viernes, 13 de marzo de 2026

SUPERVIVENCIA


 SUPERVIVENCIA 


A veces me pregunto 
cómo sobrevivo en mi reducto doméstico, 
sonriendo estúpidamente al sazonar la cena 
(que no le falte sal a mis noches
porque vivo atiborrada
de pastillas para no soñar 
y a pesar de todo 
sigo soñando con él, 
aunque no recuerdo su cara, 
ni su voz, 
y sus lágrimas no son más que cristales ilusorios, 
estalactitas de ausencia 
perforando unos ojos 
cuyo color tampoco recuerdo). 
Me pregunto cómo subsisto 
con este agujero tallado en mi pecho, 
con la inquietud saltando, sudorosa, 
sobre la línea pura 
que divide mi espalda, 
con tantas preguntas recamadas de polvo 
y tantas respuestas punzantes 
rasguñando mi garganta. 

Todavía sigo soñando con él. 
Tiene la cara 
de todos los hombres que me amaron 
y la de ninguno. 
Y yo limpio vidrios, 
y me abrazo a una escoba intrascendente,
y sonrío, 
con mi estúpida sonrisa de hembra atrapada 
en un arrecife de pan y manteca 
y cenas preparadas sin esmero, 
porque la vigilia me perdona, a veces, 
y el olvido 
parece posible.

jueves, 12 de marzo de 2026

LA LLORONA


 LA LLORONA



Debo confesar, entre muchas otras cosas,

que casi, casi,
me pasé toda la vida llorando.


Al principio lloraba por las mismas cosas
por las que llora todo el mundo:
tenía hambre, tenía frío, tenía sueño.
Con el paso de unos pocos años
fui encontrando mis motivos personalísimos.
Lloré porque el hombre mató a la madre de Bambi
y porque se murió la novia de Gardel
(lloré de tristeza y lloré de estupor:
a los cuatro años  ya es dificilísimo aceptar que se muera una novia,
pero que el novio se ponga a cantar es demasiado).
Lloré por la pobre solterona que se había quedado
sin ilusión y sin fe,
por la fea que iba procurando que el mundo no la viera
camino del taller,
por la hija de Libertad Lamarque que también era cieguita
y no podía jugar
(yo creía que era la hija de Libertad Lamarque;
después me enteré que no
pero, de todos modos, seguí llorando).
Lloré por el último organito
y por Luis Otero, el Sapito, del poema de Gagliardi,
al que el Destino Maldito le arrebató a la mamá.


Lloré  por casi todos los personajes de “Corazón”,
por la dulce Beth March,
porque Jo no se quedó con Laurie,
porque el País de las Maravillas fue sólo un sueño,

porque los Reyes Magos eran los padres.
Lloré por un lobo disfrazado de príncipe
que se empecinó en probarme un zapatito de cristal
demasiado pequeño  para mí
y me condenó a sangrar para siempre.
Lloré por Julieta, por Isolda, por la Reina Ginebra,
por Margarita Gautier, por  Manon Lescaut,
por Anna Karéninna, por la Dama del perrito,
por Madame de Tourvel .
Porque Clark Gable  abandonó a Vivien Leigh,
porque Humphrey Bogart dejó ir a Ingrid Bergman,
porque Meryl Streep no se bajó de la camioneta
para correr a los brazos de Clint Eastwood
(aunque sabía que no se tenía que bajar,
no, no, no,
bajarse hubiera sido convertir un amor de película
en un amor de entrecasa,
demasiado usado,
con agujeros mal zurcidos en la puerta del domingo).
Lloré porque Montgomery Clift  no sobrevivió a Pearl Harbor,
porque Leonardo DiCaprio no sobrevivió al Titanic,
por la mirada de Christian Bale en la escena final de “El imperio del Sol”.


