domingo, 28 de junio de 2026

LA ABUELA AMELIA


  LA ABUELA AMELIA

 

Cuando mi abuela murió yo tenía dieciocho años.

Había pasado gran parte de mi vida viviendo en su casa

y gran parte de mi infancia durmiendo en su cama,

esa cama donde la ausencia del abuelo

(que había muerto en la quinta, así, de golpe,

derribándose como una torre de carne antigua

entre las radichetas y los tomates)

había dejado un agujero que yo apenas podía cubrir

con mi pijamita de la Pantera Rosa.

Dormir con la abuela tenía sus desventajas:

nuestros pesos tan disímiles desbalanceaban el colchón

y yo rodaba en sueños hasta su espalda

y amanecía pegada a ella, hecha una bolita incómoda.

No podía quedarme viendo televisión hasta más tarde,

como mis hermanos.

No podía quedarme leyendo,

porque la luz se apagaba temprano.

Pero también tenía sus cosas maravillosas.

Me dormía escuchando en la radio

una cancioncita que en mi cabeza, siempre pajarera,

aludía a algún suceso sobrenatural y magnífico:

“La danza de la fortuna como ninguna llega hacia usted,

llevándole hasta su casa música, suerte, vida y amor…”

Un segundo antes de que mis ojos niños cayeran

en la madriguera del sueño,

yo veía a la Fortuna danzando.

Era rubia y hermosa,

y llevaba flores en la cabeza,

y una túnica blanca.

La desilusión que sentí cuando me enteré

de que no había chica rubia con tocado floral

y la cosa venía por el lado de la quiniela,

fue comparable a la desazón que me embargó

al descubrir la dulce estafa de los Reyes Magos.

 

Cuando mi abuela murió yo tenía dieciocho años.

Lloré, claro que lloré.

Amaba a esa mujer hosca y casi ciega

que jamás me contó un cuento

pero me habló cientos de veces

de su pueblo asturiano,

del barco que la había traído de España,

una flor arrancada de un jardín frente al mar

y puesta, como al descuido,

en el jarrón gris de un barrio suburbano.

Una flor áspera, sí, pero flor al fin.

Amaba a esa mujer que no sonreía nunca

y sólo una vez vi llorar:

sentada al lado del cajón de su marido,

antes de que una voz de película de terror

pidiera, por favor, que los deudos se retiraran,

porque había que cerrar el ataúd,

y la cara del abuelo nunca más.

 

Lloré, claro que lloré.

Pero también sentí una especie de alivio.

Ver sufrir a las personas que se ama,

verlas convertirse en papelitos de fumar morfina y cáncer,

es devastador. A los dieciocho años o a los mil.

Y nos da el privilegio atroz de resignarnos

aún antes de soltarles las manos.

 

Cuando mi abuela empezó a hacerse realmente vieja

(aunque para mí era vieja desde siempre,

y España quedaba a mil años luz,

y todo lo que ella me contaba había pasado

en el tiempo de ñaupa)

se deshizo de sus papeles personales

y de la mayoría de sus fotos.

"Les estoy ahorrando trabajo", dijo.

Estaba cansada de ver en la basura

brindis de novios y sonrisas en blanco y negro

que jamás se habían imaginado terminar así,

atrapados en una bolsita de plástico

en medio de un revoltijo indiferente de cáscaras de papas,

yerba usada y papel de diario para envolver los huevos.

“Mis cosas las tiro yo”, dijo.

Y las tiró. Porque siempre hacía lo que quería.

 

Cuando mi abuela murió yo tenía dieciocho años.

Heredé muy poco de ella: mis rasgos tiran más

para el lado de la familia paterna.

Pero cada vez que la coquetería

me empuja al supermercado sin anteojos

y vuelvo a mi casa con yogures vencidos

pienso que, quizás,

me legó la maldición de sus ojos cegatones.

No tengo un ápice de su carácter:

soy dócil y sonrío mucho, casi demasiado.

Lo que me dejó, sí, fue su miedo a las tormentas.

Y un abanico pintado a mano que me regaló una tarde

cuando el Diablo fue barman y el cielo,

un cóctel amenazante de truenos y relámpagos.

