sábado, 24 de octubre de 2026

EL CABALLITO BALANCÍN

 


EL CABALLITO BALANCÍN


"Cantábamos para siempre la canción.
Cantábamos nuestra alianza hasta después del mundo."
Olga Orozco

  

Estaba dentro de la canción

que cantábamos esa noche.

Noche de inocencia ajena

que la luz de la memoria

desnuda de un manotazo.

No era nuestra infancia,

no se desbordaba

en la dimensión de la lluvia.

Era blanco como el camino de grava 

donde rodaban los días.



Estaba dentro de la canción

que cantábamos esa noche.

Crecía junto a otros objetos inútiles:

una estrella estéril esparciendo

su semen baldío.

Se balanceaba al borde

de unos ojos inconclusos

-ocho años de ojos que se muerden los párpados-.

Parecía inofensivo

como un domingo estirado sobre el sueño.



Estaba dentro de la canción

que cantábamos esa noche.

Papá se fue al cielo

y los nenes

nos quedamos en el infierno

(mamá amuebla el infierno a su manera,

nos lava la culpa con chocolate caliente,

nos mira y no entiende,

no sabe,

no puede).

La mitad de nuestros recuerdos es falsa.

La otra mitad,

está contaminada por la herida.



Estaba dentro de la canción

que cantábamos esa noche.

Una licencia de Dios

o un soborno del Diablo.



No sé.


jueves, 22 de octubre de 2026

ROSA DIOR


 ROSA DIOR




Él va del brazo de una mujer vestida de negro.

Se arrancó una a una mis flechas.

En su pecho no hay

salpicaduras de sangre.

Supo con qué pie iniciar el retiro.

Yo saboreo un jardín de hielo

como una reina muerta.



Él y la mujer vestida de blanco,

la mujer con castillitos de cristal en las manos

y gemidos empolvados con azúcar,

vomitan su alegría insoportable

sobre mi boca vacía de pájaros.

Su coartada es el amor

-eso dicen-.

¿Dónde pongo mis sueños?



Él  se afana en las aldabas húmedas

de una mujer vestida de rojo.

No recuerda haberme olvidado.

Crece en otras pupilas

como una selva de aguavivas dulces.

Danza en otro cuerpo

como si yo nunca hubiera sucedido.



Él y la mujer vestida de azul,

la mujer con mariposas hambrientas en los muslos

y burbujas de verano en los párpados,

debaten sus cuerpos sudorosos

en las pestañas de mi insomnio.

Su excusa es el deseo

-eso dicen-.

¿Dónde pongo mis lágrimas?



Tantas mujeres vestidas,

desvestidas,

tantas mujeres negras, blancas, rojas,

azules como ciruelas, como peces,

haciéndose y rehaciéndose entre sus piernas,

ordenando la mesa de su cuerpo,

disponiendo su ombligo, su pubis, sus caderas

sus brazos, que me gustaban tanto.



Tantas mujeres menos yo,

tan rosa Dior,

tan rosa chicle,

tan rosa nada.


martes, 20 de octubre de 2026

LAS ZAPATILLAS ROJAS


  LAS ZAPATILLAS ROJAS

"Estoy en el centro
de una ciudad muerta
y me anudo las zapatillas rojas...
No son mías.
Son de mi madre.
Y de su madre.”
Anne Sexton, "Las zapatillas rojas"


 Ahora, vas a ser buenita.
Ahora te vas a poner estas zapatillas rojas
y vas a bailar al ritmo que te marquen los otros.
No,
las zapatillas que te hiciste vos no sirven:
no son lo suficientemente lindas
ni lo suficientemente elegantes.
Las costuras se ven  desprolijas
-nunca aprendiste ni a coser ni a bordar:
no  te encapriches en usar esas zapatillas hechas a mano;
no te encapriches en cantarle las cuarenta a mamá,
y a la abuela, y a la bis, y a la tátara,
y a todas las mujeres que te hicieron la sangre-.  


