miércoles, 21 de enero de 2026

DOMINGO


 DOMINGO



Desnuda en la cama te escucho

picar cebolla en la cocina.

Escucho los golpes del cuchillo

contra la tabla de madera.

Casi puedo escuchar los gritos de la cebolla.



Esta mañana no hicimos el amor.

No quise. No pude.

No quise mentirte mi cuerpo.

No pude inventar unas ganas que no tengo.



Estoy desnuda en la cama

y mi desnudez huele a carencia.

Volví a soñar que me dejabas

en el momento en el que yo más te quería.

Es un sueño recurrente.

No se lo conté a ninguno de mis psicólogos.

Ni a la católica recalcitrante que salpicaba mi dolor

con agua bendita.

Ni a la flacucha new age que insistía

en que en alguna otra vida

fui Ilse, la rubia y perversa carcelera de Auschwitz,

y ahora a bancarse el karma, nena.

Ni al elegante cincuentón con consultorio en Belgrano.

Ni al amante de mi hermana.



Es un sueño recurrente.

Supongo que puede ser un deseo reprimido

(por qué no me dejaste cuando el amor

y, en cambio, me arrastraste a esta cama donde, desnuda,

apenas resplandezco).

Supongo que quizás es una herida

(sí, me dejaste cuando yo más te quería,

me soltaste el corazón,

me soltaste la mano,

yo me abrochaba el sol en el pelo cuando iba a verte,

me pintaba los labios,

había insectos luminosos comiendo de mi boca,

y ahora esto;

me dejaste hace veinte años

en aquel banco de plaza donde  te esperaba leyendo a Cortázar,

tenía puesto un vestido floreado

y unos zapatitos de tacos bajos,

me dejaste).



Desnuda en la cama te escucho

picar tomates, gusanos, escombros.

Me juro que no voy a volver a levantarme  jamás.

Que voy a envolverme en las sábanas

hasta convertirme en una crisálida que no prometa nada,

que no sangre,

que no escuche el tac tac tac del cuchillo

contra la tabla de madera.

Me juro que no,

que no,

que no,

que me voy a dejar morir

en esta desnudez

en la que apenas resplandezco.



Pero me levanto.

Como cada domingo me levanto.


Hace mucho que no comemos pastas rellenas.



lunes, 19 de enero de 2026

ESTÚPIDAMENTE ENERO


 ESTÚPIDAMENTE ENERO


Qué estupidez el verano.

Qué enorme estupidez el verano.

Adolescentes que se estiran en la arena

(ondulan como serpentinas

apadrinadas por el fuego)

y exudan promesas.

Ellas son mapas,

sus piernas largas son autopistas de sal

que no retroceden

ante el gesto húmedo del deseo,

cintas de asfalto donde viajar es casi dulce.

Mi examen recorre

cada ángulo de carne dorada

que le retacea su inmensidad al mar

y me pregunto cuántas olas hicieron falta

para que el silencio pidiera la palabra.



Qué estupidez el verano.

Qué enorme estupidez el verano.

El circuito sexual no termina,

pero yo opto por la lejanía.

La lejanía es un buen recurso

cuando no se tienen piernas largas

y lo real no es una cintura que coagula

todas las miradas del hambre:

lo real es este oficio de dolerme

y dolerte,

de maldecir la frágil estructura del viento,

de amontonar cáscaras de manzana y yerba usada

y gritarle a ese hijo,

absurdamente adolescente,

que no se aleje demasiado

(que no se acerque demasiado

a las serpentinas/mapas/autopistas/piernas).



Qué estupidez el verano.

Qué enorme estupidez el verano.

Pienso en el poema de Wallace Stevens,

(la muerte y el sexo se exigen mutuamente)

e imagino que se acabaron los helados

y que los muchachos traen flores

envueltas en periódicos atrasados.



Sé que esta vez

las flores no son para mí.

Blanca y fría, a pesar del sol del mediodía.

Muerta para enero.

Sepultada

debajo de una sombrilla idiota.

sábado, 17 de enero de 2026

LA OTRA ABUELA II


  LA OTRA ABUELA II

Envejezco
y me miro al espejo
buscando el rostro de mi madre.
Un gesto, una arruga,
una puntada de cansancio debajo de los ojos,
algo que acerque mis rasgos a sus rasgos.
Pero no.
No me parezco a mi madre.
Me parezco a mi abuela.

