domingo, 27 de julio de 2014

NEVERLAND - NEVERLAND


NEVERLAND


Había una vez un lugar.

Una tierra que vestía medias sin elásticos,

lápices sin punta,

tazas de leche denostadas

en nombre del buen gusto

(la leche volcada impunemente

delante de los ojos miopes de la abuela).



Allí, húmeda como un lirio

que se agita en el río,

deletreaba la magia su canto de sirena

Había colas verdes,

simples como un anillo,

y melenas rubias, infinitamente vulgares,

como las de las enamoradas de todos los poemas

-los malos poemas-.

También la noche tenía

una melena larga y desordenada,

y cantaba,

con un presunto sol arrinconando

sus párpados rotundos.



Había salvajes bucaneros,

y era bello abrazarse a sus aros redondos,

sus loros malintencionados

y sus pañuelos cruzados de lunares,

mientras caían las hojas

en otros países donde, irremediablemente,

se instalaba el otoño.

Los piratas tenían buen olor:

olor a ron, a tabaco, a maldad de mentira

-en el fondo eran buenos,

en el fondo

se parecían al abuelo que llegaba

con los bolsillos llenos de caramelos-.



Había indios, también,  y otros niñitos

que renegaban de los almanaques.

Yo no quería rouge

ni zapatos de tacos altos,

y no quería sopa.

Y no quería muertes acopiadas

sobre una memoria que estaba de estreno.

Yo quería volar

el cielo de los cerezos.



Visité ese lugar miles de veces:

mis papeles estaban en orden

y nadie podía negarme la entrada.

Y el niño,

el más niño de todos,

se hamacaba en mi risa huérfana de  dientes.



Pero un mal día, no me dejaron entrar.

Mi cuerpo fue tomando

el rumbo del polen y las redes,

y desordenó mis papeles.

Mi cuerpo me traicionó,

y esa fue la primera

de sus muchas traiciones.



Había una vez un lugar.

Y había una vez un cocodrilo,

con un reloj verdugo

escondido en el vientre,

que casi siempre me pisaba los talones.

Y un día me alcanzó,

sin que yo me diera cuenta,

y me obligó a calzarme unos zapatos incómodos

a sacarle punta a mis lápices,

y a usar unas medias que me avergüenzan,

la mayoría de las veces,

aunque no tengan agujeros.




NEVERLAND


C’era una volta un luogo.

Una terra che indossava calze senza elastici,

matite senza punta,

tazze di latte ingiuriate

in nome del buon gusto

 (il latte rovesciato impunemente

davanti agli occhi miopi della nonna).


Lì, umida come un giglio

che si agita nel fiume,

la magia scandiva il suo canto di sirena.

 C’erano code verdi,

semplici come un anello,

e chiome bionde, infinitamente volgari,

come quelle delle innamorate di tutte le poesie

– le brutte poesie –.

Anche la notte aveva

una zazzera lunga e ingarbugliata,

e cantava,

con un sole presunto che metteva alle strette

le sue palpebre decise.   



C’erano dei selvaggi bucanieri,

ed era bello abbracciarsi ai loro orecchini tondi,

ai loro pappagalli malintenzionati 

e ai loro fazzoletti a pois,

mentre cadevano le foglie

in altri paesi, dove, irrimediabilmente,

s’insediava l’autunno.

I pirati avevano un buon odore:

odore di rhum, di tabacco, di finta cattiveria

– in fondo erano buoni,

in fondo

somigliavano al nonno che arrivava

con le tasche piene di caramelle –.



C’erano anche degli indiani, e altri bambini

che rinnegavano i calendari.

Io non volevo il rossetto

né le scarpe coi tacchi,

e non volevo la minestra.

E non volevo morti ammucchiate

in una memoria nuova di zecca.

Io volevo volare

nel cielo dei ciliegi.



Visitai quel posto migliaia di volte:

le mie carte erano in ordine

e nessuno poteva negarmi l’ingresso.

E il bimbo,

il più bambino di tutti,

si dondolava nel mio sorriso orfano di denti. 


Ma un certo giorno non mi lasciarono entrare.

Il mio corpo cominciò a prendere

la strada del polline e le reti,

e scompigliò le mie carte.

Il mio corpo mi tradì,

e quello fu il primo

dei suoi innumerevoli tradimenti.



C’era una volta un luogo.

E c’era una volta un coccodrillo,

con un orologio aguzzino

nascosto nel ventre,

che quasi sempre mi fiatava sul collo.

E un giorno mi raggiunse,

senza che nemmeno me ne accorgessi,

e mi costrinse a infilarmi delle scarpe scomode

a fare la punta alle mie matite,

a  indossare delle calze di cui mi vergogno,

la maggior parte delle volte,

anche se non sono bucate.  




Traducción: Milton Fernández


Arte: Mikhail Baryshnikov, Gisele Bündchen, Tina Fey y  Russell Brand como Peter Pan, Wendy,  Tinker Bell  y Captain Hook en "Peter Pan", Annie Leibovitz

Del poemario "Once Upon A Time", Rayuela Edizioni  (2014)

1º Premio Poesía “Concurso internacional Rayuela Edizioni, Festival della Letteratura di Milano”, Rayuela Edizioni, Milán, Italia (2014) 

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