domingo, 31 de mayo de 2026

YO TUVE LA CULPA


  YO TUVE LA CULPA



Yo tuve la culpa.

Claro que yo tuve la culpa.

Yo usaba la pollera demasiado corta,

las uñas  demasiado largas,

los ojos demasiado abiertos para abrazar

amaneceres/perros/mariposas

y demasiado cerrados para advertir

el gesto cruel del verdugo.

Yo caminaba sola por la playa,

me comía el mar,

me comía la espuma,

era una sirena ondulante de mochila rosa.

Yo iba a bailar con un short demasiado provocador,

un corte de pelo demasiado llamativo

y ese mechón subversivo y rubio

cayéndome sobre la frente.

Yo besaba a mis amigos en los labios, a veces.

Yo tomaba algo con mis amigos, a veces.

Yo tenía amigos.



Yo tuve la culpa.

Claro que yo tuve la culpa.

Yo andaba y desandaba los pasos de la noche,

me hamacaba en las pestañas de la luna,

tenía un novio, o dos,

y  me dejaba amar

porque yo también amaba.

Yo usaba los jeans demasiado ajustados,

los tacos demasiado altos,

la boca demasiado abierta para besar/cantar/reír

y demasiado ajena al grito.

¿Por qué iba a gritar si yo tenía 15, 17, 20 años?



Yo tuve la culpa.

Claro que yo tuve la culpa.

Yo era demasiado joven,

demasiado linda,

demasiado alegre.

Estaba demasiado viva.

Yo era demasiado.

Tenía un violín en la sangre,

un pájaro en la garganta,

un jardín brotado en los párpados.

Y el aire florecía cuando me tocaba el sueño.

Yo tenía la ilusión de ser velero, poema, camino,

guardapolvo a cuadros, guardapolvo blanco,

sutura en la llaga de los hospitales.
.
La ilusión de pintar en mi aldea

todas las aldeas del mundo.

Yo escribía las memorias de mi útero

en un diario impalpable,

escuchaba absorta sus cantos tribales,

sus pulsaciones de animal dorado.



Yo tuve la culpa.

Claro que yo tuve la culpa.

Yo tuve la culpa de la bala que me quebró la espalda,

del golpe que me partió la cabeza,

de la puñalada que me desmembró el camino de la sangre.

Yo tuve la culpa de los pulmones rotos,

del sexo profanado,

del caos del ombligo,

del descalabro de las piernas.

Yo tuve la culpa de la bolsa negra

que vistió mi desnudez apagada,

de la logia de moscas custodiando

mi pudrición y mis úlceras,

de la mirada viuda respirando

arena, tierra, basura.



Yo tuve la culpa.

Claro que yo tuve la culpa.

Yo bailé sobre una mesa como una gitana impúdica,

me fui a la cama con un hombre que apenas conocía,

me quedé con un golpeador porque me gustaba,

me aventuré en las aguas del peligro,

le fui infiel a mi marido, a mi patrón, a mi Dios,

no repasé las cuentas de un rosario de penitencia.

Yo serví mi cuerpo

en la bandeja cotidiana del prejuicio.



Yo tuve la culpa.

Claro que yo tuve la culpa.

¿Cómo no voy a tener la culpa

si yo soy mujer?




Agostina Vega desapareció el sábado 23 de mayo de 2026 por la noche en el barrio General Mosconi, de la provincia de Córdoba. La joven salió de su casa engañada, creyendo que iría a prepararle una "sorpresa" a su madre junto a un conocido.
Tomó un remís hacia el barrio Cofico para encontrarse con Claudio Gabriel Barrelier (33 años), ex pareja de su madre. Cámaras de seguridad registraron el momento en que ambos ingresaron juntos a la vivienda de él, lugar del que Agostina nunca salió con vida.
El sábado 30 de mayo, tras intensos rastrillajes con drones, helicópteros y perros, la policía encontró el cuerpo desmembrado
de la menor en un descampado de 200 hectáreas en el barrio Ampliación Ferreyra.

sábado, 30 de mayo de 2026

CHAU, ALEJANDRA


 CHAU, ALEJANDRA

“explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome”
Alejandra Pizarnik


Chau, Alejandra, chau.

