miércoles, 5 de septiembre de 2018

¿QUIÉN PUEDE MATAR A UN NIÑO?



¿QUIÉN PUEDE MATAR A UN NIÑO?

A Ismael Ramírez



El que aprieta el gatillo.


El que repite como un mantra infeccioso

algo habrá hecho

y nunca tuvo a la araña roja del hambre

desovándole agujas en las tripas.



martes, 4 de septiembre de 2018

PATRICIA



PATRICIA



Cada año

el día de la secretaria

me acuerdo de Patricia.

Patricia,

mi compañera de banco de la escuela primaria.

Hermosa,

esbelta,

con los ojos verdes como aceitunas

y el pelo largo y lacio.

Ella era lo que yo no iba a ser nunca

-ella tenía lo que yo no iba a tener nunca-

pero la quería

y el amor era más

que la envidia blanca de los diez años.



Me gustaba ir a la casa de Patricia

al salir de la escuela:

tomar la leche,

hacer los deberes,

jugar con su perra, la Naty,

correr a los teros.

Veíamos telenovelas en blanco y negro,

algún capítulo de “Mister Ed” o “Daktari”,

hablábamos de chicos.

Me gustaba ir a la casa de Patricia:

una casa de dos pisos,

un dormitorio sólo para ella

-yo dormía en la cama de la abuela

y no tenía ninguna cajita de música,

nada más inútil y precioso que una cajita de música;

yo dormía en la cama de la abuela

y no tenía ni siquiera el consuelo

de poder llorar mi orfandad abrazada a la almohada-.



Cada verano

el cartero me traía un pedazo de mar

en una tarjeta postal escrita por Patricia.

Yo respiraba sal

repasando con el dedo

su firma clara y prolija.



Hace veinte años que Patricia está muerta.

Se fue siendo hermosa,

esbelta,

tan joven.

Yo me enteré tiempo después.

No sé qué día murió.

Hacía mucho que nos habíamos perdido el rastro.



No sé qué día murió,

pero cada año

el día de la secretaria

me acuerdo de Patricia.

La chica de increíbles ojos verdes

y pelo largo y lacio.

La que tenía un papá que le regalaba una caja de bombones

cada 4 de septiembre,

una perra salchicha,

vacaciones todos los veranos

y una amiga bajita y morocha que la envidiaba un poco

y la quería tanto.





Arte: "Angelina", Doris Joa 

domingo, 2 de septiembre de 2018

AN AMERICAN GIRL


AN AMERICAN GIRL

A Edie Sedwick


Desde el riesgo

al sepulcro.

Sangra.


Los símbolos la arrastran:

lo blanco, lo plástico, lo limpio

(el silabeo tardío de los pájaros,

las piernas abiertas

como un interrogante).


Ella rasga su imagen,

sacude sus perlas,

tira a matar con ese cuerpo.

Largo.

Como las sombras.


Escucha murmurar a la hermana.

Quieta

en su quietud de insecto.

(y los médicos no tienen rostro).


Nadie para devorar su pan,

nadie para hacer suyo

ese fruto abandonado.


Desde el riesgo

al sepulcro.

Sangra.


Sangre de muñeca.


Inútil.



Arte: "Edie Sedgwick Portrait", Caitlin Keegan

jueves, 30 de agosto de 2018

JUMANJI


JUMANJI

Choupette se afila las uñas
en el tapizado de los sillones,
ni me mira cuando le digo no, no, no.
Los gatos no entienden la palabra no
o fingen muy bien desentenderla.
Katherina es una gárgola atigrada
espantando los espíritus malignos
que rondan la heladera.
Estamos a fin de mes
y mi heladera puede prescindir de tanto celo:
anémica,
casi vacía,
custodia apenas una zanahoria vieja
y un yogur desahuciado que ya compré vencido
por esa coquetería inexplicable
de ir al supermercado sin anteojos.
Delilah duerme en la piletita del baño.
Osvaldo no es mío
(de ahí su nombre castizo y sin pretensiones)
pero tiene derechos adquiridos:
llora por comida,
se enreda en mis piernas,
reclama caricias.
En el patio
Byron juega a morder gotas de lluvia.
Dentro de 5 minutos entrará en la cocina moviendo la cola,
todo patas embarradas
y feroz alegría.