Esa tarde nos dábamos valor una a la otra.

Y yo tuve mi premio por cruzar los dedos fuerte, fuerte,

para que la tormenta parara.



Arte:  Berrak Ergul Lajoie 

viernes, 26 de junio de 2026

ADICTA


 ADICTA

 
La gente hambrienta hace malas compras.


¿Sabés que hice durante todo este tiempo?
 
Meterme en la nariz
 
la saliva de tus besos,
 
inyectarme tu semen
 
y bailar, bailar, bailar,
 
-con los ojos como platos injertados en la nada-
 
como la estúpida muñequita
 
de una caja de música
 
a la que le dieron demasiada cuerda.
 
Bailar para no ver la angustia,
 
ni el vacío,
 
ni la cinta velada de mi alma tiesa.
 
Suplicarte que me hieras
 
-a vos, que decías que ibas a comerte mi dolor-
 
para que las lesiones nuevas
 
disimulen las antiguas llagas,
 
las que tienen mil años y sangran
 
porque no supe restañarlas a tiempo.

 


Tanta cuchillería
 
en la punta de la lengua,

tantas píldoras tragadas como golosinas letales,
 
tanto amorodioverdadmentira,
 
tanto crimen impune,
 
para morir y no morir,
 
para morir de a poco en el espanto del vómito,
 
para morirme menos
 
o más,
 
no sé.

 
 
No debiste creerme cuando dije que te amaba:
 
fuiste sólo una sustancia más,
 
un atajo en el torpe camino
 
hacia mi anhelado no ser.



  
Cold Turkey, cantaba Lennon.
 
Siempre pensé que vos sabías más de eso que yo.
 
Pero acá estoy,
 
cenándome mi propio pavo frío,
 
en medio de una orgía de náuseas y temblores,
 
abrazándome a un espejo que me muestra
 
a la mujer que soy
 

después de tus embates.



Una adicta en recuperación.


Para siempre.




Arte: "No coco here", Philippe Shangti


miércoles, 24 de junio de 2026

PETER PAN ESTÁ MUERTO


  PETER PAN ESTÁ MUERTO

¿Cuándo supiste que Peter Pan estaba muerto?

Siempre lo supe.

La única manera de no crecer

es morir.

La única manera de que te recuerden y te amen

como a un niño eterno

(como a ese hermano mayor idealizado

que se accidentó patinando sobre hielo

y no alcanzó a cumplir los catorce)

es morir.

La única manera de no mancharse las manos

y el corazón

con el hollín de la vida

es morir prematuramente.

Conservando intacto

el dulce cosquilleo de la infancia.

 

 ¿Y qué quería con los chicos Darling?

No sé.

Quizás quería mostrarles cómo era

ser eternos en una estrella

antes de que el dolor

los tocara con sus largos dedos húmedos.

Quizás quería que tuvieran

la oportunidad de elegir

entre un adiós temprano

o una vida que decantaría en la soledad

o el tedio.

 

Quizás Peter Pan nos visitó a todos,

alguna vez,

y no lo recordamos

porque elegimos vivir.

Porque elegimos quedarnos sin estrella

y estrellar el cuerpo contra la insistencia

de los almanaques.

Quizás era ese amigo invisible

con el que teníamos largas charlas

a la hora en que las muñecas tomaban el té.

 

Claro que vivir

tiene sus cosas buenas.

Claro que crecer trae amor, y deseo,

y todas esas pequeñas flores de orgullo

que nos prendemos, victoriosos,

en las solapas del cuerpo.

Claro que vivir

también es una aventura.

 

Pero a veces me pregunto cómo sería

tener ocho años limpios

en la segunda estrella a la derecha.

 

lunes, 22 de junio de 2026

ANOCHE SOÑÉ CON VOS

ANOCHE SOÑÉ CON VOS



Anoche soñé con vos.

Tan flaquito, con el pelo hasta los hombros.

Sin la capa azul, la luz fatal y la espada vengadora de “Eiti Leda”,

pero siempre volando cerca de mi cama,

como una alondra de leche,

como un ruiseñor albino libando la piedad

de los días que fueron.

Blanco, sí, porque la muerte es blanca.

