viernes, 21 de julio de 2017

LA CABEZA DE JAYNE MANSFIELD



LA CABEZA DE JAYNE MANSFIELD


Las rubias pierden la cabeza fácil.

Las rubias de pechos grandes pierden la cabeza fácil.

Sirven hamburguesas grasientas,

huevos revueltos,

café aguado,

y los ojos de los hombre se caen dentro de sus escotes

como ciruelas maduras

(por eso las rubias tienen pezones de mermelada

y cierto desprecio por los hombres y las ciruelas).



Un buen día

alguien les dice que hay un papelito:

acostarse con un productor de bigote ridículo,

mover el culo veinte segundos

en una película de los Hermanos Marx,

sonreír como si los elegantes zapatos prestados

no les quedaran chicos.

Entonces las rubias se desentienden del café aguado,

cuelgan el delantal,

cambian de lápiz labial,

cambian de marido

y se convierten en estrellas.



Jayne no era rubia

pero tenía los pechos más grande que todas.

Se tiñó el pelo y perdió la cabeza.

Los hombres querían tocarla.

Peregrinaban enfermos de sexo a su Meca rosada

y ella estrenaba camisones de tul,

pantuflas de peluche,

amantes adictos a los esteroides.

Tenía un gran danés que se llamaba Byron

porque antes de perder la cabeza

había leído mucha poesía.

Hablaba cinco idiomas,

cosa que a nadie le importó porque,

ya lo dije,

tenía los pechos más grandes que todas.



En los '60 probó LSD.

Las rubias

(aún las falsas rubias)

pierden la cabeza fácil.

Se ordenó Sacerdotisa de Satanás

pero nunca dejó de ser una Barbie inflada,

con su camisones rosados,

sus pantuflas rosadas,

su casita rosada.

El Sigilo de Baphomet no encajaba

en su palacio kistch.

¿Quién clase de Diablo tendría tratos

con una rubia de pechos grandes

que viaja en un autito rosado?



Un autito rosado.

Crash.

Muy fuerte crash.

Veinte botellas de licor rotas,

un chihuahua muerto

dos tipos muertos,

una rubia muerta.



Las revistas del corazón dijeron

que un brujo despechado

decapitó una foto en California

y su cabeza rodó en Luisiana.

Pero eso no es cierto.

Jayne era una buena rubia.

La cabeza la había perdido hacía rato.




Arte: Jayne Mansfield: Head, Joey Dammit


miércoles, 19 de julio de 2017

EL AUTO DE JAMES DEAN



EL AUTO DE JAMES DEAN


No se puede confiar en un animal así.

Un animal arisco

que vomita hierros rojos

en los bordes de la tarde.

Un animal así no va a detenerse:

huele viento y redobla

su apuesta de campanas  infecciosas,

huele asfalto

y te rompe el cuello

crac

como a una ramita seca.



No se puede confiar en un animal así.

Un animal daltónico

que confunde huesos con panes

y te mastica y remastica,

 chicle rosado y barato,

y te escupe

cuando se te gasta la primavera en las venas.



Dios se lava las manos con un jaboncito de hotel,

aprieta los botones de un joystick,

hace cualquier cosa estúpida mientras el animal corre,

rebuzna sangre,

te lo dije,

no se puede confiar en un animal así,



En algún lugar una mujer

carga en sus bolsillos

un puñado de aspirinas rancias.

Sus zapatillas blancas son gatos 

que ronronean satisfechos.

Junta orina con una chucharita

y ni siquiera mira tu hermosa cara

porque sabe

que todos los cadáveres son iguales.

Quizás esta noche vaya el cine

y la película ablande

su duro caparazón de jeringas.

Y llore un poco,

un poco, nada más,

como para saber que está viva.



No se puede confiar en un animal así.

Un animal así va a morderte.

Siempre.



Estoy hablando de la muerte,

por supuesto.





Arte: James Dean with a 1955 Porsche Spyder, Chris Osborne



lunes, 17 de julio de 2017

DINOSAURIOS



DINOSAURIOS


Buscando algo

-no sé qué-

encontré un papelito que decía:

“No borres mi nombre de tu historia.”