Lloré cuando mataron a Lennon
y cuando se desmoronaron las Torres Gemelas
(y me dijeron taradano llores, son yankees;
entonces lloré porque me dijeron tarada
y porque nadie pensó en lo que habrá sentido esa mujer
que prefirió reventarse la cabeza contra el asfalto
antes de morir calcinada).
Lloré porque la Muerte
no se conformó con arrebatarme personajes de ficción
y fue por todo.
Porque me enamoré siendo demasiado joven
y me enamoré siendo demasiado vieja.
Lloré cuando fui a parir, cuando parí,
cuando me pusieron a mi bebé en los brazos.
Lloré la primera vez que hicimos el amor
y la última vez que lo vi.
Girondo estaría orgulloso de mí, lloré como él quería:
conlanarizconlasrodillasporelombligoporlaboca.
Lloré para atrás y para adelante:
lloré cuando se separaron los Beatles
(aunque cuando se separaron los Beatles yo tenía tres años
y no sabía quiénes eran)
y lloré cuando se casó mi hijo
(aunque mi hijo recién está estrenando su primera novia).
Lloré para arriba
(nunca hay que llorar para arriba
porque te puede caer el llanto en la cara),
lloré para abajo
(y fui dejando una sutil estela de sal detrás de mí
como si fuera un caracol hecho de suspiros),
lloré para los costados
(y salpiqué a los que estaban sentados al lado mío en el aula,
en el cine,
en el colectivo,
en la sala de espera del ginecólogo).
Gasté fortunas en pañuelos descartables y aquí estoy,
más pobre que nunca.


Supondrán las personas razonables que tanto llanto
debe haberme consumido.
Pero no.
Estoy escandalosamente rozagante.
Lo que no deja de ser motivo de llanto:
los pantalones no me cierran.
Lloré tanto, tanto, que para contarlo
escribí un poema larguísimo.
Ustedes se habrán aburrido, pero a mí
¿quién me quita lo llorado?



 Arte: "Crying Girl", Roy Lichtenstein 

martes, 10 de marzo de 2026

TODOS LOS HOMBRES QUE ME AMARON

   TODOS LOS HOMBRES QUE ME AMARON


 
 
Todos los hombres que me amaron
 
tenían miradas infinitamente claras
 
y exactas como espejos,
 
y en esas miradas yo me advertía siempre
 
como la niñita de tiza rosada
 
delineada en un viejo muro
 
tiritando
 
ante el perentorio holocausto de la lluvia.
 
 
 
Tenían todos ellos
 
dedos ágiles como golondrinas,
 
siempre era verano debajo de mi falda,
 
siempre era otoño en mi corazón aturdido
 
por tantas migraciones.
 
 
 
Yo quería ser una diosa obscena
 
con ojos eruditos encastrados
 
en mis pezones febriles
 
y un oráculo brutal entre las piernas
 
(ocho brazos para atraparte
 
ocho días a la semana)

y era siempre una muñequita de trapo
 
descuartizada por el olvido,
 
una muñequita llorona que pedía, pedía y pedía,
 
un poco más,
 
siempre un poco más,
 
hasta agotar todas las violencias
 
y todas las constelaciones.
 
 
 
Todos los hombres que me amaron
 
me regalaron zapatillas rojas de punta
 
ignorando
 
que soy una pésima bailarina
 
y me obligaron a danzar sin poder detenerme,
 
hasta que se cansaron de verme dar torpes volteretas
 
y me cortaron los pies
 
(por mi bien, claro, siempre por mi bien;
 
“nena, a ver si te quedás quieta de una buena vez
 
que nos estás volviendo locos”).
 
 
 
A todos ellos les cerré
 
la puerta de mi cuerpo en las narices
 
y hasta clavé algunos alfileres en sus fotografías,
 
porque también quise ser una bruja haitiana
 
con la piel negra como la brea
 
y los pechos enormes,

pero siempre fui la maestrita espantosamente dulce
 
que jamás aprendió a leer el Tarot. 



Todos los hombres que me amaron
 
me amaron más que a las otras mujeres
 
que se cruzaron en sus caminos
 
y suspiraron de alivio cuando dejaron de amarme. 
 
 
 
Ninguno de ellos supo a ciencia cierta
 
si lo quise demasiado
 
o demasiado poco.
 
Ninguno de ellos sabe a ciencia cierta
 
cuántos de sus sueños, sus fobias y sus gestos
 
alimentaron esta manía de escribirme la vida
 
y se quedaron atrapados para siempre
 
en el blanco sopor de mis papeles
 
como mariposas detenidas en la espera
 
de algún octubre promisorio.







domingo, 8 de marzo de 2026

SUEÑO


  SUEÑO
 

Soñé que me ahogaba en un estanque

y que flotaba en el agua

casi tan hermosa como la Ofelia de Millais,

boca arriba, palmas arriba,

junto a puñados de margaritas

arrancadas de los arbustos cercanos.

