tenían miradas infinitamente claras
y exactas como espejos,
y en esas miradas yo me advertía siempre
como la niñita de tiza rosada
delineada en un viejo muro
tiritando
ante el perentorio holocausto de la lluvia.
Tenían todos ellos
dedos ágiles como golondrinas,
siempre era verano debajo de mi falda,
siempre era otoño en mi corazón aturdido
por tantas migraciones.
Yo quería ser una diosa obscena
con ojos eruditos encastrados
en mis pezones febriles
y un oráculo brutal entre las piernas
(ocho brazos para atraparte
ocho días a la semana)
descuartizada por el olvido,
una muñequita llorona que pedía, pedía y pedía,
un poco más,
siempre un poco más,
hasta agotar todas las violencias
y todas las constelaciones.
Todos los hombres que me amaron
me regalaron zapatillas rojas de punta
ignorando
que soy una pésima bailarina
y me obligaron a danzar sin poder detenerme,
hasta que se cansaron de verme dar torpes volteretas
y me cortaron los pies
(por mi bien, claro, siempre por mi bien;
“nena, a ver si te quedás quieta de una buena vez
que nos estás volviendo locos”).
A todos ellos les cerré
la puerta de mi cuerpo en las narices
y hasta clavé algunos alfileres en sus fotografías,
porque también quise ser una bruja haitiana
con la piel negra como la brea
y los pechos enormes,
que jamás aprendió a leer el Tarot.
me amaron más que a las otras mujeres
que se cruzaron en sus caminos
y suspiraron de alivio cuando dejaron de amarme.
Ninguno de ellos supo a ciencia cierta
si lo quise demasiado
o demasiado poco.
Ninguno de ellos sabe a ciencia cierta
cuántos de sus sueños, sus fobias y sus gestos
alimentaron esta manía de escribirme la vida
y se quedaron atrapados para siempre
en el blanco sopor de mis papeles
como mariposas detenidas en la espera
de algún octubre promisorio.






