domingo, 13 de septiembre de 2026

SUEÑO


  SUEÑO



Soñé que me ahogaba en un estanque

y que flotaba en el agua

casi tan hermosa como la Ofelia de Millais,

boca arriba, palmas arriba,

junto a puñados de margaritas

arrancadas de los arbustos cercanos.

En el cuadro, las margaritas son unas pocas,

pero hay otras tantas flores que convierten a Ofelia

y a su entorno

en un extraño ecosistema de muerte y primavera.

En mi sueño sólo había margaritas.

Representan el candor, dicen. No sé.

Quizás representen lo sencilla que hubiera deseado ser,

vivir donde el verde,

desconocer un montón de palabras rimbombantes

que no alcanzan

para arañarle la cara al silencio.




Claro que no soy tan joven como Ofelia.

Ni tan hermosa. Ni tan inocente

(no llevo un collar de violetas que confirme,

mi estado de virginidad perpetua;

el amor se hizo en mí y en mí se deshizo,

cuando las piernas empezaron a acusar su cansancio).

Pero cuando flotaba inmóvil en ese estanque

y podía verme, como quien se mira

en una estúpida filmación casera,

sentía lo mismo que siento el mirar el cuadro:

Ofelia se va a disolver hasta ser una con el agua

o va a desaparecer en una onda gigantesca y repentina;

esto no es un final, esto es una mujer

reencontrándose con el hogar primigenio.

Al mirarme en ese estanque, inerte,

boca arriba, palmas arriba,

supe que yo necesitaba también volver a mi albergue primitivo.

Volver al útero del agua y parirme

con el corazón más inclinado hacia el lado de las margaritas

y menos hacia el de las tristezas.

Con menos palabras que decir

pero más verde en el cuerpo.


Arte: "Ophelia", Lauren Saxton

viernes, 11 de septiembre de 2026

A MI ABUELA TAMPOCO LE GUSTABAN LAS TORMENTAS


  A MI ABUELA TAMPOCO LE GUSTABAN LAS TORMENTAS



Ella tenía la dolorosa costumbre

de no sonreír nunca.

Instalada en su sillón

(un sillón parecido al que usan

los directores de películas de Hollywood)

nos observaba con sus ojos ciegos.

Ella estaba ahí y nosotros

caminábamos la siesta en puntas de pie,

adelgazábamos la voz hasta convertirla

en una mariposa de alas transparentes,

no abríamos la heladera sin pedir permiso,

no teníamos nunca la última palabra.



Ella tenía el corazón en España

y la cabeza quién sabe dónde.

Escondía galletitas Havanna de limón

en el cajón de los repasadores

y era vieja desde siempre,

desde que teníamos memoria

(una vez vi una foto de ella a los veinte,

tenía un largo collar de perlas y un vestido tipo charleston,

y una sonrisa que me perturbó;

parecía una bailarina,

una bailarina festiva,

y tuve miedo de que los años

también me arrancaran la alegría).



Ella me decía mocosa de mierda, algunas veces,

pero era a la única a la que le convidaba

sus galletitas de limón

y a la que le contaba historias de barcos

y sueños,

y cosas que yo no entendía del todo:

¿quién entiende el desarraigo a los ocho años?



Ella, mi abuela,

tenía en el pelo blanco

un olor diferente a todos los olores

(a veces huelo el pelo de  mamá

y es el mismo olor,

mami tenés el mismo olor en el pelo que la abuela,

pero tu abuela se lavaba la cabeza con jabón Seiseme

y yo me la lavo con shampoo,

pero no importa, mami, es el mismo olor,

el mismo).



Tanto correr para que la sangre no me alcanzara

y, al final,

terminé pareciéndome un poco a mi abuela.

Yo también tengo el corazón en otra parte

(en Oz, en Neverland, en Temiscira)

y la cabeza quién sabe dónde.

A veces me olvido de sonreír;

a veces me miro en una foto de cuando tenía veinte

y parezco una bailarina

y me perturba no saber

dónde dejé mis zapatillas de punta.



