sábado, 19 de enero de 2019

LA CICATRIZ DE MARILYN MONROE


LA CICATRIZ DE MARILYN MONROE 

Se desnudó,
como tantas veces,
y la cámara hundió sus dedos en la cicatriz
como quien los hunde
en crema batida,
en merengue recién hecho,
en una nube de algodón de azúcar.
En algo dulce, caliente, vivo.

La cicatriz.
Un murciélago rosado sin alas
cosiéndole la humanidad al cuerpo.
Una vagina hecha a cuchillo
para parirse a sí mima
imperfecta,
mortal,
hermana del vómito,
del llanto,
de la sangre.
Con una hermosura nueva
como la de lo que se rompe
o se desvanece.

Ella preguntó por la cicatriz.
Preguntó si era posible disimularla.
Había una ilusión que cuidar.
Un espejismo repetido
en cientos de pupilas amorosas.
Había que preservar los sueños
de quienes le cantaron
sus únicas canciones de cuna.
Los que contestarían el teléfono
si supieran.

Ella se desnudó
y la cámara
lavó sus pies de huérfana indigente.
Bendijo la moneda de plata
que se adelantaba a la muerte
debajo de su lengua.
La cicatriz era un surtidor de pájaros.
Era algo dulce, caliente, vivo. 

Fotografiarla era fotografiar la luz.

La luz era la suma de todas sus cicatrices. 


Arte: Marilyn Monroe- The Last Sitting (Junio de 1962)Bert Stern

jueves, 17 de enero de 2019

CHICA BOND


CHICA BOND



Ella tenía la boca cruel,

dulce como un látigo de flores.

Cierto resplandor en las caderas,

cierto horizonte cuajado

en el mediodía del ombligo.

Tenía un bikini blanco

y el aire de impudicia y libertad

de una groupie de los ‘70

con el vello púbico teñido de verde.

No era una princesa ni una emperatriz

(no era Sissi vomitando infelicidad

en los dorados rincones de palacio,

ni siquiera era Romy Schneider,

tratando de encajar en la cama de Delon,

tan muerta, tan sola,

tan madre amputada doliéndole a nadie).



Ella tenía el mar a su espalda.

Y toda ella era su espalda,

era la parte trasera de una Venus de Boticcelli,

un culo redondo como esas manzanas elegidas

que no compramos nunca

porque sabemos

que no las eligieron para nosotros.

No era la chica de al lado

(faltaba todavía

para la anodina sonrisa de Meg Ryan,

nadie podía imaginarla con una escoba en la mano,

imposible encontrarla

en el insulso pasillo de un supermercado).

No era la primera novia.

No era la novia de nadie.



Ella tenía veintipico de años.

Un marido que la concebía

como un artículo de lujo

y la reemplazó por una rubia más joven,

que a su vez fue reemplazada por otra,

y así llegamos a la chica 10

y a la estúpida moda de llenarnos la cabeza de trencitas.

Tenía el desamor escondido

detrás de la sonrisa,

como todas.

Tenía una vagina donde nadie

pudo plantar bandera.



Ella tenía una boca, un ombligo, unas caderas.

Tenía un bikini blanco.

Tenía ese bikini blanco.

No era una gran actriz.



Imposible olvidarla.




Arte: "Ursula Andress - Goldfinger", Kurt Ringler


martes, 15 de enero de 2019

EL PERFECTO GALÁN



EL PERFECTO GALÁN

Roy Harold Scherer, Jr.,
el chico abandonado por su padre y abusado por su padrastro,
descubrió que quería ser actor
con una linterna de acomodador de cine en la mano.
Llegó a California en 1946
y cuando no conducía un camión
o fracasaba en el intento de vender aspiradoras,
se apostaba en la puerta de los Estudios
soñando con ser descubierto.

Roy tenía dificultades para memorizar cualquier parlamento
y cierta torpeza frente a las cámaras,
pero era tan hermoso
que la Universal Pictures  no dudó en invertir en él tiempo y dinero
y convertirlo en Rock Hudson,
el perfecto galán,
un sublime objeto de deseo made in Hollywood,
apto para abuelas, madres,
y señoritas de rodillas apretadas
hambrientas de campanas nupciales.

