miércoles, 23 de marzo de 2016

PRESENTACIÓN "INTERRUMPIDAS" EN LA FACULTAD DE DERECHO DE TUCUMÁN POR SERGIO LIZÁRRAGA

PRESENTACIÓN "INTERRUMPIDAS" EN LA FACULTAD DE DERECHO DE TUCUMÁN POR SERGIO LIZÁRRAGA

“En ciertos estados de alma casi sobrenaturales, la profundidad de la vida se revela por entero en el espectáculo, por corriente que sea, que uno tiene bajo los ojos”. Charles Baudelaire.

 Raquel Graciela Fernández nació en Avellaneda, donde reside. Recibió más de 70 primeros premios nacionales por su actividad poética, otorgados por prestigiosas instituciones, a estos logros se le suman otros obtenidos en España (reconocida en la Feria del Libro de Guadalajara), en EEUU ( Gran Premio Publicacines Entre Líneas, Miami) y en Italia (Primer Premio Concurso Internacional Rayuela Edizioni). En Tucumán recibió un galardón por parte de la Società Dante Alighieri de Tafí Viejo y mereció recientemente, el Premio Nacional Adolfo Bioy Casares.
 Ha publicado 9 poemarios, profundamente conmovedores, con poemas que se meten fácilmente en el corazón, y de tanto en tanto, como dice Rafaela Pinto, vuelven a la memoria y se repiten, como si fueran un mantra.
 La literatura es un arma que hemos encontrado desde el principio de los tiempos históricos para defendernos contra un mundo que nunca será lo suficientemente capaz de realizar todas nuestras expectativas y anhelos, ha sido también uno de los grandes instrumentos del progreso humano, porque gracias a ella, vivimos de una manera distinta a aquella que nos han impuesto en la existencia. La literatura, no sólo representa el placer sino también al dolor, es decir, el dolor de que los buenos libros siempre son los que de alguna manera duelen, los que me enseñan que el mundo no siempre es feliz, que existe el infortunio, el sufrimiento en el cual cada uno está inmerso. 
Los libros de Raquel Fernández son una obra de arte, y como con toda obra de arte, podemos pasar delante y juz­garla de un solo vis­tazo, o pode­mos elegir pasar tiempo delante de ésta en una acti­tud de res­peto y contemplación, pidiendo la gracia de entrar en comu­nión con el artista. Enton­ces, incluso si nues­tra inte­li­gen­cia no entiende todo, nues­tro juicio sobre ésta será dife­rente.
Con el sufri­miento sucede a menudo lo mismo, pues está fuera de nues­tro enten­di­miento. Es por eso que la poeta nos propone pasar por sus libros y no per­ma­ne­cer, estar de pie delante del dolor que muestra, tra­tando de escu­char más que hablar, tra­tando de apren­der y no ense­ñar, ofre­ciendo una pre­gunta más que una expli­ca­ción, nos propone sentir, temblar, contemplar la desnudez de sus versos, desnudos en el dolor. Hay libros que duelen, pero que agradecemos leer pese al dolor que nos provocan. Hay libros que nos acercan a realidades que nunca hubiéramos podido imaginar y que apuntalan en nosotros determinadas posiciones.
“Revelaciones”, “Ojos  que miran al cielo”, “La antigua enfermedad del otoño”, “Todos los hombres que me amaron”, “Cierta condición  nocturna”, “Como nosotros”, “Once Upon a Time” y “Hermano”  son los títulos de la autora, de los cuales “Hermano” (El Mensú ediciones, 2011) es uno de esos libros que duelen. En él, el duelo es la cruz que tomará el rostro de una per­sona, el hermano que ya no está. La despedida es difícil, el ritual consistirá en tejer palabras para que la poesía sea un camino de sanación, para que el lenguaje ponga nombres al dolor, un lenguaje que ayuda a conocerlo, a decirlo y así Raquel nos marca un camino para acompañarla en su propia peregrinación de ausencias. Y es enton­ces cuando la comu­nión con lo que siente es posi­ble, al igual que la com­pa­sión.

“Yo también soy feroz cuando me duele”,
“El que quiera matarme que me quite la palabra”,
“Esto es la vida.
Una nadería, un plato de viento.
Ahora todos los platos están rotos.
Hay que afilar el grito,
hay que llenarse de polvo la faringe
y ahogarse con un gato de niebla en la garganta.”