Me sentí la reina de Jurassic Park.

Además de miope,

desmemoriada.

Crují como una muñeca de madera

que se está acomodando

a una nueva versión de la soledad:

versos tachados, algún cablecito en mi cabeza

que no hace contacto

(dinosaurios).


“No borres mi nombre de tu historia.”

¿Quién sos?

¿Cuál es tu nombre?

¿Cuál es mi historia?

¿Nos besamos bajo la lluvia,

en el baño de la escuela,

en la trastienda del supermercado

entre cajones de Coca Cola

y latas de galletitas apiladas?

(¿Te acordás de las latas de galletitas?

Dinosaurios cuadrados de tripas dulces.

Extintas.

Como vos.

Como cualquier cosa que seas vos

además de este papelito).



¿Nos besamos en el Cementerio de la Recoleta

con los pies enredados en un nudo de gatos

y la muerte ahí

tan ordenadita, tan turística?

¿En el parque, ese 20 de enero,

dos semanas antes de que vomitara tu nombre

y un puñado de mariposas muertas?

(A los quince años vivía en Macondo,

vomitaba  mariposas,

vivas, muertas,

pero nadie podía, jamás,

sembrarme  luz en el jardín del cuerpo:

una cerca viva

de mamás, tías y abuelas

mantenían a raya las tijeras del lobo.

Yo flotaba envuelta en tules rojos

y ellas pensaban en dinosaurios).



Por ahí nos besamos en la playa.

En la obra en construcción que había ala vuelta de mi casa.

En el cine.

En el reservado de ese boliche de Quilmes.

En un tren (también besé chicos en los trenes

antes de pegarme esta fobia a los transportes públicos).

Por ahí ni siquiera nos besamos:

yo fui la musa del papelito

y vos ese pesado.

(dinosaurios).



Dinosaurios.

Las galletitas en lata, vos,

Brandon, Dylan, vos,

New Kids On The Block, vos,

Madonna como una virgen, 

el Auto Fantástico.

Dinosaurios todos los que me besaron

bajo la lluvia, en la escuela,

en los cementerios, en los supermercados,

en los trenes, en los parques,

en la playa, en las obras en construcción,

en los boliches, en los cines.

Dinosaurios.

Dinosaurio yo con este papelito en la mano.

Carnotauro sin dientes.

Triceratops en crisis. 



“No borres mi nombre de tu historia.”



Perdoname, corazón,

tendrías que haber firmado el papelito.



sábado, 15 de julio de 2017

EL EFECTO ZANAHORIA (O LA TEORÍA DEL CAOS FILIAL)


EL EFECTO ZANAHORIA
(O LA TEORÍA DEL CAOS FILIAL)

"La mitad de lo que le pase a mi hijo será culpa mía."
Miyó Vestrini



La mitad de lo que le pase a mi hijo será culpa mía.

Corrijo: todo lo que le pase a mi hijo será culpa mía.

Tengo un Freud en mi cabeza de tupperware

hace mil años.

Seguro que está tomando el té

y revuelve mis sesos con una cucharita.

Revuelve, revuelve,

y encuentra la zanahoria que no pisé.

No pisás una zanahoria

y dos décadas después

un frasquito vacío de puré Nestlé

te sienta

en el banquillo de los acusados.



Dos décadas después

Europa no es tan linda

el pollo está crudo

nunca voy a volver a hablarte

de peces y dinosaurios

(nunca voy a volver a hablarte)



Dos décadas después

es el momento de emborracharse

de llenar tu buzón con amenazas de muerte

de escribir notas de suicidio

en los tickets del supermercado

es el momento de amanecer triste

de tirar la ropa por toda la casa

para que vos recojas y dobles mis demonios

como una geisha estúpida

es el momento de joderte mamá

de joderte mucho

de abrir las puertas a cabezazos

de apretarte el corazón entre costilla y costilla

para que te ahogues

en tu vigilancia paranoica


  
Estaba apurada

por llegar a ninguna parte

y compré un fasquito de puré Nestlé.

(El  leve aleteo de una simple zanahoria no pisada

puede provocar un huracán

del otro lado del mundo).



Arte: RoseAnn Hayes