martes, 17 de enero de 2012

ESTÚPIDAMENTE ENERO


ESTÚPIDAMENTE ENERO



Qué estupidez el verano.

Qué enorme estupidez el verano.

Adolescentes que se estiran en la arena

(ondulan como serpentinas

apadrinadas por el fuego)

y exudan promesas.

Ellas son mapas,

sus piernas largas son autopistas de sal

que no retroceden

ante el gesto húmedo del deseo,

cintas de asfalto donde viajar es casi dulce.

Mi examen recorre

cada ángulo de carne dorada

que le retacea su inmensidad al mar

y me pregunto cuántas olas hicieron falta

para que el silencio pidiera la palabra.



Qué estupidez el verano.

Qué enorme estupidez el verano.

El circuito sexual no termina,

pero yo opto por la lejanía.

La lejanía es un buen recurso

cuando no se tienen piernas largas

y lo real no es una cintura que coagula

todas las miradas del hambre:

lo real es este oficio de dolerme

y dolerte,

de maldecir la frágil estructura del viento,

de amontonar cáscaras de manzana y yerba usada

y gritarle a ese hijo,

absurdamente adolescente,

que no se aleje demasiado

(que no se acerque demasiado

a las serpentinas/mapas/autopistas/piernas).



Qué estupidez el verano.

Qué enorme estupidez el verano.

Pienso en el poema de Wallace Stevens,

(la muerte y el sexo se exigen mutuamente)

e imagino que se acabaron los helados

y que los muchachos traen flores

envueltas en periódicos atrasados.



Sé que esta vez

las flores son para mí.

Blanca y fría, a pesar del sol del mediodía.

Muerta para enero.

Sepultada

debajo de una sombrilla idiota.






Arte: “Study for The Beach Chair”, Marie Fox



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