PAN CON CICATRICES
Poesía de Raquel Graciela Fernández
miércoles, 18 de marzo de 2026
lunes, 16 de marzo de 2026
SALTOS AL VACÍO
SALTOS AL VACÍO
I - PEG, EL BOULEVARD DE LOS SUEÑOS ROTOS
La suicida busca
su camino de regreso
(regreso al agua natal,
al útero que tiembla cuando el amor lo golpea
con su suave látigo de lilas).
Busca descalzarse las calles
que desembocaron en la nada.
Arrancarse de los días
el dudoso lujo
de haber malventilado sus partes íntimas.
de haber malventilado sus partes íntimas.
Entonces
arroja su cuerpo a los perros del aire
y sus dentelladas son tan dulces, tan dulces,
que la carne germina en una estampida de jazmines.
(Jazmines que se pudren cuando tocan el suelo
y el silencio se seca,
y la sangre todavía pregunta
por el camino regreso).
por el camino regreso).
II - DOROTH Y, SE ACABÓ EL VODKA
La suicida planea un viaje largo.
Eso les dice a sus amigos.
Los invita a una fiesta de despedida.
Se encoge de hombros cuando el vodka se acaba.
La suicida empapela la noche con pájaros de azufre.
Lleva un traje de terciopelo negro
y la cabeza atiborrada
de objetos inflamables.
Da un salto que es, casi, una declaración de fuego.
Se había acabado el vodka
y a ella
se le había acabado la sed.
III - EVELYN, EL SUICIDIO MÁS HERMOSO
La suicida sonríe,
siempre sonríe.
La sonrisa es una máscara que usa hacia afuera;
hacia adentro
desteje coronas de novia
y se arrima
a los olores rojos.
Y quiere arder
como ardieron esos vestidos
que deberían haber sido su carne
(¿Por qué una mujer quemaría vestidos?
¿Por qué una mujer quemaría vestidos si esos vestidos no fueran
el preámbulo de un cuerpo que se abre paso
hacia un gesto de adiós definitivo,
hacia una desnudez de vertebras dulces
rompiéndose
como mariposas de luna y leche?).
La suicida busca no ser
pero el olvido le suelta las manos
(La belleza es, casi siempre, una bestia antojadiza.
A veces respira
en el sexo puntual de los amantes.
A veces nace muerta
y el dolor es su casa).
IV - RUSLANA, LA MUERTE DE RAPUNZEL
La suicida abre ventanas en cada llaga
y se arroja a un vacío hecho de húmeros tristes
y piel entumecida.
Se estrella contra Dios y su hueste de santitos sordomudos,
contra las muñecas rusas sofocadas con volados,
contra la ceremonia ordinaria del hambre.
Abre ventanas que se dejan morir
como animales delicados
atragantados con puñados de flores.
Ventanas que son.
Pero no.
Hasta que una vez
la suicida abre una ventana real
y los ojos se le sueltan como pájaros feroces.
Entonces ella también es un pájaro
y se va detrás de esos ojos,
detrás de un nido de sangre detonada.
(Y el asunto no tiene más vueltas
porque hay una cabeza rota en el pavimento,
y comienzan a llegar los curiosos, las sirenas,
y una mano de niebla recoge lo que le pertenece desde aquel día
en el que, por primera vez,
la suicida no se perdonó el cuerpo).
Arte: "Woman committing suicide by jumping off of a bridge", George Cruikshank
Arte: "Peg Entwistle", Josh Pincus
Arte: "Beautiful suicide", Katarina Vojković
viernes, 13 de marzo de 2026
SUPERVIVENCIA
SUPERVIVENCIA
A veces me pregunto
cómo sobrevivo en mi reducto doméstico,
sonriendo estúpidamente al sazonar la cena
(que no le falte sal a mis noches
porque vivo atiborrada
de pastillas para no soñar
y a pesar de todo
sigo soñando con él,
aunque no recuerdo su cara,
ni su voz,
y sus lágrimas no son más que cristales ilusorios,
estalactitas de ausencia
perforando unos ojos
cuyo color tampoco recuerdo).
Me pregunto cómo subsisto
con este agujero tallado en mi pecho,
con la inquietud saltando, sudorosa,
sobre la línea pura
que divide mi espalda,
con tantas preguntas recamadas de polvo
y tantas respuestas punzantes
rasguñando mi garganta.
Todavía sigo soñando con él.
Tiene la cara
de todos los hombres que me amaron
y la de ninguno.
