domingo, 4 de enero de 2026

LA GRAN TETA BLANCA


  LA GRAN TETA BLANCA

 

Engordé bastante en los últimos años.

Cuando todo se desmorona,

abrir la puerta de la heladera cada cinco minutos

no parece una idea tan descabellada.

Supongo que cada vez que berreaba,

en mi infancia temprana,

mi madre, desde su ingenuidad,

me consolaba a fuerza de pezón y leche.

Y que, junto con su tibieza,

incorporé la nefasta dinámica

de tapar el dolor con comida.

Supongo que mi manía

de vivir en la cocina e ignorar

cualquier otra habitación de la casa

tiene que ver con la necesidad de estar cerca

de la gran teta blanca.

La gran teta que está ahí,

siempre lista para socorrerme,

para anestesiar mis llagas

con un guiño de manteca.

La gran teta que obtura el agujero,

por el que podría escaparse el ángel roto,

ese que sabe

que lo que sangra no es hambre.

 

Engordé bastante en los últimos años.

Me dediqué a comer, comer, comer

y nunca gritar.

A tragarme todo,

como una grotesca oruga que nunca alcanza

su  anunciado destino de mariposa.

Tragarme las palabras,

los pedidos de auxilio,

los por qué, los para cuándo.

Me acostumbré a dejarme mimar

por la gran teta blanca.

A dejarme acunar por sus sabores.


 A dormirme abrazada

a una porción de lemon pie.



viernes, 2 de enero de 2026

SÁBADO 3 AM


 SÁBADO 3 AM

 

Son las  3 AM

y estoy despierta.

Suelo despertarme a esta hora,

a pesar de que la medicación garantiza

una noche de sueño sin agujeros.

Dicen que a las 3 AM

empieza el tiempo muerto,

el que desdibuja las fronteras

entre un mundo y otro,

y los espíritus van y vienen,

susurrando en nuestros oídos

sus verdades incómodas.

O que es la hora del Diablo,

porque Jesús murió en la cruz a las 3 PM

y el maligno se burla de sus símbolos

en modo parodia,

compitiendo con él como si fuera

un hermano menor que necesita

que el padre lo mire, lo vea.

No lo sé.

Sólo sé que a las 3 AM

todo lo que me rodea

me parece lejano e irreal.

 

Deambulando por la casa,

con los párpados pesados y la lengua pastosa,

me urge nombrar a todas las cosas

para volverlas ciertas.

Entonces digo mesa, silla, taza.

Boca, dedos, corazón.

Entonces digo perro.

Y el aludido levanta la cabeza y me mira.

Se reconoce en la palabra 

que modulo con torpeza.

Sus ojos me alivian.

 

Mesa, silla, taza.

Boca, dedos, corazón.

Perro.

Nadie se quedó con lo mío.

Nadie las privó de su nombre.

Nada explotó

como una burbuja de jabón

o un misil

mientras no estuve alerta.

En un rato volveré a la cama,

algo más tranquila, pero sabiéndolo.

 

Sabiendo que por la mañana,

el sol tachará de su inventario

lo que ha muerto.

Lo que perdí o se volvió irreal

porque no supe cómo nombrarlo.


martes, 30 de diciembre de 2025

INSOMNIO

 INSOMNIO

Dejé de contar ovejas
cuando las ovejas se rebelaron.
Dejaron de saltar la tranquerita,
se apiñaron
y empezaron a mirarme fijamente
con sus ojos hermosos y húmedos.
Yo también comencé a mirarlas con detenimiento
y me di cuenta de que no eran todas iguales:
había sutiles diferencias entre ellas
que las hacían únicas, diferentes,
individuos.
El paso siguiente, por supuesto,
fue bautizarlas.
Siempre me jacté de ser una persona creativa,
así que ninguna de mis ovejas
se llamó Blanquita o Copito de nieve.
Todas fueron ungidas con nombres de diosas nórdicas
o reinas africanas.
Y digo mis ovejas
porque a esta altura
habían dejado de ser un puñado de animales de nadie,
adiestrados por algún ente misterioso
para saltar la tranquerita del insomnio,
y se habían convertido en mis amigas,
mis confidentes,
mis cómplices.
Les conté cada detalle de mi vida
(les conté por qué no dormía,
por qué nunca dormía,
les hablé del terror de vivir colgada
de un hilito efímero
esperando el golpe de tijera,
y entonces, chau,
c'est fini,
la nada).