Pero el gigante amable no era el novio ideal
y su sonrisa  irresistible no encajaba
en las páginas de los confesionarios adolescentes.
La Meca del Cine  lo había obligado
a convertir el amor en un secreto,
a maquillar el deseo,
a tener una esposa pantalla
(una chica tan ingenua que tardó tres largos años en notar
que a su marido
le gustaban veinteañeros y rubios).

Rock Hudson vivió casi toda su vida
en un armario de cristal,
del que se sólo atrevió a salir cuando el HIV
(el cáncer gay, la peste rosa,
eso que le pasaba a la gente que no era Rock Hudson)
lo chantajeó como otro amante sin escrúpulos.

Murió a los 59 años,
libre.


Arte: "Rock Hudson, Vintage Movie Star", John Springfield    


domingo, 13 de enero de 2019

EL LAGO TORMENTOSO



EL LAGO TORMENTOSO

Constance Frances Marie Ockelman pasó de niña problemática de Brooklyn
a vampiresa del cine negro
casi sin escalas.
Poco importaron la baja estatura, los modales bruscos
y los antecedentes de inestabilidad mental:
sus dramáticos ojos celestes,
profundos como un lago,
le valieron una carrera cinematográfica con la que nunca había soñado
y un nuevo nombre: Verónica Lake.

Veronica,
la mujercita sexy del peinado peek-a-boo,
fue aborrecida por sus colegas y amada por el público.
Los soldados decoraban las trincheras
con el rostro perfecto de la cíclope de melena ondulada
y soñaban con el sexo más allá de la muerte cotidiana.
Las mujeres la imitaban.
Pero la estrella era infeliz:
concebía a la Meca del Cine como una ciudad de ratas.
Se sentía explotada:
una sex zombie obligada a contonearse
para que los hombres masturbaran sus sueños
y los Estudios convirtieran los jadeos en dólares.
El alcohol fue la única puerta que encontró
para escapar de su cuerpo.

La caída de la pequeña rubia llegó con un corte de pelo.
Las tijeras cambiaron su suerte para siempre:
después de varios fracasos en la pantalla
terminó siendo camarera
en el “Martha Washington Hotel” de Manhattan.
Siguió bebiendo sin parar
paranoica y furiosa,
jurando que el FBI había sembrado cerraduras espías
en el techo de su casa
y que los soldados que en el pasado aplaudían
su metro y medio de fuego
querían envenenarla.
Una breve internación en un hospital psiquiátrico
y un par de arrestos por escandalizar la vía pública
fueron la antesala de una muerte solitaria y anunciada:
a los 50 años 
Veronica Lake tenía el hígado destrozado por el whisky
y los ojos secos.
Ningún lago había soportado tantas tormentas
reales e imaginarias.







Arte: "Veronica Lake, Hollywood Legend", John Springfield 


viernes, 11 de enero de 2019

EL AUTO DE JAMES DEAN



EL AUTO DE JAMES DEAN


No se puede confiar en un animal así.

Un animal arisco

que vomita hierros rojos

en los bordes de la tarde.

Un animal así no va a detenerse:

huele viento y redobla

su apuesta de campanas  infecciosas,

huele asfalto

y te rompe el cuello

crac

como a una ramita seca.



No se puede confiar en un animal así.

Un animal daltónico

que confunde huesos con panes

y te mastica y remastica,

 chicle rosado y barato,

y te escupe

cuando se te gasta la primavera en las venas.



Dios se lava las manos con un jaboncito de hotel,

aprieta los botones de un joystick,

hace cualquier cosa estúpida mientras el animal corre,

rebuzna sangre,

te lo dije,

no se puede confiar en un animal así,



En algún lugar una mujer

carga en sus bolsillos

un puñado de aspirinas rancias.

Sus zapatillas blancas son gatos 

que ronronean satisfechos.

Junta orina con una cucharita

y ni siquiera mira tu hermosa cara

porque sabe

que todos los cadáveres son iguales.

Quizás esta noche vaya el cine

y la película ablande

su duro caparazón de jeringas.

Y llore un poco,

un poco, nada más,

como para saber que está viva.



No se puede confiar en un animal así.

Un animal así va a morderte.

Siempre.



Estoy hablando de la muerte,

por supuesto.





Arte: "Little BastardJames Dean - Young Rebel",  Nicholas Watts