viernes, 10 de julio de 2020

LA ÚLTIMA VEZ QUE TE VI


LA ÚLTIMA VEZ QUE TE VI

Recuerdo la última vez que te vi.
Un pequeño espantapájaros de azúcar
en medio de un sembradío de sábanas blancas,
deshaciéndote
bajo la lluvia perenne del cáncer.
Hacía rato que las amigas no te iban a visitar.
Habían volado lejos
asustadas de tu carita de espantapájaros.
Pero iban a volver,
claro que iban a volver,
cuando terminaras de deshacerte
y no fueras más que una mancha dulce en esas sábanas
que nadie querría usar otra vez.
Iban a volver,
y el pésame,
y las flores,
y de qué sirve todo eso
si vos necesitabas que alguien te sostuviera la mano.

Hacía rato que las amigas no te iban a visitar
y todavía me siento un poco mal por disculparlas,
por entenderlas,
pajaritos asustados ciegos de vos,
ojos que no ven
corazón que no siente.
No hay belleza en el dolor.
No hay un ápice de belleza en el dolor.

Todavía me siento un poco mal, querida,
a pesar de haberme sobrepuesto al miedo
de verte la muerte en la cara
y haberte sostenido la mano
(tus dedos se deshacían en los míos,
llovía tanto).

No hay belleza en el dolor.

Todavía me siento un poco miserable
por tratar de escribir tu dolor con belleza.


 Arte: Pablo Picasso

jueves, 9 de julio de 2020

LA TÍA VIRGINIA



LA TÍA VIRGINIA

La tía Virginia no tenía marido.
Pero no era como mamá
o como la abuela
que tenían maridos muertos,
una cruz en el lado vacío de la cama,
calas y clivias los domingos
antes de la ceremonia inapelable de los ravioles.
Tampoco era como la vecina de al lado,
que no tenía marido,
ni vivo ni muerto,
una mujer reconvertida en mancha de hollín 
sin memoria de hoguera
que no devolvía la pelota
cuando una patada vehemente y desorientada
la condenaba a su jardín de maldiciones en voz baja.
La tía Virginia no tenía marido y era feliz.
Eso la hacía misteriosa, fabulosa,
la reina de los portacosméticos  y los vasos de whisky,
la reina del casino.
Cuando venía de visita
mi hermana y yo hurgábamos en su cartera,
seguíamos a pies juntillas el mapa de la alegría,
cantábamos victoria con cada pequeño tesoro encontrado:
una pulsera,
un lápiz de labios,
un frasquito de perfume.

Una mañana
la tía discutió con la abuela en el patio.
Nosotras andábamos por ahí,
haciendo como que jugábamos
pero tratando de adivinar por qué
la galería brotada de jazmines se había convertido,
de pronto,
en un ida y vuelta de gritos y sermones.
No sé mi hermana, que era un poco más grande,
pero yo no entendí nada.
¿Quién podía reprocharle algo a la reina de los portacosmésticos,
a la tía que siempre estaba contenta,
a la que nunca nos decía que no?

La tía Virginia no tenía marido.
Con los años supimos que tenía amantes.
Todavía brindamos por ella. 

sábado, 4 de julio de 2020

LA CORONA



LA CORONA

“¿Por qué no te lo planchás?”, me preguntan,
invariablemente,
cada vez que me siento en el sillón de una peluquería.
“Los rulos son desprolijos,
no te dan buen aspecto,
no se usan,
no te favorecen.”
¿Por qué no ponés orden
en esa pequeña selva insurrecta,
en ese nido de pájaros confusos,
en esa casa donde cada puerta da vueltas sobre sí misma,
una y mil veces,
y las ventanas se abren a la noche?
Si fuera negra,
si fuera hermosamente negra,
como una pantera o un diamante en ciernes,
mi pelo contaría
-cantaría-
una historia de amor.
Sería un cofre para acopiar semillas,
un mapa para leer destino,
para volver en sueños
al refugio de los tambores y el verde.
Si fuera negra mi pelo gritaría África.
Pero no lo soy
e ignoro
la raíz de este desborde
que aterroriza a la belleza disciplinada.

“¿Por qué no te lo planchás?”, me preguntan,
invariablemente,
cuando cedo a la tentación de renunciar
a la justicia por tijera propia.
“Me gusta así”, digo.
Me gusta nido, selva, casa.
Me gusta tormenta en la almohada
del hombre que amo.
Me gusta imaginar que hubo una mujer,
muy atrás en el ovillo de la sangre,
que me eligió entre muchas para ungirme
con esta corona díscola,
esta corona de puertas y ventanas vivas,
tan yo, tan mía.