En el cuadro, las margaritas son unas pocas,

pero hay otras tantas flores que convierten a Ofelia

y a su entorno

en un extraño ecosistema de muerte y primavera.

En mi sueño sólo había margaritas.

Representan el candor, dicen. No sé.

Quizás representen lo sencilla que hubiera deseado ser,

vivir donde el verde,

desconocer un montón de palabras rimbombantes

que no alcanzan

para arañarle la cara al silencio.


Claro que no soy tan joven como Ofelia.

Ni tan hermosa. Ni tan inocente

(no llevo un collar de violetas que confirme,

mi estado de virginidad perpetua;

el amor se hizo en mí y en mí se deshizo,

cuando las piernas empezaron a acusar su cansancio).

Pero cuando flotaba inmóvil en ese estanque

y podía verme, como quien se mira

en una estúpida filmación casera,

sentía lo mismo que siento el mirar el cuadro:

Ofelia se va a disolver hasta ser una con el agua

o va a desaparecer en una onda gigantesca y repentina;

esto no es un final, esto es una mujer

reencontrándose con el hogar primigenio.

Al mirarme en ese estanque, inerte,

boca arriba, palmas arriba,

supe que yo necesitaba también volver a mi albergue primitivo.

Volver al útero del agua y parirme

con el corazón más inclinado hacia el lado de las margaritas

y menos hacia el de las tristezas.

Con menos palabras que decir

pero más verde en el cuerpo.


viernes, 6 de marzo de 2026

UNA DEL MONTÓN II


 UNA DEL MONTÓN II

 

Soy una del montón.

Una mujer más

entre todas las mujeres.

La que repite el gesto de tantas.

De todas.

Una tormenta previsible.

Nubosidad variable,

chaparrones,

pronósticos repetidos.

Y yo buscándome

debajo de tanta lluvia.

Yo hamacándome

en la boca del tedio.

 

Soy una del montón.

Ni una belleza extraordinaria,

ni un talento descollante.

Ni siquiera

un buen corte de pelo.

La morochita que se sentaba

en el último banco.

La morochita de la caja del super.

La morochita que recomendaba 

películas de Almodóvar

Y se ponía colorada

cuando le preguntaban por la Cicciolina

y "Chocolate y bananas".

La morochita.

El espejo donde cualquier mujer puede mirarse

y descubrirse en una mueca,

en una lágrima,

en un suspiro de días tachados.

 

Una del montón.

Una vida del montón.

A los veinte me enamoré por primera vez.

A los treinta dejé de ser yo

para convertirme

en la madre de.

A los cuarenta tuve una crisis.

A los cincuenta, un gato.

 

  

Arte: Nora Shepley 

miércoles, 4 de marzo de 2026

UNA DEL MONTÓN


  UNA DEL MONTÓN

 

No hay nada en mí que me haga

digna de distinción.

No tengo una belleza despampanante,

ni una inteligencia que supere la media.

No sé leer las cartas del Tarot,

ni hablo con los muertos,

ni levito,

ni me cuelgo cabeza abajo

como un murciélago en pausa

para soñar los sueños de la no conciencia.

Tengo una sola vida,

cuadrada y chiquita,

un terrón de azúcar con un dejo amargo

de veneno o de lágrimas.

Tengo una sola muerte,

la que me espera no sé cuándo,

no sé dónde.

La que salgo a buscar a medias

cuando me pinto el corazón de negro.

Porque la quiero. Pero no.



Sin embargo,

me esfuerzo cada día

para no ser una del montón.

Para no ser una vida y una muerte

tan iguales a todas.

Un mugido cuando el mundo me dio a luz

y una tumba que tendrá flores frescas

los primeros tiempos

y luego mutará en un eslabón más

de esa larga cadena de olvido

que son los cementerios.

Me esfuerzo en ser algo más

que una nadería que se zarandea sin gracia

en la platina del microscopio universal.



Pero es inútil:

no tengo una belleza despampanante,

ni una inteligencia que supere la media.

Ningún poder sobrenatural.

Me corto

y no sangro poemas.

 


Arte: Nora Shepley