miércoles, 26 de agosto de 2026

TORMENTA


 TORMENTA


Llegó desde mi centro,

anular, perentorio.

Húmedo como un nido de musgo.

Rompió la greda viva con un grito,

con un embate de pájaro insolente.

Se descolgó

desde el olor de la fruta fermentada.

Descorrió las festivas guirnaldas de la sangre.

El abanico abierto de la carne

disparó a quemarropa la ternura.



Él se acodó

en la vigilia y en el sueño,

en el pesado aliento del verano.

Para desarreglar el pulso de las flores.

Para sanar las sombras.

Y yo abrí y cerré mis lágrimas al ritmo de su boca.

Como un manzano. Floreciendo.

Año tras año.



Ahora él viene y se va.

Me da besos ligeros.

Peces clarividentes que me cruzan los ojos.

Botellas arrojadas al océano

con notas para otra.

Su excusa es estar vivo y tener quince años.

Yo tengo que buscar a la que era

antes del sol clavado en la puerta del domingo.

Rememorar el hilo de este cuerpo

y cambiar de paisaje.



¿Qué hago con el alma?




lunes, 24 de agosto de 2026

FEROZ


 FEROZ



Cuerpo  irresuelto, 
brazos en cruz,
y tu olor clavado como un Cristo marchito
en esta sed perenne.
¿Por qué buscarte
en el desgarro del sexo,
en la partición de este pan desesperado,
en esta levadura amarga
que se impacienta
al norte de mis piernas?
¿Por qué encontrarte
en la frontera del bosque y la saliva,
en la fábula caliente de la sangre,
en  mi memoria de presa azorada?


Decir te amo y no.
Decir te amo y no.
Sí, sí.
No.
Inmolarme
en tus magias inútiles.


Caperucita Rota
 el lobo que vuelve.
Feroz.

viernes, 21 de agosto de 2026

TODO ESTÁ BIEN


 TODO ESTÁ BIEN

A Susana Rodrígues Tuegols

“Desnúdate.
Baila la danza ritual de la madurez.
Y sobrevive
como sobreviviremos todas.”
Gioconda Belli

Todo está bien,
glóbulos rojos,  hemoglobina,  glóbulos blancos,  plaquetas,
glucemia, ácido úrico, triglicéridos,  colesterol
(un poquito alto el malo,
pero un poquito, nada más),
creatinina,
los ovarios no funcionan
pero era lo esperable,
¿cuántos años me dijiste que tenías?
Volvé dentro de un año.
(Volvé dentro de un año
cuando te hayas acostumbrado a tu nueva condición
de casa vacía.
Sentate en la sala de espera
llena de mujeres embarazadas
y madres acunando bebés
y pensá que el tiempo es una mala jugada.
Democrática, eso sí,
pero mala jugada al fin.)

Las azucenas de mis quince
están en flor.
Treinta y cinco años floreciendo.
Pronto vendrán las abejas
con su saludo tribal
y el polen cortará la cinta del viento
inaugurando las voces de la primavera.
No voy a quedarme al margen.
Tengo un jardín,
soy un jardín.
Voy a inventar otra forma de florecer.
Voy a amoblar esta casa vacía
con versos,
con pétalos blancos.
Y voy a volver dentro de un año, claro,
firme como un soldadito de la buena salud,
y vos vas a ser apenas un señor alto de ojos azules
y guardapolvo inmaculado,
y no un horrible Víctor  Frankenstein,
un abominable Dr. Phibes,
un maldito Joseph Mengele.
Voy a volver con un ramo de azucenas:
son las de mis quince,
siguen floreciendo.
Tengo un jardín,
soy un jardín.
Al final no era para tanto.

Todo está bien.
El colesterol un poquito alto
pero era lo esperable,
como todo en este cuerpo
que cosechó la última de sus manzanas
y se desentendió de los almanaques.
Como todo en esta vida.

Qué hermosas azucenas.
¿Cuántos años me dijiste que tenías?


martes, 18 de agosto de 2026

EN MEDIO DE UNA CHARLA TRIVIAL


   EN MEDIO DE UNA CHARLA TRIVIAL



Después de tanto tiempo otra vez estás acá.

Apareciste

en medio de una charla trivial.

-Vos vivías cerca de la casa del Gallego.

-Sí, yo estaba enamorada de él cuando tenía dieciséis años...

-Ya hace treinta que murió.

-¿Tanto?


Yo estaba enamorada, sí,

aunque no te conocía.

No sabía

nada más que tu cara de rosa de los vientos,

tu cara brújula para navegar mi insomnio.

Era un cachorrito ciego con hambre de piel

y vos te escurrías entre las tablas

de mi guardapolvo blanco,

un  gemido sin nombre,

un caramelo de fuego

degustado a espaldas de mamá y sus sermones.

Me tocaba para tocarte.

Me inventé un cuerpo

para adivinar el tuyo.


No te conocía pero amaba en vos

todo lo que estaba por venir:

la bandera del beso plantada en mis palabras

para hacer el poema del silencio,

los piernas gravitando como planetas dulces

en torno a una espalda y su dominio,

la saliva, el sudor,

los carnavales respirados a dúo. 

Amaba en vos también lo que no fue.

La mano de la vida

bajándole un bretel a la alegría.

Y ese hombro desnudo.


Después de tanto tiempo otra vez estás acá.

Apareciste

en medio de una charla trivial.

No hubiéramos llegado a nada:

renegabas de las chicas complicadas. 

Pero qué bello eras.

Y qué bella era yo.


Qué bella.



domingo, 16 de agosto de 2026

PENSAR EN LA MUERTE


 PENSAR EN LA MUERTE


Pienso mucho en la muerte.
Es un lujo que puedo darme
porque tengo la panza llena,
dirán algunos.
Es un dudoso lujo que no puedo abandonar
desde que a los 8 años vi morir a mi padre.
Cuando escuché morir a mi padre:
intentó respirar por última vez y hubo un ruido
(un ruido áspero, crepitante,
que imaginé como la bota de un ogro aplastando su garganta).
Un ruido feroz y, después,
el corazón de papá salteándose la vida,
un silencio espeso acampando donde,
hacía apenas unas horas,
había risas, retos, trajín cotidiano.

A mi hermano no lo vi morir:
lo vi muerto.
Hacía una semana que estaba muerto cuando lo encontré,
un bulto oscuro discrepando
con las baldosas blancas de su cocina
(y fue como entrar en la cocina de la muerte,
en su insidioso laboratorio;
pude ver su trabajo después del silencio,
eso que las flores y la tierra ocultan para bien de todos,
la hinchazón, los rasgos licuados,
el olor a infierno).
Con mi hermano llegué después del ruido.
Mucho después.
El único ruido que puedo asociar a su cadáver
es mi grito partiendo en dos
una tarde antinatural como una manzana de cera.

Pienso mucho en la muerte.
Todos los días tarareo “Causas y azares”
y esa es mi forma más habitual de pensar en la muerte:
Cuando Pedro salió a su ventana
no sabí­a, mi amor, no sabí­a,
que la luz de esa clara mañana
era luz de su último dí­a…”
¿No sabía? ¿Realmente no sabía?
¿No hubo una señal, la huella de un dedo ajeno
en el marco de la ventana,
un voz discordante en el monólogo del sol?
¿Cuándo uno abre los ojos
el día que va a morir
no presiente que hay algo que se está escapando,
algo que se está yendo,
un círculo que se cierra a medida que las horas avanzan
en su simulacro de rutina?

Pienso mucho en la muerte.
Es un lujo que puedo darme
porque tengo la panza llena,
dirán algunos.

Probablemente tengan razón.