viernes, 6 de mayo de 2016

ALIVIO


ALIVIO


Cuando dejé tu boca creí que era la muerte.

Que vos eras mi última apuesta de saliva,

el último rescoldo donde caldear los huesos,

el último pecado.

Me miré en el espejo y me sentí ridícula.

Mi bombachita negra, diminuta, de encaje,

tiritó como un perro mordido por el frío.

Me vi tal como soy: 

pechos que amamantaron,

abdomen prominente, 

vagina acobardada, 

papada inoportuna.

Caníbal de mí misma, 

masticando, 

escupiendo.



Sentí tanta vergüenza.

Me avergonzó mi carne.

Me avergonzó mi piel. Su caudal de reclamos.

Me avergonzó ser vieja.

Como si te debiera, a vos, mis veinte años.



Cuando dejé tu boca creí que era la muerte.

El retiro formal a cuarteles de invierno.

El prólogo  de un sweter tejido con desgano,

del tecito a las cinco,

de la telenovela.

La bombachita negra  ne miró y dijo basta,

nos jubilamos juntas,

se acabaron los trotes.



Pero no fue la muerte,

fue una especie de alivio.

Un sacarme de encima la presión de ser nena

pasados los cuarenta.

De pesar treinta kilos, negar que tengo caries,

jurar que la tintura jamás me tocó un pelo.

Un  mandar al carajo, feliz, a las vergüenzas,

a los talles small,

a la Cicatricure,

a las publicidades de yogures dietéticos.

Un mandar al carajo , feliz, 

al mundo, a vos.



Sobre todo a vos,

que sos más grande que yo

y creés que no se te nota.




  


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