Mi abuela y yo no nos quisimos demasiado.
Nunca me perdonó no ser la primogénita,
ni el tan ansiado varoncito.
Nunca me perdonó que haya tenido un hijo
por fuera del cotillón de la iglesia y los juzgados.
Nunca le perdoné esos minúsculos desplantes
que pasarían desapercibidos
para un ojo menos feroz que el de la infancia.
El constante recordatorio de que yo no era
ni la más linda, ni la más alta, ni la más aplicada.
El suponer que, por ser chiquita,
no necesitaba ropa nueva para una fiesta
(no era chiquita, abuela, tenía doce años
y también quería un pantalón de raso,
una estrellita brillante en la mejilla,
mirar a los chicos entre risitas mientras sonaban
We are family” o “Boogie Wonderland”).
Nunca le perdoné que no me dejara tocar jamás
los juguetes de mi padre
(el mecano, las figuritas,
como si él continuara un poco vivo en los objetos
y no en mi risa y en la de mis hermanos).
Nunca le perdoné que no le regalara a mi hijo
ni siquiera un par de escarpines.

Pero me parezco a mi abuela
y pienso mucho en ella.
Y pienso que,
aunque no me perdonó nunca,
 debería perdonarla.
Debería, debería.
Debería.

Y en eso estoy, hace años:
buscando un recuerdo que nos redima.
Buscando un punto de apoyo
(un punto de luz)
para mover mi perdón
desde el deber hasta el deseo.


 

jueves, 15 de enero de 2026

MAGIA


  

MAGIA


Roald Dahl decía que quien cree en la magia
está destinado a encontrarla.
Yo siempre creí en la magia.
A los seis años,
toda ojos y corazón alborotado,
me tocaba el dobladillo cuando veía un coche amarillo
y escribía con un dedo en la palma de la mano
el nombre del chico que me gustaba,
truco infalible para que tus ojos vean
lo que tu corazón desea.
A los diez,
dispuesta a que se hiciera mi voluntad
así en la tierra como en el cielo,
hacía un nudo en el pañuelo
y amenazaba a Poncio Pilato, cola de gato,
con no desatarlo
si no ganaba Boca,
si no completaba el álbum de figuritas con brillantina,
si no faltaba la maestra.
A los doce,
instalada ya en el desorden
en el que reino todavía,
tiraba las llaves al piso
cuando perdía algo
para que los duendes me ayudaran a encontrarlo.
A los dieciséis,
si el sábado amanecía lluvioso,
dejaba una tijera abierta o dos cuchillos cruzados en la terraza
para cortar con tanta agua
y poder ir a bailar.
Un par de años después,
embadurnadaba con miel las fotos de los novios que me habían abandonado
y escribía los nombres de mis rivales
en papelitos que escondía dentro de mis zapatos:
las pisaba para doblegarlas,
para que no me hicieran sombra.

Ahora,
casi no hay coches amarillos
y los chicos que me gustaban son señores aburridos.
Ya no existen las figuritas con brillantina
y cada día de mi vida,
cuando suena el despertador,
quisiera saltar de la cama para ir a la escuela.
Todavía me fastidia que llueva los sábados,
aunque los planes más excitantes del fin de semana
sean una pizza y una película en Netflix.
Los novios que me abandonaron
vuelven arrepentidos, cada tanto,
y yo, que soy también una señora aburrida,
les digo que estoy casada,
que vuelven treinta años tarde.
Mis antiguas rivales son mis hermanas.

Pero todavía creo en la magia
(y sé que estoy destinada a encontrarla).
Creo en la magia y cruzo los dedos
una y otra vez.
Creo, luego escribo.
Escribo para seguir creyendo.

martes, 13 de enero de 2026

PARA SIEMPRE


 PARA SIEMPRE


Cuando me enteré de que mi primo había muerto
no lloré.
Hacía años que no nos veíamos
y no guardaba de él demasiados recuerdos felices.
Me lamenté, claro,
(siempre me lamento cuando alguien muere,
sobre todo si es joven)
pero no hubo una sola fractura
en las compuertas de mi mirada,
ningún gesto de humedad,
ni el más ligero titubeo.

La familia, dicen.
La sangre.
La familia no es más que una enorme casualidad,
monstruosa o dulce
(mi madre se enamoró del hermano de tu madre
y nada más;
fuiste una eventualidad en mi vida,
alguien que yo no elegí ni me eligió,
ni antes,
cuando se eligieron otros,
ni después,
cuando pudimos elegirnos).
La sangre no obliga ni inclina,
no es la Estrella Guía,
no define tu historia.
La sangre no enlaza
(¿cómo podría enlazar la sangre
a dos que se desconocen?;
Lazos de sangre” es una vieja novela de Sidney Sheldon,
y nada más,
nada más,
nada más).

Cuando me enteré de que mi primo había muerto
no lloré.
No quise. No pude. No supe.

Lloré, sí, una semana después.
Lloré mucho.
Lloré cuando comprendí
que otra pieza del rompecabezas de mi infancia
(ese rompecabezas que insisto en armar
a contrapelo de relojes y almanaques)
se había extraviado.
Sin sentido. Sin vuelta atrás. Sin remedio.
Sin que el mundo deje de girar por un segundo.
Para siempre.