Dejé de contar ovejas
cuando las ovejas se rebelaron.
Después
empecé a contar pastillas.

domingo, 28 de diciembre de 2025

BIG FISH

 BIG FISH


Ayer vimos “Big fish”.
Yo, por enésima vez.
Él, por primera.
Los dos recostados en la cama grande
como hace veinte años
cuando nos empachábamos con películas de Disney
y maratones navideñas de Cartoon Network.

“Big fish” fue, durante mucho tiempo,
una especie de broma en la familia:
“La película que le gusta a tu mamá
y a diez locos más”.
La película de los mentirosos compulsivos.
La película de los soñadores compulsivos.
La película de los que merecen la vida que imaginan
y no la vida chiquita que les tocó en suerte. 

Dos horas lo miré de reojo
(¿Gran pez, estás ahí?).
Dos horas esperé el visto bueno,
la comunión, la magia
(aunque su padre no cuente historias,
aunque yo no recuerde ninguna de las historias que contó mi padre,
aunque la mayoría de las veces seamos
dos pececitos cautivos
dándonos cabezazos contra la rutina
de una pecera miserable).

Le gustó “Big Fish”.
Sí, es una gran película.

Entre las cosas que te dejo, hijo,
están el Ojo, Spectre,
el vestido celeste que llevaba Sandra Templeton
el día que Edward Bloom la vio por primera vez.
Entre las cosas que me diste está
el pequeño alivio de saber
que habrá algo de mi voz en tu voz
el día que tu palabra me releve
para contar mi historia.




viernes, 26 de diciembre de 2025

CHOUPETTE

 

CHOUPETTE


“El más pequeño gato es una obra maestra.”
Leonardo da Vinci


Duerme a mis pies,

una bolita térmica que sustituyó al invierno.

Se hace como se hace el silencio

caliente y dulce,

filtrándose entre los intersticios de la casa,

reinando en el paraíso trivial de los sillones,

corriendo detrás de todo lo que rueda,

un carretel de hilo,

un corcho,

una lágrima.

Le toco la cabeza,

pequeña corona de deidad doméstica

abierta al mundo en sus ojos verdes,

cuento las chispas de su lomo elástico.

Brilla en su soledad pero me busca a veces,

si tiene hambre,

si tiene frío,

si la caricia no llega en tiempo y forma

colmando su exigencia.



Duerme a mis pies,

una bolita tropical que respira

subiendo y bajando como la marea.

Pero en sus sueños es una bestia dorada

que gotea cuando la tormenta arrecia,

dueña de las tejas y las chapas,

isla indescifrable

en el archipiélago de la noche,

y se descuelga

de las oraciones vespertinas,

para hundirse en la boca de la luna.



Es una gatita,

una linda gatita,

podría ser un dibujo animado,

comiendo lasaña,

dejándose burlar por los ratones.

Tiene el nombre de la mascota

de un diseñador de moda.

Pero cuando se relame adivino la ferocidad

que 9000 años de humanidad invasora

no pudieron quebrar.



Ayer mató a un pájaro y  me lo ofreció,

una dádiva cruel como un plato de carne cruda.

Hay algo inquietante en ella,

un demonio cazador que reposa

hasta el zarpazo inesperado.

Pero duerme a mis pies,

humeante,

mullida,

y yo agradezco que me engañe

y me deje pensar que es mía.