Ahora vas a ser buenita.
Ahora vas a dejar a un lado tus poemas
y tus sueños de poner el mundo patas para arriba
y te vas a ocupar de sonreír
y de limpiar las telarañas del techo
-no importa que se acumulen telarañas en el alma:
las telarañas del alma no se ven;
si no se ven, no existen;
si no existen, no pueden joder a nadie;
ni siquiera a vos, chiquita-.  


Hacé un esfuerzo por encajar
en este pueblo de calles desiertas
y señoras que querían ser cantantes de ópera
y se conformaron con plantar petunias
cuando llega la primavera.
Hacé un esfuerzo por sentar cabeza,
de una vez por todas.


Ahora, vas a ser buenita.
Ahora te vas a poner estas zapatillas rojas
y vas a bailar.
Y cuando llegues a la casa del verdugo
y te corte los pies,
te vas a acordar de todas ellas:
las ilustres tullidas de tu árbol genealógico.
Las que no querían bailar, pero bailaron.
Las que tampoco supieron cómo defender
sus zapatillas hechas a mano,

pobrecitas.

viernes, 16 de octubre de 2026

LA BAILARINA


 LA BAILARINA

 

En tus ojos danzaba.

Era una bailarina más liviana que el viento.

Una flor agitando su leve taquicardia.

En tus ojos la niña que sentía vergüenza

por sus zapatos torpes

se soltaba el recato,

los pudores, el miedo.

Y danzaba.

Era un venado blanco de perfecto equilibrio,

algo trascendental,

algo como la escarcha, que se toca y que duele,

que es bello, que se escapa.

En tus ojos mis pies eran dos golondrinas

y había un vuelo dulce

puntual como el verano

cada vez que tu boca se subía a mi boca

y se apuraba el beso.

 

En tus ojos danzaba.

Era la bailarina que olvidé en el desván

de los días tachados,

de las cosas que pasan.


Arte: Anna Ermolaeva

miércoles, 14 de octubre de 2026

PÁGINA EN BLANCO


 PÁGINA EN BLANCO



Tu corazón

era una página en blanco.

Garabateaba en él

la vida

con la fuerza

de mi feminidad apenas despuntada.

Escribía en tu piel cartas de anhelo.

En ese corazón

–página en blanco-

no pude dibujar una palabra

que a tus ojos me hiciera imprescindible,

que te diera un motivo de existencia.

Arrojaste tu cuerpo

una mañana

al abismo de la muerte deseada.

Inmolaste mis sueños

y tus días.

Tu blanco corazón

fue profanado

por la sangre aterida,

por la lluvia,

por el barro desencadenado,

por una fila marcial

de hormigas negras

que trazó un camino hacia la nada.



 Me morí de tu muerte 

esa mañana.

Me morí de la lluvia

y las hormigas.

Me morí de las páginas en blanco.






lunes, 12 de octubre de 2026

GRACIELA


 GRACIELA

 
Las italianas del barrio me llamaban Graciela , Gracielita.

Ese nombre era

un cofre con llave de añoranza.

En ese nombre había

sandías, aceitunas, vino,

frascos de mermelada de tomate,

flores de zapallo.

La zozobra de un barco

que nunca fue regreso.


 
Las vecinas italianas repetían   Graciela, Gracielita,

y se comían sus propios corazones

adobados con orégano y tomillo,

y sus pechos abiertos zumbaban

como abejas ungidas de verano.

Y yo era la campesina de pies ligeros

la novia del muchacho de pueblo,

la amante del gondolieri de ojos líquidos,

la nieta del pescador.


 
Las italianas del barrio ya no están

pero de vez en cuando alguien me llama Graciela.

Entonces recuerdo las caderas rotundas,

las lenguas atolondradas,

las bolsas del mercado.

Y mi nombre es un rayo de luna,

un látigo de luz,

que sus fantasmas trepan

hasta alcanzar el cielo,

hasta tocarlo.