Pájaro de ceniza,

pájaro acariciado por  la ausencia,

pájaro que se vuelve jaula

que se vuelve pájaro,

que se vuelve  excusa para seguir muriendo.



Chau, Alejandra, chau.

La fea de la escuela,

la judía, la rusa,  la rara.

La que adornaba su desnudez con palabras.

La que sabía que el mejor poema

era una estrella en la cresta de su sexo,

una prórroga de viento debajo de aquel vestido azul.



Chau, Alejandra, chau.

No te olvides tus máscaras, tus huesos ablandados por las lágrimas,

ese alfabeto de arena que hilvana

el desierto que te escuece la garganta.

No te olvides los gestos inconclusos,

el gato que nunca tuviste,

esa canción de Janis

(ahora, las dos niñas monstruo se están dando la mano,

las dos niñas muertas,

una canta y la otra llora en silencio;

una agita el corazón como si agitara un pañuelo póstumo

y las dos dicen chau, chau, nos vamos,

no somos de este mundo).



Chau, Alejandra, chau.

Chau Flora, chau Buma.

Chau hacedora de todos los jardines.

Chau paridora de animales pequeños,

calientes, eternos,

alimentados con tus jugos secretos,

con tu sangre, tu savia,

con tu saliva somnolienta detenida

en la médula rabiosa del último día.



Chau, Alejandra, chau.

Afuera hay sol porque es primavera.

Adentro hay carencias pudriéndote la boca.

Te vas con todas los barcos naufragados en el cuerpo.

Con todos los muros clavados en el pensamiento.

Vomitando o gritando o gimiendo.

O riéndote de los funerales que te esperan.

Los que lloraste antes de decir chau.

Los que te arropan con sus flores rotas, sus nidos de tierra antigua,

sus gusanos traslúcidos, sus hormigas.



Chau, Alejandra, chau.

Buen viaje. Mal viaje



¿Importa?



jueves, 28 de mayo de 2026

UNA ELIGE

UNA ELIGE

A Pauli


Una elige.


Elige la muñeca a la que va a cuidar
más que a las otras.
Elige la mejor amiga.
Elige ser Meg, o Jo, o Beth o Amy.
Ser la mujer biónica o la mujer maravilla.
Obedecer a mamá o desobedecerla.
Estudiar o perpetuar la unción de las abejas.



Una elige vestidos, zapatos, carteras.
Peinados, esmaltes para uñas.
Panes o peces.
Elige amar a un hombre
hasta que la muerte los separe
(o hasta que los separe la rutina,
la reiteración de gestos que van perdiendo sentido,
la consumación pagana del otoño).
Una elige el color de las cortinas.
La raza de su perro.
Los nombres de sus hijos.
El Dios en el que no va a creer.
La bebida light con la que acompañará la cena.
(Elige cosas grandes y cosas pequeñas,
cosas trascendentes, cosas  estúpidas). 



Entonces, una noche,
por primera vez,
por terrible vez,
una elige un ataúd.



Y es tan adulta, tan adulta
que todo  le da miedo.



 

martes, 26 de mayo de 2026

EL HIJO


  EL HIJO



Ella siempre lo supo:

entrabas al dolor.

A un dolor que no te pertenecía.

Deslizándote por el tobogán de sus piernas

como un delfín rubio.



Pequeña ciruela agridulce

de puertas cerradas

caíste en picada cerca del árbol,

una mancha de amor

al pie de la letra.

La cueva se había tragado

el orgullo victoriano

de las flores y los candelabros.

La última rosa cocinaba en el horno

su roja quietud

y vos tirabas piedritas

contra la ventana

de una casa muerta.



(El bebé en el establo.

La ciruela agusanada respirando.

Escupiendo la papilla mientras el padre llora

y todos decimos así o asá

porque es fácil incubar huevos ajenos,

tender camas ajenas,

sobreactuar los poemas de otro).



En tu memoria de animal amputado

se agitaba

una melena de algas crepitantes.

No era el fuego.

era el mar

y te llamaba.



Era el mar

abriéndote las ventanas

de la casa muerta,

y ella parpadeando como un lagarto de sol,

tus mismos ojos verdes.