Y yo limpio vidrios,
y me abrazo a una escoba intrascendente,
y sonrío,
con mi estúpida sonrisa de hembra atrapada
en un arrecife de pan y manteca
y cenas preparadas sin esmero,
porque la vigilia me perdona, a veces,
y el olvido
parece posible.
jueves, 12 de marzo de 2026
LA LLORONA
LA LLORONA
Debo confesar, entre muchas otras cosas,
que casi, casi,
me pasé toda la vida llorando.
Al principio lloraba por las mismas cosas
por las que llora todo el mundo:
tenía hambre, tenía frío, tenía sueño.
Con el paso de unos pocos años
fui encontrando mis motivos personalísimos.
Lloré porque el hombre mató a la madre de Bambi
y porque se murió la novia de Gardel
(lloré de tristeza y lloré de estupor:
a los cuatro años ya es dificilísimo aceptar que se muera una novia,
pero que el novio se ponga a cantar es demasiado).
Lloré por la pobre solterona que se había quedado
sin ilusión y sin fe,
por la fea que iba procurando que el mundo no la viera
camino del taller,
por la hija de Libertad Lamarque que también era cieguita
y no podía jugar
(yo creía que era la hija de Libertad Lamarque;
después me enteré que no
pero, de todos modos, seguí llorando).
Lloré por el último organito
y por Luis Otero, el Sapito, del poema de Gagliardi,
al que el Destino Maldito le arrebató a la mamá.
Lloré por casi todos los personajes de “Corazón”,
por la dulce Beth March,
porque Jo no se quedó con Laurie,
porque el País de las Maravillas fue sólo un sueño,
porque los Reyes Magos eran los padres.
porque los Reyes Magos eran los padres.
Lloré por un lobo disfrazado de príncipe
que se empecinó en probarme un zapatito de cristal
demasiado pequeño para mí
y me condenó a sangrar para siempre.
Lloré por Julieta, por Isolda, por la Reina Ginebra,
por Margarita Gautier, por Manon Lescaut,
por Anna Karéninna, por la Dama del perrito,
por Madame de Tourvel .
Porque Clark Gable abandonó a Vivien Leigh,
porque Humphrey Bogart dejó ir a Ingrid Bergman,
porque Meryl Streep no se bajó de la camioneta
para correr a los brazos de Clint Eastwood
(aunque sabía que no se tenía que bajar,
no, no, no,
bajarse hubiera sido convertir un amor de película
en un amor de entrecasa,
demasiado usado,
con agujeros mal zurcidos en la puerta del domingo).
Lloré porque Montgomery Clift no sobrevivió a Pearl Harbor,
porque Leonardo DiCaprio no sobrevivió al Titanic,
por la mirada de Christian Bale en la escena final de “El imperio del Sol”.
Lloré cuando mataron a Lennon
y cuando se desmoronaron las Torres Gemelas
(y me dijeron tarada, no llores, son yankees;
entonces lloré porque me dijeron tarada
y porque nadie pensó en lo que habrá sentido esa mujer
que prefirió reventarse la cabeza contra el asfalto
antes de morir calcinada).
Lloré porque la Muerte
no se conformó con arrebatarme personajes de ficción
y fue por todo.
Porque me enamoré siendo demasiado joven
y me enamoré siendo demasiado vieja.
Lloré cuando fui a parir, cuando parí,
cuando me pusieron a mi bebé en los brazos.
Lloré la primera vez que hicimos el amor
y la última vez que lo vi.
Girondo estaría orgulloso de mí, lloré como él quería:
conlanarizconlasrodillasporelombligoporlaboca.
Lloré para atrás y para adelante:
lloré cuando se separaron los Beatles
(aunque cuando se separaron los Beatles yo tenía tres años
y no sabía quiénes eran)
y lloré cuando se casó mi hijo
(aunque mi hijo recién está estrenando su primera novia).
Lloré para arriba
(nunca hay que llorar para arriba
porque te puede caer el llanto en la cara),
lloré para abajo
(y fui dejando una sutil estela de sal detrás de mí
como si fuera un caracol hecho de suspiros),
lloré para los costados
(y salpiqué a los que estaban sentados al lado mío en el aula,
en el cine,
en el colectivo,
en la sala de espera del ginecólogo).
Gasté fortunas en pañuelos descartables y aquí estoy,
más pobre que nunca.
Supondrán las personas razonables que tanto llanto
debe haberme consumido.
Pero no.
Estoy escandalosamente rozagante.
Lo que no deja de ser motivo de llanto:
los pantalones no me cierran.
