A veces me pregunto
PAN CON CICATRICES
Poesía de Raquel Graciela Fernández
viernes, 13 de marzo de 2026
SUPERVIVENCIA
A veces me pregunto
jueves, 12 de marzo de 2026
LA LLORONA
porque los Reyes Magos eran los padres.
martes, 10 de marzo de 2026
TODOS LOS HOMBRES QUE ME AMARON
tenían miradas infinitamente claras
y exactas como espejos,
y en esas miradas yo me advertía siempre
como la niñita de tiza rosada
delineada en un viejo muro
tiritando
ante el perentorio holocausto de la lluvia.
Tenían todos ellos
dedos ágiles como golondrinas,
siempre era verano debajo de mi falda,
siempre era otoño en mi corazón aturdido
por tantas migraciones.
Yo quería ser una diosa obscena
con ojos eruditos encastrados
en mis pezones febriles
y un oráculo brutal entre las piernas
(ocho brazos para atraparte
ocho días a la semana)
descuartizada por el olvido,
una muñequita llorona que pedía, pedía y pedía,
un poco más,
siempre un poco más,
hasta agotar todas las violencias
y todas las constelaciones.
Todos los hombres que me amaron
me regalaron zapatillas rojas de punta
ignorando
que soy una pésima bailarina
y me obligaron a danzar sin poder detenerme,
hasta que se cansaron de verme dar torpes volteretas
y me cortaron los pies
(por mi bien, claro, siempre por mi bien;
“nena, a ver si te quedás quieta de una buena vez
que nos estás volviendo locos”).
A todos ellos les cerré
la puerta de mi cuerpo en las narices
y hasta clavé algunos alfileres en sus fotografías,
porque también quise ser una bruja haitiana
con la piel negra como la brea
y los pechos enormes,
que jamás aprendió a leer el Tarot.
me amaron más que a las otras mujeres
que se cruzaron en sus caminos
y suspiraron de alivio cuando dejaron de amarme.
Ninguno de ellos supo a ciencia cierta
si lo quise demasiado
o demasiado poco.
Ninguno de ellos sabe a ciencia cierta
cuántos de sus sueños, sus fobias y sus gestos
alimentaron esta manía de escribirme la vida
y se quedaron atrapados para siempre
en el blanco sopor de mis papeles
como mariposas detenidas en la espera
de algún octubre promisorio.
domingo, 8 de marzo de 2026
SUEÑO
Soñé que me ahogaba en un estanque
y que flotaba en el agua
casi tan hermosa como la Ofelia de Millais,
boca arriba, palmas arriba,
junto a puñados de margaritas
arrancadas de los arbustos cercanos.
En el cuadro, las margaritas son unas pocas,
pero hay otras tantas flores que convierten a Ofelia
y a su entorno
en un extraño ecosistema de muerte y primavera.
En mi sueño sólo había margaritas.
Representan el candor, dicen. No sé.
Quizás representen lo sencilla que hubiera deseado ser,
vivir donde el verde,
desconocer un montón de palabras rimbombantes
que no alcanzan
para arañarle la cara al silencio.
Claro que no soy tan joven como Ofelia.
Ni tan hermosa. Ni tan inocente
(no llevo un collar de violetas que confirme,
mi estado de virginidad perpetua;
el amor se hizo en mí y en mí se deshizo,
cuando las piernas empezaron a acusar su cansancio).
Pero cuando flotaba inmóvil en ese estanque
y podía verme, como quien se mira
en una estúpida filmación casera,
sentía lo mismo que siento el mirar el cuadro:
Ofelia se va a disolver hasta ser una con el agua
o va a desaparecer en una onda gigantesca y repentina;
esto no es un final, esto es una mujer
reencontrándose con el hogar primigenio.
Al mirarme en ese estanque, inerte,
boca arriba, palmas arriba,
supe que yo necesitaba también volver a mi albergue primitivo.
Volver al útero del agua y parirme
con el corazón más inclinado hacia el lado de las margaritas
y menos hacia el de las tristezas.
Con menos palabras que decir
pero más verde en el cuerpo.
viernes, 6 de marzo de 2026
UNA DEL MONTÓN II
Soy una del montón.
Una mujer más
entre todas las mujeres.
La que repite el gesto de tantas.
De todas.
Una tormenta previsible.
Nubosidad variable,
chaparrones,
pronósticos repetidos.
Y yo buscándome
debajo de tanta lluvia.
Yo hamacándome
en la boca del tedio.
Soy una del montón.
Ni una belleza extraordinaria,
ni un talento descollante.
Ni siquiera
un buen corte de pelo.
La morochita que se sentaba
en el último banco.
La morochita de la caja del super.
La morochita que recomendaba
películas de Almodóvar
Y se ponía colorada
cuando le preguntaban por la Cicciolina
y "Chocolate y bananas".
La morochita.
El espejo donde cualquier mujer puede mirarse
y descubrirse en una mueca,
en una lágrima,
en un suspiro de días tachados.
Una del montón.
Una vida del montón.
A los veinte me enamoré por primera vez.
A los treinta dejé de ser yo
para convertirme
en la madre de.
A los cuarenta tuve una crisis.
A los cincuenta, un gato.
Arte: Nora Shepley
miércoles, 4 de marzo de 2026
UNA DEL MONTÓN
No hay nada en mí que me haga
digna de distinción.
No tengo una belleza despampanante,
ni una inteligencia que supere la media.
No sé leer las cartas del Tarot,
ni hablo con los muertos,
ni levito,
ni me cuelgo cabeza abajo
como un murciélago en pausa
para soñar los sueños de la no conciencia.
Tengo una sola vida,
cuadrada y chiquita,
un terrón de azúcar con un dejo amargo
de veneno o de lágrimas.
Tengo una sola muerte,
la que me espera no sé cuándo,
no sé dónde.
La que salgo a buscar a medias
cuando me pinto el corazón de negro.
Porque la quiero. Pero no.
Sin embargo,
me esfuerzo cada día
para no ser una del montón.
Para no ser una vida y una muerte
tan iguales a todas.
Un mugido cuando el mundo me dio a luz
y una tumba que tendrá flores frescas
los primeros tiempos
y luego mutará en un eslabón más
de esa larga cadena de olvido
que son los cementerios.
Me esfuerzo en ser algo más
que una nadería que se zarandea sin gracia
en la platina del microscopio universal.
Pero es inútil:
no tengo una belleza despampanante,
ni una inteligencia que supere la media.
Ningún poder sobrenatural.
Me corto
y no sangro poemas.
Arte: Nora Shepley





