viernes, 27 de noviembre de 2015

ALICIA - 16 días de activismo contra la violencia de género



ALICIA


Veintitrés.
Apenas veintitrés años tenía cuando lo conocí. Nos cruzamos en los pasillos de un vuelo Buenos Aires – París. Él era uno de los deportistas más famosos de la Argentina. Boxeador, dos veces campeón del mundo, aunque para ese entonces hacía un año casi que había colgado los guantes.  Yo, una chica bonita probando suerte en el mundo del espectáculo. Charlamos de cosas triviales y nos despedimos con la promesa de volver a vernos.  Y nos vimos. Fue la casualidad la que se encargó de reunirnos, unos meses después, en un carrito de la Costanera.  A partir de ese encuentro orquestado por el destino, no nos separamos más. “La bella y la bestia”, decían algunos. Él, tan tosco, a pesar del dinero, los viajes, las amistades en el mundo del jet-set. Yo, tan delicada. Un ángel, casi.

Nuestra primera noche juntos fue mágica. Carlos hizo preparar, especialmente, una habitación en un hotel y la llenó de rosas rojas. Sobre la mesa de luz había una tarjeta que decía “Alicia, te amo”. Por supuesto, no faltó el champagne. Tomamos toda la noche. Estábamos muy nerviosos los dos. Teníamos miedo de decepcionar al otro. Teníamos miedo de no ser lo que el otro soñaba.Nos casamos en Miami, en 1981, después de un noviazgo corto que fue tapa de todas las revistas de la época: “Gente”, “Siete días”, “Radiolandia”. Nuestro hijo, Maximiliano, nació ese mismo año, a fines de diciembre. Yo lo tenía todo para ser feliz. Él, no.
Carlos pretendía una mujer que no preguntara demasiado, que no hablara, que no tuviera “peros”. Una chica linda que aceptara ser parte de sus cosas, como su auto o sus muebles, nada más. Era egoísta y posesivo. No sabía lo que quería y no se fijaba metas, pero se burlaba de las mías. Se creía el centro del mundo y se olvidaba de todo lo demás. No admitía que un campeón también podía equivocarse. Y tomaba, tomaba demasiado. Con el alcohol, venían los golpes, claro. A veces, después de una discusión superflua.  Otras, sin siquiera haber discutido. “Te pego porque sos una boluda, me decía.” Y yo sabía que sí, que era una boluda. Porque lo quería. Un día me dijo: “Si no te gusta agarrá al nene y andate.” Y me fui. Me fui nada más con la ropa puesta y algunas cosas que me dio mi madre. Solamente me llevé el televisor de la pieza de Maxi. Pero el tormento siguió. El venía a ver a su hijo borracho y comenzaba con los insultos y las agresiones. Me pedía que volviéramos a estar juntos y como yo me negaba, empezó a amenazarme y a decirme que si me veía con otro me iba a matar. “Donde vive tu hijo (mi hijo) yo también mando. Acá mando yo.”, repetía. “Acá mando yo.”

Para el verano de 1988, Carlos se había tranquilizado. Estaba como nunca: atento, mimoso, tierno. Cuando me mandó los pasajes para ir a Mar del Plata a reunirme con mi hijo y con él,  me juró que era verdad, que  había cambiado. Yo quería creer. Necesitaba creer. El  13 de febrero, cuando llegué al aeropuerto de Mardel,  él me estaba esperando con su mejor sonrisa. Nos besamos.
Esa noche festejamos hasta tarde. Eran las cuatro y media de la mañana del sábado 14 de febrero cuando dejamos el Club Peñarol rumbo a la casa donde nuestro hijo dormía ajeno a los preámbulos de la tragedia que cambiaría su vida para siempre. Juntos. Felices.  Yo ya estaba desnuda cuando comenzó la última discusión que tendría con Carlos. Primero hubo insultos. Los golpes no tardaron en llegar. Él me apretó el cuello ferozmente, el cuello tan delicado. El de un ángel, casi. Supongo que, cuando me desvanecí, creyó que estaba muerta. Me  cargó sobre su hombro como si fuera una bolsa de papas, salió al balcón y me arrojó al vacío. Mi cara se estrelló contra el piso de ladrillos. Él se tiró atrás mío. Su brazo izquierdo amortiguó el golpe. Dijo que yo me había tirado por el balcón. Que él se había caído al intentar detenerme.

Treinta y dos.
Apenas treinta y dos años tenía cuando él me mató.




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