Yo intento escribir un poema,
pero los miro y desisto:
ellos son el poema,
mi casa es el poema.

Jumanji, dice mi amiga Rosana
(en la jungla esperarás
hasta que los dados digan 5 u 8).

Jumanji, digo,
menos poeta pero más sabia
e irremediablemente más vieja.


Arte: "Cat Lady with kitten", Deb Harvey


lunes, 27 de agosto de 2018

LA LLORONA



LA LLORONA


Debo confesar, entre muchas otras cosas,

que casi, casi,
me pasé toda la vida llorando.


Al principio lloraba por las mismas cosas
por las que llora todo el mundo:
tenía hambre, tenía frío, tenía sueño.
Con el paso de unos pocos años
fui encontrando mis motivos personalísimos.
Lloré porque el hombre mató a la madre de Bambi
y porque se murió la novia de Gardel
(lloré de tristeza y lloré de estupor:
a los cuatro años  ya es dificilísimo aceptar que se muera una novia,
pero que el novio se ponga a cantar es demasiado).
Lloré por la pobre solterona que se había quedado
sin ilusión y sin fe,
por la fea que iba procurando que el mundo no la viera
camino del taller,
por la hija de Libertad Lamarque que también era cieguita
y no podía jugar
(yo creía que era la hija de Libertad Lamarque;
después me enteré que no
pero, de todos modos, seguí llorando).
Lloré por el último organito
y por Luis Otero, el Sapito, del poema de Gagliardi,
al que el Destino Maldito le arrebató a la mamá.


Lloré  por casi todos los personajes de “Corazón”,
por la dulce Beth March,
porque Jo no se quedó con Laurie,
porque el País de las Maravillas fue sólo un sueño,

porque los Reyes Magos eran los padres.
Lloré por un lobo disfrazado de príncipe
que se empecinó en probarme un zapatito de cristal
demasiado pequeño  para mí
y me condenó a sangrar para siempre.
Lloré por Julieta, por Isolda, por la Reina Ginebra,
por Margarita Gautier, por  Manon Lescaut,
por Anna Karéninna, por la Dama del perrito,
por Madame de Tourvel .
Porque Clark Gable  abandonó a Vivien Leigh,
porque Humphrey Bogart dejó ir a Ingrid Bergman,
porque Meryl Streep no se bajó de la camioneta
para correr a los brazos de Clint Eastwood
(aunque sabía que no se tenía que bajar,
no, no, no,
bajarse hubiera sido convertir un amor de película
en un amor de entrecasa,
demasiado usado,
con agujeros mal zurcidos en la puerta del domingo).
Lloré porque Montgomery Clift  no sobrevivió a Pearl Harbor,
porque Leonardo DiCaprio no sobrevivió al Titanic,
por la mirada de Christian Bale en la escena final de “El imperio del Sol”.