Nos parecemos, sí, nos parecemos.

Yo escondo galletitas Havanna de limón

en el cajón de los repasadores

y a mi abuela

(la que tiembla a mi lado cuando un relámpago

me parte el insomnio en dos)

tampoco le gustaban las tormentas.



martes, 8 de septiembre de 2026

LUGARES COMUNES


 LUGARES COMUNES



Quisiera escribir un poema de amor.

Un poemita dulzón

o decididamente empalagoso.

Sencillito.

Basta con recordar que los zapatitos me aprietan,

que el corazón masculino tiene agujeros

donde la dama festejada cae blandamente

como una rosa rotundamente rosada.

Que hay señoritas a las que hay que cuidarles el alma

como si el alma fuera un canario

o un perrito faldero.

Basta con escuchar cinco o seis veces

los CDs que me grababa aquel chico

-tan azucaradamente escurridizo-

y saber que estoy hecha a la medida de alguien.

A la medida de un idiota, seguro.

Pero no importa.

Soy la mitad que falta en algún lado.



Quisiera escribir un poema de amor.

Un poemita de amor indigerible

como una lata entera de dulce de membrillo.

Facilísimo.

Basta con echar mano a un par de ojos celestes

como el cielo celeste,

al rubí de una boca apasionada,

a una melena de oro incandescente.

A un señor que dejó el corazón en cada paso

-cómo llegó hasta acá, no me pregunten-

y edificó castillos en mi piel de durazno.

(Ninguno pudo más que una casita prefabricada.

Pero supongamos que fueron castillos.)

Basta con convencerme de que soy

el tipo de mujer que tiene eso

y recordar a ese hombre,

rebeldemente descolocado a los cuarenta.

Ése nunca lloraba,

pero al menos tenía mejor gusto en cuestiones musicales.



Quisiera escribir un poema de amor.

Sencillito.

Basta con recordar que el kamikaze que duerme conmigo

me levantó en sus brazos una noche de lluvia

para que no me mojara los zapatos

y me escribió en un papelito que aún conservo

un “Qué bonita que estás” como si fuera una novela de Kundera.

La creatividad nunca fue  lo suyo, pobrecito.

Basta con hacer, además, un inventario

de los ilusos dispuestos a dejarlo todo

para que yo me quedara en algún lado.

Chantaje inútil porque no me quedé.

Como ya habrán notado.

Basta con indagar en algunos asuntos misteriosos:

¿Qué es eso del beso mariposa?

¿Qué gracia tiene amanecer en los labios

de una dama que todavía no se lavó los dientes?

¿Realmente hay gente que pierde el tiempo

recordando qué color son los cerezos?

¿Por qué no estrangulan de una vez por todas

al mentor de las infames melodías de ternura?



Quisiera escribir un poema de amor.

Con la labia que tengo no me costaría nada.



Pero dónde pongo el dolor.



Dónde.


domingo, 6 de septiembre de 2026

COSAS QUE NUNCA CONTÉ


 COSAS QUE NUNCA  CONTÉ 

Hay cosas que nunca le conté a nadie.
Que jamás aprendí a identificar tiempos verbales.
Que le tengo más miedo a la vejez que a la muerte.
Que cuando me besabas en el ascensor
de aquel hotelito de Recoleta
yo volvía a tantear la primavera
y levitaba con la boca llena de flores.
Que una vez casi doy el volantazo,
cambio de carril,
salto de la maceta al jardín
(de la sartén al fuego).
Que una vez casi.

Hay cosas que nunca te conté.
Que aquel hotelito Recoleta
fue el último que pisé,
hace ya tantos años.
Que fuiste la ficción perfecta
para incinerar a las amas de casa desesperadas
(50 sombras del tipo que  conocí en Internet).
Que una vez casi,
casi pero no,
porque cuando me desnudaba
siempre pensaba en él.

