domingo, 12 de abril de 2026

SONIA


  SONIA


Andaba por los diecisiete
y era la prima de las vecinas rusas.
Yo tendría cinco o seis años
y estaba fascinada con su pelo largo y rubio,
sus ojos azules,
su olor a jardín de invierno,
a moneda de nieve.
Parecía estar hecha para el silencio
pero cantaba
y su voz era redonda y profunda
como las notas de un pájaro,
como el llamado de una campana nupcial.
Cantaba
y le daba cuerda a una caja de música que conservo intacta
en mi memoria de infancia:
un molino que giraba sus aspas iluminadas
al compás del “Vals de las flores”,
Tchaikovsky para soñar los sueños de los cinco años,
el privilegio de ser amiga
de la prima de las rusas.

Andaba por los diecisiete
y era tan hermosa
que yo me mordía las lágrimas cuando era ella
la que me desenredaba los rulos
y hundía mi nariz mora en su pelo rubio cada vez que podía:
jardín de invierno, sí,
moneda de nieve,
Snegúrochka.

Sonia, la rusita.
La perdí en alguna mudanza.
Años después supe que se suicidó a los veinte,
con el vestido roto
y el aliento borracho del padre
empotrado en la nuca.


viernes, 10 de abril de 2026

LA NEGRA


 LA NEGRA

 
"Es mala".
Lo venimos repitiendo desde que éramos chicos,
desde que era vieja antes de ser vieja
y hurgaba en el verde del fondo de su casa
hasta encontrar
el verde de los cabitos de las frutillas que el tío cultivaba
y nosotros nos comíamos a escondidas,
desechando por encima de la medianera
el cuerpo del delito.
Entonces arreciaba el escándalo:
"estos chicos son unos maleducados
tiran cosas para mi casa,
me llenan el fondo de basura"
("cuatro hojitas locas",
pensábamos indignados
y doblemente reprendidos:
por comernos las frutillas
y por tirar cosas para la casa de al lado;
"cosas, ¿cosas?, cuatro hojitas locas,
qué vista tiene la vieja,
qué ganas de joder").
"Es mala".
Tiene una obsesión con el verdillo
y amontona hojas podridas
en las veredas ajenas;
tiene una obsesión con las pelotas
y jamás las devuelve.
Debe atesorarlas en una habitación especial
y revolcarse en ellas
como Rico McPato en sus monedas de oro.
 
"Es mala".
Jamás le vi una sonrisa genuina
iluminando sus rasgos aindiados,
siempre una mueca algo espeluznante,
una mueca que enseña apenas sus dientes blanquísimos,
una imitación de la sonrisa de los otros,
algo antinatural, algo raro.
Alguna vez tuvo 15 años.
Es extraño pensar que alguna vez tuvo 15 años
(¿fue cuando los dinosaurios andaban muy tranquilos por ahí,
sin imaginarse la que se les venía encima?).
Alguna vez tuvo 15 años
y pasó tardes enteras
planchando las camisas de sus hermanos varones,
lustrando sus zapatos,
para que fueran al baile de punta en blanco.
Siete hermanos varones y ella.
Ella,
viendo pasar sus mejores años
detrás de las rejas que se cerraban con candado
cuando el último de los privilegiados
alcanzaba el cielo de la vereda.
Imaginando una milonga que nunca pisó,
bailando con su sombra
a escondidas de la severa mirada materna.
Siete hermanos varones y ella.
Siete hermanos varones que se enamoraron,
se casaron,
se fueron.
Cumplieron sueños, tuvieron hijos.
Buenos tipos, todos.
Buenísimos tipos.
 
Jamás fue a la escuela.
Jamás la tocó un hombre.
Jamás la amó un hombre.
Jamás tuvo nada que no fuera
camisas para planchar
y vecinitos para vengarse un poco
de una vida de mierda.
Ya sé, ninguno de nosotros tenía la culpa.
Pero cuando duele
el mordisco salta para cualquier lado.
Quizás jamás sonríe porque nunca aprendió.
 
¿Es mala?


miércoles, 8 de abril de 2026

AMANTE


 AMANTE



Leí en algún lugar

que las mujeres buscamos hombres

parecidos a nuestros hermanos.