Porque los muertos son blancos

como la cera de una vela desangrada

a los pies de una deidad renuente.

Blanco, sí, porque la última vez que te vi

eras una sábana de pena

(blanca, blanca, blanca)

tendida sobre un ataúd sin augurios.



Anoche soñé con vos.

Tan flaquito, con la boca parecida a la de James Dean.

Pasaste al lado mío y ni siquiera me miraste.

No me dijiste bijou.

No me tocaste en el temblor de mis jadeos.

Hace más de veinte años que sueño con tu indiferencia.

Algún psicólogo debería explicarme porqué,

si cuando te ibas sin saber que era para siempre

murmuraste te amo

y me tiraste un beso que todavía me duele.





sábado, 20 de junio de 2026

PIENSO MUCHO EN LOS TIGRES


 PIENSO MUCHO  EN LOS TIGRES 

“Tigre, tigre, brillo ardiente

en las selvas de la noche,
¿qué mano inmortal, qué ojo
pudo forjar tu terrible simetría?”
William Blake


Cuando era chica

me llevaron tres o cuatro veces al zoológico.

Me gustaba ir porque ignoraba

lo que sé ahora:

los animales lloran para adentro

cuando el alto gozo de la libertad

los deshabita.

 

Pienso mucho en mis visitas al zoológico.

Especialmente pienso en los tigres.

Los que no tenían, ni siquiera,

un cupo de cielo sobre sus fabulosas cabezas.

Los que giraban como trompos de sangre

en una jaula agónica

mientras mis ojos niños

se traducían en admiración y miedo.

Los tigres, bestias perfectas,

y su dolor de no entender,

su dolor siempre disponible.

Los tigres

crujiendo en su encierro

como hojas fatigadas,

casi muertos en su otoño perpetuo,

casi vivos en un gesto de sol altivo,

un gesto atávico que perduraba

más allá de los barrotes.

Me pregunto, como William Blake,

qué mano se atrevió a tomar el fuego,

no para fundarlos,

no para trazar su terrible simetría,

sino para extirparles el verde

y sacrificarlos al cemento.

Para arrancarles el sexo de cuajo

y exhibir sin pudor

la llama quebrada.

 

Pienso mucho en los tigres y en sus cuerpos,

en sus camisas menguantes,

en sus ojos,

en su soledad estéril.

Me pregunto si al caer la noche

seguirían girando en sus jaulas

mientras la conversación de las estrellas

les resultaba tan ajena.

Si lograban conciliar el sueño.

Si soñaban con esa otra vida perdida

o los acunaba

una leve desmemoria impregnada

de furor y ternura.

 

Pienso mucho en los tigres.

Me siento en deuda con ellos.

Tres o cuatro veces

admiré su áspero cautiverio.

Ignoraba lo que sé ahora:

los animales lloran para adentro

cuando la libertad

es una cátedra vacante,

una mancha fugaz en la retina,

una fisura sin vino

que gravita

sobre la copa de la inocencia perfecta.

 

jueves, 18 de junio de 2026

FINAL


FINAL

 

Dejé de amarte como se dejan

los zoquetes con puntillas

los zapatos Guillermina,

el sudor atolondrado de la escuela.

Con un dolor no exento de ternura.

Te dejé morir en el cuerpo

para que nacieras

en el rincón más feroz de la memoria.

Tu nombre se deshizo entre mis dedos

como una flor marchita.

Su olor perduró en el aire

apenas un segundo

y se extinguió

como se extinguen todas las cosas.

 

Dejé de amarte como se dejan

los artilugios mágicos de la infancia.

Con la certeza de que una puerta

se cerraba para siempre

y era en vano menguar

hasta convertirme en una llavecita dorada.

Las puertas del pasado

no tienen cerrojos.

No se abren

ni siquiera con un golpe de llanto.

 

Dejé de amarte, sí.

Sabía que  llegaría ese día.

Medias de nylon,

zapatos con taco,

otros sudores.

Otras mentiras para contarme

antes de dormir.

 

Sin embargo tiemblo,

todavía tiemblo

cuando recuerdo el  leve colibrí

que aletea en tu boca.