PAN CON CICATRICES
Poesía de Raquel Graciela Fernández
jueves, 30 de abril de 2026
martes, 28 de abril de 2026
IL A MIS LE CAFÉ
Il a mis le café
dans la tasse
Recitar a Prévert en francés
es de las pocas cosas que recuerdo
de todas las que,
supuestamente,
aprendí en el secundario.
Junto con los nombres de las tenias
(saginata, equinococus, solium)
y el peligro latente del botulismo
agazapado en las latas abolladas.
La memoria es loca, pienso,
o yo pasé por la escuela como quien pasa
por un desfile de Carolina Herrera.
Il a mis le lait
Dans la tasse de café
Lo miro con desazón,
como si la taza estuviera rajada
y el café y la leche se escurrieran
por la delicada herida de la porcelana.
Y empaparan el mantel hasta convertirlo
en un pañuelito descartable más,
de esos que hoy revolotean por toda la casa
y confunden a los gatos
que persiguen, sin suerte,
pajaritos de papel mojados de pena.
Así estoy yo, así,
como una taza rajada.
Me veo entera de lejos,
me veo sana.
Pero estoy a punto de explotar en el microondas
o de quebrarme definitivamente
si alguien me lava
con demasiada vehemencia.
Alguna vez leí por ahí
acerca del Kintsugi,
una técnica japonesa que no desecha
la porcelana rajada.
Las repara con un barniz de resina
mezclado con polvo de oro o plata.
Porque las roturas y los quiebres
son parte de la vida del objeto,
hablan su historia y sus transformaciones,
lo embellecen.
Supongo que lo mismo debe pasarnos a nosotros
cuando nuestras heridas cicatrizan
y cada cicatriz es una rosa que asoma
reafirmando que somos humanos.
Il a mis le sucre
Dans le café au lait
Sans me parler
Sans me regarder
Quizás yo debería hablarle.
Quizás yo debería mirarlo.
Quizás yo debería preguntarle
como hace tantos años:
“¿Querés que te recite un poema de Prévert en francés?”
domingo, 26 de abril de 2026
LAS MOSCAS
Estábamos desayunando en el jardín
y las moscas
nos volvían locos.
Recordé entonces
que mi abuela ponía un plato
lleno de agua azucarada
cuando tomaba mate en el patio
y las moscas –golosas-
se ahogaban en esa trampa
rebosante de dulzura.
Como en el poema de Machado
las moscas
evocaron mi infancia.
El rostro adusto de esa abuela
a la que nunca llegué a conocer.
Su reducto de ollas y sartenes
y la pava,
siempre lista,
porque mi abuela española
había adoptado el mate
como bebida constante.
Las moscas
con su trote desparejo
me trajeron la cola de caballo,
descolorida,
donde se guardaban los peines.
Los tesoros recónditos que albergaban
los cajones de la máquina de coser
(anillos, botones de nácar, calcomanías,
alguna postal maltrecha
con una bailaora bordada
orgullosa de su porte espigado,
sus volados,
su mantón de Manila).
La liebre que crió,
a mamadera,
con una áspera ternura que nunca
dispensó a sus nietos.
La liebre,
la que nos miraba asustada,
hecha un bollito de pelo y orfandad.
Las moscas me trajeron
esos años con sabor a fiesta
en los que papá no era una cruz y un interrogante
(¿por qué la muerte,
por qué?).
Y en las Navidades comíamos conejo asado,
criados por la abuela, claro,
pero con menos suerte que la liebre.
pensé en mi abuela.
La pensé sin rencor.
Sin reprocharle
que no haya sabido quererme.
La pensé en su eterno luto
por el hijo muerto.
Y quise abrazarla
atravesando años de desencuentros,
años de distancia.
hace mucho ya,
hace tanto,
puedo hacer las paces con ella.
Y todo por unas moscas.
un plato de agua azucarada
y a otra cosa mariposa:
que las moscas se ahoguen
por molestas y golosas.
Dejalas, dije yo.
No le hacen mal a nadie.
Lo aprendí en la escuela:
el mundo es lo suficientemente grande
para ellas y para mí.
viernes, 24 de abril de 2026
LA MARY
Era de tardecita, me acuerdo.
Papá entró a la cocina, pálido,
y le dijo algo a mamá por lo bajo.
Mamá se puso a llorar
y dejó de revolver la olla
que tenía en el fuego.
Yo no pregunté nada
amparada en esa sabiduría infantil
que perdemos con los años:
hacernos bolitas de silencio,
desaparecer cuando en el mundo de los grandes
se instala el virus del dolor,
rodar hasta debajo de la cama
y confundirnos con su caos secreto,
ser una florcita más de tierra y pelusa.
Al otro día lo supe:
se había muerto la Mary.
La Mary, que usaba vestidos baratos
y una colita en el pelo,
y tenía tres nenes chiquitos
y un marido que no conseguía trabajo.
¿Y ahora?
¿Y ahora qué va a hacer él
con tres nenes chiquitos
que hociquean los rincones
como perritos recién nacidos
buscando el olor de mamá?
¿Qué va a hacer
con ese plato de arroz que no llega?
Al otro día lo supe:
se había muerto la Mary.
Lo que no supe fue cómo
ni por qué.
De esas cosas no se habla.
Y menos con florcitas de pelusa de seis años
que se atrincheran debajo de la cama
y no quieren salir,
porque no hay escoba que valga
cuando los grandes lloran
y todo es miedo.
Con el tiempo supe, sí.
Cuando crecí supe
cómo se había muerto la Mary.
A veces pienso en ella
e imagino que una hemorragia injusta
todavía fluye entre sus piernas de polvo.
Imagino alguno de sus vestidos baratos
manchado de terror y agonía.
En los que pienso seguido es en sus hijos:
a ellos los imagino llorando en un rincón del aula
mientras sus compañeritos tallan jabones
o se embadurnan los guardapolvos con témpera
mientras fabrican regalitos para el día de la madre
como parte de la currícula estúpida
de un puñado de maestras anestesiadas.
Llevando flores al cementerio
hasta que todo deja de tener sentido:
las flores, el cementerio,
el ejercicio de recordar a una madre borrosa
que conocieron apenas.
Hace poco le pregunté a mamá por la Mary.
Ella dice que no se acuerda.
Yo creo que sí,
que se acuerda,
pero no quiere hablar del tema.
Cuando corté el teléfono
rodé hasta debajo de mi cama.
Me costó entrar, claro.
Ya no tengo seis años.
Me costó ver que las pelusas ya no parecían flores.
Y estaban manchadas de indiferencia y sangre.