Hay cosas que nunca le conté.
Que vos existis(te), por supuesto.
Que cerca del cementerio de Recoleta hay un hotelito
y el amor de vez en cuando se deja ver por ahí,
y los gatos cantan,
y los esqueletos de los muertos ilustres
desafinan de hambre.
Que nunca le perdoné mi primer hueso fuera de tono.
Que lo quería tanto.


viernes, 4 de septiembre de 2026

BANDERA BLANCA


  BANDERA BLANCA


Siempre pensé que el sexo
era lo opuesto a la muerte.
Por eso tuve mucho sexo en mi vida.
No por amor.
No por placer.
No por perpetuar la especie
(aunque me hubiera gustado hacerlo
antes de que la humanidad
diera un paso irrevocable hacia el horror de la autoconciencia,
cuando morir era apenas quedarse inmóvil un instante
en el olfato ajeno
y volver a la tierra sin ceremonias inútiles).

En mi vida el sexo un ofició como un talismán.
Una piedra preciosa de efecto apotropaico.
Un hechizo para mantener el final a raya.
Las piernas de mis amantes fueron
el marco de la puerta de una vieja casa de adobe y sudor
donde me resguardé del terremoto de la muerte.
Quizás por eso son sus piernas
lo único que me quedó de ellos.

Podría decir que el sexo
me regaló una victoria a medias:
ya soy demasiado vieja para morir joven.
Pero también soy demasiado vieja
para tener sexo todos los días
Supongo que llegó el momento de darme por vencida.
El momento de escribir un testamento idiota
y decidir (con nostalgia, con malicia, con arrepentimiento)
a quién le dejo las piernas que no pude amar ni desear.
A quién le dejo el miedo.



miércoles, 2 de septiembre de 2026

SUPERSTICIONES


 SUPERSTICIONES



Hoy fui a que me tiraran las cartas.

Sí, ya sé,

soy supersticiosa, siempre lo fui.

Jamás paso por debajo de una escalera

y cuando la sal se derrama

recojo un puñado para arrojarlo sobre mi hombro

y espantar a los demonios que me persiguen

desde siempre

(pero parece que el truquito es vano

porque los demonios no se dan por vencidos

e insisten en acosarme;

algunos tienen tu cara,

pero la mayoría tiene la mía).



Hoy fui a que me tiraran las cartas.

Esperaba que me dijeran que me amás,

que todavía me amás

y no que tengo el alma rota,

porque eso yo ya lo sabía

antes del Tarot y antes de la última lluvia

que me empapó la boca este invierno,

antes de que vos pusieras un pie en mi vida.



El alma rota.

Me preocupé demasiado

por conservar intactos todos los espejos

(un espejo roto es desgracia segura)

y dejé que mi alma se quebrara

como el más frágil de los cristales.



Lo lógico sería

-siguiendo mi supersticiosa lógica-

recoger los pedazos

y arrojarlos al agua

en una noche de luna

(una mujer desalmada sería mucho más taquillera

que una mujer con el alma rota;

sería casi Bette Davis

en una vieja película en blanco y negro).

Pero no puedo hacerlo,

porque hay pedazos de mi alma que se quedaron con vos,

y hace rato que mis noches no tienen luna,

y el agua,

o me da pánico o me da arcadas.



Me preocupé demasiado

por tocar madera

y acumular tréboles de cuatro hojas

y patitas de conejo

(convenciéndome a mí misma de que los conejos

se habían muerto de muerte natural

y nadie les había cortado la garganta

y los había dejado desangrarse).

Y me rompí,

dejé que me rompieran.



(Señora Tarotista,

por favor,

dígame algo que no sepa).


Hoy fui a que me tiraran las cartas.

Esperaba que me dijeran que me amás,

que todavía me amás.

Que lo nuestro aún podía ser.

Pero, entre tantos hombres morenos

que me dan la espalda

y tantas torres derrumbándose,

faltabas vos.



(¿Cómo se me ocurrió pensar

que algo podía salir bien

en un mundo donde hay un tipo

que se llama Mark Chapman?).