Lloré cuando mataron a Lennon
y cuando se desmoronaron las Torres Gemelas
(y me dijeron taradano llores, son yankees;
entonces lloré porque me dijeron tarada
y porque nadie pensó en lo que habrá sentido esa mujer
que prefirió reventarse la cabeza contra el asfalto
antes de morir calcinada).
Lloré porque la Muerte
no se conformó con arrebatarme personajes de ficción
y fue por todo.
Porque me enamoré siendo demasiado joven
y me enamoré siendo demasiado vieja.
Lloré cuando fui a parir, cuando parí,
cuando me pusieron a mi bebé en los brazos.
Lloré la primera vez que hicimos el amor
y la última vez que lo vi.
Girondo estaría orgulloso de mí, lloré como él quería:
conlanarizconlasrodillasporelombligoporlaboca.
Lloré para atrás y para adelante:
lloré cuando se separaron los Beatles
(aunque cuando se separaron los Beatles yo tenía tres años
y no sabía quiénes eran)
y lloré cuando se casó mi hijo
(aunque mi hijo recién está estrenando su primera novia).
Lloré para arriba
(nunca hay que llorar para arriba
porque te puede caer el llanto en la cara),
lloré para abajo
(y fui dejando una sutil estela de sal detrás de mí
como si fuera un caracol hecho de suspiros),
lloré para los costados
(y salpiqué a los que estaban sentados al lado mío en el aula,
en el cine,
en el colectivo,
en la sala de espera del ginecólogo).
Gasté fortunas en pañuelos descartables y aquí estoy,
más pobre que nunca.


Supondrán las personas razonables que tanto llanto
debe haberme consumido.
Pero no.
Estoy escandalosamente rozagante.
Lo que no deja de ser motivo de llanto:
los pantalones no me cierran.
Lloré tanto, tanto, que para contarlo
escribí un poema larguísimo.
Ustedes se habrán aburrido, pero a mí
¿quién me quita lo llorado?





 Arte: "Crying Girl",  Luis Ludzska

jueves, 23 de agosto de 2018

HERENCIA (SI LA MGM MUERE, ¿QUIÉN SE QUEDARÁ CON EL LEÓN?)


HERENCIA (SI LA  MGM MUERE, ¿QUIÉN SE QUEDARÁ CON EL LEÓN?)


Vamos a despedazarte,
aún antes de darte por muerta.
Vamos a cortarte en trozos pequeñitos
como si fueras una hoja de papel
donde hace muchos años se escribió una historia
de zapatitos de charol, soquetes primorosos,
muñecas que daban un poco de miedo,
porcelanas frías que acunabas
cumpliendo el atávico mandato de ser madre,
madrecita.
Para eso eras mujer,
para eso ibas a sangrar por dentro y por fuera,
y te ibas a avergonzar,
y te ibas a doler en los filosos rumores
de todos los cristales rotos.
Una historia en la que flotaste como una nube de algodón de azúcar
hasta que esa sangre te inventó un cuerpo.



Él se va a quedar con tus ojos
(y con todos los puertos que se apostaron en ellos,
todos los golpes de agua,
y esos barcos que nunca fueron a ninguna parte
asilados para siempre
en la línea candorosa de tus pestañas).
Ella se va a quedar con tus manos
(y con todos sus trajines milagrosos,
dedos como lenguas dulces lavando
las cabezas diminutas de tus  recién paridos,
dedos multiplicándose como animales de luz).

Yo me voy a quedar con tus pequeños pies
de bailarina que no fue
(también con tu voz contándome
aquel cuento de las zapatillas rojas,
aunque fue hace tantos años que eso sucedió que ahora no sé
si me lo contaste con la voz o me lo contaste con los pies).



Los chicos se van a quedar con tu regazo,
al que treparon cientos de veces
cuando el miedo fue viejo de la bolsa,
fantasma Benito, bruja de acá a la vuelta,
lobo feroz, enfermera con jeringa en mano.

“Si la MGM  muere, ¿quién se quedará con el león?”
Es un cuento de Bradbury que leí ayer
y aunque no tiene nada que ver con esto que nos pasa
me hizo pensar tanto en nosotros.
En nosotros cuando estés muerta de verdad
y él quiera quedarse con tus sillas Luis XV
(pero yo también las quiera),
y ella quiera quedarse con tu precioso baiu
(pero él también lo quiera),
y yo quiera quedarme con tu vajilla de porcelana francesa,
(pero ella también la quiera)
y seamos nosotros los que nos despedacemos
y nos cortemos en trozos pequeñitos,
mientras los chicos,
(los que se quedaron con tu regazo y nada más),
husmean en tus cajones.



Arte: "Family", Fiona Omeenyo