jueves, 9 de febrero de 2017

CHICA BOND


CHICA BOND



Ella tenía la boca cruel,

dulce como un látigo de flores.

Cierto resplandor en las caderas,

cierto horizonte cuajado

en la medianía del ombligo.

Tenía un bikini blanco

y el aire de impudicia y libertad

de una groupie de los ‘70

con el vello púbico teñido de verde.

No era una princesa ni una emperatriz

(no era Sissi vomitando infelicidad

en los dorados rincones de palacio,

ni siquiera era Romy Schneider,

tratando de encajar en la cama de Delon,

tan muerta, tan sola,

tan madre amputada doliéndole a nadie).



Ella tenía el mar a su espalda.

Y toda ella era su espalda,

era la parte trasera de una Venus de Boticcelli,

un culo redondo como esas manzanas elegidas

que no compramos nunca

porque sabemos

que no las eligieron para nosotros.

No era la chica de al lado

(faltaba todavía

para la anodina sonrisa de Meg Ryan,

nadie podía imaginarla con una escoba en la mano,

imposible encontrarla

en el insulso pasillo de un supermercado).

No era la primera novia.

No era la novia de nadie.



Ella tenía veintipico de años.

Un marido que la concebía

como un artículo de lujo

y la reemplazó por una rubia más joven,

que a su vez fue reemplazada por otra,

y así llegamos a la chica 10

y a la estúpida moda de llenarnos la cabeza de trencitas.

Tenía el desamor escondido

detrás de la sonrisa,

como todas.

Tenía una vagina donde nadie

pudo plantar bandera.



Ella tenía una boca, un ombligo, unas caderas.

Tenía un bikini blanco.

Tenía ese bikini blanco.

Era una pésima actriz.



Imposible olvidarla.




Arte: "Ursula Andress - Goldfinger", Kurt Ringler


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