martes, 4 de septiembre de 2018

PATRICIA



PATRICIA



Cada año

el día de la secretaria

me acuerdo de Patricia.

Patricia,

mi compañera de banco de la escuela primaria.

Hermosa,

esbelta,

con los ojos verdes como aceitunas

y el pelo largo y lacio.

Ella era lo que yo no iba a ser nunca

-ella tenía lo que yo no iba a tener nunca-

pero la quería

y el amor era más

que la envidia blanca de los diez años.



Me gustaba ir a la casa de Patricia

al salir de la escuela:

tomar la leche,

hacer los deberes,

jugar con su perra, la Naty,

correr a los teros.

Veíamos telenovelas en blanco y negro,

algún capítulo de “Mister Ed” o “Daktari”,

hablábamos de chicos.

Me gustaba ir a la casa de Patricia:

una casa de dos pisos,

un dormitorio sólo para ella

-yo dormía en la cama de la abuela

y no tenía ninguna cajita de música,

nada más inútil y precioso que una cajita de música;

yo dormía en la cama de la abuela

y no tenía ni siquiera el consuelo

de poder llorar mi orfandad abrazada a la almohada-.



Cada verano

el cartero me traía un pedazo de mar

en una tarjeta postal escrita por Patricia.

Yo respiraba sal

repasando con el dedo

su firma clara y prolija.



Hace veinte años que Patricia está muerta.

Se fue siendo hermosa,

esbelta,

tan joven.

Yo me enteré tiempo después.

No sé qué día murió.

Hacía mucho que nos habíamos perdido el rastro.



No sé qué día murió,

pero cada año

el día de la secretaria

me acuerdo de Patricia.

La chica de increíbles ojos verdes

y pelo largo y lacio.

La que tenía un papá que le regalaba una caja de bombones

cada 4 de septiembre,

una perra salchicha,

vacaciones todos los veranos

y una amiga bajita y morocha que la envidiaba un poco

y la quería tanto.





Arte: "Angelina", Doris Joa 

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