acarició la cabeza
con una ternura que todavía me estremece
cuando me puse a llorar viendo “Reto al destino”
(creo que también lo enamoró la falta de pudor de mis lágrimas:
a los 20 era rutina para mí
desnudarme el agua en los ojos,
todavía no había aprendido la vergüenza,
no me preocupaba parecer ridícula o cursi).
Podría decir que vimos juntos un amanecer
en el muelle de Mar de Ajó
y que jamás me olvidé de lo que murmuró, tiritando:
“Todo lo que perdiste está ahí;
cuando quieras ver a tus muertos
amanecé con ellos.
Son apenas unos minutos, pero ahí están.
Ahí está tu papá,
y te sonríe.”
Podría decir que él me inventó el cuerpo
(que nos inventamos juntos
en los ruidos del amor,
en sus gritos que no callan y otorgan).
Que llegó a mi vida como un milagro
y no se fue en la muerte,
se quedó como un dolor que hiberna, a veces,
y en cualquier momento improvisa una primavera
para sangrarme la memoria.
Podría decir que cuando hablo de Eduardo Manostijeras
hablo de él
(y contar que era peluquero,
que se enamoró de mi melena loca,
de mi credencial eterna de chica despeinada).
Sin embargo,
lo primero que digo
(lo único que digo)
es que era bueno,
inmensamente bueno.
Porque, quizás,
en el fondo,
es lo único que importa.


 Arte: "Beach Lovers", Vickie Wade

martes, 9 de noviembre de 2021

"EL LIBRO DE GUILLERMO" DE DANIEL RUIZ RUBINI/ CONTRATAPA


EL LIBRO DE GUILLERMO

El poema se gesta en el silencio y en el silencio crece, hasta alcanzar la madurez que lo consagre a la sonoridad de la palabra. Entonces, se despliega como un mapa milagroso en el que cada lector puede descubrir la ruta de sus llagas, el bosque familiar donde los árboles entrelazan sus copas y dan a luz historias íntimas y universales, pájaros que migran desde la experiencia del poeta hasta la memoria emotiva del que aborda sus misterios y los hace propios. Esa es, sin dudas, la magia de la poesía. Magia que, en “El libro de Guillermo”, de Daniel Ruiz Rubini, surge como una pequeña hoguera y va in crescendo hasta convertirse en un incendio donde cada poema es el combustible exacto para alimentar el fuego sagrado que habla cuando habla el poeta.
“Las palabras no bastan para sobornar a Dios”, nos dice el Daniel. Pero sí bastan, en este caso en particular, para convencernos de que la poesía, esa criatura tantas veces inasible, está viva en la voz del autor, en su canto, en su manera exquisita de tejer un tapiz donde la luz y la sombra (la vida y la muerte) son las dos caras de una misma y conmovedora moneda.

 Raquel G. Fernández

domingo, 7 de noviembre de 2021

MUEVO LOS LABIOS


 

Muevo los labios
para decir el silencio
y los muertos caen de mi boca
como uvas de un racimo negro.
Esos muertos son míos
-son la suma de los adioses
que me aguaron la fiesta,
la suma de las palabras
que elegí cuidadosamente
como se elige la ropa
para vestir a un recién nacido-.
Esos muertos son mis silencios
y son mi voz.
Callan.
Dicen. Me dicen.


viernes, 5 de noviembre de 2021

TRIGAL DE AUVERS


 TRIGAL DE AUVERS

 

Siempre imaginé que el disparo

que divulgó la muerte en el pecho de Van Gogh

había brotado en uno de esos trigales

que tanto le gustaba pintar.

Y que los cuervos habían reventado en el cielo,

acobardados por el escándalo de la desolación  y la pólvora,

y habían huido,

y habían dejado en el trigal desierto

un dorado monumento a la ausencia.

 

Siempre me angustió el éxodo de los cuervos de Van Gogh.

Me angustian los pájaros asustados.

Si Dios existe,

si Dios realmente existe,

está deletreado con mano infantil

en el paladar de los animales.

Cuervos o palomas.

Serpientes o gacelas.

Gusanos o libélulas rutilantes.

Lo feo que vemos en el ellos

(lo malo, lo pérfido, lo imperfecto)

es, simplemente, lo que nosotros proyectamos.

A mí me gustan los cuervos.

Los quiero de vuelta.

 

Hoy soy un trigal de Auvers que se quedó solo

cuando un mugido homicida

derribó a algo hermoso y enfermo

que tenía que morir.

Porque todo tiene que morir

para que comprendamos, por fin,

por qué la vida es tan importante.

Todavía soy dorada y cálida

pero estoy vacía.

Y no dejo de hacer ruido con mi dolor,

como si disparara mil balas por segundo.

Braceo y pataleao en mi contra

sin saber nadar

y me hundo cada vez más

en un río que no comprendo.

Necesito que el ruido se vaya.

Necesito que los cuervos vuelvan.

Necesito ser un trigal completo,

un pequeño ecosistema perfecto donde no tengan cabida

ni los números rojos de los agricultores,

ni la mala prensa de las religiones,

ni los despropósitos de los supersticiosos.

A mí me gustan los cuervos.

Los quiero de vuelta, sí.

Quiero un bordado de lentejuelas negras

en la comisura del sol

cuando el cielo deje de hacer agua en mis ojos.

  

Yo creo que a Van Gogh también le gustaban los cuervos.

Que entendía que en ellos estaba Dios.

Y que iban a volver al trigal,

una y otra vez.

Pasara lo que pasara.

Muriera lo que muriera.

Todas las veces que fuera necesario.

 

 

Arte:  Vincent Van Gogh