Lloré tanto, tanto, que para contarlo
escribí un poema larguísimo.
Ustedes se habrán aburrido, pero a mí
¿quién me quita lo llorado?
Arte: "Crying Girl", Roy Lichtenstein
martes, 10 de marzo de 2026
TODOS LOS HOMBRES QUE ME AMARON
TODOS LOS HOMBRES QUE ME AMARON
Todos los hombres que me amaron
tenían miradas infinitamente claras
y exactas como espejos,
y en esas miradas yo me advertía siempre
como la niñita de tiza rosada
delineada en un viejo muro
tiritando
ante el perentorio holocausto de la lluvia.
Tenían todos ellos
dedos ágiles como golondrinas,
siempre era verano debajo de mi falda,
siempre era otoño en mi corazón aturdido
por tantas migraciones.
Yo quería ser una diosa obscena
con ojos eruditos encastrados
en mis pezones febriles
y un oráculo brutal entre las piernas
(ocho brazos para atraparte
ocho días a la semana)
tenían miradas infinitamente claras
y exactas como espejos,
y en esas miradas yo me advertía siempre
como la niñita de tiza rosada
delineada en un viejo muro
tiritando
ante el perentorio holocausto de la lluvia.
Tenían todos ellos
dedos ágiles como golondrinas,
siempre era verano debajo de mi falda,
siempre era otoño en mi corazón aturdido
por tantas migraciones.
Yo quería ser una diosa obscena
con ojos eruditos encastrados
en mis pezones febriles
y un oráculo brutal entre las piernas
(ocho brazos para atraparte
ocho días a la semana)
y era siempre una muñequita de trapo
descuartizada por el olvido,
una muñequita llorona que pedía, pedía y pedía,
un poco más,
siempre un poco más,
hasta agotar todas las violencias
y todas las constelaciones.
Todos los hombres que me amaron
me regalaron zapatillas rojas de punta
ignorando
que soy una pésima bailarina
y me obligaron a danzar sin poder detenerme,
hasta que se cansaron de verme dar torpes volteretas
y me cortaron los pies
(por mi bien, claro, siempre por mi bien;
“nena, a ver si te quedás quieta de una buena vez
que nos estás volviendo locos”).
A todos ellos les cerré
la puerta de mi cuerpo en las narices
y hasta clavé algunos alfileres en sus fotografías,
porque también quise ser una bruja haitiana
con la piel negra como la brea
y los pechos enormes,
descuartizada por el olvido,
una muñequita llorona que pedía, pedía y pedía,
un poco más,
siempre un poco más,
hasta agotar todas las violencias
y todas las constelaciones.
Todos los hombres que me amaron
me regalaron zapatillas rojas de punta
ignorando
que soy una pésima bailarina
y me obligaron a danzar sin poder detenerme,
hasta que se cansaron de verme dar torpes volteretas
y me cortaron los pies
(por mi bien, claro, siempre por mi bien;
“nena, a ver si te quedás quieta de una buena vez
que nos estás volviendo locos”).
A todos ellos les cerré
la puerta de mi cuerpo en las narices
y hasta clavé algunos alfileres en sus fotografías,
porque también quise ser una bruja haitiana
con la piel negra como la brea
y los pechos enormes,
pero siempre fui la maestrita espantosamente dulce
que jamás aprendió a leer el Tarot.
que jamás aprendió a leer el Tarot.
Todos los hombres que me amaron
me amaron más que a las otras mujeres
que se cruzaron en sus caminos
y suspiraron de alivio cuando dejaron de amarme.
Ninguno de ellos supo a ciencia cierta
si lo quise demasiado
o demasiado poco.
Ninguno de ellos sabe a ciencia cierta
cuántos de sus sueños, sus fobias y sus gestos
alimentaron esta manía de escribirme la vida
y se quedaron atrapados para siempre
en el blanco sopor de mis papeles
como mariposas detenidas en la espera
de algún octubre promisorio.
me amaron más que a las otras mujeres
que se cruzaron en sus caminos
y suspiraron de alivio cuando dejaron de amarme.
Ninguno de ellos supo a ciencia cierta
si lo quise demasiado
o demasiado poco.
Ninguno de ellos sabe a ciencia cierta
cuántos de sus sueños, sus fobias y sus gestos
alimentaron esta manía de escribirme la vida
y se quedaron atrapados para siempre
en el blanco sopor de mis papeles
como mariposas detenidas en la espera
de algún octubre promisorio.
Arte: Louis Toffoli
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)


.jpg)