Cuando te conocí te dije que te parecías a él.

Difícil, difícil.

Un boleto de ida a la frustración.

Como cuando llueve sopa

y te agarra con un tenedor en la mano.


Pero, no. No te parecías tanto.

Él se burlaba de los poetas

y vos

te enamoraste de mi manía de Alejandrita de cotillón

colgando guirnaldas de luto

(palabras, palabras)

para desanimar la fiesta.


Yo  me enamoré de un hombre

hecho a la medida de mi ayuno.

A veces tenía tus ojos.

A veces. Casi nunca.


Para ese entonces estaba tan delgada.

No cocinaba ni comía.

Me encerraba  a llorar entre ollas y sartenes

como una Cenicienta anoréxica.

Tenía la tristeza metida en los huesos.

Cuando hacíamos el amor

los embates de tu cuerpo

la empujaban fuera de mí.

Pero nunca se iba demasiado lejos.

Esperaba, agazapada,

enredada entre las sábanas,

y se pegaba a mis muslos

cuando me vestía para irme.


Vos te enamoraste

de mi feroz melancolía.

Me regalaste una novela de Sylvia Plath.

Me citabas en los cementerios.

Pero me dejaste

porque me reía poco

y no sabía bailar.


Todo esto pasó hace tanto tiempo.


De vez en cuando pienso

que me gustaría encontrarte

en la cola del cine.

O en la del supermercado.

Decirte que no nos guardo rencor.

Que ahora me río mucho,

de todos,

de todo,

y bailo entre ollas y sartenes,

mientras preparo brownies,

galletitas de miel

y mermelada de zapallo.

Que no me entra

ninguno de los primorosos vestidos

que me ponía para correr a tu encuentro.

Que cuando paso por un cementerio

me cruzo de vereda.


Decirte, mi querido,

que yo no necesitaba un amante:

necesitaba un gato.




Arte: Arte: Ada Breedveld 

lunes, 6 de abril de 2026

EL RONDADO

 EL RONDADO



Estaba escondido

en las habitaciones del verano.

En el ojo locuaz

de la gaviota.

En el olor estricto de los pinos.



Me tomó la mano,

apartó el cabello de mi frente

y me dijo dos o tres palabras

que no olvidé nunca.

Después instaló su manera

en la mañana,

me atropelló la boca con un beso

rezumado de arena.



Cuando se fue

cosí mi velo de viuda

con plumas de golondrinas rotas.

La vida es un animal escaso.



Yo nunca supe que la muerte lo rondaba.



Mientras no lo tocó,

fuimos el mundo.



Arte: Janet Lynch

sábado, 4 de abril de 2026

ALIVIO


 ALIVIO



Cuando dejé tu boca creí que era la muerte.

Que vos eras mi última apuesta de saliva,

el último rescoldo donde caldear los huesos,

el último pecado.

Me miré en el espejo y me sentí ridícula.

Mi bombachita negra, diminuta, de encaje,

tiritó como un perro mordido por el frío.

Me vi tal como soy: 

pechos que amamantaron,

abdomen prominente, 

vagina acobardada, 

papada inoportuna.

Caníbal de mí misma, 

masticando, 

escupiendo.



Sentí tanta vergüenza.

Me avergonzó mi carne.

Me avergonzó mi piel. Su caudal de reclamos.

Me avergonzó ser vieja.

Como si te debiera, a vos, mis veinte años.



Cuando dejé tu boca creí que era la muerte.

El retiro formal a cuarteles de invierno.

El prólogo  de un sweter tejido con desgano,

del tecito a las cinco,

de la telenovela.

La bombachita negra  ne miró y dijo basta,

nos jubilamos juntas,

se acabaron los trotes.



Pero no fue la muerte,

fue una especie de alivio.

Un sacarme de encima la presión de ser nena

pasados los cuarenta.

De pesar treinta kilos, negar que tengo caries,

jurar que la tintura jamás me tocó un pelo.

Un  mandar al carajo, feliz, a las vergüenzas,

a los talles small,

a la Cicatricure,

a las publicidades de yogures dietéticos.

Un mandar al carajo , feliz, 

al mundo, a vos.



Sobre todo a vos,

que sos más grande que yo

y creés que no se te nota.