 Estos versos, del libro “Hermano” son ejemplo de lo expuesto. La poesía como instrumento de llanto y de consolación, como herramienta de sanación, porque la palabra tuvo y tiene el poder inmenso de crear, de expresar nuestros actos y vicisitudes, nuestras formas de amar y de odiar, en su combinación, el lenguaje, dice Borges, es azar misterioso, como lo es también escribir un poema, que en última instancia, dice el escritor, es ensayar una magia menor.
 Raquel escribe desde la región del dolor, habitado y atravesado por este sentimiento tan noble y tan terrible a la vez;  propio de los hombres, viene con nuestra naturaleza del pecado, nos puebla sin previo aviso y nos extrae lo mejor y lo peor de nosotros. Pero para pasar del dolor al arte, hay un camino muy complejo, donde el dolor aun se agudiza, se vuelve continuamente hacia él, fermenta en los tuétanos del alma y, a veces, como en un volcán, erupciona quemando todo lo que está a su paso, incendiando todos los otros sentimientos, oscureciendo la vida.
 En “Interrumpidas”  regresamos a la misma región, en este libro la lava se hace rostro, el dolor toma nombres, nombres que nos duelen: Oriel, Cecilia, Alicia, Jimena, Nair, María Soledad, Carolina, Natalia, Natalia II, Marita, María Marta, Lucila, Natalia III, Marela, Fernanda, Florencia, Paulina, Nora, Rosana, Sofía, Soledad, Wanda, María, Candela, Ángeles, Juana, Priscila, Yanela, Melina, Lola, Chiara.
Según Ernest Hemingway no existe regla de cómo escribir. A veces sale perfecta y fácilmente, a veces es como excavar en la roca y hacerla explotar con explosivos.
 Cuando Raquel escribió cada poema de “Interrumpidas” debió dinamitar cada palabra, porque el dolor muchas veces nos supera a tal punto que ya no podemos nombrarlo, no podemos cortarlo en sílabas, ni siquiera pronunciarlo. Seguramente cada palabra pesó no como una roca,  sino como esas montañas que nunca vienen a nosotros y sabemos que siempre permanecerán lejos, lo suficientemente lejos como para dejarnos en tajos en el largo camino que  nos dirige a ellas.
 En “Interrumpidas” nuestras bocas quedan abiertas, esperando que se calme la sed a la que nos condena la injusticia.

“Ahora que sus jugos han sido consumidos,
Que se agotó la paciencia de su carne,
Que sus martirios iniciaron el camino
Donde acecha
La pequeña ferocidad de los escarabajos,
Solo nos queda su nombre.
Su nombre.
Y lo repetimos con celo de oración,
Con obstinada precisión de recuerdo”

 Según Santiago Kovadlof, la palabra intimidad remite a esa región espiritual y a ese modo de contacto en los que damos a conocer, no exactamente lo que pensamos sino, más honda y ampliamente, lo que somos. San Agustín, el gran descubridor de la intimidad, la define por la característica de dialogar y entrar uno en uno mismo; homologándola al alma y a lo espiritual.
 En esa región de intimidad, el escritor encuentra nuevos caminos para dar a cada palabra un significado, para hacerse la palabra misma, porque al poeta, al  escritor,  le importa el ser. Conocer para ser y escribir para conocer y ser, agregando las esencias de lo que canta, y vivir la felicidad de ese encuentro. Lo asentaba Keats y lo repitió Cortázar: el sujeto poético se entrega a aquello que contempla. Es flor, pájaro, viento, agua del mar, aunque no siempre, esa entrega a la contemplación sensitiva, aporte una total entrega y reconocimiento al Ser como origen y presencia en todas las cosas. El poeta español Juan Larrea, que vivió un cuarto de siglo en la ciudad argentina de Córdoba, donde murió, valoraba sólo aquella parte de su obra en que había asomado una conciencia cósmica, que plenificaba su palabra.
 Leer “Interrumpidas” es una experiencia de intimidad, es una prueba de que el tránsito del dolor al sufrimiento es todavía imaginable; es decir: termina por establecer una sutil escansión de pensamientos, emociones y sentimientos que opera como condición de posibilidad de dicho tránsito a través de la articulación discursiva de hondos alcances estéticos, tránsito que define una interioridad que se manifiesta en notable madurez poética, y que convierten a Raquel Graciela Fernández en una de las voces más exquisitas de nuestra poesía.
 Para Rafaela Pinto el libro es un sentido tributo a las treinta mujeres víctimas de violencia, a cada una de las cuales dedica un poema, mujeres de diferentes edades interrumpidas en diferentes circunstancias. Asimismo es una ofrenda a los familiares de las víctimas, porque Raquel las ha puesto en versos y en esos versos ellas viven y se constituyen en voces que las eternizan, que las vuelven vigentes para ser retratos poéticos que también gritan, porque al decir de Jorge Edwards, mientras haya escritura hay vida.

“Soy carne, soy espíritu, soy hembra.
Soy nombre y memoria de rocío.
Soy hija. Soy madre.
Nunca fui un bien de cambio.
Sin embargo
Me compran y me venden cada día.
Yo no me lloro en mis funerales:
Me lloro en la ausencia”.

 Al igual que Borges, todos tenemos una mujer que nos duele. A Raquel le duelen 30 que podrían ser 100, lamentablemente, muchas más.
 Me permito decir que a mí también me duelen, mi madre Nora, mi hermana Luisa, mi prima Jorgelina y recientemente, mi amiga Lilia, Interrumpidas también por el cáncer de mama o de cuello uterino, que también es violento, que también nos arrebata a las mujeres que se aman.
Para terminar hago míos los versos de Claudio Simiz:

“No, no hacia dónde vamos,
Ni de dónde venimos,
Ni cuándo será el día.
No.
Una sola pregunta de hierro
Llaga al hombre que discurre el agua:
¿Ella seguirá esperándome?
¿Ellas seguirán esperando?...

Sergio Lizárraga, poeta y docente


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